Office RomanceSpanish⭐ Original Edition

Relatos eróticos de oficina: la noche de las horas extra

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Nadie escribe relatos eróticos de oficina sobre las once y media de la noche, con la moqueta oliendo a café frío y el aire acondicionado zumbando para nadie, pero aquella noche la puerta de mi despacho se abrió sin llamar y entró Valeria con una carpeta bajo el brazo y una mirada que no era de trabajo. Yo llevaba cuatro horas peleando con el informe trimestral y de pronto el informe dejó de importarme.

Valeria tenía cuarenta y un años, un puesto de directora que se había ganado a pulso y una reputación de mujer de hielo que se derretía solo cuando sonreía de verdad. Aquella noche sonreía de verdad. Dejó la carpeta sobre mi mesa, se apoyó en el borde del escritorio y cruzó las piernas con una lentitud que me pareció deliberada. «¿Todavía aquí, Raúl?», preguntó. «El informe me espera», dije. «El informe puede esperar», contestó ella.

Llevábamos meses jugando a un juego peligroso de miradas en las reuniones, de manos que se rozaban al pasar papeles, de comentarios con doble sentido que solo nosotros entendíamos. Yo tenía veintinueve años y un puesto junior que me obligaba a tratarla de usted delante de todos, pero a solas, a las once y media de la noche, el usted empezó a sobrarme. Me levanté de la silla y me acerqué hasta quedar a un palmo de ella.

«Valeria», dije, y fue la primera vez que la llamaba por su nombre en voz alta. Ella alzó la vista, sorprendida y complacida a la vez, y yo no le di tiempo a responder: la besé. Fue un beso directo, sin permiso pedido, con toda la tensión de meses concentrada en un solo movimiento. Ella se quedó quieta un segundo eterno y luego me devolvió el beso con una ferocidad que me dejó claro que llevaba esperando aquello tanto como yo.

Sus manos se enredaron en mi pelo y tiraron de mí hacia ella mientras su lengua invadía mi boca sin contemplaciones. Yo la agarré por la cintura y la senté sobre el borde del escritorio, apartando la carpeta de un manotazo. Los papeles volaron por el suelo y a ninguno nos importó. «¿Sabes lo que acabas de hacer?», susurró contra mis labios, jadeando. «Besar a mi jefa», dije. «Exacto», contestó, «y pienso aprovecharme.»

Empezó a desabrocharme la camisa con dedos impacientes mientras yo le bajaba la cremallera del vestido por la espalda. La tela negra se deslizó por sus hombros y quedó retenida en su cintura, revelando un sujetador de encaje rojo que me dejó sin aliento. «¿Rojo?», pregunté, riendo. «Para las noches en que trabajo hasta tarde», dijo, «por si acaso.» Le quité el sujetador con un gesto rápido y sus pechos quedaron libres, firmes y generosos.

Los tomé en mis manos y los acaricié, y luego bajé la boca a sus pezones, lamiéndolos y succionándolos mientras ella arqueaba la espalda y gemía. Sus manos bajaron a mi cinturón y lo desabrocharon con una eficacia que hablaba de experiencia, y liberaron mi miembro ya completamente erecto. Lo tomó en su mano y lo acarició despacio, mirándome a los ojos. «Tienes las manos frías», jadeé. «Te las caliento ahora mismo», dijo.

Se deslizó del escritorio y se arrodilló delante de mí, entre mis piernas, y sin apartar la vista de la mía lo tomó en su boca. El calor de su boca me envolvió de golpe y tuve que agarrarme al borde de la mesa para no tambalearme. Su lengua trabajaba con una maestría absoluta, alternando succiones profundas con roces suaves de la punta, mientras una de sus manos me acariciaba con ritmo. Yo gemía sin control, olvidado de que estábamos en una oficina.

«Valeria, por favor», jadeé, «si sigues así...» Ella se apartó con una sonrisa traviesa, limpiándose los labios con el dorso de la mano. «Todavía no», dijo, poniéndose en pie. «Primero quiero que me mires.» Se quitó el vestido del todo y las bragas rojas a juego, y se quedó desnuda delante de mí bajo la luz fría de los fluorescentes, con el pelo recogido despeinándose y una seguridad en el cuerpo que me volvió loco.

Yo me desnudé por completo mientras ella me observaba, y luego la levanté en brazos y la senté sobre el escritorio, abriéndole las piernas. Me arrodillé entre ellas y la besé donde más lo necesitaba, lamiendo su sexo húmedo y caliente con ansia. Ella se agarró a mi pelo y movió las caderas contra mi boca, gimiendo cada vez más alto. «Raúl, no pares», repetía, y el despacho entero parecía vibrar con su voz.

La llevé al borde del orgasmo con la lengua y los dedos, y cuando se corrió fue con un grito ahogado que se perdió entre las paredes vacías de la oficina, su cuerpo temblando sobre el escritorio entre papeles arrugados. La sostuve hasta que se calmó, besando sus muslos, su vientre, sus pechos. Ella me miró con los ojos vidriosos y me atrajo hacia su boca para un beso largo y profundo.

