Relatos eróticos de la secretaria: Marta y Andrés en Madrid
En el sueño, Marta estaba sentada sobre el escritorio de Andrés y los relatos eróticos de la secretaria que siempre había imaginado se volvían reales entre papeles desordenados y la luz cálida de la lámpara del despacho. Él la miraba desde su silla con esa calma de jefe que lo sabe todo, y ella sentía cómo el vestido se le subía despacio mientras sus piernas se abrían sin vergüenza. Andrés se acercaba, le apartaba el pelo de la cara y le susurraba al oído que llevaba meses queriendo verla así, rendida y caliente, justo encima de su mesa de trabajo.
En el sueño no había pudor ni prisa. Marta sentía las manos de Andrés subir por sus muslos, abrirle las piernas con firmeza y bajarle las bragas con una lentitud deliciosa que la hacía gemir. Él la besaba por el cuello, le mordía la oreja y le decía que su coño estaba empapado solo de mirarla, y ella se reía, excitada, mientras se frotaba contra su pantalón. Cuando él por fin la penetró en el sueño, Marta arqueó la espalda, clavó las uñas en sus hombros y gritó su nombre entre jadeos, sintiendo cada embestida profunda hasta correrse con un temblor que la despertó de golpe.
Marta despertó con el corazón desbocado, la respiración entrecortada y las sábanas revueltas entre las piernas. Tenía la piel caliente, los pezones duros bajo el camisón y una humedad evidente que la hizo sonrojarse incluso sola en su habitación. Se llevó una mano entre los muslos, todavía atrapada por la imagen de Andrés, y se tocó despacio, recordando su voz, hasta que un segundo orgasmo más suave la dejó temblando. Se duchó con agua fría, se vistió con una falda ajustada y una blusa blanca, y salió hacia la oficina decidida a comportarse como si nada hubiera pasado.
Pero en cuanto entró en la oficina de Madrid y vio a Andrés de pie junto a la ventana, con la camisa arremangada y la corbata algo suelta, el sueño volvió a encenderla de inmediato. Él la saludó con normalidad, le pidió el informe de la reunión y le sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario, y Marta sintió que las mejillas le ardían. Durante la mañana intentó concentrarse en correos, llamadas y agendas, pero cada vez que él pasaba a su lado, su perfume y el roce casual de su mano en su hombro la dejaban sin aire. Marta sabía que estaba jugando con fuego, pero también sabía que lo deseaba con una fuerza que ya no podía disimular.
A media mañana, Andrés le pidió que le llevara unos contratos al despacho y cerrara la puerta para revisar un detalle confidencial. Marta entró con la carpeta temblando ligeramente entre las manos y él le señaló la silla frente a su escritorio, aunque ella prefirió quedarse de pie, cerca de él. Cuando Andrés se inclinó sobre los papeles, su brazo rozó el pecho de Marta y ambos se quedaron quietos, mirándose, conscientes de que aquel contacto no había sido casual. Ella sonrió, atrevida por primera vez, y le dijo que anoche había soñado con él, sin dar detalles, solo lo suficiente para que él entendiera.
Andrés se quedó en silencio, sorprendido y visiblemente excitado, y le preguntó qué había soñado, con la voz más grave de lo habitual. Marta se mordió el labio, se acercó un paso más y le confesó que en el sueño él la follaba sobre ese mismo escritorio, sin piedad y sin prisa, mientras ella gritaba su nombre. La confesión cayó como una chispa en un despacho lleno de papeles y tensión acumulada, y Andrés, en lugar de retroceder, cerró el portátil, se levantó y la tomó por la cintura. La besó con hambre, con las manos ya buscando su falda, y Marta respondió con la misma urgencia, tirando de su corbata hacia ella.
El beso se volvió salvaje en segundos. Andrés la sentó sobre el escritorio, tal como en el sueño, y le subió la falda hasta la cintura mientras le besaba el cuello, los hombros y el escote. Marta le desabrochó la camisa con dedos temblorosos, le mordió el pecho y sintió su polla dura presionando contra su muslo a través del pantalón.
Él le bajó las bragas despacio, se las quitó con una mano y las dejó caer al suelo, y luego le abrió las piernas y la miró, empapada y temblando, antes de hundir dos dedos en su coño. Marta gimió fuerte, se agarró a sus hombros y movió las caderas contra su mano, pidiéndole más con la voz rota.
Andrés la besó en la boca para ahogar sus gemidos y la penetró de un golpe profundo que la hizo arquearse sobre el escritorio. Marta sintió su polla llenándola por completo, dura y caliente, y rodeó su cintura con las piernas para que entrara aún más hondo. Él la folló con ritmo firme, agarrándola por las caderas, mientras los papeles se deslizaban al suelo y el escritorio crujía bajo sus cuerpos.
