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Relatos eróticos de masajistas: la última cita del spa

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"¿Te duele aquí?" La voz de Elena sonó justo detrás de su oreja, baja y cálida. Era una de esas noches que solo aparecen en los relatos eróticos de masajistas, y Marco lo supo en cuanto cruzó la puerta del spa.

Eran casi las diez de la noche. El local de la calle Fuencarral estaba a punto de cerrar. Elena era la última masajista del turno, una mujer de treinta y ocho años con las manos más firmes que Marco había conocido en su vida. Llevaba el pelo recogido y una túnica blanca que se ceñía a su cuerpo.

"Un poco más abajo", dijo Marco, tumbado boca abajo en la camilla. "El hombro derecho me está matando. Tres días delante del ordenador."

Elena vertió aceite tibio sobre su espalda. El líquido resbaló por su columna y Marco soltó un suspiro. Las manos de ella empezaron a trabajar el músculo con una presión exacta, ni suave ni brutal.

"Tienes el cuerpo lleno de nudos", murmuró ella. "¿Cuándo fue la última vez que te dieron un buen masaje?"

"Hace meses. Mi ex me lo daba, pero..." Marco no terminó la frase.

"Pero ya no está." Elena completó por él, sin crueldad. Sus pulgares se hundieron bajo sus omóplatos. "Los hombres siempre tensáis los hombros cuando el corazón duele."

Marco sonrió contra el agujero de la camilla. "¿Eres masajista o psicóloga?"

"Las dos cosas. Y esta noche, solo para ti, también soy un poco bruja." Sus manos bajaron por su espalda hasta la cintura. La toalla que lo cubría se movió un poco.

El aceite estaba caliente. Las manos de Elena recorrían su espalda en círculos lentos. Cada pasada bajaba un poco más. Marco sintió que la toalla se deslizaba y dejaba al descubierto la parte alta de sus nalgas.

"¿Te molesta?", preguntó ella, sin detenerse.

"Para nada", dijo Marco, con la voz un poco ronca.

Las manos de Elena se detuvieron justo en el borde de la toalla. Luego, despacio, la apartaron un poco más. Sus dedos se deslizaron por sus nalgas, amasándolas con el mismo cuidado profesional con el que había tratado sus hombros.

Marco notó que su cuerpo respondía. Apretó la cara contra la camilla, avergonzado y excitado a la vez.

"No te avergüences", susurró Elena. "Pasa más de lo que crees. Y créeme, sé exactamente qué hacer con eso." Su voz tenía una calma profesional, pero Marco notó un temblor divertido en ella, como si disfrutara de la situación tanto como él.

Sus manos siguieron bajando por la parte posterior de sus muslos, amasando con los pulgares. El aceite hacía que todo resbalara, que cada caricia durara un poco más de lo necesario. Uno de sus dedos rozó, casi sin querer, la parte interna de su muslo, muy cerca de sus testículos, y se quedó allí un segundo de más.

Marco contuvo la respiración.

"Date la vuelta", dijo Elena de pronto. Su voz había cambiado. Ya no era la voz profesional de la masajista. Era otra cosa.

Marco se giró despacio. La toalla apenas lo cubría. Su erección era evidente bajo la tela fina. Elena lo miró sin disimulo, con una sonrisa lenta en los labios.

"Vaya", dijo. "Parece que el masaje funciona."

"Elena..."

"Chist." Ella se inclinó sobre él. Su túnica se abrió un poco y Marco vio el escote, generoso, sin sujetador debajo. "Esta es la última cita del día. Nadie va a venir. La puerta está cerrada con llave."

Apartó la toalla de un gesto. Su polla quedó al descubierto, dura y brillante de aceite. Elena la miró un momento, como quien admira un trabajo bien hecho, y luego la tomó con la mano.

El contacto fue eléctrico. Su mano estaba tibia y resbaladiza por el aceite. Empezó a moverla arriba y abajo, despacio, mirándolo a los ojos.

"¿Te gusta?", preguntó.

"Mucho", logró decir Marco.

Elena se arrodilló junto a la camilla. Sin dejar de mirarlo, se llevó su polla a la boca. Primero la punta, lamiéndola con la lengua. Luego la introdujo entera, hasta el fondo de su garganta.

Marco agarró el borde de la camilla. La boca de Elena era caliente y experta. Subía y bajaba con un ritmo perfecto, y su mano libre acariciaba sus testículos con delicadeza.

"Para", jadeó Marco. "Si sigues así..."

Elena se detuvo justo a tiempo, con una sonrisa pícara. Se puso de pie y, ante sus ojos, se quitó la túnica. Debajo no llevaba nada. Su cuerpo era el de una mujer real, con curvas generosas, pechos grandes y firmes, y una mata de vello oscuro entre las piernas.

"Eres preciosa", dijo Marco, sin poder contenerse.

