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Relatos eróticos: una noche salvaje en Madrid

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«¿Estás esperando a alguien o puedo invitarte a algo?» La voz llegó por mi izquierda cuando yo ya llevaba tres copas encima y media hora fingiendo que no lo miraba. Yo había leído cientos de relatos eróticos en mi vida, pero aquella noche de viernes en Madrid decidí dejar de leer y empezar a vivir uno de verdad.

Se llamaba Hugo, aunque eso lo supe después. En aquel momento solo era el camarero de El Refugio, un bar estrecho de Malasaña con las paredes llenas de carteles viejos y una barra que olía a madera y a limón. Tenía los brazos llenos de tatuajes, la barba de tres días y una forma de secar los vasos que me tenía hipnotizada desde la una de la mañana.

«A ti», le dije, y le sostuve la mirada sin pestañear. Él se rio, una risa grave que me recorrió la nuca, y dejó el vaso que tenía en la mano. «Entonces tengo que avisarte de una cosa», dijo acercándose a la barra. «Yo no invito a cualquiera. Solo a las que se quedan hasta el cierre.»

«¿Y eso es una amenaza o una promesa?» Él se encogió de hombros y me puso delante un chupito de algo ambarino que no había pedido. «De la casa. Para las valientes.» Me lo bebí de un trago y noté el fuego bajándome por la garganta hasta el estómago, y de ahí más abajo, donde ya llevaba un rato ardiendo.

Me llamo Marina, tengo veintinueve años, trabajo de contable en una oficina donde el momento más emocionante del día es cuando se atasca la impresora. Dos meses antes había dejado una relación de cuatro años con un hombre que hacía el amor como quien rellena un formulario: con prisa y sin mirar. Aquella noche había salido sola, con un vestido negro corto y una decisión tomada en el taxi: esta noche no vuelvo a casa con las manos vacías.

Hugo volvió a la barra cada diez minutos con una excusa distinta: rellenarme la copa, preguntarme si la música estaba muy alta, contarme que el cuadro torcido de la pared lo había colgado él borracho. Cada vez se quedaba un poco más cerca, y cada vez su mano tardaba un poco más en soltar el vaso al dejarlo delante de mí.

A las dos y media el bar se vació. Quedábamos una pareja discutiendo en voz baja en la mesa del fondo y yo, que había pedido la cuenta hacía veinte minutos y no tenía ninguna intención de pagarla todavía. Hugo apagó la mitad de las luces y puso una lista de música lenta que sonaba a pecado bien hecho.

«¿Sabes qué es lo mejor de este bar?», me dijo, rodeando la barra hasta quedar a mi lado. «Que tiene una bodega que nadie conoce. ¿Quieres verla?» Yo sabía perfectamente que no había ninguna bodega que mereciera la pena ver. «Llévame», le dije.

La «bodega» era un almacén al fondo del pasillo, entre cajas de cerveza y estanterías de botellas polvorientas. Cerró la puerta con el pestillo y el clic sonó en el silencio como un disparo de salida. «Aquí no entra nadie hasta mañana», dijo, y antes de que pudiera responder ya tenía su boca en la mía.

Besaba como se supone que besan los hombres en las historias que te dejan sin aliento: sin pedir permiso, con la lengua exigiendo y las manos agarrándome la cintura como si fuera a escapármele. Yo le respondí igual, metiéndole los dedos en el pelo y pegándome a él hasta notar contra el vientre lo duro que ya estaba.

Me empujó suavemente contra una estantería y las botellas tintinearon sobre mi cabeza. Sus manos se colaron por debajo de mi vestido y me agarraron el culo por encima de las bragas, apretando con una fuerza que me arrancó un gemido contra su boca. «Shhh», me susurró, «que se oye todo desde la barra.»

Le desabroché la camisa botón a botón mientras él me bajaba un tirante del vestido y me descubría un pecho. Su boca bajó hasta mi pezón y lo rodeó con la lengua, y yo tuve que morderme el labio para no gritar. Mis manos ya estaban en su cinturón, peleando con la hebilla con dedos torpes de deseo.

Cuando por fin liberé su polla, dura y caliente contra mi palma, solté un jadeo que no pude contener. Era gruesa y venosa, y la acaricié despacio de arriba abajo mientras él echaba la cabeza hacia atrás y maldecía en voz baja. Me arrodillé entre las cajas de cerveza sin que él tuviera que pedírmelo.

