Relatos Eróticos de Peluqueras: El Último Corte del Día
¿Te lavo el pelo otra vez? Marta lo preguntó con una sonrisa torcida mientras le quitaba la capa a Marco, y aquella frase tan simple fue el comienzo de unos relatos eróticos de peluqueras que él jamás habría imaginado vivir en primera persona. Eran las ocho y media de la tarde, la peluquería estaba vacía y la persiana a medio bajar dejaba entrar una franja de luz naranja.
Marco llevaba meses cortándose el pelo allí, en aquel local pequeño del barrio de Malasaña, en Madrid. Tenía treinta y cuatro años, trabajaba como repartidor y desde que su mujer lo dejó, un año atrás, su vida era una sucesión de turnos largos y cenas solitarias. Marta, la dueña, tenía treinta y cinco, unas manos que parecían hechas para tocar y una forma de mirarlo que él había fingido no notar durante semanas.
Esa tarde todo fue distinto. Cuando Marta inclinó el sillón hacia el lavabo, sus pechos rozaron la frente de Marco. Él tragó saliva. Ella se dio cuenta y, en lugar de apartarse, se quedó un segundo más de la cuenta.
"Perdona," dijo ella, pero su voz no sonaba arrepentida.
"No pasa nada," respondió Marco, y su voz salió más ronca de lo que pretendía.
El agua caliente cayó sobre su cabeza y los dedos de Marta se hundieron en su cuero cabelludo. Masajeaban con una lentitud deliberada, trazando círculos que bajaban hasta la nuca, hasta los hombros. Marco cerró los ojos. Hacía meses que nadie lo tocaba así, con esa mezcla de profesionalidad y algo más.
"¿Te gusta?" susurró Marta cerca de su oído.
"Mucho," dijo él.
Ella enjabonó de nuevo, más despacio todavía. Sus uñas rascaban suavemente su piel. De pronto, Marco sintió los labios de Marta en su frente, un beso breve, húmedo. Abrió los ojos de golpe.
"¿Qué haces?" preguntó, aunque su cuerpo ya había respondido.
"Lo que llevo queriendo hacer desde que entraste por esa puerta hace tres meses," dijo ella, y le besó en la boca.
El beso sabía a café y a menta. Marta se inclinó sobre él, su cuerpo presionando contra el suyo en aquel sillón reclinado. Marco rodeó su cintura con los brazos y la atrajo hacia sí. El agua seguía corriendo, empapando la capa, el suelo, la ropa de ambos, pero a ninguno le importó.
Marta cerró el grifo de un manotazo sin dejar de besarlo. Luego se apartó un paso, jadeando, y lo miró de arriba abajo.
"Ven," dijo, y lo tomó de la mano.
Lo llevó al cuarto trasero, el pequeño almacén donde guardaba las toallas, los tintes y una camilla vieja para los tratamientos. Cerró la puerta con pestillo. La única luz era la de un flexo amarillento.
"Aquí no nos ve nadie," susurró.
Marta se quitó la camiseta del uniforme de un tirón. Debajo llevaba un sujetador negro de encaje que realzaba unos pechos redondos y generosos. Marco se quedó mirándola, y ella sonrió al ver su reacción.
"¿Te gusto?" preguntó, desabrochándose el sujetador.
Sus pechos quedaron al aire, con los pezones duros y oscuros. Marco se acercó y los tomó con las manos, pesados y suaves. Bajó la cabeza y se metió un pezón en la boca, chupándolo con fuerza. Marta echó la cabeza hacia atrás y soltó un gemido.
"Sí, así," jadeó. "No seas delicado conmigo."
Marco la sentó en la camilla y se arrodilló entre sus piernas. Le bajó los pantalones del uniforme junto con las bragas, de un solo movimiento. Su coño estaba depilado, húmedo, con los labios hinchados. Marco lo miró un instante y luego hundió la cara en él.
Su lengua recorrió cada pliegue, lenta al principio, luego más rápida, más insistente. Encontró el clítoris y lo succionó. Marta se agarró al borde de la camilla y arqueó la espalda.
"¡Dios, Marco, no pares!" gritó, olvidándose de dónde estaban.
Él introdujo dos dedos en su interior mientras su lengua seguía trabajando. Marta estaba empapada, caliente, apretando sus dedos con cada oleada. Su cuerpo temblaba. De pronto, se tensó entera y un chorro de placer la recorrió; su coño se contrajo alrededor de los dedos de Marco y un gemido largo escapó de su garganta.