Ella le arañaba la espalda, le mordía el labio y le susurraba obscenidades al oído, diciéndole que llevaba meses deseando que la follara así, en su despacho, como su secretaria obediente y caliente. Cuando el placer la desbordó, Marta se corrió gritando su nombre, con el coño apretándose alrededor de su polla, y él la siguió segundos después, corriéndose dentro de ella con un gemido ronco.
Al final de la jornada, cuando la oficina empezó a vaciarse, Andrés le pidió que se quedara para archivar unos expedientes urgentes en la sala del archivo. Marta entendió la excusa al instante y lo siguió por el pasillo con el corazón latiendo con fuerza. La sala del archivo era pequeña, silenciosa y estaba llena de estanterías altas que los ocultaban de cualquier mirada, y en cuanto Andrés cerró la puerta, Marta lo empujó contra una estantería y lo besó con furia. Le bajó la cremallera del pantalón, le sacó la polla ya dura y se arrodilló ante él sin pedir permiso, mirándolo a los ojos mientras se la metía en la boca.
Marta le hizo una mamada lenta y profunda, lamiendo la punta, chupando con fuerza y mirándolo desde abajo mientras él le agarraba el pelo y gemía bajito. Le lamió los huevos, le pasó la lengua por todo el tronco y se la tragó hasta el fondo, disfrutando de cada gemido que le arrancaba. Andrés, incapaz de contenerse más, la levantó, la giró contra la estantería y le levantó la falda por detrás.
Le abrió las piernas, le acarició el coño empapado con los dedos y la penetró por detrás con una embestida brutal que la hizo gritar contra los expedientes. Marta se agarró a la estantería, empujó las caderas hacia atrás y le pidió que la follara más fuerte, más hondo, sin parar.
Él la folló por detrás con fuerza, agarrándola por las caderas y dándole azotes suaves en el culo que la excitaban aún más, mientras ella gemía y se mordía la mano para no gritar demasiado. Luego la giró, la sentó sobre una caja de archivos y la penetró de nuevo de frente, con las piernas de Marta abiertas sobre sus hombros, entrando tan hondo que ella sentía cada centímetro. Marta le rodeó el cuello con los brazos, le besó el pecho sudado y se corrió por segunda vez esa tarde, con un orgasmo largo y tembloroso que le dejó las piernas flojas. Andrés se corrió dentro de ella otra vez, abrazándola con fuerza, y ambos se rieron en voz baja, escondidos entre archivos, como dos adolescentes traviesos.
Cuando salieron de la sala del archivo, ya era de noche y la oficina estaba vacía. Andrés tomó a Marta de la mano, sin disimulo, y le propuso no terminar la noche allí, sino continuar en un hotel cercano donde nadie los conociera. Marta aceptó sin dudarlo, excitada solo de imaginar lo que quedaba por venir, y salieron juntos del edificio como una pareja que ya no se esconde.
En el taxi, Andrés le metió la mano bajo la falda y le acarició el coño por encima de las bragas, y Marta tuvo que morderse el labio para no gemir ante el conductor. Llegaron al hotel riendo, abrazados, y subieron a la habitación con la urgencia de quienes llevan todo el día deseándose.
En la habitación del hotel, Marta tomó el control desde el primer momento. Empujó a Andrés sobre la cama, se quitó la blusa despacio ante él, mostrando sus tetas desnudas, y luego se desabrochó la falda y se quedó solo con las bragas y los tacones. Se subió encima de él, le bajó el pantalón y se colocó su polla dura en la entrada de su coño, bajando despacio hasta sentarse por completo sobre él.
Marta cabalgó con ritmo lento al principio, moviendo las caderas en círculos, sintiendo cómo él la llenaba en cada movimiento, y luego aceleró, rebotando sobre su polla con las tetas balanceándose ante su cara. Andrés le agarró las tetas, le chupó los pezones y le mordió el cuello mientras ella gemía su nombre sin control.
Marta cambió de postura sin bajarse de él, girándose para cabalgarlo de espaldas, apoyando las manos en sus rodillas y moviéndose con fuerza mientras él le agarraba el culo y la guiaba. El espejo del armario les devolvía la imagen de sus cuerpos desnudos y sudados, y verlos así excitó aún más a Marta, que se tocó el clítoris con los dedos mientras se movía sobre su polla. Se corrió con un grito largo, apretando su polla dentro de ella, y Andrés, al sentirla, la agarró por la cintura y la folló desde abajo con embestidas profundas hasta correrse dentro de ella otra vez. Cayeron abrazados sobre la cama, agotados, sudados y sonriendo, con las sábanas revueltas y el perfume de ambos mezclado en la habitación.
