Relatos eróticos de mi entrenadora: clases nocturnas sin testigos
Estos son los relatos eróticos de mi entrenadora, y empiezan la noche en que Carla me empujó contra el saco de boxeo y me dijo al oído que si quería resultados de verdad, tenía que aprender a obedecer. Yo llevaba tres meses pagando clases particulares en su gimnasio de Chamberí, y hasta ese momento todo había sido sentadillas, planchas y su voz contando repeticiones.
Esa noche el gimnasio ya estaba vacío. Eran las diez y media y solo quedábamos nosotros dos entre las máquinas apagadas y el zumbido de los fluorescentes. Carla cerró la puerta de la sala de musculación con llave, se dio la vuelta y me miró de una forma que no había visto nunca en tres meses.
«Hoy no hay series, Diego», dijo, y se quitó la sudadera. Debajo llevaba un top deportivo negro que dejaba ver unos hombros marcados y un escote que yo me había prohibido mirar durante noventa días. Esa noche la prohibición se rompió sola.
Me acerqué sin pensar, como si el cuerpo decidiera por mí. Ella no retrocedió. Me agarró por la camiseta, me atrajo hacia sí y me besó con una violencia controlada que me dejó sin aire. Su lengua buscaba la mía, sus dientes me mordían el labio inferior, y sentí su rodilla subir entre mis piernas.
«¿Esto es lo que querías desde el primer día?», susurró contra mi boca. No pude contestar. Mi polla ya estaba dura contra su muslo y ella lo notó, porque sonrió y apretó más.
Me empujó hacia atrás hasta que mi espalda chocó con el saco de boxeo. El saco se balanceó y crujió de las cadenas. Carla se arrodilló delante de mí sin pedir permiso, me bajó el pantalón corto de un tirón y me la metió en la boca hasta el fondo, sin aviso y sin delicadeza.
Jadeé y me agarré a las cadenas del saco. Su boca era caliente y exigente, su lengua recorría el tronco mientras su mano me apretaba los huevos con una firmeza que dolía de la forma buena. Cuando sentí que iba a correrme, me apartó la cabeza con la mano en mi frente.
«Todavía no», ordenó. «Aquí mando yo. ¿Entendido?» Asentí, temblando. Ella se levantó, se bajó las mallas y el tanga de una sola vez, y se dio la vuelta apoyando las manos en el saco. «Ahora fóllame. Duro. Como si me debieras dinero.»
La penetré de pie, agarrándola por las caderas. Estaba empapada, caliente, y el sonido de nuestros cuerpos chocando llenó la sala vacía. Cada embestida mía la empujaba contra el saco, que se balanceaba con nosotros como un tercer participante.
Carla gemía sin contenerse, con esos gemidos roncos de mujer que lleva meses deseando algo y por fin lo tiene dentro. Me pidió más fuerte, más hondo, y yo obedecí hasta que las piernas me temblaban. Se corrió apretándome con sus músculos internos, gritando mi nombre entre dientes.
Pero no me dejó correrme a mí. Cuando estaba al borde, salió de mí, se dio la vuelta y me miró con los ojos brillantes. «La ducha», dijo simplemente, y echó a andar hacia los vestuarios sin mirar atrás.
La seguí como un perro. En la ducha abrió el agua caliente y me metió debajo del chorro con la ropa todavía puesta. El agua nos empapó en segundos. Me quitó la camiseta mojada tirando de ella y me besó el pecho, el cuello, mordiéndome la piel.
Me dio la vuelta y me puso las manos contra los azulejos. Sentí su cuerpo pegado a mi espalda, sus pechos aplastados contra mí, su mano bajando por mi vientre hasta agarrarme la polla con fuerza. Me la meneó despacio, torturándome, mientras me mordía la oreja.
«Pídemelo», susurró. «Pide que te deje correrte.» Lo pedí. Lo pedí dos veces, con la voz rota. Entonces me giró, se arrodilló bajo el agua y terminó lo que había empezado en la sala, tragando hasta la última gota mientras el agua caliente nos caía encima a los dos.
Nos quedamos un rato bajo la ducha, riéndonos como dos adolescentes. Fue entonces cuando me contó la verdad: que llevaba semanas provocándome a propósito, alargando las sesiones, rozándome «sin querer» al corregirme la postura. «Quería ver cuánto aguantabas», confesó.
