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Relatos Eróticos de Divorciadas: Elena y la Mudanza Prohibida

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"Si me ayudas con la cama, te invito a cenar. Y si me ayudas con la ducha... ya veremos." Elena lo soltó sin mirarlo, de espaldas, mientras intentaba encajar la pata del somier en su ranura. Llevaba ocho meses divorciada y exactamente seis horas en aquel piso de Valencia, y ya estaba negociando con un desconocido en ropa interior y una camiseta vieja de su ex. Años después, cuando contara esta historia, diría que fue el mejor de los relatos eróticos de divorciadas: el suyo propio.

Javier se rio por lo bajo y dejó la caja que traía en brazos sobre el montón de cartones del salón. Vivía en el tercero, ella acababa de estrenar el segundo, y se habían conocido veinte minutos antes en el portal, cuando él bajaba la basura y ella subía con una lámpara abrazada como si fuera un bebé. "Acepto la cena," dijo. "Lo de la ducha lo discutimos después del postre."

Elena Vidal tenía cuarenta y dos años, un divorcio firmado en marzo, una hija en la universidad y un cuerpo que había pasado de ser "de madre" a ser suyo otra vez, con un hambre que la asustaba un poco. Javier Ferrer tenía treinta y nueve, estaba separado desde hacía un año, trabajaba en un taller de motos y tenía las manos grandes, manchadas de grasa en los nudillos, y una forma de mirarla que no pedía permiso.

Montaron la cama entre los dos, rodilla con rodilla sobre el parqué. Cada vez que él apretaba un tornillo, el colchón se movía y ella tenía que sujetarlo, y cada vez que ella se inclinaba, él miraba. No disimulaba. A Elena le gustó que no disimulara. Llevaba meses siendo invisible para los hombres de su edad, o visible solo como "la madre de", y aquel tipo la miraba como se mira una mujer.

"¿Agua?" ofreció ella cuando terminaron, abriendo la nevera vacía con gesto teatral. "Tengo agua del grifo y... agua del grifo."

"Del grifo, por favor. Soy de gustos sencillos." Bebió de pie en su cocina sin estrenar, con la camiseta pegada a la espalda por el esfuerzo. "¿Por qué Valencia? ¿Por qué este barrio?"

"Porque mi ex se quedó con el piso de siempre y yo me quedé con las ganas de empezar de cero en un sitio donde nadie me conozca como la ex de nadie." Lo dijo de un tirón, como quien se quita una tirita. "¿Y tú? ¿Por qué sigues en el tercero?"

"Porque mi ex se quedó con el piso de siempre," dijo él, y los dos se rieron. "Los divorciados somos muy originales."

Eran las siete de la tarde cuando sonó el timbre del repartidor con la compra online que Elena había programado. Javier bajó a ayudarle a subir las bolsas sin que nadie se lo pidiera, y ella pensó que hacía mucho tiempo que un hombre no hacía algo por ella sin esperar nada a cambio. Cenaron tortilla de patatas precocinada y ensalada de bolsa sentados en el suelo del salón, con la manta del sofá todavía doblada en una caja.

"Cuéntame lo peor de tu divorcio," pidió Javier de pronto. "Yo te cuento lo peor del mío y así nos ahorramos meses de conocernos."

Elena lo pensó. "Lo peor fue darme cuenta de que llevaba cinco años sin que nadie me tocara con ganas. Ni siquiera con prisa. Simplemente... nadie me tocaba."

Javier dejó el tenedor. "¿Y lo mejor de estar divorciada?"

"Esta noche," dijo ella. "Cenar en el suelo con un vecino que me mira como me miras tú."

Se quedaron callados. Afuera, Valencia hacía su ruido de viernes por la noche. Dentro, el piso olía a cartón y a detergente. Javier se levantó, recogió los platos de plástico y los llevó a la cocina. Cuando volvió, Elena seguía sentada en el suelo, y él se sentó a su lado, cerca, sin tocarla.

"No quiero ser el tío que se aprovecha de la vecina nueva la primera noche," dijo.

"¿Y si la vecina nueva lleva ocho meses esperando a que alguien se aproveche un poco?" Susurró ella. Le puso la mano en la nuca, le acercó la cara y lo besó. Sabía a tortilla precocinada y a cerveza, y besaba despacio, como si tuvieran toda la noche. La tenían.

La camiseta vieja de su ex acabó en el suelo del salón. Elena no llevaba sujetador debajo, y cuando Javier la miró, ella se encogió de hombros. "Estaba de mudanza. No me juzgues."

"No juzgo. Agradezco." Le besó el cuello, despacio, y ella echó la cabeza hacia atrás. Sus manos, ásperas del taller, le recorrieron la espalda y se detuvieron en el elástico de las bragas. "¿Sigo?"

"Sigue." Se puso de pie y se quitó las bragas delante de él, sin prisa, mirándolo a los ojos. Hacía años que no se desnudaba delante de nadie sin apagar la luz. Javier la recorrió con la mirada entera, de arriba abajo, y se puso de pie también. Se quitó la camiseta. El pantalón. Los calzoncillos. Su polla ya estaba dura, gruesa, apuntando hacia ella.

"Joder," susurró Elena.

"Eso pretendo," dijo él, y la tumbó sobre la manta doblada con una risa baja.

La besó por todo el cuerpo sin prisa: el cuello, los hombros, los pechos. Le lamió los pezones hasta ponerlos duros y ella gimió, arqueándose. Bajó más, le abrió las piernas con las manos y la miró un segundo antes de bajar la boca. Cuando su lengua tocó su coño, Elena gritó, un grito corto que se tapó con la mano.

