Historias de Sexo Gratis: La Siesta Prohibida de Alba
Esta es una de esas historias de sexo gratis que empiezan sin planearlo, en un piso de Barcelona a las cuatro de la tarde. Alba bailaba en el salón en bragas y sujetador, con la música a todo volumen, convencida de que no había nadie en casa. Entonces la puerta principal se abrió y Marco apareció en el umbral con una bolsa del supermercado.
Se quedaron mirándose tres segundos eternos. Alba no se tapó. Algo en la forma en que Marco la miraba, de arriba abajo, sin disimular, le impidió moverse. Dejó la música puesta y sonrió.
"¿Te gusta lo que ves?" preguntó ella. Marco dejó la bolsa en el suelo. "Me gusta mucho," dijo. Era el hermano de Carla, su compañera de piso, de visita por una semana. Treinta años, manos grandes, brazos marcados del gimnasio.
"Carla no vuelve hasta las nueve," dijo Alba, acercándose. Llevaba una semana cruzándose con él por el pasillo, notando cómo la miraba cuando salía de la ducha. La tensión llevaba días creciendo entre ellos como el calor de la siesta.
Marco no se movió cuando ella llegó hasta él. Alba le puso las manos en el pecho, sintió el corazón acelerado bajo la camiseta. "Llevo tres días imaginando esto," susurró.
"¿El qué?" "Esto." Y le bajó la cremallera del pantalón con dedos decididos. La polla de Marco estaba dura, gruesa, palpitando. Alba la agarró por encima del bóxer y apretó.
Marco gimió y le agarró el culo con las dos manos, atrayéndola contra él. La besó con fuerza, metiéndole la lengua hasta el fondo, mordiéndole el labio inferior. Alba sintió su coño empaparse al instante.
"Al salón," ordenó él. La empujó contra el sofá y le arrancó el sujetador de un tirón. Las tetas de Alba saltaron libres, los pezones duros como piedras. Marco se abalanzó sobre ellas, chupando, mordiendo, dejando marcas.
"¡Ah, joder!" gritó Alba, clavándole las uñas en la espalda. Él le bajó las bragas hasta los tobillos y metió dos dedos en su coño empapado sin delicadeza. Ella se retorció en el sofá.
"Estás chorreando," dijo Marco, sacando los dedos brillantes y metiéndoselos en la boca a ella. Alba los chupó, saboreándose a sí misma, mientras él la miraba con los ojos encendidos.
"Quítate todo," dijo ella. Marco se desnudó de pie frente al sofá. Su polla se alzaba dura y venosa, goteando por la punta. Alba se arrodilló en el sofá y la tomó en la boca de golpe, hasta el fondo.
Marco le agarró la cabeza y empezó a follarle la boca, entrando y saliendo con fuerza. Alba abrió bien la garganta, con lágrimas en los ojos, sin apartarse. Le encantaba sentirse usada así.
"Suficiente," gruñó él, sacándola. La tumbó boca arriba en el sofá, le abrió las piernas de golpe y se colocó entre ellas. Apoyó la punta de su polla en la entrada de su coño y la frotó arriba y abajo.
"Dilo," exigió. "¿Qué?" "Dime que quieres que te folle." Alba lo miró a los ojos. "Fóllame, Marco. Fóllame duro, como una puta."
Entró de una embestida brutal. Alba gritó, el sofá crujió contra la pared. Su coño se estiró alrededor de la polla gruesa, ardiendo y gozando a la vez. Marco no esperó: empezó a bombear con fuerza, salvaje.
Cada embestida la sacudía entera. Las tetas le botaban, él las agarraba y las estrujaba sin piedad. "Más, más fuerte," jadeaba ella. El vecino de abajo golpeó el techo con una escoba. Ninguno de los dos se detuvo.
Marco la levantó en brazos sin salir de ella y la llevó contra la pared del salón. Alba le rodeó la cintura con las piernas. Follando de pie, con la espalda contra la pared fría, cada penetración era más profunda.
"Me encanta tu coño," gruñó él en su oído, mordiéndole el lóbulo. "Es mío esta semana." "Tuyo," jadeó ella. "Fóllame donde quieras, cuando quieras."
La llevó así hasta su habitación y la tiró sobre la cama. Ella quedó a cuatro patas, él detrás. Le dio una palmada en el culo que resonó en la habitación. Alba gritó de placer.
"Otra," pidió ella. Marco le cruzó la nalga de nuevo, más fuerte, y entró en ella de golpe por detrás. El dolor y el placer se mezclaron y Alba sintió que iba a correrse.
Él le agarró del pelo y tiró hacia atrás, arqueándole la espalda mientras la follaba como un animal. "¿Te gusta que te traten como una zorra?" "¡Sí! ¡Soy tu zorra!"
Marco salió de ella y la giró. "Chúpamela otra vez. Quiero correrme en tu boca." Alba obedeció al instante, tomando su polla empapada de sus propios jugos. La chupó con ganas, con la mirada clavada en él.