Aguanté tres meses. Esa noche dejé de aguantar para siempre. Al salir del gimnasio me dio su dirección en un papel. «El sábado. A las ocho. Ven duchado y trae preservativos. Muchos.»
El sábado llegué a su piso en Malasaña con una bolsa de la farmacia y el corazón en la garganta. Me abrió la puerta en bata, nada debajo, y me arrastró dentro antes de que pudiera decir hola. El piso olía a velas y a algo cocinado que ninguno de los dos iba a probar.
«Hoy vamos a jugar», anunció, y me enseñó una cuerda de algodón gruesa que sacó de un cajón. El corazón me dio un vuelco, mitad miedo y mitad una excitación tan brutal que me dolía. «¿Confías en mí?» Confíaba. Ya no había vuelta atrás.
Me ató las muñecas al cabecero de su cama con nudos firmes pero cuidadosos, comprobando dos veces que no me cortaran la circulación. Era entrenadora: hasta atando nudos era profesional. Luego se subió encima de mí a horcajadas, desnuda, magnífica, y empezó a moverse despacio sobre mi polla.
Estar atado mientras ella me cabalgaba fue la experiencia más erótica de mi vida. No podía tocarla, no podía guiarla, solo podía sentirla: el calor de su coño apretándome, sus pechos balanceándose sobre mi cara, sus uñas clavándose en mi pecho cuando aceleraba.
Me provocó durante lo que parecieron horas. Se detenía justo cuando yo estaba al límite, se inclinaba para besarme con crueldad dulce, me susurraba obscenidades al oído que me hacían temblar. «¿Te gusta no poder hacer nada? ¿Te gusta que tu entrenadora te use como un juguete?»
Cuando por fin me dejó correrme, fue tan intenso que grité. Ella se corrió conmigo, convulsionando encima de mí, y después me desató con manos temblorosas y me abrazó como si acabáramos de sobrevivir a algo juntos. En cierto modo, así era.
Pedimos cena a domicilio y la comimos en la cama, desnudos, hablando de todo menos de lo que acababa de pasar, como si necesitáramos fingir normalidad un rato. Pero a la una de la madrugada ella me miró por encima de su copa de vino y la normalidad se acabó.
La segunda ronda fue en el sofá del salón, más salvaje que la primera. Me pidió que la azotara, y lo hice, primero con miedo y luego con una confianza creciente al ver cómo su cuerpo respondía, cómo se arqueaba pidiendo más. Sus nalgas enrojecieron bajo mis manos y sus gemidos se volvieron gritos.
La tomé por detrás con el sofá como apoyo, agarrándola del pelo, y ella me lo pidió así, explícitamente, con palabras que me pusieron la piel de gallina. Cada embestida era más profunda, más dura, y el sofá se arrastraba por el suelo de madera con cada golpe de cadera.
Nos corrimos juntos otra vez, empapados en sudor, y nos quedamos tirados en el sofá roto de tanto uso, riéndonos sin poder parar. «Eres un desastre», me dijo, despeinada y radiante. «El mejor desastre de mi vida», contesté.
Así empezaron las clases nocturnas, como las llamábamos. Dos veces por semana, después del cierre, el gimnasio se convertía en nuestro territorio. Conocí cada rincón de aquel local de una forma que ningún socio había conocido: la colchoneta de estiramientos, el banco de pesas, la oficina con la puerta que no cerraba bien.
Una noche me retó a una sesión de sparring con guantes, y el perdedor obedecía al ganador en la cama. Perdí a propósito en el segundo asalto, y ella me hizo pagar la derrota arrodillado en el centro del ring, con las luces del gimnasio apagadas y solo la luz de emergencia tiñéndolo todo de rojo.
Otra noche trajimos hielo de la máquina del bar de enfrente. Me lo pasó por el pecho, por el vientre, más abajo, y el contraste entre el frío y su boca caliente me volvió loco. Luego me hizo lo mismo a mí con sus pechos, y su reacción, sus jadeos agudos, me enseñó que a la entrenadora dura también le gustaba perder el control.
Lo más intenso fue la noche del almacén. Entre cajas de proteínas y toallas limpias, me vendó los ojos con una cinta de vendas y me dijo que no hablara. Solo sentir: sus manos, su boca, su cuerpo moviéndose alrededor del mío en la oscuridad total. Sin ver, cada caricia se multiplicaba por diez.