Me la metí en la boca hasta donde pude y noté su sabor salado en la lengua. La chupé con ganas, moviendo la cabeza adelante y atrás, usando la mano para lo que la boca no alcanzaba. Él me agarró del pelo, primero suave y luego con más fuerza, marcándome el ritmo.

«Joder, Marina», gruñó, y oír mi nombre en su boca a medio gemido me puso aún más caliente. Justo cuando noté que estaba a punto de correrse, se apartó de golpe. «No», dijo con la respiración rota. «No así. Todavía no.»

Me levantó del suelo como si no pesara nada y me sentó en el borde de una mesa de madera llena de posavasos. Me abrió las piernas de un tirón y me arrancó las bragas. Literalmente las arrancó, y el sonido de la tela rasgándose me provocó un escalofrío de gusto.

Se arrodilló delante de mí y me lamió el coño sin preámbulos, con la lengua plana y ansiosa, de abajo arriba. Yo me agarré al borde de la mesa y arqueé la espalda, sintiendo cómo el placer me subía por las piernas en oleadas. Metió dos dedos dentro de mí mientras su lengua seguía trabajando en mi clítoris, y el almacén empezó a darme vueltas.

Me corrí mordiéndome el puño para no gritar, con el cuerpo temblando y las piernas apretándole la cabeza. Él no se apartó hasta que dejé de temblar, y luego se limpió la boca con el dorso de la mano mirándome con una sonrisa de lobo. «Ahora sí», dijo, y se colocó entre mis piernas.

Me penetró de una sola embestida profunda y yo grité, esta vez sin poder evitarlo. Me llenaba por completo, y cada embestida me golpeaba en un punto que me hacía ver estrellas. Me agarró de las caderas y me folló duro contra la mesa, que crujía y se movía con cada golpe.

«Más fuerte», le pedí, clavándole las uñas en la espalda. Él obedeció, y el ritmo se volvió salvaje, animal. Las botellas de la estantería repicaban con cada embestida y yo solo podía pensar en que quería que aquello no terminara nunca.

Me dio la vuelta sobre la mesa sin sacarla, dejándome a cuatro patas entre los posavasos. Me agarró del pelo y me penetró por detrás con embestidas largas y profundas que me llegaban hasta el fondo. Yo gemía contra la madera, con la mejilla pegada a la mesa y el culo en alto, entregada por completo.

Noté que él estaba cerca por cómo se le aceleró la respiración y cómo sus dedos se clavaron en mis caderas. «Córrete conmigo», me ordenó, y me metió la mano por debajo para frotarme el clítoris al ritmo de sus embestidas. El segundo orgasmo me atravesó como una descarga eléctrica, y él se corrió justo después, con un rugido sordo, derramándose dentro de mí en espasmos.

Nos quedamos así un momento, jadeando, pegados por el sudor. Entonces oímos la puerta del bar y una voz llamando: «¡Hugo! ¿Sigues ahí?» Era su compañero, que volvía a por las llaves. Nos miramos y nos tapamos la boca para no reírnos como dos adolescentes.

«¡Ya salgo!», gritó Hugo, y me ayudó a bajar de la mesa mientras yo me recolocaba el vestido con las piernas todavía temblando. Me guiñó un ojo. «La bodega impresiona a todas. Pero contigo ha sido distinto.»

Salimos del almacén como si nada, yo con las bragas rotas en el bolso y una sonrisa que no me podía quitar de la cara. Su compañero ni sospechó nada, o fingió no sospechar. Hugo cerró el bar a las tres en punto y me esperó en la puerta con la chaqueta puesta.

«Vivo a cinco minutos», dijo. «Calle del Espíritu Santo. Tengo una cama de verdad y una ducha con agua caliente. ¿Te apetece la segunda parte?» Yo ni me lo pensé. «Llévame», repetí, y esta vez sonó a promesa.

Caminamos por Malasaña cogidos de la mano como una pareja de verdad, entre grupos de gente que volvía a casa y persianas bajadas. En un portal oscuro me empujó contra la pared y me besó con hambre, metiéndome la mano por debajo del vestido. «No puedo esperar a llegar», murmuró contra mi cuello.