Sin darle tiempo a recuperarse, Marta lo atrajo hacia sí y le desabrochó los pantalones. Su polla salió disparada, dura como una piedra, goteando. Ella la miró con los ojos brillantes.
"Vaya," dijo, "esto sí que es un buen corte."
Se la metió en la boca sin preliminares, hasta el fondo. Su garganta se adaptó a él con una facilidad que lo volvió loco. La sacaba y la volvía a meter, su lengua girando alrededor del glande, sus manos masajeando sus testículos. Marco tuvo que agarrarse a la camilla para no caerse.
"Para," jadeó, "que me corro."
Marta sonrió con la boca llena y siguió un poco más, torturándolo, hasta que él la apartó suavemente. La tumbó en la camilla, le abrió las piernas y se colocó entre ellas. Apoyó la punta de su polla en la entrada de su coño y la miró a los ojos.
"Dime que lo quieres," exigió.
"Lo quiero," dijo ella. "Fóllame, Marco. Fóllame de una vez."
Él empujó y se hundió en ella de un solo golpe. Marta gritó, un grito ahogado que rebotó en las paredes del almacén. Marco empezó a moverse, primero despacio, sintiendo cada centímetro, luego más rápido, más duro. La camilla crujía bajo ellos.
Marta le clavó las uñas en la espalda. "¡Más fuerte!" exigía. "¡Dame más fuerte!"
Marco la obedeció. Sus embestidas se volvieron brutales, el sonido de sus cuerpos chocando llenaba el cuarto. El sudor les resbalaba por la piel. Marta rodeó su cintura con las piernas y lo atrajo aún más adentro.
"Me voy a correr," advirtió él.
"Dentro," ordenó ella. "Córrete dentro de mí."
Unas embestidas más y Marco explotó, derramándose en su interior en oleadas. Marta se corrió con él, su coño ordeñándolo, su cuerpo convulsionando bajo el suyo. Se quedaron abrazados, jadeando, pegados por el sudor.
Cuando recuperaron el aliento, Marta se rio. "El mejor champú de mi vida," dijo.
Marco se rio también, una risa que hacía meses no salía de su garganta. Se vistieron a medias y volvieron al salón. La persiana seguía a medio bajar. Marta la subió del todo y encendió el cartel de cerrado.
"¿Y ahora qué?" preguntó Marco.
"Ahora te termino el corte," dijo ella con picardía, "que te he dejado a medias. Y luego cenamos. Conozco un sitio aquí al lado."
Mientras Marta le pasaba la maquinilla por la nuca, sus pechos volvían a rozar su espalda, a propósito esta vez. Marco sonrió. El corte tardó el doble de lo normal porque cada dos minutos se besaban.
Cuando por fin salieron a la calle, ya era de noche. Caminaron hasta un bar pequeño, se sentaron en la terraza y pidieron dos cañas y unas bravas. Hablaron como si se conocieran de toda la vida. Marta le contó que se había divorciado hacía dos años, que la peluquería era su sueño y su cárcel a la vez. Marco le habló de su exmujer, de la soledad de su piso, de las noches en vela.
"¿Sabes qué?" dijo Marta, mirándolo por encima de su caña. "Mañana cierro a las ocho. Ven a las ocho menos cuarto. Te haré un tratamiento completo."
"¿Qué incluye?" preguntó Marco, siguiéndole el juego.
"Lavado, corte, masaje..." Hizo una pausa y bajó la voz. "Y todo lo demás."
Marco sintió que se le aceleraba el pulso solo de pensarlo. "Allí estaré."
Al día siguiente, Marco contó las horas en el trabajo. A las ocho menos cuarto en punto, empujó la puerta de la peluquería. Marta ya había bajado la persiana del todo. Llevaba un vestido corto negro en lugar del uniforme.
"Puntual," dijo, y lo besó en la puerta.
Esta vez no hubo lavabo ni preliminares largos. Marta lo empujó contra el sillón de corte, se subió a horcajadas sobre él y se bajó las bragas por debajo del vestido. Marco apenas tuvo tiempo de bajarse los pantalones antes de que ella se empalara en él.
Lo cabalgó allí mismo, en medio del salón, con los espejos devolviéndoles su reflejo desde todos los ángulos. Marta se miraba mientras se movía, y eso la excitaba aún más. Sus pechos botaban sobre el vestido escotado. Marco los liberó y los chupó mientras ella subía y bajaba sobre su polla.
Se corrieron casi a la vez, mirándose a los ojos en el espejo. Después, Marta se dejó caer sobre su pecho, riendo.
