Office RomanceSpanish⭐ Original Edition

Sexo en la oficina relato erótico: noche de horas extra

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«El servidor se ha caído y la presentación es mañana a las nueve.» La voz de Lucía sonó a punto de quebrarse al otro lado de la mesa. Eran las diez de la noche, estábamos solos en la planta doce, y el archivo con tres semanas de trabajo acababa de evaporarse. Yo llevaba meses fantaseando con ella en silencio, y jamás imaginé que una historia de sexo en la oficina relato erótico empezaría con un desastre informático.

Lucía era la directora de cuentas, treinta y ocho años, traje impecable siempre, fama de fría. Yo, Martín, era el diseñador que le pasaba los informes sin mirarla a los ojos. Aquella noche, con la chaqueta quitada, el pelo suelto y los ojos brillantes de rabia contenida, parecía otra persona. Una mucho más humana. Y mucho más guapa.

«¿Tienes copia local?» pregunté, arrodillándome junto a su silla para mirar su pantalla. «En el portátil de casa, pero está a cuarenta minutos.» Se pasó las manos por la cara. «Martín, si mañana no hay presentación, me cuelgan. Literalmente.» Pensé deprisa. «Podemos reconstruirla. Tengo los datos brutos en mi equipo. Serán tres, cuatro horas. Pero se puede.»

Me miró como si acabara de salvarle la vida. «¿Harías eso por mí?» «Por el proyecto», dije, y los dos sonreímos. Pidió dos cafés a la máquina y nos pusimos manos a la obra, ella dictando cifras de memoria con una precisión asombrosa, yo montando diapositivas a toda velocidad. La oficina vacía, a oscuras salvo nuestras dos pantallas, tenía algo de refugio secreto.

A la una de la madrugada llevábamos cuarenta diapositivas. Lucía se había quitado los zapatos y tenía los pies apoyados en el borde de mi mesa. «¿Sabes qué es lo peor?» dijo, estirándose. «Que esto me está gustando. La adrenalina, el silencio...» «¿El silencio?» «En casa no hay silencio nunca. Dos niños, un marido que ronca...» Se calló de golpe, como si hubiera dicho demasiado.

Seguimos trabajando, pero algo había cambiado en el aire. Cada vez que me inclinaba sobre su hombro para señalar algo en su pantalla, notaba su perfume, cálido, con un fondo dulce. Una vez nuestras manos se rozaron sobre el ratón y ninguno la retiró de inmediato. La miré. Ella sostuvo mi mirada un segundo de más y volvió a la pantalla.

A medianoche bajamos a la máquina de café de la planta once, porque la nuestra se había quedado sin vasos. El pasillo estaba a oscuras y solo se oía el zumbido de los fluorescentes. Lucía caminaba delante de mí, descalza, con los zapatos en la mano, y su silueta recortada contra la luz de emergencia me dejó clavado en el sitio. «¿Vienes o qué?» dijo sin volverse, con una sonrisa en la voz. En el ascensor, detenidos entre dos plantas durante un segundo eterno, nuestras manos se rozaron y esta vez ninguna de las dos se apartó.

A las dos, la presentación estaba lista. Lucía la revisó entera, asintiendo. «Es perfecta. Mejor que la original.» Se dejó caer en la silla, exhausta y radiante. «Martín, no sé cómo agradecértelo.» «Invítame a un café», dije. «Mañana.» «¿Y si el agradecimiento no puede esperar a mañana?» Lo dijo mirándome a los ojos, sin sonreír. El corazón me dio un vuelco.

Me puse de pie despacio. «Lucía...» «Llevo dos años viéndote pasar por mi despacho», me interrumpió, levantándose también. «Dos años preguntándome qué se esconderá debajo de esa timidez.» Estábamos a medio metro. Podía contar sus pestañas. «¿Y ahora lo vas a descubrir?» «Ahora mismo.»

La besé contra la mesa de reuniones. Fue un beso urgente, de los que no piden permiso porque ya lo tienen todo. Sus manos me agarraron de la camisa y me atrajeron con una fuerza que no esperaba. La senté sobre la mesa, entre papeles y un portátil abierto, y me coloqué entre sus piernas. La falda de tubo se le subió hasta los muslos.

«La puerta», jadeó. Fui a cerrarla con llave y a bajar las persianas. Cuando volví, Lucía ya se había quitado la blusa y estaba en sujetador, descalza sobre la moqueta de la sala de reuniones. A la luz fría de los fluorescentes, con el pelo revuelto, era la mujer más deseable que había visto nunca. «Ven aquí», ordenó.

