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Historias Calientes: La Noche de Alba en Madrid

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Hay historias calientes que se cuentan en voz baja, y luego está la de Alba, la que empezó una tarde de octubre en el trastero de su bar de vinos en Malasaña con un carpintero, una escalera y un estante que se negó a quedarse quieto.

Alba tenía treinta y un años, el pelo recogido en un moño despeinado y las manos siempre oliendo a corcho y a tinto. Su bar, La Luna Roja, era pequeño, oscuro y querido en el barrio. El problema era el trastero: un cuarto trasero donde guardaba las cajas de vino, con unos estantes de madera vieja que aquella mañana se habían venido abajo con un estruendo que asustó a dos clientes y rompió tres botellas de Rioja.

Tomás llegó a las cuatro en punto, tal como había prometido la vecina del segundo. Cuarenta y dos años, brazos gruesos llenos de cicatrices pequeñas, una camiseta gris pegada al torso por el sudor y unos ojos verdes que miraron primero los estantes rotos y después a ella, sin disimulo.

"Vaya desastre", dijo, dejando su caja de herramientas en el suelo con un golpe seco.

"Por eso te llamé", respondió Alba, cruzándose de brazos. "¿Cuánto tiempo necesitas?"

"Dos días. Tal vez tres, si la madera está podrida por dentro." Se agachó junto a un tablón roto y pasó los dedos por la grieta. "Está podrida. Tres días."

"Tres días con el trastero inutilizable. Perfecto." Alba suspiró y se apartó un mechón de la cara. "Empieza cuando quieras. Yo estaré en la barra."

Tomás trabajó en silencio durante dos horas. Alba lo oía desde la barra: el serrucho, los golpes del martillo, algún taco murmurado en voz baja cuando algo no encajaba. A las seis, cuando el bar empezaba a llenarse, él salió del trastero con la camiseta empapada y le pidió un vaso de agua.

"Toma", dijo ella, sirviéndole una copa de vino en lugar de agua. "Es de la casa. Cortesía por aguantar mi trastero."

Él sonrió por primera vez, una sonrisa torcida que le marcó una arruga junto a la boca. "No me quejo. Me gustan los sitios con carácter."

"¿Y las dueñas con carácter?"

"Esas me gustan más."

El intercambio quedó flotando entre ellos como el humo de un cigarro. Alba sintió un calor raro subirle por el cuello y se dio la vuelta para atender a un cliente, molesta consigo misma por reaccionar así a un piropo de manual.

Esa noche, cuando cerró el bar a la una, Tomás seguía allí, terminando de lijar un tablón bajo la luz amarilla del trastero. "¿No te vas?", preguntó ella desde la puerta.

"Quiero dejar esto encajado antes de irme. Mañana vengo a las nueve."

Alba asintió y se quedó un momento mirándolo trabajar: la espalda ancha moviéndose con cada pasada de la lija, los músculos de los antebrazos tensándose. Se mordió el labio y apagó la luz del pasillo con más fuerza de la necesaria.

A la mañana siguiente Tomás llegó puntual, con café para los dos y una sonrisa que decía que había dormido poco. Trabajaron en una coreografía extraña todo el día: ella entrando y saliendo del trastero con cajas, él pidiéndole que sujetara tablones, sus cuerpos rozándose en el espacio estrecho entre las estanterías a medio montar.

A mediodía, Alba subió a una escalera para alcanzar una caja en lo alto y la escalera se tambaleó. La mano de Tomás agarró su cintura con una firmeza que la dejó sin aire.

"Cuidado", dijo él, sin soltarla de inmediato. Su mano grande cubría casi toda su cintura, los dedos rozando el borde de su blusa.

"Gracias", murmuró ella, y no se movió. Ninguno de los dos se movió durante tres segundos eternos.

Luego él la soltó, despacio, como si le costara, y volvió a su sierra. Alba bajó de la escalera con las piernas temblorosas y se encerró en el baño del bar durante cinco minutos, respirando hondo, diciéndose que era una tontería, que era el calor, que eran los dos días sin dormir bien.

Pero cuando salió, Tomás la estaba mirando desde el trastero con una expresión que decía que él también lo había sentido.

