Relatos Eróticos de Madrastra: La Noche en Sevilla
Estos relatos eróticos de madrastra comienzan en una casa de Sevilla, con una discusión a gritos entre un padre y su hijo, y con la mujer que estaba en medio de los dos, escuchando cada palabra desde la cocina. Carmen tenía treinta y ocho años, llevaba dos años casada con Javier, y su hijastro Diego, de veintitrés, acababa de volver a casa después de un año fuera. La discusión era por dinero, por el coche, por tonterías, pero debajo de los gritos había otra tensión, una que Carmen llevaba semanas notando cada vez que Diego la miraba.
Diego no era el niño que Carmen había conocido. Había vuelto más alto, más fuerte, con la piel morena del sol y una forma de mirarla que la ponía nerviosa. Esa noche, después de que Javier se fuera a dormir enfadado y dando un portazo, Diego se quedó en la cocina con Carmen, ayudándola a recoger los platos. El silencio entre ellos era pesado. Diego rompió el silencio diciendo que su padre no la merecía, que un hombre que grita así no sabe lo que tiene en casa. Carmen le dijo que no hablara así de su padre, pero su voz temblaba.
Diego se acercó a ella, despacio, y le apartó un mechón de pelo de la cara. Carmen dio un paso atrás, pero la encimera estaba detrás de ella y no tenía adónde ir. Él la miró a los ojos y le dijo que llevaba un año pensando en ella, en su risa, en su forma de moverse por la casa, en noches en las que no podía dormir. Carmen sintió que el corazón le latía con fuerza. Le dijo que aquello estaba mal, que era su madrastra, que Javier estaba durmiendo en la habitación de al lado. Diego le respondió que lo prohibido era precisamente lo que lo volvía loco.
Carmen recordó entonces las últimas semanas, los pequeños momentos que ahora, de repente, tenían sentido. Diego dejándole la toalla en el baño cuando ella se duchaba, rozándole el brazo al pasar por el pasillo, quedándose un segundo más de lo necesario cuando le pasaba el café por las mañanas. Ella se había dicho a sí misma que eran imaginaciones suyas, que un chico de veintitrés años no podía mirarla así. Pero ahora, con sus manos en su cintura y su boca tan cerca, todas esas dudas se deshicieron como azúcar en el café caliente.
Entonces la besó. Fue un beso lento al principio, casi tierno, pero Carmen respondió con una fuerza que la sorprendió a ella misma. Sus manos se enredaron en el pelo de Diego, su lengua buscó la de él, y el mundo fuera de la cocina desapareció. Diego la levantó y la sentó sobre la encimera, entre los platos sin fregar, y sus manos subieron por sus piernas, por debajo de su falda. Carmen gimió contra su boca y abrió las piernas, dejando que sus manos llegaran más arriba.Diego le quitó las bragas despacio, mirándola a los ojos mientras lo hacía, y luego se arrodilló delante de ella. Su lengua encontró su coño, primero con suavidad, dibujando círculos lentos sobre su clítoris, y después con más fuerza, entrando y saliendo, mientras sus manos sujetaban sus muslos. Carmen se agarró al borde de la encimera, su cabeza echada hacia atrás, sus gemidos cada vez más altos, hasta que tuvo que morderse la mano para no despertar a Javier. Su cuerpo tembló y se corrió, con fuerza, agarrando el pelo de Diego.
Diego se levantó y Carmen le desabrochó los pantalones con manos temblorosas. Su polla era grande y dura, y ella la tomó en su mano, acariciándola despacio, mirando cómo él cerraba los ojos. Luego se la metió en la boca, primero solo la punta, lamiéndola con la lengua, y después más adentro, hasta que él tuvo que agarrarse a la encimera para no caerse. Carmen lo miró desde abajo, con los ojos brillantes, y chupó más fuerte, con la mano trabajando lo que su boca no alcanzaba. Diego gimió su nombre y la apartó suavemente, porque no quería correrse todavía.
En un momento, Diego la llevó al baño, donde el espejo grande reflejaba sus cuerpos juntos. Carmen se vio a sí misma, con el pelo revuelto, los labios hinchados, la ropa a medio quitar, y sintió una mezcla de vergüenza y excitación que nunca había sentido. Diego se colocó detrás de ella, frente al espejo, y la besó en el cuello mientras sus manos recorrían su cuerpo. Carmen se apoyó en el lavabo y lo miró por el espejo, viendo cómo él la miraba, y supo que esa imagen se le quedaría grabada para siempre.
La llevó entonces al salón, al sofá grande, y la tumbó sobre los cojines. Abrió sus piernas y se colocó entre ellas, poniendo su polla contra su coño mojado. Entró despacio, centímetro a centímetro, y Carmen sintió cómo la llenaba por completo. Gimió y le clavó las uñas en la espalda. Diego empezó a moverse, primero lento, saboreando cada embestida, y después más rápido, con fuerza, mientras el sofá crujía debajo de ellos. Carmen levantó las piernas y las cruzó alrededor de su cintura, empujando con las caderas para recibirlo más adentro.Después de un rato, Carmen lo empujó suavemente y se puso encima de él. Se sentó sobre su polla y empezó a moverse, despacio al principio, con las caderas dibujando círculos, y después más rápido, con el pelo cayendo sobre su cara. Diego le agarró las caderas y la ayudó a moverse, mirándola con los ojos muy abiertos. Carmen echó la cabeza hacia atrás y gimió, sintiendo cómo su segundo orgasmo se acercaba, más profundo que el primero. Cuando llegó, se dejó caer sobre el pecho de Diego, temblando, con su polla todavía dentro de ella.
