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Relatos Calientes: La Guitarra de Medianoche, Parte 1

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"¿Otra vez te quedas hasta tarde, Valen?" La voz de Diego llegó desde la puerta del estudio antes de que ella pudiera bajar el brazo en alto. Valentina giró la cara hacia el espejo, la frente perlada de sudor, el taconeo todavía vibrando en la madera. Eran casi las diez de la noche y la academia de Chamberí estaba vacía, salvo por los dos. Aquellos relatos calientes que siempre había leído en voz baja le parecían de pronto una historia que estaba viviendo en su propia piel.

El era el nuevo profesor de guitarra, treinta y cuatro años, manos grandes y una cicatriz fina en el pulgar derecho. Llevaba tres semanas en la academia y Valentina, casada desde hacía seis años con un arquitecto que viajaba más de lo que dormía en casa, había aprendido a contar los días por las tardes en que coincidían en el pasillo. "Tengo una coreografía que pulir para el tablao del sábado", dijo ella, sin dejar de mirarlo en el espejo.

Diego entró despacio, la funda de la guitarra colgada al hombro. "¿Y si la pules con música de verdad?" Dejó la funda en el suelo, sacó la guitarra clásica y se sentó en una silla plegable junto a la pared de espejos. Sus dedos rozaron las cuerdas y el estudio se llenó de una soleá lenta, honda, que parecía salirle del pecho. Valentina sintió que el vello de los brazos se le erizaba.

Bailó. Al principio fue técnica pura, vueltas limpias, braceo medido, pero la guitarra de Diego no pedía técnica, pedía tripas. A la tercera falseta ella ya no marcaba pasos, los inventaba, y el espejo le devolvía una mujer que no reconocía del todo, con la blusa pegada a la espalda y la falda de vuelo girando como una peonza negra. Cuando la música se detuvo, los dos respiraban como si hubieran corrido.

"Eso no era flamenco de tablao", dijo Diego, con la guitarra apoyada en la rodilla. "Eso era otra cosa." Valentina se acercó hasta quedar a un palmo de él, todavía jadeando. "¿Y qué era?" El la miró de arriba abajo, sin prisa, y sonrió de medio lado. "Una invitación." Ella notó el calor subiéndole por el cuello y, antes de pensarlo dos veces, se sentó a horcajadas sobre sus rodillas.

La guitarra quedó atrapada entre los dos, un obstáculo absurdo que los hizo reír a la vez, y la risa se cortó cuando Diego le puso una mano en la cintura. Tenía la mano caliente, áspera de las cuerdas, y Valentina sintió que algo se le aflojaba por dentro, como un nudo que llevara años apretado. "Esto está mal", susurró, pero no se movió. "Lo sé", dijo él, y la besó.

El beso supo a café frío y a horas extra. Valentina le agarró la cara con las dos manos y lo besó como no besaba a su marido desde la luna de miel, con lengua, con dientes, con un gemido pequeño que se le escapó sin permiso. Diego apartó la guitarra al suelo con cuidado, como si fuera de cristal, y la tumbó sobre la colchoneta de estiramientos que había en la esquina del estudio.

Los espejos lo mostraban todo multiplicado por cuatro y Valentina descubrió que le excitaba verse así, con Diego encima, desabrochándole la blusa botón a botón con una paciencia que la estaba matando. "¿Tienes prisa?" preguntó él, con la boca ya en su cuello. "Toda la prisa del mundo y ninguna", jadeó ella, arqueándose cuando sus labios encontraron el borde del sujetador.

El le bajó el sujetador sin abrirlo, liberando sus pechos con un gesto experto, y se quedó mirándolos un segundo, como si necesitara memorizarlos. Luego los tomó con las manos, los pesó, los amasó despacio, y Valentina gimió alto, sin importarle que el estudio tuviera las paredes finas y el conserje viviera dos pisos más abajo. Sus pezones se endurecieron bajo sus pulgares y cada roce le mandaba una descarga directa entre las piernas.

Diego bajó por su vientre a besos, le desabrochó la falda y se la quitó junto con las medias, dejándola solo con unas bragas negras de encaje empapadas. "Joder, Valentina", murmuró, pasando un dedo por encima del encaje mojado. Ella se abrió de piernas sin que se lo pidiera, temblando. El apartó la tela a un lado y la probó con la lengua, despacio, en círculos amplios que la hicieron clavar los talones en la colchoneta.

Sabía lo que hacía. La lengua de Diego encontró su clítoris y se quedó allí, firme, rítmica, mientras dos dedos se deslizaban dentro de ella y la abrían con una lentitud tortuosa. Valentina se agarró a su pelo y tiró sin darse cuenta, y él gimió contra su sexo, una vibración que la hizo ver puntitos blancos. "No pares, no pares, por favor no pares", repetía ella como una letanía, hasta que el orgasmo la partió en dos con un grito que rebotó en los espejos.