La tarde se hizo larga y eléctrica. Cada vez que pasaba junto a él, Alba notaba su mirada en su espalda, en sus caderas. A las ocho, cuando el último cliente se fue, ella cerró la puerta del bar con llave y volvió al trastero.

"¿Te apetece una copa?", preguntó, descorchando un Barolo sin esperar respuesta. "Llevas dos días entre polvo de madera. Te la mereces."

Tomás aceptó la copa y bebió un trago largo. "Buen vino."

"El mejor que tengo. Lo guardo para ocasiones especiales."

"¿Y cuál es la ocasión?"

Alba se acercó un paso. El trastero olía a madera recién cortada y a vino. "Que por fin alguien mira mi trastero como se merece."

Él dejó la copa sobre una caja y la miró de arriba abajo, sin prisa, como quien estudia un plano. "Alba."

"Dime."

"Si me sigues mirando así, no respondo de los estantes."

Ella se rio, un sonido bajo que se le escapó antes de poder evitarlo, y dio otro paso hasta quedar a un palmo de él. "¿Quién ha dicho que te esté mirando de alguna manera?"

Tomás no respondió con palabras. La agarró por la cintura con las dos manos, igual que en la escalera pero esta vez sin intención de soltarla, y la levantó del suelo con una facilidad insultante hasta sentarla sobre una pila de cajas de vino. Sus bocas se encontraron a medio camino, con urgencia de dos días contenida.

El beso fue duro y exigente. Él le mordió el labio inferior y ella gimió contra su boca, abriendo las piernas para que él se colocara entre ellas. Sus manos grandes le subieron por los muslos, ásperas de tanto lijar, y esa aspereza contra su piel la volvió loca.

"Joder, Alba", gruñó él, desabrochándole la blusa con dedos impacientes. Los botones saltaron, uno cayó al suelo y rodó entre el serrín. "Llevo dos días imaginando esto."

"¿Solo imaginando?" Ella le agarró la camiseta y se la quitó de un tirón, revelando un torso marcado y un vello oscuro que bajaba por el abdomen. "Yo llevo dos días mojándome cada vez que pasas a mi lado."

La confesión lo encendió. Le bajó el sujetador sin desabrocharlo, liberando sus tetas, y las tomó con las manos como si llevara años esperando. Las amasó con fuerza, pellizcando sus pezones hasta ponerlos duros, y luego bajó la boca y los chupó uno tras otro, con una dedicación que la hizo arquear la espalda y agarrarse a su pelo.

"Más", jadeó ella. "No seas delicado conmigo."

Tomás sonrió contra su piel y le mordió suavemente un pezón. Ella gritó, un sonido agudo que rebotó en las paredes del trastero, y él tuvo que taparle la boca con la mano mientras seguía chupando.

"Chist. ¿Quieres que nos oiga todo Malasaña?"

"Me da igual", dijo ella, apartándole la mano. "Fóllame, Tomás. Aquí mismo, entre tus malditos estantes."

Él la miró con los ojos encendidos y le subió la falda hasta la cintura de un tirón. Le arrancó las bragas, literalmente las rompió por un costado, y ella se rio con un sonido histérico y excitado. Sus dedos encontraron su coño empapado y se hundieron en ella sin pedir permiso, dos dedos gruesos que la abrieron y la trabajaron con un ritmo brutal.

"Estás chorreando", gruñó él, sacando los dedos brillantes y mostrándoselos. "Mira cómo estás."

Alba se los metió en la boca y los chupó, saboreándose a sí misma, mirándolo a los ojos. Fue lo más guarro que había hecho en años y le encantó ver cómo a él se le cortaba la respiración.

Tomás se desabrochó el pantalón y liberó su verga, gruesa y dura, con la punta brillante de líquido preseminal. Sin más preliminares, la colocó en su entrada y empujó de una sola vez, llenándola por completo.

Alba gritó su nombre y clavó las uñas en sus hombros. Era grande, más grande de lo que había imaginado, y la llenaba de una manera que le llegaba hasta el fondo del vientre. Él empezó a moverse con embestidas profundas y potentes, agarrándola por las caderas para clavarla contra él en cada golpe.