"Túmbate bien", ordenó ella. Se subió a la camilla y se colocó a horcajadas sobre él. Tomó su polla con la mano y la guió hasta su coño. Estaba empapada.

Se dejó caer sobre él de un solo movimiento. Marco soltó un gemido. Su coño lo envolvió, caliente y apretado. Elena empezó a moverse, arriba y abajo, con las manos apoyadas en su pecho.

Sus pechos botaban ante la cara de Marco. Él los tomó con las manos, los amasó, y luego se incorporó un poco para lamerle los pezones. Elena echó la cabeza hacia atrás y gimió.

"Más fuerte", susurró. "Agárrame más fuerte."

Marco le agarró las caderas y empezó a empujar desde abajo, marcando el ritmo. La camilla crujía bajo ellos. El olor del aceite y del sexo llenaba la pequeña sala.

Elena se inclinó hacia delante y le besó en la boca, con lengua, mientras seguía moviéndose sobre él. Sus cuerpos resbalaban por el aceite. Era salvaje y perfecto.

De pronto se detuvo, jadeando. "Espera", dijo. Se bajó de la camilla y se inclinó sobre ella, apoyando las manos en el borde, ofreciéndole el culo.

Marco se puso de pie tras ella. La tomó por las caderas y la penetró desde atrás, de una embestida. Elena gritó, un grito ahogado que se perdió entre las toallas.

La folló con fuerza, agarrándole el pelo recogido. Cada embestida la hacía avanzar un poco sobre la camilla. Sus nalgas chocaban contra su pelvis con un sonido húmedo y rítmico.

"Sí, sí, así", gemía ella. "No pares, no pares."

Marco sintió que ella se tensaba. Su coño se contrajo alrededor de su polla en espasmos. Elena se corrió con un gemido largo, temblando entre sus manos.

Él no se detuvo. Siguió follándola mientras ella se recuperaba, hasta que ella volvió a gemir, esta vez más alto. "Me vas a hacer correr otra vez", jadeó.

Y así fue. El segundo orgasmo la sacudió entera, más fuerte que el primero. Sus piernas temblaban y tuvo que agarrarse al borde de la camilla para no caer. Marco, al sentirla correrse de nuevo, ya no pudo aguantar más. Se corrió dentro de ella con un rugido sordo, vaciándose por completo, con una intensidad que lo dejó mareado.

Se quedaron así un momento, pegados, respirando agitados. El corazón de Marco latía tan fuerte que estaba seguro de que Elena podía oírlo. Ella se giró despacio, con cuidado de no perder el contacto, y lo besó. Fue un beso lento, con ternura, muy distinto de todo lo que había pasado antes.

"¿Estás bien?", susurró ella, acariciándole la mejilla.

"Mejor que bien", dijo Marco, riendo por lo bajo. "Creo que me has quitado todos los nudos. Y me has puesto otros."

Elena rió, una risa grave y sincera que le llegó muy adentro. "Eso tiene arreglo. Pero primero, la ducha", dijo, señalando una puerta al fondo de la sala. "Ven conmigo."

Bajo el agua caliente se enjabonaron mutuamente. Las manos de Elena volvieron a recorrer su cuerpo, pero esta vez sin prisa profesional. Le lavó el pelo, le besó el cuello, y cuando el agua caía sobre ellos, se arrodilló una vez más.

Marco la miró, incrédulo y feliz, mientras ella volvía a tomarlo en su boca bajo la ducha. El agua caliente, su boca caliente. Era demasiado.

Esta vez no la detuvo. Se corrió en su boca y ella lo recibió todo, tragando despacio, sin apartar los ojos de los suyos ni un segundo. Luego se puso de pie, le limpió la cara con la mano y lo besó, y Marco probó su propio sabor en los labios de ella.

"Eres increíble", murmuró él contra su boca.

"Y tú no te quedas atrás", respondió ella. "Hacía mucho que una cita no terminaba así. Normalmente solo me dejan propina."

Marco rió. "Pues hoy la propina va a ser legendaria."

Salieron de la ducha riendo como dos adolescentes que acaban de hacer una travesura. Elena le dio una toalla limpia y un vaso de agua fría, y se secaron mutuamente con una naturalidad que sorprendió a los dos. Se vistieron en silencio, con esa complicidad extraña que solo comparten dos desconocidos que acaban de cruzar una línea juntos.

En la puerta del spa, ya con el abrigo puesto, Marco se detuvo. "¿Cuándo puedo volver?"

Elena sacó su agenda del bolso. Pasó las páginas con el dedo y sonrió. "El jueves que viene tengo un hueco a las nueve. La última cita del día."

"Reservado", dijo Marco.

Ella le guiñó un ojo. "Y esta vez, la sesión será el doble de larga. Tienes muchos nudos que deshacer."

Marco salió a la calle Fuencarral con una sonrisa que no se le quitó en todo el camino a casa. El jueves no podía llegar lo bastante pronto.

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