Relatos de Sexo Explícito: Una Noche en el Estudio de Flamenco
«Más despacio, Marcos, aquí, mira mi mano». La voz de Elena sonaba grave en el estudio vacío, y el aire olía a madera encerada y a sudor. Si alguien buscara relatos de sexo explícito, jamás imaginaría que uno empezara así, en un estudio de flamenco de Madrid, una noche de martes, con la única luz del espejo encendida. Ella se colocó detrás de él, pegó su pecho a su espalda y tomó su muñeca derecha para corregir el braceo.
Marcos asintió sin girarse. Su respiración se había acelerado. La mano de Elena le quemaba en la muñeca y el cuerpo de ella, firme y cálido, se movía contra el suyo con cada paso marcado. Llevaba dos años tomando clases con ella y nunca la había tenido tan cerca.
«Otra vez», dijo ella, y lo soltó solo para caminar hasta el equipo de música. Pulsó el botón y la sevillana volvió a llenar la sala.
«Tercera, desde arriba». Elena levantó los brazos y él la imitó, frente al espejo, los dos sudando. El top negro se le pegaba a los pechos y la falda de vuelo, corta, giraba con cada vuelta.
Marcos intentaba concentrarse en los pies, pero sus ojos subían solos. «Los ojos en mis pies, Marcos», dijo ella sin mirarlo, sonriendo apenas.
«Es que me distraes». Lo dijo en broma, riéndose, y ella soltó una carcajada corta. «¿Yo? Yo solo bailo».
Se acercó, le plantó las manos en las caderas y las movió con firmeza. «Las caderas no mienten, guapo. Si las llevas tiesas, se nota». Sus dedos se clavaron un segundo de más en su cintura.
El roce duró más de lo necesario. Marcos notó cómo el pulgar de ella dibujaba un círculo lento sobre su cadera, por encima del pantalón de chándal. Tragó saliva. «Elena...».
«Shhh». Ella no apartó la mano. Se quedó mirándolo en el espejo, los ojos fijos en los suyos, y el pulgar siguió moviéndose. «Sigue bailando», susurró.
Él intentó seguir el compás pero los pies le fallaron. Ella rió por lo bajo, un sonido ronco que a él le puso la piel de gallina. «Ven». Lo tomó de la mano y lo llevó al centro del estudio, lejos del espejo.
«Olvida la coreografía. Baila conmigo, de verdad». Puso una bulería lenta, de esas que se bailan pegados.
Se colocaron frente a frente. Ella le puso las manos en los hombros y él, sin que nadie se lo pidiera, las dejó caer a su cintura. Empezaron a moverse despacio, casi sin desplazarse, solo el vaivén de los cuerpos. El calor entre ellos subía como una ola.
«Así», murmuró ella. «Esto sí es bailar».
La falda de Elena se levantaba con cada giro pequeño y sus muslos rozaban los de él. Marcos sentía su erección crecer, imposible de disimular con el chándal fino. Ella lo notó. Lo notó porque su muslo presionó justo ahí, a propósito, y se quedó quieta un instante.
«Vaya», dijo, y le sostuvo la mirada. «El alumno viene preparado».
«Lo siento, yo...». «No te disculpes». Elena le pasó una mano por la nuca y le acercó la cara hasta que sus frentes casi se tocaron. «Llevo meses viéndote mirarme en el espejo, Marcos.
¿Creías que no me daba cuenta?». Él abrió la boca y no le salió nada. Ella sonrió, lenta. «Pues hoy no hay espejo».
Y lo besó. Fue un beso hambriento, sin preámbulos, con la lengua buscando la suya y las manos agarrándole la cara. Marcos respondió al instante, apretándola contra su cuerpo, y ella gimió contra su boca.
El beso sabía a café y a algo más salvaje. Cuando se separaron, los dos jadeaban.
«La puerta», dijo ella. Él corrió a cerrarla con llave mientras ella apagaba la música de golpe. El silencio del estudio era total, roto solo por sus respiraciones.
Cuando Marcos se giró, Elena ya se estaba quitando el top por encima de la cabeza. No llevaba sujetador.