"No te tapes," murmuró él contra su piel. "Aquí las paredes son gruesas. Lo comprobé cuando me mudé yo."

La lamió despacio al principio, círculos amplios, y luego más rápido, concentrándose en el clítoris. Elena se agarró a su pelo y movió las caderas contra su boca. Notó cómo se mojaba, cómo el calor le subía por el vientre. "No pares," jadeó. "Por favor, no pares."

Él no paró. Metió dos dedos dentro de ella mientras la lengua seguía trabajando, y Elena se corrió con un gemido largo, temblando entera, las piernas apretándole la cabeza. Se quedó jadeando en la manta, mirando el techo sin estrenar de su piso nuevo.

"Bienvenida a Valencia," dijo Javier, limpiándose la boca con el dorso de la mano.

Ella se rio, todavía temblando, y lo atrajo hacia sí. Le besó la boca, saboreándose a sí misma en sus labios, y le agarró la polla con la mano. Estaba caliente, dura, con la punta húmeda. La acarició despacio, de arriba abajo, y él gimió contra su cuello.

"Túmbate," ordenó ella, y él obedeció. Se puso a horcajadas sobre él, se colocó la polla en la entrada de su coño y se dejó caer despacio, centímetro a centímetro, hasta tenerla entera dentro. Los dos gimieron a la vez.

Cabalgó despacio al principio, disfrutando de la sensación de estar llena después de tanto tiempo vacía. Javier le agarraba las caderas, guiándola, y de vez en cuando embestía hacia arriba. Ella se inclinó hacia delante, apoyó las manos en su pecho y aceleró. El sonido de sus cuerpos, el roce de la manta, sus jadeos llenaban el salón vacío.

"Me voy a correr," avisó él, con la voz ronca.

"Córrete dentro," susurró ella. "Tomé la pastilla esta mañana. Córrete dentro de mí."

Él la agarró con fuerza, embistió dos, tres veces más, y se corrió dentro de ella con un gemido gutural. Elena sintió el calor derramarse dentro y se dejó caer sobre su pecho, jadeando, sudada, feliz de una forma que no recordaba.

Durmieron en el colchón sin sábanas, tapados con la manta del sofá. A las tres de la mañana, Elena se despertó con la mano de Javier entre sus piernas, moviéndose despacio. Se giró hacia él sin abrir los ojos del todo y lo besó. Hicieron el amor dormidos a medias, despacio, de lado, él detrás de ella, entrando en su coño todavía húmedo, susurrándole cosas al oído que la hacían reír bajito y gemir a la vez.

Por la mañana, desayunaron en el bar de la esquina porque la cocina seguía siendo un campamento. Javier le presentó al camarero como "mi vecina del segundo", y el camarero guiñó un ojo de una forma que hizo que Elena se ruborizara como una adolescente.

"¿Qué hacemos ahora?" preguntó ella, con el café con leche entre las manos.

"Ahora te ayudo con la ducha," dijo él muy serio. "Lo discutimos anoche. Después del postre."

La ducha no tenía mampara todavía, solo la alcachofa y un desagüe. Se metieron los dos, el agua caliente cayendo sobre sus cuerpos, y Javier la puso contra los azulejos fríos. La penetró de pie, con una pierna de ella enganchada en su cadera, el agua corriendo entre sus cuerpos. Elena se agarró a sus hombros y gritó, y esta vez no se tapó la boca.

Se corrió de pie, temblando contra los azulejos, mientras él la sujetaba y seguía embistiendo hasta correrse dentro de ella otra vez. Se quedaron abrazados bajo el agua hasta que se enfrió.

Aquella tarde, Javier subió al tercero a por herramientas para colgarle las cortinas, y Elena descubrió la azotea del edificio: una terraza comunitaria con vistas a los tejados de Valencia, una cuerda de tender y dos sillas de plástico olvidadas. "Aquí vengo a fumar cuando necesito pensar," dijo él, aunque no fumaba delante de ella.

Fueron subiendo cada noche, después de cenar. Hablaban de sus divorcios, de sus hijas, de lo que querían hacer con la vida que les quedaba. Y algunas noches, cuando la azotea estaba vacía y Valencia brillaba abajo, hacían el amor en una de las sillas de plástico, o de pie contra el murete, con la ciudad entera sin mirar.

Una noche, Elena le confesó algo sentada a horcajadas sobre él en la silla de plástico, con su polla dentro de ella, moviéndose despacio. "Cuando me divorcié, mi madre me dijo que a mi edad ya no me quedaban historias de amor. Solo facturas."

"¿Y qué le dices ahora?" jadeó Javier, agarrándole el culo.

"Que las facturas las pago yo," susurró ella, acelerando. "Y las historias me las escribo yo."

Se corrió mirándolo a los ojos, con Valencia a sus pies, y él se corrió dentro de ella un segundo después. Se quedaron abrazados en la silla de plástico, sudados, riéndose bajito.

Dos semanas después, la madre de Elena llamó para preguntar qué tal la nueva vida. "Bien, mamá," dijo Elena, mirando a Javier, que estaba en su cocina haciendo café en calzoncillos. "Muy bien. Resulta que todavía me quedan historias."

Colgó, cruzó la cocina y le quitó la taza de las manos. "La cama está sin hacer," dijo.

"Qué pereza," dijo él.

"Pues la hacemos," dijo ella, "y la deshacemos." Lo agarró de la mano y tiró de él hacia el dormitorio, y Javier la siguió riéndose, porque los divorciados, al final, resultaron ser los que mejor sabían empezar de cero.

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