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Historias Porno: Paula y el Ático de Chamberí

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La llave gira en la cerradura con un clic seco que me pone la piel de gallina. Son las nueve de la noche, fuera llueve a cántaros sobre Chamberí, y Diego acaba de cerrar la puerta del ático por dentro. El piso está vacío, amueblado solo con cuatro piezas de staging, y el ruido de la lluvia llena el silencio. Yo pensaba que esto iba a ser una visita más. Pero de pronto me doy cuenta de que esto se parece demasiado a una de esas historias porno que mi amiga Lucía me manda por WhatsApp a escondidas.

"¿Por qué cierras?" pregunto, y mi voz suena más ronca de lo que pretendía.

Diego se guarda la llave en el bolsillo del pantalón. Treinta y ocho años, traje gris impecable, barba de dos días. Lleva una hora mirándome como se mira un piso que ya has decidido comprar. "Privacidad," dice. "No quiero que nos interrumpan. ¿Te importa?"

Debería importarme. Soy Paula, tengo treinta años, soy agente inmobiliaria, y este hombre es un cliente que quiere ver el ático de la calle Fuencarral. Pero no me importa. Nada. Desde que hemos subido en el ascensor, con él tan cerca que olía su colonia, tengo el coño empapado.

"Enséñame el dormitorio," dice él. No es una petición. Es una orden suave.

Camino delante de él por el pasillo. Llevo falda de tubo y tacones, y siento su mirada clavada en mi culo con cada paso. La lluvia golpea los ventanales del dormitorio principal. La cama de staging es enorme, con sábanas blancas que nadie ha usado jamás.

"Aquí dormirías tú," digo, en modo profesional, aunque mi cuerpo ya no está en modo nada. "Orientación este, luz por la mañana..."

Diego no mira la habitación. Me mira a mí. Se acerca hasta que su pecho casi roza mi espalda. "¿Y aquí qué harías tú, Paula? Si este piso fuera tuyo. Si yo no estuviera mirando."

Su aliento me quema la nuca. Mis pezones se endurecen bajo la blusa. "Yo..." trago saliva, "yo me tumbaría en esa cama y me tocaría pensando en un cliente maleducado que me mira el culo."

Él suelta una risa baja, grave. Su mano aterriza en mi cintura. No me aparta. Me sujeta. "¿Maleducado?" Sus dedos suben por mi costado, rozan el borde de mi sujetador. "¿Y qué más haría ese cliente?"

"Me arrancaría la blusa," susurro. Ya no puedo fingir. "Me diría que me calle y me follaría aquí mismo, sobre las sábanas limpias."

Diego no espera más. Me gira de golpe y me estampa contra su boca. El beso es violento, hambriento, con lengua y dientes. Sus manos me suben la falda hasta la cintura en un tirón. Lleva las llaves del piso en una mano y mi culo en la otra.

Me arrastra hasta la cocina americana. La isla de mármol está fría contra mis muslos cuando me sienta encima de un empujón. Me abre las piernas sin delicadeza. Lleva el tanga negro de encaje que me pongo para sentirme poderosa en las visitas caras. Él lo mira un segundo y luego lo aparta con dos dedos.

"Joder, Paula," gruñe. "Estás chorreando."

Y lo estoy. Mi coño brilla bajo la luz led de la cocina. Diego se arrodilla en el suelo de parquet y me come el coño como si llevara meses sin comer. Su lengua entra y sale, rodea mi clítoris, lo chupa con fuerza. Yo me agarro al borde de la isla y gimo sin control. El eco rebota en el piso vacío.

"Dios... Diego..." Mis tacones golpean el mueble. Él mete dos dedos dentro de mí mientras su lengua sigue trabajando. Estoy a punto de correrme cuando él se aparta de golpe y se pone de pie.

"Todavía no," dice, con la boca brillante de mi humedad. Se desabrocha el cinturón. Se baja la cremallera. Su polla sale disparada, dura, gruesa, con la punta mojada. Es grande. Más grande de lo que esperaba.

Me agarra del pelo y me acerca. No me lo pide. Me lo ordena con la mano. Yo abro la boca y me la meto hasta el fondo. Sabe a hombre, a sal, a peligro. La chupo con ganas, con la lengua rodeando el glande, con la mano en la base. Él gime y me embiste la boca, despacio al principio, luego más fuerte, hasta que casi me atraganto.

"Así," jadea. "Joder, así."

Cuando estoy a punto de ahogarme me suelta el pelo y me levanta de la isla de un tirón. Me gira. Mis manos quedan apoyadas en el mármol frío. Siento su polla en la entrada de mi coño, dura y caliente.

"Dime que lo quieres," me ordena.

"Lo quiero," grito. "Fóllame, Diego. Fóllame duro."

