Relatos Eróticos: Una Noche de Boda en Valencia
Hay relatos eróticos que empiezan con un roce accidental en un ascensor, y los hay que empiezan con una copa ofrecida a la una de la madrugada. El mío empezó en la terraza de un hotel de playa en Valencia, con el vestido todavía húmedo de tanto bailar entre flashes. Me llamo Marta, tengo veintiocho años y fotografío bodas para vivir. Aquella noche, la boda de Claudia y Jorge había terminado, y yo recogía mis objetivos mientras los últimos invitados se arrastraban hacia sus habitaciones.
"¿Una copa para la artista de la noche?" La voz llegó por detrás. Me giré. Era Andrés, el hermano mayor del novio. Treinta y seis años, traje desabrochado, corbata en el bolsillo, esa sonrisa de quien ha bebido lo justo para ser valiente. En la mano, dos copas de cava.
"¿Cómo sabes que no he terminado?" pregunté, aunque ya estaba guardando la última lente.
"Porque llevas diez minutos mirando el mar en vez de tu cámara." Se acercó y me tendió una copa. "Y porque yo tampoco he terminado la noche."
Bebí. El cava estaba frío y me supo a verano. Andrés se apoyó en la barandilla a mi lado. Olía a colonia cara y a sal. Durante la boda lo había fotografiado cien veces sin mirarlo de verdad. Ahora lo miraba. Mandíbula marcada, ojos verdes, manos grandes de quien trabaja con ellas. Me di cuenta de que él también me miraba, y no a la cara.
"¿Siempre te quedas hasta el final?" preguntó.
"Siempre. Las mejores fotos salen cuando la gente cree que ya nadie mira." Le sostuve la mirada. "¿Y tú? ¿Siempre ligas con las fotógrafas?"
Se rio, un poco nervioso. "Es la primera vez. Normalmente ligo con las damas de honor, que es más fácil."
"¿Y qué te hace pensar que yo soy más difícil?"
"Que me estás entrevistando en vez de beber." Pero bebí, y él también, y el silencio entre nosotros empezó a pesar de otra manera. El mar sonaba abajo. Una gaviota gritó en la oscuridad. Andrés dejó su copa en la barandilla y dio un paso hacia mí.
"Marta." Mi nombre en su boca sonó distinto. "¿Te apetece bajar a la playa? Hace una noche perfecta y odio las despedidas en terrazas."
Dudé exactamente tres segundos. Luego cogí mi chaqueta. "Cinco minutos. Tengo que madrugar para el AVE."
"Cinco minutos." Repitió él, y su sonrisa dijo que ninguno de los dos lo creía.
Bajamos por el sendero de madera. La arena estaba fría bajo mis pies descalzos. La playa, desierta. A lo lejos, las luces del chiringuito cerrado parpadeaban. Andrés me cogió de la mano sin pedir permiso, y yo se la dejé. Sus dedos se entrelazaron con los míos, firmes, cálidos.
"¿Sabes lo que más me gustó de hoy?" dijo de pronto. " verte trabajar. No parabas. Eras la única persona sobria en cien metros a la redonda."
"Alguien tiene que contar la historia." Me detuve y lo miré. "Aunque mi versión siempre es más interesante que la real."
"Cuéntame la tuya, entonces." Estábamos tan cerca que sentía su respiración. "La versión interesante de esta noche."
En vez de responder, le puse la mano en la nuca y lo atraje. El beso fue directo, sin preámbulos. Su boca sabía a cava y a ganas. Me empujó suavemente contra la pared lateral del chiringuito, la madera rugosa contra mi espalda desnuda. Sus manos bajaron por mi cintura y me levantaron un poco, y mis piernas se enroscaron en su cadera por instinto.
"Joder, Marta." Murmuró contra mi cuello. Sus dientes rozaron mi piel y un escalofrío me recorrió entera. Le desabroché la camisa con dedos torpes de prisa. Su pecho era ancho, con vello oscuro que bajaba en línea recta. Le pasé las uñas por los abdominales y él gimió, bajo, animal.
Me bajó el tirante del vestido. Luego el otro. El vestido cayó hasta mi cintura y la brisa nocturna me erizó la piel. Andrés me miró los pechos a la luz de la luna y soltó un juramento suave. Me los cogió con las dos manos, me los amasó, y luego se inclinó y me tomó un pezón en la boca.
Arqueé la espalda contra la madera. "Más." Le agarré del pelo. Él obedeció, chupando más fuerte, mordisqueando apenas. Su mano libre bajó por mi vientre, se metió bajo la falda del vestido y encontró mis bragas. Las apartó a un lado sin más ceremonia y sus dedos se hundieron en mi coño.
Estaba empapada. Él lo notó y sonrió contra mi pecho. "¿Ves? La versión interesante." Sus dedos entraron y salieron de mí, primero uno, luego dos, mientras su pulgar dibujaba círculos donde más lo necesitaba. Me mordí el labio para no gritar. Mis caderas se movían solas contra su mano.
