Relatos eróticos de cuñados: Elena y el hermano de Martín
Hay relatos eróticos de cuñados que empiezan con una mirada robada, pero el mío empezó con un móvil abandonado en el borde del lavabo. Era sábado por la mañana y Martín ya había salido a correr con su grupo del barrio, así que tenía la casa para mí sola, con el piso en silencio y el olor a café frío flotando todavía por la cocina. Diego, el hermano pequeño de mi marido, llevaba dos semanas durmiendo en la habitación de invitados porque en su piso estaban cambiando las tuberías, y aquel día su teléfono se había quedado allí, encendido, con la pantalla desbloqueada, justo donde él se había duchado antes de salir a desayunar con un amigo.
Lo vi nada más entrar al baño de invitados con la cesta de la ropa sucia. El móvil vibraba suavemente con un mensaje nuevo, y la pantalla mostraba un chat abierto con una chica cuyo nombre no conocía, Vera. Mi intención era apartarlo de la repisa para limpiar debajo, pero el último mensaje me detuvo en seco: una foto que Diego le había enviado a esa chica, una foto suya, desnudo de cintura para abajo, con su polla dura y enorme apuntando hacia la cámara del espejo. Se me quedó la respiración atascada en el pecho.
El corazón me latía tan fuerte que lo oía en mis propios oídos. No debería haber mirado más, lo sabía, pero mis dedos no me obedecieron. Deslicé el dedo por la pantalla y vi dos fotos más: una de su torso mojado saliendo de la ducha y otra, más atrevida, de su mano rodeando su miembro. Los mensajes de Vera eran puro fuego: "me vuelves loca", "cuando te vea te voy a comer entero". Sentí un calor subiéndome por el cuello y bajándome hasta el vientre, una humedad instantánea entre las piernas que me avergonzó y me excitó a partes iguales.
Oí la puerta de la entrada abrirse y cerrarse de golpe. Diego había vuelto antes de lo previsto, había olvidado la cartera. Dejé el móvil exactamente donde estaba, con las manos temblorosas, y salí del baño intentando parecer normal, con la cesta de la ropa apretada contra el pecho como un escudo. Diego apareció en el pasillo, con la camiseta pegada al cuerpo por el calor de la mañana madrileña de agosto, y me sonrió con esa sonrisa suya de chico travieso.
"¿Has visto mi móvil, cuñada?", me preguntó, con un tono casual. Cuñada. La palabra sonaba distinta ahora, cargada de algo que no había estado allí diez minutos antes. Negué con la cabeza y le dije que quizá lo había dejado en el baño, y él entró allí y salió con el teléfono en la mano, mirando la pantalla con una sonrisa pícara. "Vera me está volviendo loco", comentó, sin saber que yo ya lo sabía todo, que había visto cada centímetro de lo que él le había enseñado a ella.
Esa noche cenamos los tres en el salón, con Martín contando anécdotas de su carrera matutina y Diego riéndose conmigo de un programa de la tele. Pero debajo de la mesa, cada vez que Diego se movía, yo recordaba aquella foto. Recordaba el grosor de su polla, las venas marcadas, la forma en que su mano la agarraba. Martín me tocó la rodilla por debajo de la mesa y yo di un respingo, porque por un segundo había imaginado que era la mano de su hermano.
Después de cenar, Martín se quedó dormido en el sofá con el mando en la mano, roncando suavemente. Diego y yo salimos al balcón a fumar un cigarrillo, aunque yo hacía años que no fumaba. La noche madrileña estaba tibia y desde el balcón se veían las luces de los edificios de enfrente. Diego me ofreció su cigarro y nuestros dedos se rozaron al pasarlo. Fue un roce mínimo, pero me atravesó como una descarga eléctrica.
"Te he visto rara hoy", me dijo Diego, apoyado en la barandilla, mirándome de lado. "¿Pasa algo?" Le mentí, le dije que era el calor, que no había dormido bien. Él asintió despacio, y luego, con una sonrisa que me desarmó por completo, añadió: "¿Sabes? Creo que esta mañana cogiste mi móvil". Se me heló la sangre. "Lo dejé desbloqueado aposta", confesó, bajando la voz. "Quería ver tu cara cuando lo vieras".