Volví a besarla, mis manos recorriendo su espalda hasta el cierre del sujetador. Lo abrí y sus pechos quedaron libres, firmes, con los pezones duros por el frío y el deseo. Los tomé con la boca uno tras otro mientras ella me desabrochaba la camisa con dedos torpes de prisa. «Despacio», le pedí. «Tenemos toda la noche.» «No», dijo, «tenemos hasta que amanezca. No la desperdicies.»

La tumbé sobre la mesa, apartando papeles con el brazo. Le bajé la falda y las medias a la vez, descubriendo unas braguitas rojas de encaje. «¿Rojas?» sonreí. «Para los días de guerra», dijo ella. «Hoy ha sido un día de guerra.» Le quité las braguitas con los dientes y ella se rio, un sonido libre que no le había oído nunca en la oficina.

Me arrodillé y la probé con la lengua. Estaba húmeda, caliente, y supo a deseo puro. La devoré despacio al principio, dibujando círculos, y luego con más hambre, mientras mis dedos entraban en ella. Lucía se agarró al borde de la mesa y arqueó la espalda. «Martín, por favor», gimió. «No pares.»

Sus gemidos resonaban en la sala vacía y aquello, el riesgo de que alguien pasara por el pasillo, nos excitaba a los dos. Cuando llegó, se mordió el puño para no gritar, y su cuerpo se sacudió sobre la mesa con espasmos largos. Me miró con los ojos nublados y dijo: «Tu turno. Ahora mismo.»

Se bajó de la mesa, me empujó hasta sentarme en una silla y se arrodilló delante de mí. Me bajó los pantalones y me tomó con la boca sin preámbulos, profunda, con las manos agarrándome los muslos. Yo eché la cabeza atrás y gemí. Ver a mi jefa, a la mujer fría e impecable, arrodillada para mí en la sala de reuniones, era una fantasía hecha carne.

«Para», le pedí cuando estuve al borde. «Quiero estar dentro de ti.» Se puso de pie, me tomó de la mano y me llevó hasta el sofá del rincón. Se quitó lo poco que le quedaba y se tumbó, abriéndose para mí. Me coloqué sobre ella y entré despacio, mirándola a los ojos. Los dos gemimos a la vez.

La tomé con un ritmo creciente, sintiendo cómo se estrechaba a mi alrededor con cada embestida. Sus piernas me rodearon la cintura y sus uñas me arañaron la espalda. «Más fuerte», pidió. «Aquí no te oye nadie.» Obedecí, y el sofá empezó a golpearse contra la pared con un ritmo sordo que nos hizo reír en mitad del jadeo.

La giré para tomarla desde atrás, de rodillas en el sofá, con las manos apoyadas en el respaldo. Entré de nuevo y ella gritó, esta vez sin morderse nada. «Así, así, no pares», repetía. Le agarré del pelo suavemente y tiré apenas, y su gemido se hizo más agudo. Sentí que se acercaba otra vez por cómo se tensaba por dentro.

«Córrete conmigo», le pedí al oído. «Ya», jadeó, «ya vengo». Nos corrimos juntos, yo hundiéndome hasta el fondo, ella temblando entre mis brazos. Me dejé caer sobre su espalda, los dos empapados en sudor, riéndonos bajito como dos niños que acaban de hacer una travesura enorme.

Nos vestimos despacio, en silencio, con esa complicidad nueva. En el ascensor, ya de madrugada, Lucía me arregló el cuello de la camisa con dedos tiernos. «Mañana a las nueve, la presentación», dijo. «Y a las diez, mi despacho. Hay que revisar el informe mensual.» Me guiñó un ojo. «Será una reunión larga.»

Salimos a la calle. Madrid amanecía con un cielo color melocotón. Lucía paró un taxi y, antes de subir, me besó en la mejilla, castamente, como si nada hubiera pasado. Pero al cerrar la puerta me miró por la ventanilla y articuló sin voz: «Gracias.» Yo me quedé en la acera, sonriendo como un idiota, con la camisa por fuera y la mejor noche de mi vida en el cuerpo.

Mientras esperábamos su taxi en la acera, Lucía me tomó la mano sin esconderse de nadie. «¿Sabes lo mejor de esta noche?» susurró. «¿La presentación?» «No. Que por fin alguien en esta empresa me mira como una mujer y no como un cargo.» Le besé la frente y no supe qué decir, así que no dije nada y le apreté la mano más fuerte.

Nos despedimos en el portal sin besarnos, por si el portero miraba. Pero a las nueve en punto, en la sala de juntas, Lucía presentó las diapositivas como si las hubiera soñado, y cada vez que decía «nuestro equipo» me miraba un segundo de más. Cuando terminó, con los aplausos aún sonando, me pasó una nota doblada por debajo de la mesa: «Mi despacho. Diez en punto. Cierra con llave.» La guardé en el bolsillo como un tesoro.

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