Después, en la ducha del hotel, volvieron a encenderse. Marta enjabonó el cuerpo de Andrés despacio, deteniéndose en su polla, que se endureció de nuevo bajo sus manos y el agua caliente. Él la pegó contra la pared de la ducha, le abrió las piernas y la penetró de pie, con el agua cayendo sobre sus cuerpos y sus gemidos mezclándose con el ruido del agua.
Marta rodeó su cintura con las piernas, se agarró a su cuello y se dejó follar contra los azulejos, sintiendo cada embestida mientras el agua caliente les resbalaba por la piel. Se corrió una vez más, temblando entre sus brazos, y él se corrió dentro de ella con un gemido profundo, besándola en la boca mientras el agua seguía cayendo.
En ese último polvo lento, Andrés la colocó de lado, entrando en ella por detrás con suavidad, abrazándola por la cintura y besándole el cuello mientras se movía despacio dentro de su coño. Marta le agarró la mano, la llevó a su pecho y gimió bajito con cada movimiento, disfrutando de la intimidad nueva que habían encontrado entre tanto deseo. Se corrieron juntos, despacio, abrazados, con un orgasmo profundo y silencioso que los dejó dormidos uno en brazos del otro. Marta se durmió pensando que al día siguiente volvería a la oficina, se sentaría frente a su mesa y, cuando Andrés la mirara, ambos sabrían exactamente qué había pasado y qué volvería a pasar.
Cuando Marta despertó a la mañana siguiente, todavía en la cama del hotel, Andrés ya estaba despierto, mirándola con una sonrisa que la hizo sonrojarse de nuevo. Él le apartó el pelo de la cara, la besó en los labios y le susurró que tenía que volver a la oficina, pero que esa noche la esperaba otra vez en el mismo hotel. Marta sonrió, se estiró desnuda entre las sábanas y le respondió que esta vez sería ella quien eligiera la habitación y quien decidiera cómo empezar.
La noche siguiente, Marta llegó al hotel antes que Andrés, con una maleta pequeña y una sonrisa que no pudo disimular ni ante el recepcionista. Se duchó despacio, se puso un conjunto de encaje negro que había comprado esa misma tarde y se sentó en la cama a esperarlo, con las piernas cruzadas y el corazón latiendo con fuerza. Cuando Andrés abrió la puerta y la vio así, se quedó quieto un instante, mirándola de arriba abajo, y luego cerró la puerta con llave, se quitó la chaqueta y fue directo hacia ella sin decir una palabra.
Marta lo recibió de pie, lo besó con calma y lo desnudó prenda a prenda, disfrutando de cada botón y cada mirada. Lo tumbó sobre la cama, se colocó encima de él y le besó el pecho, el cuello y el vientre, bajando despacio hasta tomar su polla dura en la boca. Le hizo una mamada profunda y lenta, mirándolo mientras él le acariciaba el pelo y gemía su nombre, y cuando sintió que estaba a punto de correrse, Marta se detuvo, sonrió y subió de nuevo para besarlo en la boca.
Entonces Marta se colocó sobre su polla y bajó despacio hasta sentarse por completo, sintiendo cómo la llenaba mientras se movía con ritmo suave y profundo. Andrés le agarró las caderas, le besó las tetas por encima del encaje y luego le quitó el sujetador para chuparle los pezones con ansia. Marta aceleró el movimiento, rebotando sobre él con las manos apoyadas en su pecho, y se corrió con un grito ahogado, temblando encima de su cuerpo, mientras él la abrazaba y seguía moviéndose dentro de ella.
Sin salir de ella, Andrés la giró sobre la cama y la colocó a cuatro patas, entrando de nuevo por detrás con embestidas fuertes y profundas que la hicieron gemir contra la almohada. Le agarró el pelo con una mano y el culo con la otra, follándola con fuerza mientras Marta empujaba las caderas hacia atrás, pidiéndole más con la voz rota. Cuando él sintió que iba a correrse, la giró una vez más, la penetró de frente con las piernas abiertas sobre sus hombros y se corrió dentro de ella con un gemido largo, dejándola abrazada y temblando bajo su cuerpo.
Después, abrazados bajo las sábanas, Marta le confesó entre risas que aquella noche había sido su plan desde que salió de la oficina, y que había comprado el encaje solo para ver su cara al abrir la puerta. Andrés la besó despacio, le dijo que a partir de ahora sería él quien preparara la sorpresa, y Marta sonrió, cerró los ojos y se durmió en sus brazos, pensando ya en la próxima noche que pasarían juntos.
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