Le bajé la cremallera del pantalón sin dejar de besarlo. Su polla salió dura, caliente, gruesa. La agarré y la masturbé despacio, sintiendo cómo latía en mi puño. Andrés echó la cabeza hacia atrás y gruñó. "Si sigues así, no llego a la habitación."
"¿Quién ha hablado de habitación?" Me arrodillé en la arena. La arena fría bajo mis rodillas, su polla caliente ante mi boca. La lamí de arriba abajo, despacio, y luego me la metí entera. Oí su jadeo por encima de mí. Le agarré del culo y marqué el ritmo, cada vez más hondo, hasta que sentí su polla temblar.
"Para, para." Me levantó por los brazos, riendo y jadeando. "En la boca no. Esta noche no." Me dio la vuelta contra la pared, me subió el vestido hasta la cintura y me arrancó las bragas de un tirón. Oí cómo se rasgaban. Me reí, nerviosa y excitada a la vez.
Su polla se apoyó en mi entrada. Me agarró de las caderas. "Dime que sí."
"Sí. Joder, sí."
Entró de golpe, hasta el fondo. Grité, y él me tapó la boca con la mano mientras embestía. La madera del chiringuito crujía con cada empujón. Mi cuerpo se rendía a cada embestida, mi coño lo apretaba, lo soltaba, lo volvía a apretar. "Más fuerte." Le supliqué contra su palma. Él obedeció, y el mundo se redujo a su polla dentro de mí y al mar sonando al fondo.
Me corrí primero, con un espasmo que me dobló las rodillas. Él me sostuvo, sin parar, y siguió hasta correrse él también, con un gruñido sordo, dentro de mí, caliente y hondo. Nos quedamos pegados a la pared, respirando como si hubiéramos corrido una maratón.
Fue entonces cuando oímos voces. Risas de invitados bajando por el sendero. Nos separamos de un salto. Andrés se abrochó el pantalón a toda prisa. Yo me bajé el vestido y me reí, con el corazón desbocado. "Tus bragas." Me las tendió, rotas. "Un recuerdo."
"Mi suite." Dijo él, cogiéndome de la mano. "Piso tres. Sin testigos, sin arena en los sitios delicados."
Subimos por las escaleras de servicio, riéndonos como adolescentes. Su suite olía a limpio y a madera. Nada más cerrar la puerta me empujó contra ella y me besó como si lleváramos horas separados y no minutos. Me quitó el vestido por la cabeza y me dejó solo con los tacones. Me miró de arriba abajo, despacio.
"Eres la mujer más guapa que he visto en mi vida, y he visto a mi cuñada con el vestido de novia." Me llevó al baño. Abrió la ducha, caliente. Entramos juntos. El agua me cayó por el pelo, por la espalda. Él me enjabonó los pechos con las manos, despacio, dibujando círculos. Yo le enjaboné la polla, que ya estaba dura otra vez, imposible, magnífica.
Me arrodillé bajo el agua y se la chupé, con el agua corriéndome por la cara. Él se apoyó en la pared de azulejos, con las manos en mi pelo mojado, gimiendo mi nombre. "Marta, joder, Marta." Cuando estuvo a punto, me levantó, me dio la vuelta y me penetró de pie, bajo el agua, con mis manos apoyadas en los azulejos.
El agua caliente, su cuerpo caliente, sus embestidas cada vez más rápidas. Me cogió de las tetas por detrás, me pellizcó los pezones, y yo me corrí gritando, con el agua ahogando mi voz. Él salió de mí, me dio la vuelta y se corrió sobre mi vientre, en espesos chorros calientes que el agua se llevó enseguida.
Nos secamos a medias, tropezando, riendo. Caímos en la cama enorme, desnudos y mojados, y nos quedamos mirando el techo, cogidos de la mano. "¿Cuántas bodas fotografías al año?" preguntó.
"Unas cuarenta."
"¿Y en cuántas terminas así?"
Le di un codazo. "Eres el primero. Y no se lo digas a nadie, que pierdo clientes."
Nos dormimos un rato, no sé cuánto. Me despertó su boca en mi cuello, su mano entre mis piernas. La luz gris del amanecer entraba por las cortinas. Hicimos el amor despacio esta vez, cara a cara, mirándonos, con una ternura que no esperaba y que me asustó un poco. Me corrí en silencio, abrazada a él, y él se corrió dentro de mí, despacio, hondo, sin dejar de mirarme.
Después bajamos a la playa. El sol salía sobre el mar, naranja y rosa. Nos sentamos en la arena, vestidos a medias, compartiendo un café de la máquina de la suite. "Tengo tu número." Dijo él. "Te lo di anoche, ¿no? Para enviarte las fotos."
"Me lo diste." Sonreí. "¿Para qué lo quieres?"
"Para la próxima boda. Quiero que la fotografíes tú."
Le quité el vaso de café de la mano y lo besé, con sabor a café y a amanecer. "Para la próxima noche, querrás decir." Y mientras el sol terminaba de salir, supe que aquel relato erótico, el mío, no había hecho más que empezar.
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