Relatos eróticos de la jefa: Isabel y Diego en la oficina de Madrid
Estos son relatos eróticos de la jefa, y esta historia empieza con una interrupción. Diego estaba presentando un informe en la sala de reuniones de una oficina de Madrid cuando Isabel levantó la mano y lo interrumpió. No me convence ese enfoque, dijo con voz tranquila, y toda la sala se quedó en silencio. Diego sintió que la cara le ardía. Isabel lo miró por encima de sus gafas, sin sonreír, y le pidió que lo replanteara para el día siguiente.
Diego tenía veintinueve años y llevaba dos años trabajando en esa empresa. Isabel tenía cuarenta, era la directora del departamento y tenía fama de no perdonar errores. Nadie bromeaba con ella. Nadie se atrevía a contradecirla en una reunión. Pero esa tarde, cuando Diego se quedó recogiendo sus papeles, Isabel se acercó y le dijo en voz baja que su idea no era mala, solo estaba mal presentada. Y le rozó el brazo al pasar.
Al día siguiente Diego llegó temprano con el informe rehecho. Isabel lo leyó despacio, en silencio, mientras él esperaba de pie. Al terminar, cerró la carpeta y dijo que ahora sí estaba bien. Luego lo miró y añadió que lo esperaba en su despacho a las siete, cuando la oficina se quedara vacía, para repasar otros asuntos pendientes. Diego asintió, con el corazón golpeándole el pecho.
A las siete la oficina estaba casi vacía. Las luces del pasillo ya estaban a medias. Diego llamó a la puerta del despacho de Isabel. Ella le dijo que pasara sin levantar la vista de su pantalla. Cuando él entró, Isabel se levantó, cerró la puerta con llave y se apoyó contra ella. Ya no parecía la jefa de la reunión. Parecía otra mujer, una que llevaba tiempo mirándolo de otra manera.
Isabel se acercó despacio y le desabrochó el primer botón de la camisa. Diego no se movió. Ella le besó el cuello, primero con suavidad y luego con más hambre. Él le agarró la cintura y la atrajo hacia sí. Isabel se rió en voz baja, una risa que Diego no le había oído nunca, y le dijo que llevaba semanas queriendo hacer eso en plena reunión.
La empujó suavemente hasta el escritorio y la sentó sobre él. Isabel llevaba una falda ajustada y una blusa blanca. Diego le abrió la blusa botón a botón, besando cada centímetro de piel que aparecía. Sus pechos, firmes y cálidos, quedaron ante él. Los tomó con las manos, los besó, los mordió con suavidad, y ella echó la cabeza hacia atrás, gimiendo su nombre.
Isabel le bajó los pantalones y le agarró el pene con decisión. Estaba duro y caliente. Ella lo acarició despacio, mirándolo a los ojos, disfrutando de su respiración agitada. Luego se arrodilló ante él y se lo metió en la boca, lamiendo la punta, tragándolo cada vez más profundo. Diego se agarró al borde del escritorio para no caerse.
Cuando ya no pudo más, Diego la levantó y la tumbó sobre el escritorio. Le abrió las piernas y le quitó la ropa interior, que ya estaba empapada. La penetró despacio, sintiendo cómo ella se tensaba y luego se relajaba a su alrededor. Isabel le clavó las uñas en la espalda y le susurró que no parara. Él aumentó el ritmo hasta que los papeles del escritorio empezaron a caer al suelo.
Isabel llegó al orgasmo primero, arqueándose, gritando su nombre en voz baja para que no se oyera fuera. Diego siguió hasta que él también se corrió dentro de ella, con un gemido largo. Se quedaron abrazados sobre el escritorio, respirando con dificultad, riéndose entre besos. Isabel le dijo que la reunión del día siguiente iba a ser muy difícil de tomar en serio.
Al día siguiente, en efecto, todo fue normal por fuera. Isabel dirigió la reunión con su voz de siempre. Diego presentó sin errores. Nadie notó nada, salvo que cuando sus miradas se cruzaban, ambos sonreían una fracción de segundo más de lo normal. Al terminar, Isabel le dejó una nota doblada sobre su mesa. Decía: esta noche, mi casa, ocho en punto.
Diego llegó a las ocho en punto a un piso elegante en el centro de Madrid. Isabel abrió la puerta con un vestido negro y una copa de vino en la mano. Cenaron hablando de trabajo, de libros, de viajes, como si fueran dos desconocidos que se acababan de conocer. Pero bajo la mesa, el pie de Isabel buscaba su pierna una y otra vez. Después de la cena, ella lo llevó al dormitorio sin más preámbulos.
En el dormitorio, Isabel se quitó el vestido despacio, delante de él, sin apartar la mirada. Diego la tumbó en la cama y recorrió su cuerpo con la boca, desde el cuello hasta los muslos. Ella le agarró el pelo y lo guió hacia donde más lo deseaba. Él la lamió hasta que ella se retorció y gritó, agarrando las sábanas con fuerza.
Después Isabel se puso encima de él y lo cabalgó despacio, con las manos apoyadas en su pecho, moviéndose al ritmo de su propia respiración. Diego le agarró las caderas y marcó el ritmo, cada vez más rápido. Ella llegó al orgasmo dos veces seguidas, temblando sobre él. Él se corrió justo después, abrazándola con fuerza para que no se cayera.
