Office RomanceSpanish⭐ Original Edition

Relatos eróticos de recepcionistas: el turno de noche

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"¿Me está diciendo que la llave no funciona?" La voz del hombre cortó el silencio del vestíbulo como un cuchillo. Eran las once y cuarenta de la noche y Lucía, la recepcionista del turno nocturno del Hotel Miramar, levantó la vista del ordenador con su mejor sonrisa profesional. Estos relatos eróticos de recepcionistas empiezan casi siempre igual: un cliente enfadado, una llave caprichosa y una noche que promete ser larga.

El hombre tendría unos cuarenta y tres años, traje arrugado de viaje, maletín en una mano y la tarjeta de la habitación 312 en la otra. "Perdone, es la tercera vez que bajo. La puerta no se abre." Lucía tomó la tarjeta entre sus dedos. "Voy a codificarle una nueva, señor..." Miró la pantalla. "Señor Andrés. Un momento."

Mientras la máquina zumbaba, Lucía lo observó de reojo. Alto, mandíbula marcada, ojos cansados de vendedor que lleva demasiados kilómetros. Él la miraba a ella sin disimulo: el uniforme azul marino le ceñía la cintura, y el escote, aunque discreto, dejaba adivinar lo suficiente. "¿Lleva mucho en el turno de noche?" preguntó él, suavizando el tono.

"Tres años. Me gusta la calma." Le entregó la tarjeta nueva. "Pruebe. Si falla otra vez, subo yo misma a abrirle." Andrés sonrió por primera vez. "¿Lo dice en serio?" "Palabra de recepcionista." Él se giró hacia el ascensor, y Lucía se quedó mirando cómo se alejaba, con una idea cruzándosele por la cabeza que no tenía nada de profesional.

Diez minutos después sonó el teléfono de recepción. Era la 312. "Sigue sin abrir." Lucía sintió un cosquilleo en el estómago. "Voy para allá." Cogió la llave maestra, avisó por radio que subía a la tercera planta y se metió en el ascensor. El espejo le devolvió su imagen: veintinueve años, pelo castaño recogido, pintalabios rojo que se había retocado a las once. Se soltó un botón de la blusa. Solo uno. Por si acaso.

Andrés la esperaba en el pasillo, apoyado en la puerta. "¿Ves? Ni con la nueva." Lucía pasó la tarjeta por la cerradura. Nada. Probó la llave maestra. La puerta se abrió. "La cerradura está dañada," dijo. "Mañana la cambian. ¿Quiere que le baje a otra habitación?" Él entró, dejó el maletín y se volvió hacia ella. "¿Para qué? Ya estoy instalado. Además," la miró de arriba abajo, "la asistencia técnica es excelente."

Lucía debería haberse dado la vuelta y marchado. En tres años de turno nocturno había aprendido a esquivar proposiciones con una sonrisa. Pero aquella noche, con el hotel medio vacío y la lluvia golpeando los cristales, algo en la forma en que Andrés la miraba le encendió la sangre. Cerró la puerta tras de sí. "¿Sabe? Normalmente cobramos un suplemento por el servicio de habitaciones tan tarde."

"¿Y cómo se paga ese suplemento?" Andrés se acercó despacio. Lucía no retrocedió. Cuando estuvo a un palmo, él le apartó un mechón de la cara. "Tienes unos ojos preciosos, ¿lo sabías?" Ella sonrió, traviesa. "Eso me dicen los clientes enfadados cuando les arreglo la puerta." Él se rio, y la risa se convirtió en un beso.

Lucía llevaba tres años trabajando de noche y había desarrollado un radar infalible para los clientes que solo buscaban una aventura barata. Los esquivaba con una sonrisa y un "disculpe, tengo que atender la centralita". Pero Andrés era distinto. No había arrogancia en su mirada, sino una especie de cansancio amable, de hombre que lleva demasiado tiempo durmiendo solo en habitaciones que no son la suya.

"¿Viajas mucho?" preguntó ella, ganando tiempo, porque sus piernas ya temblaban un poco. "Demasiado. Divorciado, sin hijos cerca, la empresa me tiene de hotel en hotel." Se encogió de hombros. "A veces hablo con la recepcionista más que con nadie en todo el día." Lucía sintió una punzada de ternura. Conocía esa soledad: la de las tres de la mañana mirando cámaras vacías.

En el ascensor, de camino a la tercera planta, el silencio se volvió eléctrico. Estaban solos, y el espejo les devolvía dos cuerpos demasiado cerca. Andrés le rozó la mano sin querer, o queriendo, y ninguno de los dos la apartó. "¿Sabes?" dijo él en voz baja. "Llevo media hora deseando que la llave siga sin funcionar." Lucía se rio, nerviosa y excitada a partes iguales. "Ten cuidado con lo que deseas."

Fue un beso de los que empiezan con cuidado y terminan con urgencia. Andrés la pegó contra la pared del pasillito de entrada, sus manos bajando por su espalda hasta posarse en su culo, apretándolo por encima de la falda del uniforme. Lucía gimió contra su boca. Hacía meses que nadie la tocaba así, con esa mezcla de hambre y delicadeza.

"La cama está ahí," susurró ella, señalando con la cabeza. Pero Andrés negó con una sonrisa. "Primero, el minibar. Una noche así merece un brindis." Sacó una botellita de cava y dos copas. Lucía se sentó en el borde de la cama mientras él descorchaba con un pop suave. Brindaron. El cava estaba frío y dulce, y a Lucía se le subió a la cabeza al instante.

