Relatos Eróticos de Secretarias: La Noche de Elena
Los relatos eróticos de secretarias siempre me habían parecido una fantasía exagerada de internet, hasta que viví uno en mi propia oficina un viernes por la noche, con la ciudad apagada fuera y solo nosotros dos dentro.
Me llamo Javier, tengo treinta y ocho años y trabajo como gerente comercial en una empresa de logística en Madrid. Divorciado desde hace dos años, mi vida era una rutina de reuniones, informes y cenas solitarias frente al televisor. Elena llevaba ocho meses siendo mi secretaria. Veintinueve años, pelo castaño recogido siempre en un moño serio, gafas finas y una forma de moverse por la oficina que más de una vez me había hecho perder el hilo de lo que estaba diciendo en plena reunión.
Aquel viernes teníamos que entregar un informe para un cliente alemán el lunes a primera hora, y los números no cuadraban. A las siete de la tarde la oficina ya estaba vacía, solo quedaba el zumbido de los fluorescentes del pasillo. Yo seguía en mi despacho con tres pantallas llenas de tablas. Elena llamó a la puerta entreabierta y dijo, ¿me quedo a ayudarte con las tablas? Sin mí no terminas ni el lunes, y lo sabes.
Le dije que sí, claro, intentando sonar profesional. Se sentó a mi lado con su portátil y empezamos a trabajar codo con codo. El aire acondicionado se había apagado a las siete y el despacho empezó a calentarse poco a poco. Elena se quitó la chaqueta del traje y la colgó en el respaldo de su silla. Se quedó en una blusa blanca fina, y debajo se adivinaba la forma de sus pechos y el encaje oscuro del sujetador. Intenté no mirar, pero mis ojos volvían solos cada dos minutos.
Ella lo notaba todo, estoy seguro. Cada vez que yo apartaba la vista rápido, ella sonreía para sus adentros sin dejar de teclear. A las nueve habíamos avanzado bastante con el informe. Elena se levantó a por agua a la pequeña cocina de la oficina y volvió con dos vasos fríos. Al inclinarse para dejar el mío en la mesa, su blusa se abrió un poco por el escote y vi el canal entre sus pechos, profundo y tentador.
Ella lo notó. No se apartó ni se recompuso la blusa. Me miró por encima de las gafas y sonrió de una forma que no era la sonrisa de una secretaria. Era la sonrisa de una mujer que sabe exactamente lo que está provocando. Dijo, llevas una hora mirándome el escote, Javier. Una hora entera.
Me quedé helado, con el vaso a medio camino de la boca. Intenté disculparme, tartamudeando algo sobre el cansancio, y ella levantó una mano para cortarme. No te disculpes. Llevo ocho meses notando cómo me miras cuando crees que no te veo. En las reuniones, en el pasillo, cuando me agacho a por un archivo. Y llevo ocho meses preguntándome si algún día harías algo al respecto o si ibas a mirarme así hasta jubilarte.
El corazón me golpeaba el pecho tan fuerte que pensé que ella lo oiría. Elena rodeó la mesa despacio y se sentó en el borde, justo delante de mí, tan cerca que sus rodillas rozaban las mías. Sus piernas cruzadas quedaron a la altura de mis ojos. Lentamente, muy lentamente, descruzó las piernas y la falda se le subió un poco más por los muslos. Pude ver el borde de sus medias negras y, más arriba, la sombra de sus bragas.
Susurró, ¿vas a seguir mirando toda la noche o vas a tocar de una vez? No esperé ni un segundo más. Puse mis manos en sus rodillas y las subí despacio por sus muslos, sintiendo el nylon de las medias bajo mis palmas. Su piel temblaba ligeramente bajo mis dedos. Llegué al borde superior de las medias y seguí por la piel desnuda y caliente hasta la tela de sus bragas.
Elena echó la cabeza hacia atrás y dejó escapar un gemido suave que me puso la piel de gallina. Metí un dedo por debajo de sus bragas y la encontré empapada. Su coño estaba caliente, hinchado y resbaladizo. Empecé a mover el dedo en círculos lentos sobre su clítoris y ella se agarró con fuerza al borde de la mesa. Dijo, Dios, sí, ahí mismo, no pares, por favor no pares.
Con la otra mano empecé a desabrocharle la blusa, botón a botón, sin prisa, saboreando cada centímetro de piel que aparecía. Hasta dejar al aire su sujetador negro de encaje. Metí los dedos por debajo y se lo bajé sin desabrocharlo, y sus pechos quedaron libres, firmes y redondos, con los pezones duros y oscuros como dos botones. Me incliné y me metí un pezón en la boca mientras seguía frotando su clítoris con los dedos.
Elena jadeaba cada vez más fuerte y se retorcía sobre la mesa. Me agarró del pelo y tiró suavemente mientras susurraba mi nombre una y otra vez. Yo alternaba entre sus dos pechos, lamiendo, chupando, mordisqueando con suavidad, mientras mis dedos seguían trabajando abajo sin descanso. Su coño estaba cada vez más mojado y mis dedos entraban y salían con un sonido húmedo que nos excitaba aún más.
De pronto sonó mi móvil sobre la mesa, vibrando con insistencia. Era un mensaje del cliente alemán preguntando por el informe. Los dos nos quedamos quietos un segundo, con la respiración agitada. Elena miró la pantalla, luego me miró a mí con los ojos brillantes y dijo, que espere. El alemán puede esperar. Apagó mi móvil con un gesto decidido y me besó.
