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Cuentos sexuales: El garaje de la medianoche

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Marta siempre había pensado que los cuentos sexuales que leía en el metro eran pura fantasía de trayecto aburrido. Hasta aquella madrugada, a la una y veinte, cuando la alarma de su coche empezó a gritar en el garaje vacío de su edificio y no hubo manera de callarla.

Apretó el mando una, dos, cinco veces. Nada. El claxon chillaba contra el hormigón y las luces fluorescentes zumbaban como moscas enfermas. Marta dejó el bolso en el capó, se recogió la melena con una goma y maldijo en voz alta. Nadie la oyó. O eso creyó.

Una puerta metálica se cerró de golpe al fondo. De la garita de seguridad salió un hombre alto, con una camiseta gris manchada de grasa y los brazos cruzados. Jorge. El vigilante nocturno. Treinta y seis años, hombros anchos y una fama silenciosa entre las vecinas del edificio.

«¿Otra vez tu coche, arquitecta?» dijo, sin prisa. Marta lo miró con los ojos entrecerrados. «No me llames arquitecta. Y no es mi culpa, la alarma se ha vuelto loca.» Jorge se acercó, sacó un manojo de llaves maestras y abrió el capó de un tirón. «Todo en este garaje se vuelve loco a la una de la mañana. Es la hora.»

El ruido era insoportable. Jorge metió la mano entre los cables, tiró de uno con un movimiento seco y el silencio cayó como un telón. De golpe solo se oía la respiración de los dos y el zumbido de los fluorescentes. Marta se dio cuenta de lo cerca que estaban. Demasiado cerca.

«La batería está muriendo», dijo él, sin apartar la mano del motor. «Mañana no arranca. Te lo digo yo.» Marta suspiró. «Llamaré al taller.» Jorge la miró por encima del capó, con una media sonrisa torcida. «Soy mecánico. O lo era, antes de las noches. Te la cambio ahora mismo si quieres.»

«¿A la una y media de la mañana?» «¿Tienes algo mejor que hacer?» Ella no respondió. Lo observó trabajar: los antebrazos tensos, las manos seguras, la camiseta pegada a la espalda por el calor del motor. Sintió un tirón bajo el vientre que no tenía nada que ver con la batería.

«¿Siempre miras así a los hombres que te arreglan el coche?» preguntó él sin levantar la vista. Marta se cruzó de brazos. «Solo a los que tardan tanto en hacerlo.» Jorge soltó una risa corta y cerró el capó de golpe. El eco retumbó por todo el garaje.

Quedaron frente a frente entre el coche y la columna de hormigón. Él olía a grasa, a café solo y a algo más, algo animal. Marta notó que su blusa se había abierto un botón de más con el forcejeo del mando. Los ojos de Jorge bajaron solos. Y no subieron.

«Marta», dijo él. Fue la primera vez que la llamaba por su nombre. Y entonces la besó. No fue un beso amable. Fue una embestida: su boca contra la de ella, su mano en su nuca, su cuerpo empujándola contra la puerta del coche. El metal frío le quemó la espalda a través de la blusa.

Ella podría haberlo apartado. No lo hizo. Le devolvió el beso con la misma hambre, mordiéndole el labio inferior hasta hacerle soltar un gruñido. Sus manos buscaron su camiseta y la subieron de un tirón. El torso de Jorge era duro, marcado, con una cicatriz fina cruzándole las costillas.

«¿Qué haces?» susurró ella, aunque sus dedos ya estaban desabrochándole el cinturón. «Lo que llevo tres meses queriendo hacer cada vez que bajas a las tantas», respondió él. Tres meses. Él también la había estado mirando. La idea la encendió por dentro.

Jorge le arrancó la blusa. Los botones saltaron y rodaron por el suelo del garaje con un tintineo obsceno. Le bajó el sujetador y tomó sus tetas con las dos manos, amasándolas, pellizcándole los pezones hasta que Marta jadeó y arqueó la espalda contra el coche.

«Joder, cómo estás», murmuró él, y bajó la boca hasta su pecho. La lamió, la mordió suave, jugó con la lengua en círculos mientras sus manos le subían la falda de tubo hasta la cintura. Marta se agarró a sus hombros para no caerse.

Sus bragas estaban empapadas. Jorge lo notó al pasar los dedos por encima de la tela y soltó una risa ronca. «Mójate más», le ordenó, y se las arrancó. El encaje se rasgó. A Marta le dio igual. Todo le daba igual menos sus manos.

Él se arrodilló sobre el hormigón frío, le separó los muslos y hundió la cara entre sus piernas. Su lengua encontró su coño con una puntería brutal. Marta gritó y se agarró al retrovisor para sostenerse. Él la lamía sin piedad, en círculos, entrando la lengua dentro de ella, chupando su clítoris hasta que las piernas le temblaron.