Diego la giró entonces, sin salir de ella, y la puso a cuatro patas sobre el sofá. La agarró por las caderas y la folló desde atrás, con embestidas fuertes y profundas, una mano en su cintura y la otra apretando uno de sus pechos. Carmen miraba por encima del hombro, viendo su cara de placer, y le pedía que no parara, que siguiera, que más fuerte. Sus gemidos llenaban el salón, y en algún momento, muy lejos, se oyó un ruido en el pasillo, pero ninguno de los dos se detuvo.
Después de correrse, Diego no se apartó de inmediato. Se quedó abrazándola por detrás, con la cara escondida en su cuello, respirando despacio, como si no quisiera que el momento terminara. Carmen sintió sus latidos contra su espalda, rápidos al principio y después más lentos, y pensó que en toda su vida nadie la había abrazado así después del sexo, con tanta ternura y tanto deseo a la vez. Le tomó las manos y las apretó, y por un momento, en el silencio del salón, no existían ni Javier, ni la culpa, ni la casa, solo ellos dos.
Al final, Diego salió de ella y se corrió sobre su espalda, con el cuerpo temblando, cayendo a su lado sobre el sofá. Los dos se quedaron allí, sudando, respirando con dificultad, mirando al techo. Carmen se dio cuenta de que estaba temblando, no solo de placer, sino de miedo, de culpa, de todo lo que acababa de pasar. Diego le tomó la mano y le dijo que no se arrepentía de nada, que llevaba un año esperando ese momento. Carmen no dijo nada, solo apretó su mano.Antes de subir a su habitación, Diego se detuvo en la puerta del salón y miró a Carmen una última vez. Le dijo que mañana, cuando Javier saliera a trabajar, él se quedaría en casa, y que la cocina estaría vacía otra vez. Carmen no respondió con palabras, solo lo miró, y en su mirada había miedo, deseo y una decisión que ya estaba tomada. Cuando la puerta de su habitación se cerró, Carmen se sentó en el sofá, con la manta sobre las piernas, y se dio cuenta de que estaba sonriendo, a pesar de todo.
Carmen se levantó del sofá y fue a la ventana, mirando la calle vacía de Sevilla, donde solo se oían los grillos y algún coche lejano. Pensó en su vida, en su matrimonio, en todo lo que había construido con Javier, y en cómo una sola noche podía cambiarlo todo sin que nadie lo supiera. Se tocó los labios, todavía hinchados por los besos de Diego, y supo que, pasara lo que pasara al día siguiente, esa noche ya era suya para siempre, guardada en secreto entre las paredes de esa cocina.
Se vistieron en silencio y Carmen recogió la cocina, como si nada hubiera pasado. Diego subió a su habitación sin mirar atrás. Pero cuando Carmen cerró la puerta de su dormitorio, donde Javier dormía profundamente, sin enterarse de nada, supo que aquello no había terminado. Al día siguiente, en el desayuno, Diego la miró por encima de su taza de café y le sonrió, una sonrisa pequeña y secreta, y Carmen sintió que su cuerpo respondía otra vez, a pesar de todo, a pesar de Javier, a pesar de la culpa. Esa sonrisa decía que esta noche, cuando la casa volviera a dormir, la cocina volvería a ser suya.Al día siguiente, Javier salió a trabajar temprano y la casa quedó en silencio. Diego bajó a la cocina, donde Carmen preparaba café, y se acercó a ella por detrás, abrazándola por la cintura. Carmen dejó la cafetera y se giró hacia él. Se besaron despacio, sin prisa, sabiendo que tenían toda la mañana por delante. Diego la sentó sobre la mesa de la cocina y le quitó la ropa interior, mirándola con una sonrisa que la derretía.
Esta vez fue diferente, más lento, más tierno. Diego la penetró despacio, mirándola a los ojos, y Carmen le rodeó la cintura con las piernas, sintiendo cada movimiento. Sus gemidos eran suaves, casi susurros, porque la casa estaba vacía pero el mundo seguía ahí fuera. Cuando llegaron juntos al orgasmo, Carmen escondió la cara en su cuello y lloró un poco, de placer y de alivio, y Diego la abrazó hasta que se calmó.
Después, se ducharon juntos, enjabonándose el uno al otro, riendo como dos niños. Diego le dijo que esa mañana había sido mejor que la noche, porque ahora ya no había dudas, solo deseo. Carmen le secó la espalda con la toalla y le dijo que, a partir de ahora, las mañanas sin Javier serían suyas. Y así fue como la cocina de Sevilla se convirtió en su lugar secreto, donde el café siempre sabía mejor después del amor.
Una semana después, la rutina secreta ya estaba establecida. Cada mañana, después de que Javier saliera por la puerta, Diego bajaba a la cocina y Carmen lo esperaba con el café hecho y una sonrisa cómplice. Un día, él le llevó un pequeño regalo, un collar sencillo que había comprado en una tienda del centro. Carmen se lo puso y le dijo que lo llevaría siempre, escondido bajo la ropa, como un secreto que solo ellos dos conocerían. Diego le besó el cuello, justo donde caía el collar, y le prometió que, pasara lo que pasara con su padre, él nunca se iría de esa casa sin ella.
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