Se quedó temblando, empapada, con la colchoneta pegada a la espalda, mientras Diego se incorporaba y se quitaba la camiseta de un tirón. Tenía el torso marcado, moreno, con una fina línea de vello bajando hacia el cinturón. Valentina se sentó, todavía mareada, y le desabrochó el pantalón ella misma, liberando una polla dura, gruesa, que latía impaciente. La miró a los ojos mientras se la metía en la boca.

La chupó despacio al principio, saboreándolo, pasando la lengua por la corona una y otra vez, y luego más hondo, hasta que él le agarró el pelo y empezó a mover las caderas. En el espejo de enfrente Valentina vio la escena completa, su boca llena, sus pechos balanceándose, las manos de Diego crispadas en su nuca, y aquello la puso tan cachonda que notó cómo volvía a mojarse sin que nadie la tocara.

"Para", jadeó Diego, apartándola con dulzura. "Si sigues así me corro en tu boca y quiero correrme dentro de ti." La tumbó de espaldas, le abrió las piernas con las rodillas y se colocó entre ellas. La penetró de una embestida lenta, honda, hasta el fondo, y los dos gimieron a la vez. Valentina sintió cómo la llenaba por completo, cómo cada centímetro la abría un poco más, y le clavó las uñas en la espalda.

Follaron con el ritmo de la soleá que él había tocado antes, lento al principio, creciendo, los cuerpos chocando con un sonido húmedo que llenaba el estudio. Diego la besaba el cuello, le mordía el lóbulo, le susurraba barbaridades al oído que la hacían apretarse más contra él. "Dime que te gusta", le exigió, embistiendo más fuerte. "Me encanta, me encanta tu polla, no pares", gritó ella, sin vergüenza, sin pensar en el conserje ni en su marido ni en nada.

El cambió el ángulo, levantándole las caderas con las manos, y la golpeó en un punto que la hizo gritar su nombre. Valentina sintió que el segundo orgasmo se acercaba como una ola enorme, inevitable, y cuando llegó fue tan fuerte que se quedó sin aire, contrayéndose alrededor de él en espasmos que parecían no terminar nunca. Diego aguantó tres embestidas más y se corrió dentro de ella con un rugido sordo, mordiéndose el puño.

Se quedaron abrazados en la colchoneta, sudados, jadeando, con la guitarra tirada en el suelo y los espejos devolviéndoles la imagen de dos amantes clandestinos. "Mi mujer cree que doy clases hasta las nueve", dijo Diego de pronto, mirando al techo. Valentina se quedó helada un segundo. "¿Tu mujer?" El asintió, con una sonrisa triste. "Casado, ocho años. ¿Y el tuyo?" "De viaje. Como siempre." Se miraron y, en lugar de culpa, lo que sintieron fue alivio, una complicidad sucia y perfecta.

Se vistieron deprisa, riendo nerviosos, prometiéndose que aquello no se repetiría. Pero dos noches después Valentina volvió a quedarse hasta tarde, y Diego también. Esta vez no hubo guitarra ni baile previo. El la esperó en el estudio a oscuras, solo con la luz del pasillo entrando por el cristal de la puerta, y en cuanto ella cruzó el umbral la empujó contra la pared de espejos.

Le subió la falda por detrás, le bajó las bragas hasta las rodillas y la penetró de pie, contra el espejo, con una urgencia animal que no había tenido la primera vez. Valentina se miraba en el reflejo, la cara desencajada de placer, los pechos aplastados contra el cristal frío, mientras él la embestía agarrándola por las caderas. "Mírate", le ordenó Diego al oído. "Mira lo puta que te pones conmigo." Ella obedeció, y verse así la llevó al orgasmo en minutos, mordiéndose la mano para no gritar.

Después la llevó hasta el suelo, le abrió las piernas y la lamió hasta que se corrió otra vez, sollozando, y luego la tomó en cuatro, tirándole del pelo, entrando tan hondo que ella sentía cada embestida en la garganta. Follaron en el suelo, contra la espaldera, sobre el banco de madera, dejando el estudio hecho un desastre de ropa y sudor. Valentina perdió la cuenta de las veces que se corrió. Cuando por fin pararon, eran más de las once.

Estaban recobrando el aliento, ella sentada en el banco con la blusa abierta y él de rodillas entre sus piernas, cuando el móvil de Valentina se iluminó sobre la colchoneta. "Javier", decía la pantalla. Su marido. A las once y media de la noche, cuando se suponía que estaba en Bilbao. Valentina sintió que la sangre se le helaba. "No lo cojas", susurró Diego. Pero el móvil siguió vibrando, insistente, y entonces sonó el timbre de la puerta principal de la academia, abajo, dos pisos más abajo, claro e inconfundible en el silencio del edificio.

Los dos se miraron, desnudos, paralizados. El timbre volvió a sonar, más largo esta vez. Valentina agarró su móvil con manos temblorosas y leyó el mensaje que acababa de entrar: "Estoy abajo. He vuelto antes. ¿Bajas o subo yo?" La segunda parte de esta historia llegará muy pronto.

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Relatos Calientes: La Guitarra de Medianoche, Parte 2

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