Las cajas de vino temblaban bajo ellos. Una botella cayó y rodó por el suelo. Ninguno de los dos le prestó atención.

"Así", jadeó ella. "Más duro. No pares."

Él obedeció, si es que a eso se le podía llamar obedecer. La folló con una furia contenida de dos días, cada embestida más profunda que la anterior, hasta que ella sintió que el orgasmo le subía por las piernas como una corriente eléctrica.

"Me voy a correr", advirtió, con la voz rota.

"Córrete. Quiero sentirlo."

El orgasmo la atravesó con una violencia deliciosa. Su coño se contrajo alrededor de su verga en oleadas, su espalda se arqueó hasta casi romperse y gritó su nombre otra vez, esta vez sin importarle quién la oyera. Él siguió embistiendo a través de su orgasmo, prolongándolo, hasta que con un gruñido animal se corrió dentro de ella, llenándola de semen caliente en chorros largos.

Se quedaron así un momento, jadeando, pegados por el sudor, con su verga aún dentro de ella latiendo suavemente.

"Los estantes", dijo Alba de pronto, mirando a su alrededor con una risa incrédula. "Has tirado dos tablones."

"Los vuelvo a poner", dijo Tomás, besándole el cuello. "Mañana. Ahora no pienso moverme de aquí."

Permanecieron en el trastero hasta que el Barolo se acabó y la noche se hizo vieja. Hablaron poco y se tocaron mucho: sus manos no dejaban de recorrerla, y cada vez que ella intentaba levantarse él la retenía con una mirada que la derretía.

A las tres de la mañana, Alba lo llevó a la pequeña oficina del fondo del bar, donde había un sofá viejo lleno de manchas de vino. Lo empujó sobre el sofá y se arrodilló entre sus piernas.

"Mi turno", dijo, y se metió su verga en la boca.

La chupó con ganas, con toda la técnica que dan los treinta y un años y ninguna vergüenza. La tomó hasta el fondo de la garganta, jugó con la lengua en la punta, la lamió de arriba abajo mientras lo miraba a los ojos. Él gemía y se retorcía, agarrando su pelo con fuerza, y cuando intentó apartarla porque iba a correrse, ella lo agarró por los muslos y no lo soltó.

Se corrió en su boca con un grito ahogado y ella se lo tragó todo, limpiándolo después con la lengua con una dedicación que lo dejó temblando.

"Joder", fue todo lo que él pudo decir.

"El lenguaje", bromeó ella, limpiándose la boca con el dorso de la mano.

Durmieron en el sofá, enredados, tapados con su chaqueta de trabajo. A las siete, el despertador del móvil de Alba los devolvió a la realidad. Tomás se vistió entre risas y juró que terminaría los estantes ese mismo día.

Y los terminó. A las seis de la tarde, el trastero estaba perfecto: estantes nuevos, sólidos, nivelados, oliendo a madera fresca. Alba los inspeccionó con ojo crítico mientras Tomás recogía sus herramientas.

"Buen trabajo", dijo ella.

"El mejor que he hecho", respondió él, y no estaba hablando de los estantes.

Ella le pagó, le dio una botella de Barolo de propina y lo acompañó a la puerta. En el umbral, él se giró y la besó, un beso lento y profundo que sabía a despedida y a promesa a la vez.

"Si algún estante se rompe", dijo contra sus labios, "ya sabes a quién llamar."

"¿Y si no se rompe ninguno?"

"Rómpelo tú misma. Yo no me voy a quejar."

Alba cerró la puerta y se apoyó contra ella, sonriendo como una tonta. Esa noche, cuando un cliente habitual le preguntó por qué estaba tan contenta, ella sirvió dos copas de Barolo y dijo: "Porque hoy he aprendido que los mejores estantes son los que se rompen dos veces."

El cliente no entendió nada. Ella sí, y con eso le bastaba. Todavía hoy, cada vez que entra en el trastero y huele la madera nueva, se le acelera el pulso y se acuerda de las manos ásperas de Tomás, de su boca, de su verga, y de las historias calientes que solo se viven una vez pero se recuerdan toda la vida.

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