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Relatos porno: fiesta sin fin en Ibiza

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El móvil se me murió a las dos de la mañana, en medio de una fiesta en una villa que no sabría encontrar ni con GPS, y mis amigas habían desaparecido entre doscientas personas que no conocía de nada. Estaba apoyada en la barra de la piscina, intentando no parecer tan perdida como me sentía, cuando él se acercó con dos copas y una sonrisa de las que arreglan noches. Yo había visto muchos relatos porno que empezaban con una chica perdida en una fiesta en Ibiza, pero nunca imaginé protagonizar uno.

Me llamo Nora, tengo veintiséis años y había llegado a Ibiza dos días antes con tres amigas y un plan muy simple: fiesta, playa y cero complicaciones. La villa era de un amigo de un amigo, una de esas casas blancas imposibles en las colinas de San José, con piscina infinita y un DJ pinchando en la terraza. El problema era que a las dos de la mañana yo ya no sabía ni en qué pueblo estaba.

«Pareces la única persona sobria en un radio de cincuenta metros», dijo él, tendiéndome una copa. «Soy Leo, el DJ. Y tú pareces alguien que necesita que le carguen el móvil y le presenten a gente decente.» Tenía veintinueve años, el pelo recogido en un moño y los brazos llenos de pulseras. Su sonrisa era tan fácil que me dieron ganas de quedarme a vivir en ella.

«Nora», dije, aceptando la copa. «Y sí, necesito todo eso. Sobre todo lo de gente decente.» Él se rio y me llevó detrás de su mesa de mezclas, donde tenía una regleta llena de cargadores. «Deja el móvil aquí. En media hora revive. Mientras tanto, quédate conmigo, que desde aquí se ve toda la fiesta y nadie te molesta.»

Me quedé a su lado viendo cómo pinchaba, con la música vibrándome en el pecho y su brazo rozando el mío cada vez que cambiaba de tema. Me presentó a la gente que se acercaba como «su invitada de honor», y yo me sentí especial de una forma ridícula y maravillosa. Cada vez que me miraba, yo notaba el calor subiéndome por el cuello.

A las tres, cuando la fiesta estaba en su punto más alto, me incliné hacia él y le dije al oído: «¿Sabes qué? No quiero recuperar el móvil. Quiero perderme un rato más.» Él dejó de pinchar un segundo, me miró fijamente y dijo: «Conozco el sitio perfecto para perderse en esta casa.»

Puso un tema largo, le dijo algo a su ayudante y me cogió de la mano. Cruzamos la terraza entre la gente que bailaba, bajamos unas escaleras de piedra y entramos en la villa. El contraste con el ruido de fuera fue total: dentro solo se oía la música lejana y nuestras respiraciones.

Me llevó a una habitación de invitados con las paredes blancas y una cama enorme con dosel. Cerró la puerta con llave y se giró hacia mí. «¿Estás segura?», preguntó. Yo me acerqué y le deshice el moño, dejando caer su pelo sobre los hombros. «Nunca he estado más segura de nada en esta isla», dije.

Nos besamos con la desesperación de dos personas que llevan horas deseándose. Su boca sabía a tequila y a noche de verano. Me quitó el top de un tirón y me miró los pechos como si fueran un regalo. «Joder», susurró, «eres increíble.»

Me tumbó en la cama y se colocó encima de mí, besándome el cuello, los hombros, los pechos. Tomó un pezón entre los labios y lo succionó con fuerza mientras su mano bajaba por mi vientre hasta colarse dentro de mi falda. Sus dedos encontraron mis bragas empapadas y gimió contra mi piel.

Me arrancó las bragas y me abrió las piernas sin contemplaciones. Bajó la cabeza y me lamió el coño con una ansia que me hizo arquearme en la cama. Su lengua era implacable, y cuando metió dos dedos dentro de mí y los curvó, yo grité su nombre agarrándome a las sábanas.

Me corrí rápido e intenso, con el cuerpo temblando y la cabeza dándome vueltas. Él no me dio ni un respiro: se incorporó, se bajó los pantalones y liberó su polla, gruesa y dura, palpitante de deseo. Se puso un condón con dedos expertos.

Me penetró de una embestida profunda que me dejó sin aire. Me llenaba por completo, y cada golpe me llegaba hasta el fondo. Me agarró las muñecas y me las sujetó contra la almohada mientras me follaba con un ritmo brutal y preciso, como si estuviera mezclando nuestros cuerpos igual que mezclaba música.

«Dime que te gusta», me ordenó, con la voz ronca. «Me encanta», gemí. «No pares.» Él aceleró, y la cama golpeaba contra la pared al ritmo de sus embestidas. Yo sentía el orgasmo creciendo en mi interior como una ola gigante.

