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Relatos Calientes: La Guitarra de Medianoche, Parte 2

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El móvil de Valentina vibró encima del banco de madera en el mismo instante en que el timbre de la puerta principal cortó el silencio de la academia. En la pantalla apareció un nombre que no podía estar allí a las once y media de la noche: Javier. Y justo después, el mensaje que les heló la sangre a los dos: "Estoy abajo. He vuelto antes. ¿Bajas o subo yo?" Estos relatos calientes habían empezado como un juego de miradas entre clase y clase, pero el juego acababa de volverse peligrosamente real.

Llevaban dos noches viéndose a escondidas en el estudio de espejos después del cierre. Ella, profesora de flamenco, casada desde hacía seis años con un arquitecto que vivía más en aeropuertos que en casa. Él, Diego, el nuevo profesor de guitarra clásica, casado también, con una mujer que creía que daba clases hasta las nueve. La primera noche él había tocado una soleá solo para ella y habían terminado enredados en la colchoneta de estiramientos. La segunda había sido de pie contra el espejo, urgente, y después en el suelo, más sucia y más larga.

"Vístete", susurró Diego, ya de pie, con la polla todavía dura y la respiración acelerada. "Yo me meto en el almacén. Tú bajas y le dices que estabas ensayando. Que se te hizo tarde." Valentina asintió sin poder hablar. El timbre volvió a sonar, más insistente, y el corazón le golpeaba las costillas como si quisiera salir por la boca.

Se vistió en menos de un minuto: mallas, top deportivo, el pelo recogido en un moño alto y húmedo. Diego recogió su ropa en silencio y desapareció por la puerta del almacén con la guitarra en la mano, descalzo. "No hagas ruido", le dijo ella al oído antes de cerrar. "Pase lo que pase, no salgas."

Bajó las escaleras intentando respirar normal. Cada escalón crujía bajo sus zapatillas. En el portal, a través del cristal esmerilado, vio la silueta de Javier con una maleta de cabina a su lado. Abrió la puerta y le plantó un beso en la mejilla con la mejor sonrisa cansada que pudo fabricar. "¿Qué haces aquí? Se suponía que volvías mañana."

"El cliente canceló la reunión de mañana", dijo él, entrando y mirando alrededor del vestíbulo vacío. "Cogí el último vuelo. Te llamé tres veces, ¿no lo oíste?" Valentina notó el sudor frío bajándole por la espalda. "Estaba con la música a tope, ensayando la coreografía nueva. No oí nada."

Javier la miró de arriba abajo. El top pegado al cuerpo, la piel brillante, el moño deshecho. "¿A estas horas?" "El festival es en dos semanas", mintió ella, y la mentira le salió sorprendentemente fluida. "Sube, te enseño lo que llevo. Así me das tu opinión de arquitecto, que de arte no entiendes nada."

Él sonrió, pero sus ojos no se rieron del todo. Subieron juntos y Valentina rezó para que Diego no hubiera dejado nada fuera de sitio. Abrió la puerta del estudio y encendió todas las luces. El espejo les devolvió la imagen a los dos: ella jadeante, él con la maleta todavía en la mano.

Javier dejó la maleta junto a la puerta y se acercó al centro del estudio. "Huele a cerrado aquí", comentó. Valentina se rio, un poco demasiado alto. "Huele a esfuerzo, cariño. Llevo dos horas dándolo todo." Puso música en el altavoz, una bulería rápida, y empezó a marcar pasos con los brazos en alto, girando, intentando parecer una mujer que solo había estado bailando.

Él la observaba con los brazos cruzados. Entonces su mirada cayó sobre la colchoneta de estiramientos, arrugada en una esquina, y sobre el banco de madera. "¿Y esa manta?", preguntó señalando la manta fina que Diego había usado para no rozarse la espalda en el suelo. Valentina sintió que el suelo se abría bajo sus pies.

"Para los estiramientos del final", dijo, y se dejó caer sobre la colchoneta como si nada, estirando una pierna hacia el techo con una elasticidad que siempre le había gustado a él. "Ven, siéntate. Estoy reventada." Javier dudó un segundo y luego se sentó a su lado en el suelo, apoyando la espalda contra el espejo.

El espejo. Valentina evitó mirarlo, porque en el espejo todavía podía ver el reflejo de sus propios pezones duros bajo el top y la marca roja que los dedos de Diego le habían dejado en el muslo. Javier, en cambio, la miraba a ella directamente, y de pronto su mano grande le apartó un mechón sudado de la frente.