El mundo se me puso del revés. Diego dio un paso hacia mí y el balcón de repente me pareció minúsculo. "No te asustes", susurró. "Llevo dos semanas durmiendo a dos paredes de ti, oyéndote reír, oliendo tu perfume en el pasillo, y estoy volviéndome loco". Su mano rozó mi mejilla y yo no me aparté. No podía apartarme. Su boca estaba a centímetros de la mía y olía a tabaco y a algo dulce.
Cuando me besó, fue como si se rompiera una presa. Su lengua entró en mi boca con hambre y yo la recibí con la misma hambre, agarrándome a su camiseta con las dos manos. Martín roncaba a pocos metros, al otro lado de la puerta del balcón, y eso hacía que todo fuera mil veces más peligroso y mil veces más excitante. Las manos de Diego bajaron por mi espalda hasta agarrar mi culo por encima del vestido de verano, apretándome contra él, y sentí su polla dura contra mi vientre a través de la tela.
"Dentro", jadeé contra su boca. "A tu habitación. Ahora". No sé de dónde saqué el valor. Diego me miró con los ojos ardiendo y asintió. Entramos con cuidado, pasando de puntillas junto al sofá donde Martín dormía profundamente, y nos encerramos en la habitación de invitados. En cuanto la puerta se cerró, Diego me empujó suavemente contra ella y volvió a besarme, esta vez con las manos bajo mi vestido, subiendo por mis muslos hasta encontrar mis bragas ya empapadas.
"Joder, Elena, estás chorreando", gruñó, y metió un dedo por debajo de la tela, acariciándome el clítoris con una presión perfecta que me hizo gemir contra su hombro. Con la otra mano me bajó el tirante del vestido y liberó uno de mis pechos, llevándoselo a la boca sin piedad. Su lengua jugó con mi pezón, lo mordisqueó suavemente, lo succionó hasta dejarlo duro y sensible, mientras su dedo seguía dibujando círculos en mi clítoris cada vez más rápidos.
Yo le desabroché los pantalones con dedos torpes y urgentes, y cuando liberé su polla sentí un escalofrío de pura anticipación: era exactamente como en la foto, gruesa, larga, con la punta ya húmeda. Me arrodillé delante de él sin pensarlo dos veces y me la metí en la boca. El sabor salado de su excitación me volvió loca. La chupé con ganas, rodeando el glande con la lengua, bajando hasta donde podía y subiendo despacio, mientras él me agarraba el pelo y gemía mi nombre en voz baja.
"Para, para", jadeó Diego, apartándome con dulzura pero con firmeza. "Si sigues así me corro en tu boca y quiero estar dentro de ti". Me levantó, me quitó el vestido por encima de la cabeza y me tumbó en la cama de invitados, con las sábanas aún revueltas de sus noches. Se colocó entre mis piernas y me miró a los ojos un segundo antes de empujar. Cuando su polla entró en mi coño, sentí que me llenaba por completo, centímetro a centímetro, hasta que estuvo hasta el fondo y los dos soltamos un gemido ahogado.
Empezó a moverse despacio, saliendo casi del todo y volviendo a entrar hasta el fondo, y cada embestida me arrancaba un jadeo que tenía que ahogar mordiéndome el labio para no despertar a Martín. Diego me agarró las muñecas y me las sujetó por encima de la cabeza, y el gesto de dominación me excitó aún más. Aceleró el ritmo, sus caderas golpeando contra las mías con un sonido húmedo y obsceno que nos volvía locos a los dos.
"Dime que te gusta", me exigió al oído, con la voz rota. "Dime que te gusta la polla de tu cuñado". La ordinariez de sus palabras me llevó al borde. "Me encanta", gemí. "Fóllame más fuerte, Diego, por favor". Él obedeció, embistiendo con fuerza, y sentí el orgasmo construyéndose dentro de mí como una ola gigante. Cuando llegó, me corrí con un grito ahogado contra su hombro, mi coño contrayéndose alrededor de su polla en oleadas que parecían no terminar nunca.