«No pares, no pares, joder, no pares», jadeaba ella. Jorge metió dos dedos dentro de su coño mientras seguía lamiéndola, curvándolos, buscando ese punto que la volvía loca. Marta se corrió con un grito que rebotó en las paredes del garaje, temblando entera, con sus dedos aún dentro de ella.

Antes de que pudiera recuperar el aliento, él se levantó, la giró de un tirón y la dobló sobre el capó. El metal estaba tibio bajo su vientre. Sintió su polla dura contra sus nalgas mientras él se bajaba los pantalones con una mano y le separaba las piernas con la rodilla.

«¿Quieres que pare?» preguntó, con la punta rozando su entrada. «Si paras te mato», respondió ella. Jorge se la metió de una embestida, hasta el fondo. Marta gritó, clavando las uñas en el capó. La llenaba por completo, brutal, perfecto.

Empezó a follarla con un ritmo salvaje, agarrándola por las caderas, golpeando una y otra vez. El coche se movía con cada embestida y la alarma, como burlándose, soltó un pitido débil y murió del todo. Marta se rió entre jadeos. «Hasta tu coche lo celebra.» «Cállate y córrete otra vez.»

Sus tetas botaban con cada golpe. Él le rodeó la cintura con un brazo y con la otra mano le pellizcó el clítoris al ritmo de sus embestidas. El doble estímulo fue demasiado. Marta se corrió por segunda vez, gritando su nombre, contrayéndose alrededor de su polla con una fuerza que lo hizo gruñir.

Jorge salió de ella al límite, la giró y se corrió sobre su vientre en chorros calientes, con la cabeza echada hacia atrás y un gemido ronco que se perdió entre las columnas. Se quedaron así un momento, jadeando, pegajosos, con el garaje entero en silencio.

«Mi garita tiene una cama», dijo él de pronto. «Y café.» Marta lo miró, con la blusa colgando de un hombro y la falda por las rodillas. «¿Café a las dos de la mañana?» «Café y segunda parte.» Ella sonrió. «Llévame.»

La garita olía a café recalentado y a limpio. Había un catre estrecho junto al monitor de las cámaras. Jorge, sin pedir permiso, cambió la imagen de la cámara del garaje a una grabación en bucle de hacía una hora. «Por si acaso», dijo, guiñándole un ojo. A Marta le encantó ese detalle.

Allí fue más lento y más sucio a la vez. La tumbó en el catre, le quitó lo que quedaba de ropa y la recorrió entera con la boca: el cuello, las tetas, el vientre, hasta volver a su coño, que ya estaba húmedo otra vez solo de mirarlo. Esta vez la lamió despacio, saboreándola, hasta que ella le agarró del pelo y tiró.

«Fóllame ya», exigió. Jorge se colocó entre sus piernas y se la metió mirándola a los ojos. Despacio al principio, profundo, saliendo casi del todo para volver a entrar hasta el fondo. Marta le rodeó la cintura con las piernas y lo atrajo más adentro.

Cambiaron de postura sin dejar de tocarse: ella encima, cabalgándolo con las manos apoyadas en su pecho, marcando un ritmo lento y cruel que lo volvía loco. Sus tetas subían y bajaban frente a su cara y él las mordisqueaba cada vez que bajaban a su alcance.

«Así, joder, así», gruñía él, agarrándole las caderas para guiarla más rápido. El catre crujía bajo ellos. Marta sentía su polla entrando una y otra vez, llenándola, y el placer subía en oleadas hasta que estalló por tercera vez, con un grito ahogado contra su hombro.

Jorge la abrazó fuerte y se corrió dentro de ella con un temblor largo, quedándose quieto, con la cara hundida en su cuello. Se quedaron abrazados en el catre estrecho, sudados, con el monitor parpadeando en bucle y el café enfriándose sobre la mesa.

«¿Siempre eres así de...?» empezó Marta. «¿De qué?» «De salvaje.» Jorge se rió, con la risa aún temblorosa. «Solo los jueves que bajas tarde.» Ella le dio un golpe suave en el hombro. «Bajo tarde todos los días.» «Lo sé. Por eso llevo tres meses sin dormir.»

Marta se vistió a medias, se recogió el pelo y buscó un bolígrafo en la mesa de la garita. Le tomó la mano a Jorge y le escribió su número en la palma, despacio, letra a letra. «Los jueves trabajo hasta tarde», dijo. «Y los demás días también, pero los jueves seguro.»

Él miró su palma como si fuera un tesoro. «El jueves traigo la batería nueva», dijo. «Y la llave maestra.» Marta se inclinó y lo besó, suave esta vez, largo. «La llave ya la tienes», susurró contra sus labios. Y subió al ascensor con la blusa mal abrochada y la mejor sonrisa en meses.

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