"Estás preciosa así", murmuró, y la besó en la boca con un hambre que ella no esperaba. El beso sabía a viaje, a aeropuerto, a los seis años de matrimonio que tenían. Valentina respondió por instinto, y por un segundo terrible se preguntó a cuál de los dos hombres estaba besando de verdad en su cabeza.

La mano de Javier bajó por su cuello, por su clavícula, y se coló por debajo del top. Le pellizcó un pezón con suavidad y ella gimió, pero el gemido le salió roto, porque su cuerpo todavía recordaba otras manos, otra boca, apenas veinte minutos antes. "Javier...", susurró, sin saber si era una súplica o una advertencia.

Él la tumbó sobre la colchoneta con una urgencia que la pilló desprevenida. Le bajó las mallas de un tirón hasta las rodillas y metió la mano entre sus muslos. Valentina se quedó rígida: estaba empapada, chorreando todavía del encuentro con Diego, y no había forma de explicar aquel flujo. Javier se detuvo, con los dedos dentro de ella, y la miró.

"Joder, Valentina", dijo con la voz ronca. "¿Esto es del baile?" Ella le sostuvo la mirada y decidió jugar la única carta que tenía: la verdad a medias. "Esto es de pensar en ti mientras bailaba", susurró, y le mordió el labio inferior. "Llevo una semana sin ti. ¿Qué quieres que te diga? El cuerpo tiene memoria."

Javier soltó una risa grave y la besó en el cuello, lamiéndole el sudor. "Pues vamos a darle de cenar a esa memoria", dijo, y le metió dos dedos hasta el fondo mientras con la otra mano se desabrochaba el pantalón. Valentina cerró los ojos y dejó que la penetrara con los dedos, arqueando la espalda, fingiendo que el temblor de sus piernas era deseo y no pánico.

Cuando él se colocó entre sus muslos y la penetró de una embestida larga, ella gritó de verdad. No por placer, o no solo por placer, sino por la locura de la situación: su marido follándola en la misma colchoneta donde veinte minutos antes la había follado otro hombre, a tres metros del almacén donde ese hombre contenía la respiración.

Javier embestía con fuerza, agarrándole las caderas, y cada golpe hacía crujir la colchoneta contra el suelo de madera. "Dime que me has echado de menos", exigió, y ella se lo dijo, y era verdad y era mentira al mismo tiempo. El espejo les devolvía la escena multiplicada y Valentina apartó la cara para no verse.

Él se corrió rápido, con un gruñido sordo contra su hombro, y se quedó tumbado encima de ella, pesado y caliente. Valentina le acarició la espalda empapada y contó sus respiraciones hasta que se acompasaron. "Vámonos a casa", susurró él. "Mañana hablamos del festival." Ella asintió contra su pelo. Se habían salvado. Casi.

Recogieron en silencio. Javier cargó con la maleta y ella apagó las luces del estudio con la mano temblorosa. En el umbral, antes de cerrar, miró hacia la puerta del almacén, apenas una rendija de oscuridad. "Buenas noches", pensó, y no supo si se lo decía al estudio o a Diego.

En el coche, Javier conducía con una mano en el volante y la otra en su muslo. "¿Seguro que estabas sola?", preguntó de pronto, sin mirarla. A Valentina se le paró el corazón. "¿Sola? ¿Con quién iba a estar a las once de la noche, Javier?" Él se encogió de hombros. "No sé. He visto una púa de guitarra en el suelo, junto al banco."

Una púa. Diego siempre tocaba con púa. Valentina sintió náuseas, pero su voz salió serena, casi divertida. "Es de la guitarra que uso para marcar el compás en algunas coreografías. ¿Desde cuándo te fijas en el suelo?" Javier la miró de reojo y sonrió, esa sonrisa suya de arquitecto que medía espacios. "Desde que mi mujer ensaya hasta las doce de la noche empapada."

Llegaron a casa y Javier se duchó y se durmió en diez minutos, rendido del viaje. Valentina se quedó en la cama con los ojos abiertos, escuchando su respiración. Había estado a un paso del abismo y el abismo le había devuelto la mirada. Y sin embargo, entre el miedo, había otra cosa latiendo: no quería que aquello terminara. No así. No por miedo.

A las tres de la mañana escribió un mensaje con el móvil bajo la manta: "Mañana hablamos. Estoy bien. Él no sospecha nada. Pero la academia se acabó." Lo envió al número que tenía guardado como "Luthier". La respuesta llegó en un minuto: "¿Dónde entonces?" Valentina miró el techo en la oscuridad y escribió la frase que lo cambiaría todo: "En tu piso. Los jueves. Y con reglas nuevas."