Me dio la vuelta sin salir de mí, dejándome a cuatro patas en medio de la cama. Me agarró del pelo y me penetró por detrás con embestidas largas y salvajes. Yo gemía con la cara hundida en la almohada, con el culo en alto, completamente entregada a aquel desconocido que pinchaba mi cuerpo como un tema perfecto.

Con una mano me rodeó y me frotó el clítoris al ritmo de sus golpes, y yo me corrí con un grito que se perdió entre los cojines. Él me siguió al instante, embistiéndome con fuerza una última vez y corriéndose con un rugido sordo que me vibró en la espalda.

Nos desplomamos en la cama, jadeando, pegados por el sudor. «El móvil», dije de pronto, riéndome. «Mis amigas me van a matar.» Él me besó en el hombro. «Que te maten mañana. Esta noche es nuestra.»

Volvimos a la fiesta como si nada, con el pelo revuelto y una complicidad que se notaba a kilómetros. Mis amigas aparecieron por fin, histéricas porque no me encontraban, y yo les presenté a Leo como «el DJ que me ha salvado la noche». Ellas se rieron. Yo no les conté de qué me había salvado exactamente.

Bailamos hasta que salió el sol, con Leo pinchando y yo a su lado como su sombra. Cuando la fiesta empezó a disolverse, con la gente tirada por los sofás y la piscina, él me cogió de la mano. «La fiesta no ha terminado», dijo. «Ahora empieza la fiesta privada.»

La piscina infinita estaba vacía, con el agua quieta reflejando el cielo rosado del amanecer. Nos desnudamos en el borde sin mediar palabra y nos metimos en el agua tibia. Nadar desnudos al amanecer, con la isla despertando a nuestro alrededor, fue una de las cosas más libres que he hecho nunca.

Me apoyó contra el borde de la piscina, con el agua hasta la cintura, y me besó con calma, saboreando el momento. Sus manos recorrieron mi cuerpo mojado, deteniéndose en mis pechos, en mi vientre, entre mis piernas. Yo le rodeé la cintura con las piernas y noté su polla dura contra mi coño.

Se puso otro condón con los dedos mojados, riéndonos los dos de lo torpe que era hacerlo en el agua. Me penetró despacio, con el agua moviéndose a nuestro alrededor con cada embestida. El contraste entre el agua fresca y su cuerpo caliente me volvía loca.

Me folló contra el borde de la piscina mientras el sol salía por completo sobre el mar que se veía al fondo. Yo gemía con la cabeza echada hacia atrás, mirando el cielo rosado, con sus manos agarrándome el culo bajo el agua. Fue lento y profundo y perfecto.

Me corrí con un gemido largo que se perdió en la inmensidad del amanecer, y él me siguió, abrazándome fuerte contra el borde. Nos quedamos flotando, abrazados, hasta que el sol nos dio de lleno en la cara.

Salimos del agua y nos tumbamos en las hamacas, desnudos, secándonos al sol naciente. «¿Y ahora qué?», pregunté. «Ahora desayunamos», dijo. «Y luego te llevo a una cala que solo conozco yo. Y luego... ya veremos.»

Desayunamos en la cocina de la villa, robando fruta y café, con las primeras personas de la fiesta despertándose a nuestro alrededor. Nadie sospechó nada, o todos sospecharon todo. Leo me miraba por encima de su taza con una sonrisa que me prometía más.

La cala era un secreto de verdad: una ensenada diminuta entre acantilados, con agua turquesa y ni un alma. Extendimos una toalla y nos tumbamos al sol, y yo me quedé dormida sobre su pecho con el sonido de las olas.

Me despertó su boca en mi cuello y su mano entre mis piernas. «Tercera parte», susurró. «La del mar.» Me giré hacia él y lo besé, y nos amamos sobre la toalla con la arena pegada a la piel, despacio y sin prisa, como si tuviéramos todo el verano por delante.

Me puse encima de él y cabalgué despacio, con el mar sonando de fondo y el sol calentándome la espalda. Él me miraba como si fuera lo único que existía en el mundo, y yo me sentí deseada de una forma total y absoluta. Nos corrimos juntos, abrazados, con la brisa marina en la piel.

Nos bañamos para quitarnos la sal y volvimos a la villa a por mi móvil, ya cargado y lleno de mensajes histéricos de mis amigas. Leo me acompañó hasta la puerta y me dio un beso largo y lento.

«¿Mañana?», preguntó. Yo le quité el rotulador que llevaba en el bolsillo y le escribí mi número en el antebrazo, devolviéndole el gesto de Barcelona que nunca había vivido pero que siempre había soñado. «Mañana y pasado», dije. «Y ya veremos.»

«Esta fiesta no se acaba», me dijo, con su sonrisa de arreglar noches. Yo me alejé caminando hacia atrás, sin dejar de mirarlo. «Las mejores fiestas», le grité, «son las que no quieres que terminen.»

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