«Ahora llévame a la ventana», ordenó, con esa voz de directora que no admitía réplica. La tomé de la mano y la llevé hasta el ventanal que daba a la Gran Vía, con la ciudad extendida a nuestros pies como un mar de luces. La puse de espaldas al cristal, con las manos apoyadas en el vidrio frío, y me coloqué tras ella. «¿Y si nos ve alguien?», susurró, riendo nerviosa. «Estamos en un décimo piso», dije, «que miren y aprendan.»

La penetré desde atrás despacio, sintiendo cómo su cuerpo se abría para recibirme, caliente y estrecho. Ella gimió contra el cristal, empañándolo con su aliento, y yo la embestí con un ritmo creciente, agarrándola por las caderas. La ciudad brillaba bajo nosotros, indiferente, mientras nuestros cuerpos se movían al unísono. Una de mis manos rodeó su cintura y bajó a acariciarla por delante, y ella se arqueó hacia atrás contra mi pecho.

«Más fuerte», pidió, y yo obedecí, embistiéndola con fuerza mientras el ventanal temblaba levemente con cada golpe. Sus gemidos se hicieron más agudos y su interior empezó a contraerse alrededor de mí, anunciando otro orgasmo. «Córrete para mí», le susurré al oído, mordisqueándoselo. Ella se corrió con un gemido largo y gutural, temblando entre mis brazos, y yo tuve que contenerme para no seguirla todavía.

La giré entre mis brazos y la besé con desesperación, y luego la llevé de vuelta al escritorio, donde la tumbé sobre la madera despejada de papeles. Me coloqué sobre ella y la penetré de frente, mirándola a los ojos, y empezamos a movernos juntos con un ritmo lento y profundo que nos permitió sentir cada centímetro. Sus piernas se enredaron en mi cintura y sus uñas se clavaron en mi espalda.

El ritmo se aceleró poco a poco, sin que ninguno quisiera romper la magia de aquel momento. Yo la embestía con fuerza creciente y ella me recibía con gemidos cada vez más urgentes, sus pechos moviéndose al compás de mis embestidas. «No pares, no pares», jadeaba, y yo no tenía la menor intención de parar. El escritorio crujía bajo nosotros y el informe trimestral yacía olvidado en el suelo.

Cuando llegué al límite la agarré por las nalgas y la penetré con golpes profundos y finales, y me corrí dentro de ella con un rugido sordo que resonó en el despacho vacío. Ella me abrazó con fuerza, recibiéndome, y nos quedamos así, jadeando, sudorosos, con el corazón desbocado. La luz fluorescente nos bañaba sin piedad y éramos dos desconocidos desnudos sobre un escritorio lleno de arañazos.

Pero Valeria no había terminado conmigo. Cuando aún jadeaba sobre el escritorio, se incorporó sobre los codos y me miró con una chispa traviesa en los ojos. «Ven aquí», ordenó, y me atrajo hacia ella para un beso lento y húmedo que me encendió de nuevo en cuestión de segundos. Su mano bajó entre nosotros y me tomó, ya endureciéndome otra vez entre sus dedos expertos. «¿Ya?», susurró, impresionada y complacida. «Contigo, siempre», contesté.

Se puso de pie y me empujó suavemente hasta sentarme en mi propia silla de despacho, y luego se colocó a horcajadas sobre mí, tomándome dentro de ella con un movimiento fluido y profundo que nos arrancó un gemido a los dos. Empezó a cabalgarme con un ritmo sensual y poderoso, con las manos apoyadas en mis hombros y la cabeza echada hacia atrás. Yo la agarré por la cintura y la ayudé a subir y bajar, sintiendo cada contracción de su cuerpo.

La silla giró ligeramente con el movimiento y los dos nos reímos sin dejar de besarnos, y aquel momento de risa compartida, desnudos y enredados en una silla de oficina a medianoche, me pareció más íntimo que todo lo anterior. Ella aceleró el ritmo, clavándome las uñas en los hombros, y yo la embestí desde abajo para encontrarla en cada descenso. «Córrete conmigo», le pedí, y ella asintió, jadeando, incapaz de hablar.

Llegamos juntos al orgasmo con un gemido compartido que se perdió en el despacho vacío, sus cuerpos temblando al unísono, su frente apoyada en la mía. Nos quedamos abrazados en la silla, girando despacio, sin querer romper el hechizo. «¿Sabes qué es lo mejor de ser la jefa?», susurró Valeria contra mi cuello. «Que puedo cerrar la puerta del despacho cuando quiera.»

Nos vestimos despacio, riendo bajito, recogiéndonos la ropa entre los papeles esparcidos. Valeria se alisó el vestido y se recogió el pelo con un gesto profesional que me hizo reír: en treinta segundos había vuelto a ser la directora de hielo. «El informe», dijo, señalando los papeles del suelo con la barbilla. «Mañana», contesté. «Esta noche ya he terminado mi jornada.»

En el ascensor, ya vestidos y compuestos, ella me miró de reojo y dijo: «Raúl.» «¿Sí, Valeria?» Ella sonrió, esa sonrisa de verdad que tan pocas veces mostraba. «Mañana quédate hasta tarde otra vez. Tenemos que revisar el informe.» Las puertas se abrieron en el garaje y salió caminando como si nada hubiera pasado, pero yo vi cómo se mordía el labio para no sonreír. Y supe que las horas extra acababan de convertirse en mi parte favorita del trabajo.

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