Historias eróticas de mujeres casadas: El sueño de Carmen en Valencia
En el sueño, un hombre al que no conocía la tomaba por la cintura en una cocina llena de luz, y ella no se resistía. Se despertó con el corazón acelerado, la piel caliente y una sensación extraña entre las piernas, como si el sueño hubiera sido real. Estas historias eróticas de mujeres casadas a veces empiezan así, no con un plan, sino con un sueño que se niega a quedarse dormido.
Carmen tenía treinta y cuatro años, vivía en Valencia con su marido Jorge, un ingeniero que pasaba más tiempo en obras fuera de la ciudad que en su propia casa. Llevaban ocho años casados, y los últimos dos se parecían mucho a una rutina amable: desayunos silenciosos, mensajes cortos, noches en las que cada uno se dormía mirando su propio teléfono.
El sueño volvió la noche siguiente. El mismo hombre, la misma cocina, sus manos en su cintura, su boca en su cuello. Esta vez, cuando se despertó, Carmen se quedó mirando el techo durante una hora, preguntándose quién era aquel hombre y por qué su cuerpo lo recordaba como si lo hubiera tocado de verdad.
El jueves, Jorge llegó a casa con una noticia. “Mañana viene a cenar un compañero nuevo de la obra,” dijo, dejando las llaves en la mesa. “Se llama Alejandro. Es de Sevilla. Quiero que lo conozcas.”
Carmen asintió sin pensar mucho. Pero cuando al día siguiente abrió la puerta y vio a Alejandro de pie en el pasillo, con una botella de vino en la mano y una sonrisa tranquila, el suelo pareció moverse bajo sus pies. Era él. El hombre del sueño. El mismo pelo oscuro, la misma forma de mirarla, como si ya la conociera.
“Encantado,” dijo Alejandro, y su voz le recorrió la piel como un escalofrío. “Jorge me ha hablado mucho de ti.”
“Y a mí de ti,” mintió Carmen, porque Jorge apenas le había hablado de nada. Durante la cena, no pudo dejar de mirarlo. Cada vez que Alejandro se reía, ella recordaba el sueño. Cada vez que él la miraba, ella sentía que él también recordaba algo.
Después de cenar, Jorge salió al balcón a fumar, algo que hacía solo cuando había invitados. Alejandro se quedó en la cocina ayudando a Carmen a recoger los platos. El silencio entre ellos era espeso, cargado, y cuando sus manos se rozaron al pasar un plato, los dos se quedaron quietos.
“¿Nos conocemos de algo?” preguntó Carmen en voz baja, sin poder contenerse.
Alejandro la miró fijamente. “No lo sé,” dijo. “Pero desde que entré por esa puerta, tengo la sensación de que ya te he tocado antes.”
Carmen dejó el plato en el fregadero con manos temblorosas. “Yo también sueño contigo,” susurró. “Dos noches seguidas. Y no entiendo por qué.”
Alejandro dio un paso hacia ella. “Entonces no soy el único loco,” dijo, y la besó. No fue un beso tímido. Fue un beso hambriento, como si llevaran años esperándolo, y Carmen respondió con la misma hambre, agarrando su camisa, pegando su cuerpo al suyo, sintiendo por fin que su piel volvía a estar viva.
“Jorge está en el balcón,” susurró ella contra sus labios.
“Lo sé,” dijo Alejandro. “Por eso tenemos que parar. Por ahora.” Se apartó, pero sus ojos no se apartaron de ella. “Mañana, a las seis, en el mercado central. En el puesto de flores. Ven sola.”
Carmen no durmió aquella noche. Se quedó mirando a Jorge, dormido a su lado, y pensando en el beso en la cocina, en el sueño, en el mercado. A las seis menos diez ya estaba en el mercado, con el corazón en la garganta, y cuando vio a Alejandro entre las flores, supo que ya no había vuelta atrás.
Él la llevó a un pequeño apartamento que alquilaba cerca del mercado, un lugar sencillo, con una cama grande y una ventana que daba a un patio interior. Nada más entrar, Carmen lo empujó contra la pared y lo besó de nuevo, con más fuerza, con más necesidad, como si quisiera recuperar todas las noches en las que se había dormido sola.
Alejandro le quitó el vestido despacio, prenda a prenda, mirándola como si fuera algo que había soñado durante mucho tiempo. Cuando quedó en ropa interior, él se arrodilló delante de ella y le bajó las bragas con cuidado, y luego enterró la cara entre sus piernas, lamiendo su coño con una lentitud que la volvió loca.
“Alejandro,” gimió Carmen, agarrándose a su pelo. “Por favor, no pares.”
Él no paró. La lamió hasta que ella tembló y se corrió, mordiéndose el labio para no gritar, con las piernas temblando y las manos agarradas a la pared. Luego la llevó a la cama, se quitó la ropa, y su polla, dura y gruesa, quedó a la vista. Carmen la tomó en su mano, la acarició, y se la metió en la boca, chupándola despacio, saboreándola, mientras Alejandro gemía y le acariciaba el pelo.
“Basta,” dijo él, levantándola. “Quiero estar dentro de ti.” La tumbó en la cama, le abrió las piernas, y la penetró de un solo movimiento, profundo, llenándola por completo. Carmen gritó, arqueó la espalda, y clavó las uñas en su espalda.
“¡Dios mío, Alejandro!” exclamó. “¡Es exactamente como en el sueño!”
Él empezó a moverse, primero despacio, luego cada vez más rápido, más fuerte, con embestidas que hacían temblar la cama. Carmen le rodeó la cintura con las piernas y lo acompañó en cada movimiento, sus pechos botando, sus gemidos llenando la habitación. “¡Más fuerte!” le pidió. “¡Fóllame más fuerte, que llevo dos noches soñando con esto!”