Cuando me quitó la venda, estábamos los dos en el suelo entre las cajas, y me miró con una ternura inesperada. «¿Sabes qué es lo mejor de todo esto?», me preguntó. «Que empezaste viniendo por tu cuerpo y te vas a quedar por el mío.» Tenía razón, y los dos lo sabíamos.
Pasaron los meses y las clases nocturnas se convirtieron en algo más parecido a una relación, aunque ninguno de los dos se atrevía a ponerle nombre. Cenábamos juntos, nos contábamos el día, y luego el gimnasio vacío nos tragaba hasta las tantas.
Carla me enseñó cosas de mi propio cuerpo que yo desconocía, y no hablo solo de sexo. Me enseñó a respirar bajo presión, a aguantar, a soltar el control sin miedo. «El sexo y el entrenamiento son lo mismo», decía. «Disciplina, entrega y saber cuándo empujar más fuerte.»
Una madrugada de sábado, después de una sesión especialmente brutal en la que acabamos dormidos en la colchoneta, me desperté con su cabeza en mi pecho y su voz adormilada diciendo: «No quiero que esto se acabe nunca.» La abracé más fuerte y le dije que entonces no se acabaría.
Seguimos pagando las clases particulares en los recibos del gimnasio, porque la ficción nos hacía gracia. Pero las facturas ya no decían «entrenamiento personal». En el concepto, Carla escribía cada mes algo distinto: «clases nocturnas», «fisioterapia intensiva», «recuperación funcional».
La última factura que me dio decía simplemente: «Para siempre.» La tengo guardada en la cartera, arrugada y descolorida, y cada vez que la miro recuerdo la noche del saco de boxeo, su voz en mi oído, y la mejor orden que me han dado en la vida: obedece. Y obedecí. Todavía obedezco.
Si estos relatos eróticos de mi entrenadora te han puesto a cien, espera a la segunda temporada: Carla acaba de comprar un gimnasio nuevo, más grande, con vestuarios individuales y una sala de masaje con puerta corredera. Dice que necesita a alguien que pruebe las instalaciones. Dice que ese alguien soy yo.
Readers who enjoyed “Relatos eróticos de mi entrenadora: clases nocturnas sin testigos” also read
8 curated storiesRelatos Eróticos: Una Noche de Boda en Valencia
Relatos eróticos: Marta, fotógrafa de bodas, termina la noche en una playa de Valencia con Andrés, el hermano del novio. Una copa, la luna y una suite que ninguno de los dos olvidará.
Relatos eróticos: una noche salvaje en Madrid
Marina sale un viernes por Malasaña decidida a dejar de leer relatos eróticos y vivir uno de verdad. Lo que no espera es que el camarero del bar lleve toda la noche mirándola igual que ella a él. Una noche en Madrid que empieza con una copa y termina mucho después del amanecer.
Relatos de Sexo Explícito: Una Noche en el Estudio de Flamenco
Relatos de sexo explícito: Elena, profesora de flamenco en Madrid, se queda a solas con su alumno Marcos para una corrección privada. Lo que empieza como baile termina en una noche inolvidable.
Cuentos sexuales: El garaje de la medianoche
Marta siempre pensó que los cuentos sexuales eran fantasía de metro y aburrimiento. Hasta que una madrugada, en el garaje vacío de su edificio, la alarma de su coche despertó algo más que a los vecinos: al vigilante nocturno.
Relatos Calientes: La Guitarra de Medianoche, Parte 2
Segunda y última parte de estos relatos calientes: el marido de Valentina vuelve antes de Bilbao y la pilla en la academia. El susto lo cambia todo.
Relatos Calientes: La Guitarra de Medianoche, Parte 1
Relatos calientes desde Madrid: Valentina, profesora de flamenco, se queda a ensayar hasta tarde y el nuevo profesor de guitarra, Diego, le ofrece música en vivo. Lo que empieza como arte termina en deseo. Primera parte de dos.
Relatos eróticos de profesoras de yoga: la clase privada de Martina
Relatos eróticos de profesoras de yoga: en una azotea de Valencia, a las seis de la mañana, Emilio descubre que las correcciones de su profesora Martina esconden algo más que buena técnica.
Relatos eróticos de vecinos: lo que pasó en la escalera
Entre todos los relatos eróticos de vecinos, pocos empiezan con un apagón a las once de la noche. Martín y Marta llevan ocho meses cruzándose en la escalera con miradas que duran un segundo de más, hasta que la oscuridad les da por fin una excusa para dejar de fingir.