Durmieron abrazados hasta bien entrada la mañana. Al despertar, Isabel le preparó café y le dijo que tenía una videoconferencia a las diez. Diego se rió y dijo que la jefa era muy exigente. Ella le contestó que la jefa, fuera de la oficina, era mucho más exigente todavía. Y lo besó en la cocina, con la cafetera todavía en la mano.
Las semanas siguientes fueron un juego secreto. En la oficina, Isabel era dura, precisa, distante. Fuera de ella, era apasionada, atrevida, insaciable. Diego aprendió a leer sus señales: un bolígrafo dejado sobre su mesa significaba esta noche; una mirada larga en el ascensor significaba ven a mi despacho. Nadie sospechó nada, porque nadie imaginaba que la jefa pudiera perder el control así.
Una noche, en un viaje de trabajo a Barcelona, compartieron habitación por error de la reserva. En realidad, Isabel había cancelado la segunda habitación ella misma. Esa noche, en la cama del hotel, con la ciudad iluminada tras la ventana, hicieron el amor tres veces: una rápida contra la pared al entrar, una lenta en la cama, y una última al amanecer, perezosa y tierna, antes de bajar a desayunar como si nada.
De vuelta en Madrid, Diego recibió una oferta de otra empresa. Se lo contó a Isabel con miedo, temiendo que ella se enfadara. Isabel lo miró en silencio durante un minuto entero. Luego le dijo que no se fuera, que lo necesitaba, y no hablaba del trabajo. Diego sonrió y rompió la carta de la oferta delante de ella. Isabel lo besó allí mismo, en su despacho, con la puerta sin cerrar del todo.
El último día de aquel mes, Isabel convocó una reunión con todo el equipo. Anunció que Diego lideraría el próximo proyecto. Todos aplaudieron. Diego la miró, incrédulo. Isabel le guiñó un ojo, solo un instante, solo para él. Esa noche, en su casa, celebraron el ascenso a su manera, sobre la mesa de la cocina, en el sofá, en la cama, hasta quedarse dormidos el uno en brazos del otro.
Un fin de semana, Isabel invitó a Diego a su casa de campo en las afueras de Madrid. Era una casa pequeña, con jardín y piscina. Pasaron el sábado entero sin salir de la cama, salvo para comer algo rápido en la cocina, desnudos, riéndose, manchándose de fruta y de vino. Por la noche se bañaron juntos en la piscina, bajo las estrellas, y volvieron a hacer el amor en el agua, agarrados al borde, con el cuerpo flotando y el deseo intacto.
El domingo por la mañana, Isabel despertó a Diego con besos lentos y con la boca recorriendo su cuerpo hasta despertarlo del todo. Hicieron el amor despacio, sin prisa, mirándose a los ojos, hablando en susurros de planes y de futuro. Diego le dijo que no quería que aquello terminara nunca. Isabel le contestó que tampoco ella, y que la oficina, al fin y al cabo, era solo el lugar donde se habían encontrado.
De vuelta en la oficina el lunes, Isabel presentó a Diego como el responsable de un cliente importante, delante de todo el equipo. Él habló con seguridad, sin dudar, y ella lo observó con orgullo disimulado. Cuando terminó, todos aplaudieron. Isabel le dijo, en tono profesional, que buen trabajo. Y cuando nadie miraba, le pasó una nota doblada que decía: esta noche, lo celebramos en mi casa.
Y así siguieron, jefa y empleado de día, amantes sin remedio de noche, guardando un secreto que hacía que cada reunión fuera un juego y cada noche una promesa. En la oficina nadie supo nunca por qué Diego sonreía cuando Isabel lo interrumpía. Solo ellos dos sabían que cada interrupción era, en realidad, una invitación.
Una mañana, Isabel llegó a la oficina antes que nadie. Dejó su bolso en su despacho y fue a la máquina de café. Diego ya estaba allí, también temprano. Se miraron, solos en la cocina vacía, y sin decir palabra ella lo empujó contra la encimera. Lo besó con urgencia, como si llevara toda la noche esperándolo.
Diego le subió la falda y le bajó la ropa interior hasta las rodillas. Isabel se agarró a la encimera mientras él la penetraba por detrás, rápido y en silencio, pendientes del menor ruido del pasillo. Ella se mordió el labio para no gritar. Llegó al orgasmo en menos de un minuto, temblando contra el mueble.
Después se recompusieron, se alisaron la ropa y salieron de la cocina por separado, con dos minutos de diferencia. En la reunión de las nueve, Isabel reprendió a Diego por un retraso en un informe. Él asintió, serio, y nadie imaginó que hacía diez minutos estaban juntos en la cocina. Ese era su juego favorito: parecer distantes cuando acababan de estar más cerca que nunca.
Al mediodía, Isabel le envió un mensaje corto: ven a mi despacho a las dos. Diego fue, cerró la puerta, y la encontró esperándolo de pie junto a la ventana. Sin hablar, ella se sentó en el escritorio y abrió las piernas. Él se arrodilló ante ella y la lamió hasta que ella tuvo que taparse la boca con la mano para no hacer ruido.
Esa tarde trabajaron hasta tarde, cada uno en su mesa, cruzando miradas por encima de las pantallas. Al salir, Isabel le dijo en voz alta, para que la oyera la recepcionista, que el informe debía estar listo mañana. En voz baja, solo para él, añadió: y tú, en mi casa, a las nueve. Diego sonrió. Sabía que la noche iba a ser larga.
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