Mi orgasmo lo llevó al suyo. Diego se tensó, clavó los dedos en mis caderas y se corrió dentro de mí con un gruñido bajo y gutural, llenándome de su semen caliente. Nos quedamos quietos, jadeando, sudados, con su peso sobre mí y su polla aún palpitando dentro de mi cuerpo. Por un momento ninguno de los dos dijo nada. Solo se oía el ronquido lejano de Martín desde el salón y el zumbido del aire acondicionado.
Diego rodó a un lado y me abrazó contra su pecho. "Esto no puede volver a pasar", susurré, aunque mi cuerpo decía exactamente lo contrario. "Lo sé", mintió él, besándome la frente. Nos vestimos en silencio y salí de la habitación de puntillas, con las piernas temblorosas y su semen escurriéndome por los muslos. Martín seguía dormido en el sofá, ajeno a todo. Me senté a su lado y le acaricié el pelo, con el corazón latiéndome desbocado y la certeza terrible y deliciosa de que aquello no había terminado.
Los días siguientes fueron una tortura dulce. Diego y yo actuábamos con normalidad delante de Martín, pero cada mirada era una promesa. En la cocina, cuando Martín salía a comprar el pan, Diego se pegaba a mi espalda y me mordía el cuello. En el pasillo, me arrinconaba contra la pared y me metía la mano bajo la falda durante diez segundos robados que me dejaban ardiendo para el resto del día. Vivíamos en un estado de excitación permanente, contando las horas.
La oportunidad llegó el jueves. Martín me avisó por mensaje de que tenía una cena de trabajo y no llegaría hasta pasada la medianoche. Le enseñé el mensaje a Diego con una sonrisa que lo decía todo, y él me agarró por la cintura y me besó allí mismo, en la cocina, a plena luz del día. "Esta noche eres mía", me dijo, y yo asentí, temblando de anticipación desde aquel mismo instante.
Cenamos pronto, con una tensión eléctrica que casi se podía tocar. En cuanto terminamos, Diego me tomó de la mano y me llevó a su habitación, pero esta vez no había prisa, no había miedo a que nos pillaran. Cerró la puerta con llave y se quitó la camiseta despacio, mirándome, dejándome ver cada músculo de su torso. Yo me desnudé para él sin apartar la mirada, disfrutando de cómo sus ojos recorrían mi cuerpo.
Diego me tumbó en la cama y empezó a besarme desde los labios hasta el cuello, bajando por mi pecho, deteniéndose en cada pezón para lamerlo y morderlo suavemente. Siguió bajando, por mi vientre, hasta llegar entre mis piernas. Sin preámbulos, me abrió los muslos y hundió la cara en mi coño. Su lengua encontró mi clítoris al instante y empezó a lamerlo con un ritmo experto, alternando lamidas rápidas con succiones profundas que me hacían arquear la espalda.
Metió dos dedos dentro de mí mientras su lengua seguía trabajando, y la combinación me llevó al orgasmo en cuestión de minutos. Me corrí gritando su nombre, con las manos agarradas a las sábanas, mientras él no paraba de lamerme, prolongando mi placer hasta que tuve que apartarle la cara porque era demasiado intenso. Diego sonrió con la boca brillante y subió a besarme, dejándome probar mi propio sabor en sus labios.
"Date la vuelta", me ordenó, con una autoridad que me obedecí al instante. Me puse a cuatro patas en la cama y sentí sus manos agarrando mis caderas, colocándome. Su polla entró en mí desde atrás de una sola embestida profunda que me arrancó un gemido ronco. Empezó a follarme con fuerza, con un ritmo animal, y yo empujaba hacia atrás contra él, buscando que entrara aún más hondo.
Una de sus manos se deslizó por debajo de mi cuerpo hasta mi clítoris, frotándolo al ritmo de sus embestidas, y la doble estimulación me volvió loca. "Córrete para mí, cuñada", gruñó, agarrándome del pelo. Y me corrí, con un orgasmo brutal que me dejó viendo estrellas, mi coño apretando su polla con espasmos violentos. Diego aguantó unas embestidas más y luego se salió, se corrió sobre mi espalda con un gemido largo, pintándome la piel de blanco.