Sus pechos quedaron al aire, redondos, con los pezones duros por el frío y la excitación. Marcos se quedó clavado en el sitio. «¿Vienes o qué?». Ella se desabrochó la falda y la dejó caer al suelo de madera.
Debajo llevaba unas bragas negras diminutas, empapadas. Se las señaló con la barbilla. «Mira lo que me haces».
Él cruzó la sala en tres zancadas y la agarró por la cintura, levantándola contra la pared del espejo. Ella le rodeó la cintura con las piernas y volvió a besarlo, mordiéndole el labio inferior. Sus pechos se aplastaban contra su pecho y él podía sentir los pezones duros a través de su camiseta. «Quítatela», ordenó ella, tirando de la tela.
Marcos se deshizo de la camiseta y ella le recorrió el torso con las uñas, despacio, desde el cuello hasta el ombligo. Él se estremeció. «Joder, Elena». «Calla y bésame aquí».
Se señaló el cuello. Él obedeció, lamiendo y mordisqueando la piel sudada, y ella echó la cabeza atrás con un gemido largo. Sus dedos se enredaron en su pelo, tirando.
Ella le bajó el pantalón de chándal de un tirón, sin paciencia, y su polla saltó libre, dura y goteando. Elena la miró con los ojos brillantes y se lamió los labios. «Madre mía». La agarró con la mano, firme, y la apretó despacio de la base a la punta.
Marcos soltó un gruñido. «¿Te gusta que te toque así?».
«Me vuelve loco». Ella sonrió, perversa, y se dejó resbalar hasta el suelo, de rodillas sobre la madera. Lo miró desde abajo, con esa sonrisa, y se metió la punta en la boca.
El calor de su lengua lo envolvió y Marcos tuvo que apoyarse en el espejo para no caerse. «Joder, joder...».
Elena la chupaba con ganas, sin prisa, lamiendo el glande en círculos y bajando hasta la base, metiéndosela entera hasta que le llegaba a la garganta. Sus manos le agarraban las nalgas, clavándole las uñas. Él gemía sin control, mirando cómo su boca subía y bajaba, cómo le brillaban los labios. «Para, para, que me corro», jadeó.
Ella se apartó justo a tiempo, limpiándose la boca con el dorso de la mano. «Todavía no, guapo. Todavía no». Se puso de pie de un salto, con una agilidad de bailarina, y se quitó las bragas de un movimiento.
Su coño estaba mojado, los labios hinchados y brillantes. Se tumbó en el suelo, sobre la falda que había dejado caer, y abrió las piernas. «Ven aquí».
Marcos se arrodilló entre sus muslos y la miró, increíble, ofrecida. Ella se pasó un dedo por los labios del coño, despacio, y se lo mostró mojado. «¿Ves? Esto es lo que me haces bailando».
Él bajó la cabeza y la lamió sin más espera. El sabor la hizo gritar, un grito corto que rebotó en las paredes.
Le comió el coño con hambre, lamiendo de abajo arriba, deteniéndose en el clítoris para succionarlo suave. Elena se retorcía, agarrándole la cabeza con las dos manos, empujándolo contra ella. «Sí, ahí, no pares, no pares...».
Sus caderas se movían solas, buscando su boca. El suelo de madera crujía bajo ellos.
Él metió dos dedos dentro de ella mientras la lamía, y ella se arqueó con un gemido gutural. Estaba empapada por dentro, caliente, apretándolo. «Más», exigió.
Él añadió un tercer dedo y los movió con fuerza, en círculos, mientras su lengua no le daba tregua al clítoris. «Me voy a correr, me voy a correr...».
El orgasmo la sacudió entera. Elena gritó su nombre, clavándole las uñas en los hombros, y su cuerpo se tensó y tembló durante segundos eternos. Cuando por fin se relajó, jadeaba como si hubiera corrido una maratón. «Dios», susurró.
«Dios mío». Marcos le besó el interior del muslo, sonriendo contra su piel.
«No has terminado», dijo ella, incorporándose sobre los codos, con los ojos encendidos. «Ni de coña has terminado». Lo empujó hasta tumbarlo boca arriba sobre la madera y se subió encima de él a horcajadas. Agarró su polla, todavía durísima, y se la colocó en la entrada.