Fue un beso hambriento, con lengua, con dientes, con ocho meses de tensión acumulada. Sus manos bajaron directas a mi cinturón y me lo desabrochó con una rapidez experta que me dejó sin aliento. Me bajó los pantalones y los calzoncillos de un tirón y sacó mi polla, que estaba dura como una piedra y goteando. La miró con los ojos brillantes y dijo, vaya, el gerente viene bien equipado. Esto hay que probarlo.
Se arrodilló entre mis piernas, sobre la alfombra del despacho, y se la metió en la boca sin avisar, hasta el fondo. Solté un gemido ronco. Su boca era caliente, húmeda y experta. La recorría con la lengua desde la base hasta la punta, dibujando círculos alrededor del glande, y luego se la metía hasta el fondo de la garganta sin atragantarse. Yo me agarré a los brazos de mi silla para no gritar.
Elena me miraba hacia arriba mientras me la chupaba, con esos ojos verdes por encima de las gafas, y esa mirada me volvía completamente loco. Aceleró el ritmo, moviendo la cabeza arriba y abajo cada vez más rápido, y con una mano me acariciaba los testículos con delicadeza. Noté el hormigueo familiar subiendo por mi espalda y supe que iba a correrme si seguía así.
La aparté suavemente agarrándola por los hombros. Le dije, todavía no, no quiero terminar así. La levanté y la giré sobre la mesa, apartando papeles y el portátil de un manotazo. Los folios volaron por el despacho. Le subí la falda hasta la cintura y le bajé las bragas negras hasta los tobillos. Su coño brillaba de lo mojada que estaba, los labios hinchados y abiertos.
Me coloqué detrás de ella, le separé las piernas con las rodillas y la penetré de un solo empujón, hasta el fondo. Elena gritó y se agarró a la mesa con las dos manos. Empecé a moverme fuerte, agarrándola por las caderas para marcar el ritmo. Cada embestida hacía temblar la mesa y más papeles caían al suelo. Ella gritaba, más fuerte, Javier, más fuerte, dame más, no pares.
Le arranqué lo que quedaba de la blusa y le apreté los pechos por detrás mientras la follaba, pellizcándole los pezones con los dedos. Sus gemidos se hicieron más agudos, casi gritos, y noté cómo su coño se contraía alrededor de mi polla en oleadas. Se corrió con un grito largo y desgarrado, temblando entera sobre la mesa, y su orgasmo me arrastró al borde del mío.
Salí de ella justo a tiempo y la giré hacia mí. Elena entendió al instante, se arrodilló otra vez y se metió mi polla en la boca. Dos movimientos más y me corrí en su boca con un gruñido profundo. Ella tragó sin apartar la mirada de la mía, luego se limpió los labios con el dedo y sonrió con picardía. Dijo, el informe puede esperar al lunes. Esto no podía esperar más.
Nos quedamos un rato en silencio, ella sentada en mi mesa con la blusa abierta y el moño deshecho, yo en la silla recuperando el aliento con los pantalones por los tobillos. El despacho era un campo de batalla de papeles. Luego Elena se vistió con calma, se recompuso el moño frente al cristal de la ventana y volvió a ser la secretaria perfecta. Recogió los papeles del suelo uno a uno y dijo, termino las tablas en veinte minutos. Tú descansa, gerente, que aún te queda la segunda parte.
La miré sin entender y ella se rio. ¿Crees que con una vez tengo suficiente después de ocho meses? Volvió a mi lado, se sentó a horcajadas sobre mis piernas en la silla y empezó a besarme el cuello despacio. Sus manos me desabrocharon la camisa y me acariciaron el pecho. Noté cómo mi polla volvía a despertarse contra su cuerpo.
Esta vez fue más lento y más íntimo. Elena se quitó la falda del todo y se quedó solo con las medias y los tacones. Se sentó sobre mí, guiando mi polla dentro de ella con la mano, y empezó a moverse arriba y abajo con un ritmo pausado y profundo. Nos mirábamos a los ojos sin apartarlos. Me susurraba al oído, así, quédate quieto, déjame a mí, mientras sus pechos rozaban mi cara.
Le cogí las caderas y la ayudé a moverse, sintiendo cada centímetro de ella. Sus gemidos eran ahora suaves y profundos, y cada vez que bajaba del todo soltaba un suspiro largo. Aceleramos juntos poco a poco hasta que los dos nos corrimos casi al mismo tiempo, abrazados fuerte en aquella silla de oficina que crujía bajo nosotros.
Trabajamos hasta las doce en un silencio cómplice, rozándonos las manos cada vez que nos pasábamos un documento, con las mejillas aún coloradas. Al salir, en el ascensor vacío, Elena me empujó contra la pared y me besó otra vez, metiéndome la mano por dentro de los pantalones. Susurró, el lunes seguimos con la revisión del informe. Y con todo lo demás. Mucho más de todo lo demás.
El ascensor llegó a la planta baja y salimos como si nada, cada uno hacia su coche, dos profesionales cansados después de una larga jornada. Pero antes de arrancar me llegó un mensaje suyo al móvil. Decía, me he dejado las bragas en tu despacho, en el cajón de abajo. Guárdalas bien, las voy a querer de vuelta. Y esta vez no pienso esperar ocho meses.
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