Entra de una embestida hasta el fondo. Yo aúllo. Me agarra las caderas con fuerza, seguro que me deja marcas, y empieza a follarme con un ritmo brutal. La isla tiembla. Mis tetas saltan dentro de la blusa. Él me arranca la blusa por detrás, los botones saltan por el suelo, y me baja el sujetador para morderme un pezón por encima del hombro mientras sigue embistiendo.

"¿Te gusta, eh?" jadea en mi oído. "¿Te gusta que te folle un cliente en un piso que no es tuyo?"

"Sí," sollozo. "Sí, me encanta."

Me corro así, doblada sobre la isla, con su polla clavada hasta el fondo y sus dientes en mi hombro. Mi coño se contrae alrededor de él en oleadas. Él aguanta, jadeando, y cuando mi orgasmo afloja me saca de golpe y me gira hacia él.

"La terraza," dice, señalando la puerta corredera. Fuera, la lluvia cae en cortinas sobre Madrid. "Quiero follarte con la ciudad mirando."

Salimos a la terraza. El suelo está mojado. La lluvia me empapa la blusa rota en segundos. El frío me pone los pezones como piedras. Diego me empuja contra la barandilla de cristal. Chamberí brilla abajo, borroso por la lluvia. Cualquiera podría vernos desde los edificios de enfrente. Esa idea me vuelve loca.

Me levanta la falda otra vez. Estoy empapada por dentro y por fuera. Entra en mí por detrás, de pie, con las manos en mis tetas por encima de la blusa mojada. El cristal se empaña con mi aliento. Cada embestida me clava contra la barandilla. El agua me corre por las piernas, mezclada con mi propio flujo.

"Mira abajo," me ordena, agarrándome la mandíbula. "Mira la calle mientras te follo."

Miro. Un taxi pasa con las luces encendidas. Una pareja corre bajo un paraguas. Nadie mira hacia arriba. Pero podrían. Y yo me corro otra vez, más fuerte que antes, gritando su nombre contra el ruido de la lluvia.

Diego me arrastra de vuelta dentro, chorreando los dos, y me tira sobre la cama de staging. Las sábanas blancas se empapan al instante. Se quita la camisa mojada. Su torso es fuerte, con vello en el pecho. Se quita los pantalones del todo. Su polla sigue dura, desafiante.

"Ahora te voy a follar como se debe," dice. "En una cama. Como Dios manda."

Se tumba sobre mí y entra despacio, mirándome a los ojos. Este ritmo es distinto. Profundo. Intenso. Cada embestida me llega al fondo del alma. Me besa mientras me follo, lento y sucio, mordiéndome el labio. Yo le clavo las uñas en la espalda. Le rodeo las caderas con las piernas, con los tacones clavados en sus nalgas, obligándole a entrar más hondo.

"Más," le exijo. "Más duro, Diego."

Él obedece. El cabecero golpea la pared con cada embestida. Las sábanas blancas ya están arrugadas, manchadas de lluvia y de nosotros. Yo me corro por tercera vez, temblando entera, y esta vez arrastro a Diego conmigo. Él se tensa, gruñe mi nombre y se corre dentro de mí en chorros calientes y profundos. Nos quedamos abrazados, jadeando, empapados, sobre la cama deshecha.

La lluvia sigue golpeando los cristales. Ninguno de los dos habla durante un minuto entero. Solo se oye nuestra respiración y el goteo del agua de nuestra ropa sobre el parquet.

Diego me acaricia la mejilla con el pulgar, un gesto tierno que contrasta con todo lo anterior. "¿Cuántos pisos has enseñado así, Paula?" pregunta, medio en broma.

"Ninguno," respondo, y es verdad. "Eres el primer cliente que cierra la puerta. Y el primero que me deja sin blusa."

"El piso," dice él al final, incorporándose sobre un codo. "Me lo quedo."

Yo me río, con la voz rota. "¿Por la orientación este?"

"Por la terraza," dice, y me muerde el hombro. "Y por la agente. La agente viene incluida, ¿no?"

Me visto como puedo. La blusa está inservible, así que me pongo su camisa seca que lleva en el maletín, enorme sobre mí. Recogemos los botones del suelo de la cocina. Las sábanas las dejamos como están. Que lo vea la chica de la limpieza y que piense lo que quiera.

En el ascensor, bajando, me tiemblan las piernas. Diego me sujeta por la cintura. En el portal me da un sobre. Dentro están las llaves del ático y una nota escrita a mano: "Mañana a las nueve. El de Salamanca. Tráete los tacones."

Salgo a la calle Fuencarral bajo la lluvia. El sobre pesa en mi bolso como una promesa. Saco el móvil y le escribo a Lucía: "Olvida tus historias porno. Esta noche he protagonizado una."

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