«Mírame», ordenó. Y se dejó caer sobre él de golpe.
Marcos gruñó al sentirla, caliente y estrecha, tragándosela entera. Elena echó la cabeza atrás y empezó a moverse, despacio al principio, girando las caderas como en la sevillana, y él pensó que iba a volverse loco. «Joder, qué bien follas», jadeó. Ella rió, sin aliento.
«Es el braceo, cariño. Todo es el braceo».
Cabalgó sobre él con ritmo creciente, sus pechos botando con cada embestida, las manos apoyadas en su pecho. Marcos le agarró las caderas y la ayudó a subir y bajar, más rápido, más fuerte. El sonido de sus cuerpos chocando llenaba el estudio.
«Más fuerte», pidió ella. «Fóllame más fuerte».
Él la giró sin salir de ella, tumbándola boca arriba, y se colocó encima. Le abrió más las piernas y empezó a embestirla con fuerza, mirándola a los ojos. Elena le clavó los talones en la espalda y lo atrajo más hondo.
«Sí, así, no pares». Sus gemidos se hacían más agudos con cada empujón.
Marcos le agarró las muñecas y se las sujetó por encima de la cabeza, contra la madera, follándola sin piedad. Ella se retorcía debajo de él, gimiendo su nombre una y otra vez. «Marcos, Marcos, joder...».
Él le mordió el cuello, lamiendo el sudor, y sintió cómo ella se tensaba de nuevo. «Córrete conmigo», le ordenó al oído.
«Date la vuelta». La orden la encendió más. Elena se giró, de rodillas, apoyando las manos en el suelo, y él se colocó detrás. Le agarró las caderas y se la metió de una embestida profunda.
Ella gritó, de placer puro. «¡Sí! ¡Así!». Él la folló a cuatro patas, duro, tirando de su pelo hacia atrás.
Con una mano le apretaba un pecho, retorciéndole el pezón, y con la otra le sujetaba la cadera. El ritmo era brutal, animal. Elena empujaba hacia atrás contra él, pidiendo más. «Más, no pares, por favor, más...».
El espejo les devolvía la imagen y ella lo vio y gimió más fuerte. «Míranos. Míranos follar».
Él la miró en el espejo, los dos sudados, jadeantes, unidos, y algo estalló en su cabeza. Aceleró todavía más, sintiendo cómo su coño se apretaba alrededor de él, al borde del abismo. «Me corro, Elena, me corro...».
«Dentro», jadeó ella. «Córrete dentro de mí».
El orgasmo lo atravesó como una descarga. Marcos gritó, embistiéndola hasta el fondo, y se vació dentro de ella en oleadas mientras ella se corría con él, contrayéndose a su alrededor, gritando su nombre contra la madera. Se quedaron así, temblando, él todavía dentro, los dos empapados en sudor.
Cuando por fin salió de ella, se derrumbaron juntos sobre la falda, en el centro del estudio. Elena se acurrucó contra su pecho, riendo bajito. «La corrección de sevillanas más cara de la historia».
Marcos le besó la frente. «¿Cuándo es la próxima clase privada?».
Ella levantó la cabeza y lo miró, con esa sonrisa suya, peligrosa. «Mañana. Misma hora. Y trae otra muda, que esta la vas a sudar».
Se incorporó, desnuda, magnífica, y caminó hacia el equipo de música contoneándose a propósito. «Vístete, anda. Que tengo que cerrar».
Marcos la observó vestirse, incapaz de apartar los ojos. Ella se puso el top sin sujetador, la falda, y se recogió el pelo mojado en un moño rápido. Cuando terminó, se giró hacia él y le lanzó las llaves del estudio. «Tú cierras.
Yo me voy a duchar». Y antes de salir por la puerta del vestuario, se volvió. «Marcos».
«¿Qué?». «Lo del espejo». Ella sonrió, despacio.
«Mañana bailamos sin espejo otra vez». La puerta se cerró tras ella y él se quedó solo en el estudio vacío, con el olor de ella todavía en el aire y la sonrisa más idiota del mundo en la cara.
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