"¿Sabes lo que dicen de las peluqueras?" susurró.
"¿Qué dicen?"
"Que sabemos guardar secretos." Le mordió el lóbulo de la oreja. "Y que siempre dejamos al cliente... satisfecho."
Las semanas pasaron y el ritual se instaló: cada tarde, a la hora de cerrar, Marco entraba en la peluquería y la persiana bajaba. A veces era en el lavabo, con la cabeza de él entre las piernas de ella. A veces en el sillón, ella de rodillas. A veces en el almacén, contra la pared, de pie, rápido y urgente.
Una noche, después de hacerlo sobre la camilla del almacén, Marta le confesó algo. "Cuando entraste la primera vez, pensé: a este hombre le hace falta que lo cuiden. No sabía que iba a ser yo quien lo hiciera... así."
"¿Te arrepientes?" preguntó Marco, incorporándose sobre un codo.
"Ni un poco." Le acarició la mejilla. "¿Tú?"
"Yo encontré algo que no buscaba," dijo él. "Y no pienso soltarlo."
Se quedaron en silencio, abrazados en la penumbra amarillenta del flexo. Afuera, Madrid seguía con su ruido. Adentro, solo se oía su respiración acompasada.
Un mes después, Marta puso un cartel nuevo en la puerta: "Se busca ayudante. Imprescindible discreción." Marco se rio al verlo.
"¿Necesitas ayuda de verdad o es una excusa?" preguntó.
"Las dos cosas," admitió ella. "El negocio crece. Y yo..." Lo miró con intensidad. "Yo quiero crecer contigo."
Marco la besó allí mismo, delante del escaparate, sin importar quién pasara por la calle. Cuando se separaron, Marta sacó del bolsillo una llave pequeña y se la puso en la mano.
"Es la copia de la puerta trasera," dijo. "Para que no tengas que esperar a que cierre. Entra cuando quieras."
Marco cerró el puño sobre la llave. La miró a los ojos y sonrió. Ya no era un cliente más. Era el hombre de la peluquera, y la persiana de aquella peluquería de Malasaña ya nunca volvería a bajar del todo para él.
Readers who enjoyed “Relatos Eróticos de Peluqueras: El Último Corte del Día” also read
8 curated storiesRelatos eróticos: una noche salvaje en Madrid
Marina sale un viernes por Malasaña decidida a dejar de leer relatos eróticos y vivir uno de verdad. Lo que no espera es que el camarero del bar lleve toda la noche mirándola igual que ella a él. Una noche en Madrid que empieza con una copa y termina mucho después del amanecer.
Relatos de Sexo Explícito: Una Noche en el Estudio de Flamenco
Relatos de sexo explícito: Elena, profesora de flamenco en Madrid, se queda a solas con su alumno Marcos para una corrección privada. Lo que empieza como baile termina en una noche inolvidable.
Cuentos sexuales: El garaje de la medianoche
Marta siempre pensó que los cuentos sexuales eran fantasía de metro y aburrimiento. Hasta que una madrugada, en el garaje vacío de su edificio, la alarma de su coche despertó algo más que a los vecinos: al vigilante nocturno.
Relatos Calientes: La Guitarra de Medianoche, Parte 2
Segunda y última parte de estos relatos calientes: el marido de Valentina vuelve antes de Bilbao y la pilla en la academia. El susto lo cambia todo.
Relatos Calientes: La Guitarra de Medianoche, Parte 1
Relatos calientes desde Madrid: Valentina, profesora de flamenco, se queda a ensayar hasta tarde y el nuevo profesor de guitarra, Diego, le ofrece música en vivo. Lo que empieza como arte termina en deseo. Primera parte de dos.
Relatos eróticos de profesoras de yoga: la clase privada de Martina
Relatos eróticos de profesoras de yoga: en una azotea de Valencia, a las seis de la mañana, Emilio descubre que las correcciones de su profesora Martina esconden algo más que buena técnica.
Relatos eróticos de mi entrenadora: clases nocturnas sin testigos
Tres meses de clases particulares y una noche Carla cerró el gimnasio con llave. Lo que empezó contra el saco de boxeo se convirtió en la historia más intensa de su vida.
Relatos eróticos de vecinos: lo que pasó en la escalera
Entre todos los relatos eróticos de vecinos, pocos empiezan con un apagón a las once de la noche. Martín y Marta llevan ocho meses cruzándose en la escalera con miradas que duran un segundo de más, hasta que la oscuridad les da por fin una excusa para dejar de fingir.