Su piso era pequeño y caótico, con discos de vinilo por todas partes y una cocina que se veía poco usada. Nada más cerrar la puerta me pegó contra ella y me subió el vestido hasta la cintura. «La ducha», dije, riéndome. «Huelo a almacén.» Él me miró de arriba abajo. «Me gusta cómo hueles. Pero la ducha suena bien.»

El baño era diminuto y el agua salía ardiendo. Nos metimos juntos y el vapor lo llenó todo en segundos. Me enjabonó despacio, con las manos llenas de espuma recorriéndome los pechos, el vientre, entre las piernas. Yo hice lo mismo con él, arrodillándome en la bañera para enjabonarle la polla, que volvió a endurecerse bajo mis manos al instante.

Me puso contra la pared de azulejos, con el agua cayéndonos encima, y me levantó una pierna hasta su cadera. Me penetró despacio esta vez, mirándome a los ojos, y el contraste con la brutalidad del almacén me desarmó por completo. Cada embestida lenta me llenaba y me vaciaba a la vez.

«Mírame», me ordenó cuando quise cerrar los ojos. Y lo miré, y fue lo más erótico de toda la noche: su cara concentrada, el agua resbalándole por la barba, sus ojos clavados en los míos mientras me follaba contra los azulejos.

Me corrí agarrándome a sus hombros, con un gemido largo que se perdió entre el ruido del agua. Él aguantó un poco más, embistiéndome con fuerza creciente, y se corrió con la frente apoyada en la mía, temblando.

Salimos de la ducha envueltos en una sola toalla grande, riéndonos y resbalando por el pasillo. Su cama estaba sin hacer, con las sábanas revueltas, y nos tiramos encima sin secarnos del todo. «Esto es la segunda parte», dije. «¿Hay tercera?» Él se colocó encima de mí. «Hay todas las que quieras.»

Me abrió las piernas con la rodilla y volvió a penetrarme, esta vez en la postura del misionero pero sin nada de misionero en la intensidad. Me besaba el cuello, me mordía el hombro, me susurraba guarradas al oído que me ponían la piel de gallina.

Le pedí que me dejara ponerme encima y él se tumbó de espaldas con las manos detrás de la cabeza, mirándome como si fuera lo mejor que había visto en su vida. Me monté sobre él y me la metí despacio, sintiendo cómo me llenaba centímetro a centímetro. Empecé a moverme, primero despacio y luego cada vez más rápido, con las manos apoyadas en su pecho.

Sus manos subieron a mis pechos y me pellizcaron los pezones mientras yo cabalgaba sobre él. El placer iba creciendo en mi interior como una ola, y cuando rompió me dejé caer sobre su pecho temblando, y él me abrazó y siguió embistiendo desde abajo hasta correrse con un gemido ronco.

Dormimos un par de horas abrazados, pegados por el sudor seco. Me despertó el olor a café y lo encontré en la cocina, en calzoncillos, haciendo tostadas. Eran las seis de la mañana y por la ventana entraba una luz grisácea.

«¿Tostada o tercera parte?», preguntó, dándome una taza. Yo dejé la taza en la encimera y me senté en ella, abriendo las piernas. «Las tostadas se enfrían», dije. Él se rio y se colocó entre mis muslos.

Me penetró allí mismo, en la cocina, con la espalda contra los armarios y las piernas enredadas en su cintura. Fue rápido y urgente, un polvo de despedida con la luz del amanecer entrando por la ventana. Nos corrimos casi a la vez, jadeando, y nos quedamos abrazados sobre la encimera fría.

Me acompañó a la puerta cuando el sol ya salía por encima de los tejados de Malasaña. Yo llevaba el vestido arrugado, el pelo imposible y las bragas rotas en el bolso. Él me miró y sonrió de esa forma suya de lobo bueno.

«La próxima vez que leas uno de tus relatos eróticos», me dijo, «acuérdate de que anoche fuiste la protagonista.» Le di un beso corto en los labios y bajé las escaleras sin mirar atrás, porque si miraba atrás no me iba.

En el taxi de vuelta a casa, con Madrid despertando a mi alrededor, saqué el móvil y borré de la biblioteca la carpeta donde guardaba mis historias favoritas. Ya no las necesitaba. Ahora tenía la mía, y era mucho mejor que cualquiera que hubiera leído.

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