Nos duchamos juntos después, riéndonos bajito, enjabonándonos el uno al otro con una ternura que contrastaba con la brutalidad de lo que acabábamos de hacer. Bajo el agua caliente, Diego me abrazó por detrás y me susurró al oído: "Cuando me vaya de esta casa, voy a echar de menos esto más que nada". Yo me giré y lo besé, y sentí su polla endureciéndose de nuevo contra mi vientre. La noche era joven y Martín no llegaría hasta la medianoche.
Volvimos a la cama, todavía húmedos de la ducha, y esta vez hicimos el amor despacio, mirándonos a los ojos, con Diego encima de mí moviéndose en círculos lentos y profundos que me hacían gemir bajito con cada rotación de sus caderas. Fue diferente, más íntimo, más peligroso en otro sentido. Cuando nos corrimos juntos, abrazados, con su semen caliente dentro de mí una vez más, supe que aquello ya no era solo sexo robado. Era algo que nos había cambiado a los dos.
Diego se mudó a su piso reformado dos semanas después. La despedida fue correcta, familiar, con abrazos de hermano y de cuñada delante de Martín. Pero cuando Diego me abrazó, me susurró al oído tan bajo que solo yo pude oírlo: "Guardo tu sabor en mi memoria". Aquella noche, en nuestra cama, Martín me hizo el amor con su ternura de siempre y yo cerré los ojos y fingí que todo era normal, mientras mi cuerpo recordaba cada centímetro del hermano de mi marido.
A veces, cuando Martín trabaja hasta tarde, mi móvil vibra con un mensaje de un número que no tengo guardado. Siempre es una foto. Y siempre sé exactamente quién la envía antes de abrirla.
Readers who enjoyed “Relatos eróticos de cuñados: Elena y el hermano de Martín” also read
8 curated storiesRelatos eróticos de infidelidad: Carmen y Diego en Madrid
Relatos eróticos de infidelidad desde Madrid: Carmen, sola mientras su marido viaja, deja una nota bajo la puerta de su vecino Diego y convierte un libro prestado en tardes de pasión.
Relatos Eróticos de Madrastra: La Noche en Sevilla
En una casa de Sevilla, una discusión entre padre e hijo deja a Carmen, la madrastra, en medio de una tensión que llevaba semanas creciendo. Estos relatos eróticos de madrastra cuentan la noche en que todo se desató.
Relatos eróticos de cuñadas: la cena que se alargó
No todos los relatos eróticos de cuñadas empiezan con una paella y un coche que no arranca. Javier visita a su hermano un domingo cualquiera, pero cuando Carlos se queda dormido en el sofá, su cuñada Elena decide que la cena familiar se alargue de la forma más inesperada.
Relatos Eróticos de Primas: La Finca de Toledo
Relatos eróticos de primas: Claudia y Diego, primos adultos, se reencuentran en la finca familiar de Toledo. Una piscina al atardecer y un secreto que durará todo el verano.
Relatos eróticos para mujeres casadas: El perfume del vecino en Valencia
El perfume del vecino en la escalera despierta algo dormido en Carmen, y estos relatos eróticos para mujeres casadas convierten una cena en Valencia en una noche que no podrá olvidar.
Relatos de Infidelidad: Elena Abre su Coño para la Polla de Javier Toda la Noche en Madrid
Elena, una traductora de Madrid atrapada en un matrimonio apagado, reencuentra a Javier, el fotógrafo que conoció en una presentación de libros, y su secreto crece sin control.
Relatos Eróticos de Divorciadas: Elena y la Mudanza Prohibida
Elena, divorciada y nueva en Valencia, acepta la ayuda de su vecino Javier con la mudanza. Entre cajas y miradas nace una atracción imposible de frenar. Entre los relatos eróticos de divorciadas, el suyo empieza en un salón vacío y termina en una azotea bajo las estrellas.
Relatos eróticos de la ex: el mensaje que nunca borré
Seis años después, un audio de WhatsApp que nunca borró la devuelve a Madrid por un fin de semana. Estos relatos eróticos de la ex empiezan a las dos de la mañana.