Alejandro obedeció, follándola con todas sus fuerzas, hasta que ella se corrió de nuevo, esta vez gritando su nombre sin importarle quién pudiera oírla, y él se corrió dentro de ella un momento después, quedándose tumbado sobre ella, los dos sudorosos y jadeando.
Cuando recuperaron el aliento, Alejandro la llevó a la ducha. El agua caliente caía sobre los dos, y Carmen apoyó las manos en la pared mientras él la tomaba por detrás, despacio, con las manos en sus caderas, susurrándole al oído todo lo que había soñado hacerle. Ella gemía bajito, con el agua corriendo por su espalda, y cuando se corrió por tercera vez, tuvo que agarrarse a la pared para no caerse.
“Esto no puede ser normal,” dijo Carmen, riéndose bajo el agua. “Nadie se corre tres veces en una tarde.”
“Contigo sí,” dijo Alejandro, besándole el hombro. “Porque contigo no es solo sexo. Es como si mi cuerpo te estuviera esperando desde antes de conocerte.”
Salieron de la ducha, se secaron el uno al otro con una toalla grande, y se tumbaron en la cama, desnudos, hablando bajito como dos adolescentes. Carmen le contó que llevaba dos años sintiéndose invisible en su propia casa, que Jorge la quería pero ya no la miraba, y que el sueño había sido la primera cosa en mucho tiempo que la había hecho sentirse deseada. Alejandro le contó que después de su divorcio había dejado de creer en las señales, hasta que entró en su casa y la vio, y sintió que el suelo se movía.
“¿Crees en el destino?” preguntó Carmen.
“Creía en el trabajo y en la suerte,” dijo Alejandro. “Pero desde que te conozco, creo en los sueños. Porque si no fuera por ellos, yo nunca habría tenido el valor de besarte en tu cocina.”
“Y yo nunca habría tenido el valor de venir al mercado,” dijo Carmen. Se acurrucó contra su pecho, escuchando su corazón, y pensó que aquel latido sonaba exactamente igual que en el sueño. Como si su cuerpo lo supiera todo desde el principio, y solo su cabeza hubiera tardado en enterarse.
Se quedaron así mucho rato, en silencio, con la luz de la tarde entrando por la ventana. “¿Qué hacemos ahora?” preguntó Carmen al fin.
“Ahora te vas a casa,” dijo Alejandro, acariciándole la mejilla. “Y mañana soñarás conmigo otra vez. Y pasado mañana, volverás aquí. Y así hasta que decidamos qué hacer con todo esto.”
“¿Y si Jorge se entera?” preguntó ella.
“No se enterará,” dijo él. “Porque somos cuidadosos. Y porque lo que pasa entre nosotros no le pertenece a nadie más.”
Carmen se vistió, se miró en el espejo, y vio a una mujer distinta a la que había entrado. Una mujer con los labios hinchados, los ojos brillantes y una sonrisa que no podía esconder. Salió del apartamento, compró flores en el mercado como coartada, y volvió a casa. Jorge ni siquiera levantó la vista del televisor cuando entró.
Antes de salir, Carmen se detuvo en la puerta del apartamento y miró atrás, a la cama deshecha, a la toalla todavía húmeda, a la ventana por la que entraba la última luz de la tarde. Quiso guardar aquella imagen para siempre, como quien guarda una foto, porque sabía que la necesitaría en las noches tranquilas de su casa.
“¿Has comprado flores?” preguntó.
“Sí,” dijo Carmen, poniéndolas en un jarrón. “Para alegrar la casa.” Y mientras colocaba las flores, pensó en el sueño, en la cocina, en el apartamento, y supo que aquella noche, cuando cerrara los ojos, volvería a soñar con Alejandro. Y esta vez, el sueño ya no sería solo un sueño.
Escena extra: una semana después, Carmen volvió al apartamento y encontró una nota de Alejandro sobre la almohada. Decía: anoche soñé contigo otra vez, y esta vez no me desperté a tiempo. Ella se rió, guardó la nota en su bolso, y cuando él llegó, lo recibió con un beso que duró tanto que se olvidaron de la cena que habían planeado. Aquella noche probaron algo nuevo: ella se sentó encima de él, despacio, mirándolo a los ojos, y él le sostuvo la cintura mientras ella se movía, cada vez más rápido, hasta que los dos se corrieron juntos, abrazados, con la ventana abierta y el ruido del mercado entrando por ella.
Después, tumbados en la cama, Alejandro le confesó algo: la primera vez que la vio, en la cena en su casa, también sintió que la conocía de antes. No de un sueño, dijo, sino de una sensación, como si su cuerpo la recordara antes que su cabeza. Carmen le creyó, porque a ella le pasaba exactamente lo mismo. Y entre los dos decidieron algo: no iban a intentar entenderlo. Iban a vivirlo, una tarde a la vez, un sueño a la vez, hasta que la vida decidiera por ellos.
Cuando Carmen salió aquella tarde, el mercado estaba cerrando y las flores ya no olían tanto. Pero ella llevaba en el bolso la nota de Alejandro, y en la piel el recuerdo de sus manos, y eso le bastaba para caminar hasta casa con una sonrisa que nadie en Valencia supo interpretar jamás.
Un mes después, Carmen seguía guardando la nota en su bolso, ya un poco arrugada, y cada vez que la leía, sonreía. Alejandro le había dejado otra, y luego otra, y el bolso se fue llenando de papeles pequeños con frases que solo ellos entendían. Ninguna decía te quiero. Todas decían algo mejor: te soñé, te esperé, vuelve mañana.
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