Andrés se arrodilló entre sus piernas. Le subió la falda despacio, centímetro a centímetro, hasta descubrir sus muslos y el encaje negro de sus bragas. "¿El uniforme exige esta lencería?" preguntó, con la voz ronca. "El uniforme no. Yo sí." Él le besó la cara interna de los muslos, cada beso más alto que el anterior, hasta que su boca encontró la tela húmeda de sus bragas.

Lucía echó la cabeza hacia atrás. La lengua de Andrés, por encima del encaje, dibujaba círculos lentos sobre su clítoris. Ella se agarró a las sábanas. "Dios, Andrés..." Él apartó las bragas a un lado sin quitárselas y la lamió directamente. Su coño estaba empapado, y cada lametón arrancaba un gemido más alto. Lucía tuvo que morderse el labio para no gritar.

Cuando sintió que iba a correrse, lo detuvo. "No. Todavía no." Se puso de pie, se quitó la blusa botón a botón, delante de él, como un striptease improvisado. El sujetador negro a juego con las bragas. Se lo desabrochó y lo dejó caer. Sus tetas, firmes y redondas, quedaron al aire. Andrés las miró como si fueran un milagro. "Eres preciosa."

Ella se acercó y le desabrochó el cinturón. Le bajó los pantalones y los calzoncillos de un tirón. Su polla, dura y gruesa, saltó libre. Lucía la tomó en su mano y la acarició despacio, mirándolo a los ojos. Luego se arrodilló y se la metió en la boca. Andrés gimió, echando la cabeza hacia atrás, sus manos enredándose en su pelo suelto.

Lucía sabía lo que hacía. La chupaba con ritmo, alternando succiones profundas con lametones en el glande, mientras una mano le acariciaba los huevos. "Joder, Lucía, vas a matarme," jadeó él. Ella sonrió con la boca llena y aceleró. Cuando notó que estaba a punto, se apartó. "En la cama. Te quiero dentro."

Se tumbaron sobre las sábanas revueltas. Andrés se colocó entre sus piernas y la penetró de una embestida lenta y profunda. Lucía gritó, arqueando la espalda. La llenaba por completo. Él empezó a moverse, primero despacio, saboreando cada centímetro, luego más rápido, más duro. El cabecero golpeaba la pared con un ritmo que a Lucía le pareció la mejor música del mundo.

"Más fuerte," le pidió ella, clavándole las uñas en la espalda. "No te cortes, que el hotel está vacío." Andrés obedeció. La embistió con fuerza, y cada golpe le arrancaba un gemido. Lucía le rodeó la cintura con las piernas, atrayéndolo más hondo. Su coño se contraía alrededor de su polla, y los dos lo sentían.

Él cambió de postura: la puso a cuatro patas y la tomó por detrás, agarrándola por las caderas. Lucía gritó su nombre. Desde ese ángulo la penetración era brutalmente profunda. Una de sus manos bajó a frotarle el clítoris al ritmo de las embestidas. "Córrete conmigo," le ordenó él. "Ahora."

Y Lucía se corrió, con un orgasmo que le recorrió el cuerpo entero como una descarga eléctrica, gritando contra la almohada. Andrés la siguió segundos después, con un rugido sordo, derramándose dentro de ella en oleadas. Se desplomó sobre su espalda, los dos jadeando, empapados en sudor.

Se quedaron abrazados mientras la lluvia seguía golpeando la ventana. "¿Sabes?" dijo Andrés, acariciándole el pelo. "Creo que voy a prolongar mi estancia. Dos noches más." Lucía sonrió contra su pecho. "¿Por negocios?" "Por la asistencia técnica." Ella se rio y lo besó. "Entonces tendré que cambiarte a una habitación con la cerradura estropeada."

Después, exhaustos y felices, se metieron juntos en la ducha. El agua caliente caía sobre sus cuerpos mientras se enjabonaban mutuamente, sin prisa, riéndose como dos adolescentes. Andrés le lavó el pelo con una ternura que a Lucía le encogió el corazón. "¿Cuándo fue la última vez que alguien te cuidó así?" le preguntó él. Ella no supo qué responder, así que lo besó.

Bajo el agua, con sus cuerpos resbaladizos de jabón, el deseo volvió a despertar. Andrés la pegó contra los azulejos y la penetró de pie, sujetándola por los muslos. Lucía rodeó su cintura con las piernas y se dejó llevar, el agua golpeándoles la espalda. Fue más lento esta vez, más profundo, mirándose a los ojos. Cuando se corrieron, lo hicieron abrazados, temblando.

"Me quedo dos noches más," repitió Andrés mientras se vestía, "y pienso bajar a recepción cada noche con una excusa distinta. Que si la llave, que si la almohada, que si el aire acondicionado." Lucía se rio, recogiéndose el pelo. "¿Y si una noche no estoy?" "Entonces pediré que te llamen. Eres insustituible."

A las tres de la mañana, Lucía bajó a recepción con el uniforme perfectamente colocado, el pintalabios retocado y una sonrisa que el turno de noche no le había visto en tres años. En el parte nocturno escribió: "Incidencia 312 resuelta. Cliente satisfecho." Y subrayó dos veces la última palabra.

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