El jueves siguiente, a las ocho de la tarde, Valentina subía en el ascensor de un edificio viejo de Malasaña con una bolsa de deporte y el corazón desbocado. Diego abrió la puerta en vaqueros y camiseta, descalzo, y la metió dentro de un tirón, cerrando con el pie. "Regla número uno", dijo ella antes de que pudiera besarla. "Aquí nadie nos interrumpe."

"Regla número dos", continuó, dejando la bolsa en el suelo. "Nada de móviles encendidos." Sacó el suyo, lo apagó delante de él y lo dejó sobre la mesa del recibidor. Diego hizo lo mismo con el suyo. "Regla número tres", susurró él, acercándose hasta que sus bocas casi se tocaron. "Dila tú."

"No hablamos de ellos aquí", dijo Valentina. "Ni de tu mujer ni de mi marido. Aquí solo existimos nosotros." Diego la besó entonces, despacio al principio, saboreándola, y luego con el hambre acumulada de una semana entera de mensajes y de miradas robadas entre clase y clase.

La llevó contra la pared del pasillo y le subió la falda del vestido con manos impacientes. No llevaban ni dos minutos en el piso y ya estaban donde la academia los había dejado: al borde. Él le bajó las bragas hasta los tobillos y ella se las quitó de una patada, riéndose contra su boca.

Diego se arrodilló sin avisar y le abrió los muslos con las manos. Su lengua encontró el clítoris de Valentina y ella se agarró a su pelo con un gemido largo. La lamió despacio, en círculos, y luego metió dos dedos dentro mientras seguía lamiendo, y Valentina sintió que las rodillas le fallaban.

"No te corras todavía", le advirtió él, poniéndose de pie y limpiándose la boca con el dorso de la mano. "Hoy tenemos toda la noche." La cogió en brazos, ella se rio sorprendida, y la llevó hasta el dormitorio, donde la tumbó sobre una cama con sábanas limpias que olían a suavizante.

Se desnudó delante de ella sin prisa, y Valentina lo miró entero por primera vez con luz de verdad: el pecho, los brazos de guitarrista, la polla dura apuntando hacia ella. "Mírame", le dijo él, y se tumbó encima, y la penetró mirándola a los ojos, despacio, hasta el fondo.

Valentina arqueó la espalda y le clavó las uñas en los hombros. Él empezó a moverse con un ritmo lento y profundo, saliendo casi del todo y volviendo a entrar, y cada embestida le arrancaba un gemido que ella ya no intentaba contener. No había espejos allí, no había que esconderse, no había timbres que temer.

"Más fuerte", pidió ella, y él obedeció, y la cama empezó a golpear contra la pared con un ritmo que les hizo reír a los dos en medio del jadeo. Diego la giró sin salir de ella, poniéndola a cuatro patas, y la agarró del pelo con suavidad mientras la follaba desde atrás, profundo y rápido.

Valentina gritó contra la almohada, sintiendo cómo el placer le subía desde el vientre en oleadas. Él le pasó una mano por debajo y le frotó el clítoris al mismo ritmo de sus embestidas, y ella se corrió con un espasmo que le recorrió el cuerpo entero, mojándole los muslos y las sábanas.

Diego no paró. La giró de nuevo, la puso encima de él y le sujetó las caderas mientras ella cabalgaba, marcando su propio ritmo, con las tetas botando delante de su cara. Él se incorporó y le chupó un pezón, luego el otro, mordisqueando suavemente, y Valentina echó la cabeza hacia atrás, perdida.

Se corrió otra vez, más fuerte, agarrándose a sus hombros, y él la abrazó y la besó en la boca para tragarse sus gemidos. Entonces la tumbó de espaldas, le abrió las piernas del todo y la penetró con embestidas largas y duras, mirándola, hasta que él también llegó, con un gruñido grave, derramándose dentro de ella.

Se quedaron quietos, enredados, sudados, respirando el mismo aire caliente. Diego le apartó el pelo de la cara y la miró como nadie la había mirado en años. "La semana que viene, mismo día", dijo. "Misma hora." Valentina sonrió contra su pecho y cerró los ojos.

Después se ducharon juntos, y él la enjabonó despacio, y volvieron a besarse bajo el agua caliente hasta que el agua se enfrió. Cenaron en la cocina en albornoz, hablando de música, de alumnos, de todo menos de lo que habían prohibido nombrar. Era fácil. Era peligrosamente fácil.

A las once, Valentina se vistió delante de él sin pudor. En la puerta, con la bolsa al hombro, se volvió una última vez. Diego le sujetó la muñeca y le besó la palma de la mano, despacio. "El jueves que viene", susurró ella. Y él asintió, y la puerta se cerró tras ella con un clic suave.

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