Pero Marco no se corrió. La apartó cuando estaba al borde. "Todavía no," dijo. "Primero vas a correrte tú gritando mi nombre." La tumbó y se hundió entre sus piernas, enterrando la cara en su coño.
Su lengua era experta y despiadada. Lamía, chupaba el clítoris, metía la lengua dentro de ella. Alba se agarraba a las sábanas, arqueando la espalda, gritando. "¡Marco, Marco, por favor!"
Metió dos dedos en ella mientras seguía lamiéndola y Alba explotó. Su coño se contrajo violentamente, un chorro de placer la recorrió entera. Gritó su nombre tan fuerte que seguro que lo oyó todo el edificio.
Sin darle tregua, Marco se colocó encima y entró en ella de nuevo, duro como una roca. Alba, aún temblando del orgasmo, lo recibió con las piernas bien abiertas. "Otra vez," susurró. "No pares."
Follaron durante lo que pareció una eternidad. Marco cambiaba de ritmo: lento y profundo, luego rápido y brutal. Alba se corrió una segunda vez, mordiéndole el hombro para no gritar.
"Date la vuelta," ordenó él. Alba obedeció, poniéndose a cuatro patas. Marco entró por detrás y le dio otra palmada en el culo. Luego otra. Sus nalgas enrojecieron bajo sus manos.
"Pídemelo," dijo él, follándola sin piedad. "¡Azótame y fóllame, por favor!" gritó ella. Marco sonrió y redobló la fuerza de sus embestidas y sus palmadas.
El culo de Alba ardía, su coño palpitaba, todo su cuerpo era puro placer y dolor mezclados. Nunca nadie la había tratado así, con esa mezcla de brutalidad y deseo. Nunca había gozado tanto.
"Voy a correrme," avisó Marco, saliendo de ella. "¿Dónde?" preguntó ella, arrodillándose frente a él. "En tus tetas. Quiero verte chorrear."
Alba se apretó las tetas con las manos mientras él se masturbaba sobre ella. El semen caliente salpicó su pecho, su cuello, su barbilla. Ella se lo extendió por la piel, sonriendo.
Marco se dejó caer a su lado en la cama, jadeando. Alba se acurrucó contra él, con el cuerpo pegajoso y satisfecho. "Carla no puede enterarse," dijo ella.
"¿Por qué no?" preguntó Marco, jugueteando con su pezón. "Porque si se entera, querrá unirse," bromeó Alba. Los dos rieron, y la risa se convirtió en otro beso, y el beso en otra caricia.
Esa noche cenaron los tres como si nada. Carla hablaba de su trabajo, Marco asentía, Alba servía la pasta. Pero bajo la mesa, el pie descalzo de Alba subía por la pierna de Marco hasta su entrepierna.
Marco se atragantó con el vino. "¿Estás bien?" preguntó Carla. "Perfectamente," dijo él, con la voz ronca, mientras la planta del pie de Alba presionaba su polla a través del pantalón.
Cuando Carla se fue a la ducha, Marco agarró a Alba en el pasillo y la empotró contra la pared. "Zorra," susurró, metiéndole la mano bajo la falda. Sus dedos encontraron su coño desnudo, sin bragas, empapado.
"¿Sin bragas en la cena?" "Para ti," jadeó ella mientras él la masturbaba con dos dedos en el pasillo, con el agua de la ducha sonando al fondo. Alba se mordió la mano para no gritar cuando se corrió de pie.
Al día siguiente Carla trabajaba hasta tarde. Marco y Alba no salieron de la cama en toda la tarde. La folló en la ducha, contra los azulejos, con el agua caliente cayendo sobre ellos. La folló en la cocina, sobre la mesa.
El miércoles Carla anunció que el fin de semana se iba fuera. Alba y Marco se miraron por encima de la mesa. "¿Vienes a despedirla conmigo?" preguntó Carla. "Claro," dijo Alba, y bajo la mesa su pie ya buscaba a Marco.
El viernes por la mañana despidieron a Carla en la estación. En el taxi de vuelta, Alba se sentó a horcajadas sobre Marco en el asiento trasero. El taxista subió el volumen de la radio, discreto.
"Todo el fin de semana," susurró Marco, con las manos bajo su vestido. "Todo el fin de semana," repitió ella, moviendo las caderas sobre su polla dura a través de la ropa. Llegaron al piso ardiendo.
Lo que pasó ese fin de semana en aquel piso de Barcelona no lo supo nadie. Alba perdió la cuenta de las veces que se corrió. El domingo por la noche, agotada y feliz, le dijo a Marco: "La semana que viene me mudo. ¿Vienes conmigo?"
Marco la miró, sorprendido. Luego sonrió y le dio una palmada en el culo. "Solo si me prometes más siestas como estas," dijo. Alba se rió y lo empujó sobre la cama. "Prometido, cabrón."
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