Relatos eróticos de infidelidad: Carmen y Diego en Madrid
Diego llegó al portal del edificio con el libro bajo el brazo y el corazón latiéndole demasiado deprisa para un simple favor entre vecinos. Estos relatos eróticos de infidelidad empiezan con esa llegada, porque Carmen, la vecina del tercero de Madrid, llevaba tres semanas cruzándose con él en el ascensor y mirándole de una manera que ningún libro prestado podía explicar. Cuando ella abrió la puerta, llevaba una blusa ligera y el pelo todavía húmedo de la ducha, y el olor a jabón y a café recién hecho llenó el rellano. "Pasa," dijo ella, apartándose para dejarle entrar. "Mi marido está de viaje. Otra vez."
Diego entró y dejó el libro sobre la mesa del salón, pero Carmen no miró el libro. Le miró a él, despacio, de arriba abajo, y luego sonrió con una sonrisa que no pedía permiso. "¿Sabes cuántas noches he cenado sola este mes?" preguntó, sirviendo dos copas de vino sin esperar respuesta. "Demasiadas. Y esta noche no quiero cenar sola." Diego tomó la copa y sus dedos rozaron los de ella, y ese roce pequeño bastó para que el aire de la habitación cambiara por completo. Carmen se acercó un paso más, y luego otro, hasta que sus cuerpos casi se tocaban.
Diego la rodeó con los brazos y la besó, primero con suavidad, luego con una urgencia que los sorprendió a los dos. La lengua de Carmen buscó la suya, y sus manos se enredaron en su pelo mientras él le desabrochaba la blusa botón a botón. La blusa cayó al suelo, y después el sujetador, y los pechos de Carmen quedaron libres ante sus ojos, firmes y redondos, con los pezones duros por el deseo. Diego los tomó en sus manos, los apretó con suavidad y luego se inclinó para chupar uno, despacio, mientras Carmen echaba la cabeza hacia atrás y gemía bajito.
Carmen le quitó la camisa a Diego y le recorrió el pecho con las palmas, bajando hasta su cintura, hasta desabrocharle el pantalón. Su falda cayó después, y luego sus bragas, hasta que quedó desnuda frente a él, con la piel brillante bajo la luz cálida del salón. Diego la sentó en el sofá, le abrió las piernas con suavidad y bajó la boca hasta su coño. La lamió despacio, trazando círculos lentos alrededor de su clítoris, y Carmen agarró los cojines con fuerza, sus caderas moviéndose solas contra su boca.
Diego introdujo un dedo dentro de ella, luego dos, moviéndolos con un ritmo lento mientras su lengua seguía trabajando su clítoris. Carmen jadeaba, suplicando en voz baja, "más, por favor, más", y Diego obedeció, lamiéndola con más fuerza, chupando su clítoris entre sus labios hasta que su cuerpo se tensó entero y ella se corrió con un grito ahogado, su coño contrayéndose alrededor de sus dedos, su jugo mojándole la boca y la barbilla. Quedó tendida en el sofá, respirando con dificultad, mirándole con los ojos brillantes de deseo.
Diego se desnudó del todo, y Carmen le miró con hambre, recorriendo su cuerpo con la vista. Le rodeó la polla con la mano, acariciándola despacio, sintiendo su calor y su dureza, y luego se la metió en la boca. La chupó con ansia, su lengua girando alrededor de la punta antes de tragársela entera, y Diego enredó los dedos en su pelo, guiándola con suavidad, gimiendo mientras su boca le trabajaba. Ella le miró desde abajo mientras chupaba, y esa mirada casi le hizo perder el control.
Diego la levantó y la tendió en el sofá, abriéndole las piernas de nuevo. Colocó su polla en la entrada de su coño, la frotó contra sus labios mojados y empujó despacio dentro de ella. Carmen jadeó cuando él la llenó, sus uñas clavándose en su espalda, sus piernas enroscándose en su cintura. Empezó a embestir, primero despacio, luego más rápido, más profundo, el sofá balanceándose bajo ellos. Los gemidos de Carmen llenaron la habitación, crudos y sin vergüenza, y ella levantaba las caderas para recibir cada embestida, rogándole que no parara.
Diego le subió las piernas a los hombros y la penetró con más fuerza, su polla desapareciendo entera dentro de ella con cada embestida. Los pechos de Carmen se movían con el ritmo, y él se inclinó para apretarlos, pellizcando sus pezones mientras la follaba. Su coño se apretaba a su alrededor, cada vez más fuerte, y ella gritó su nombre cuando otro orgasmo la atravesó, su cuerpo temblando violentamente en el sofá. Diego sintió su jugo empapándole la polla, y su propio clímax se acercó rápido, imparable.
Con unas últimas embestidas profundas, se corrió dentro de ella, su polla palpitando mientras se vaciaba en su coño. Cayeron juntos sobre el sofá, respirando con fuerza, su peso aplastándola, sus brazos enroscados en su cuello. Durante un largo momento ninguno habló. Luego Carmen susurró: "Quédate esta noche. Mi marido no vuelve hasta el lunes." Diego le besó la frente y dijo que no iba a ninguna parte.
Esa noche, después de una ducha compartida en la que Carmen le enjabonó la espalda y él le lavó el pelo como si fuera algo precioso, pasaron a su dormitorio. Esta vez Carmen subió encima de él, hundiéndose despacio sobre su polla con un movimiento largo y deliberado de sus caderas. Le cabalgó con los ojos cerrados, las manos sobre su pecho, su cuerpo moviéndose en olas. Diego le agarró la cintura y embistió hacia arriba, siguiendo su ritmo, mirando su cara mientras el placer crecía en ella. Cabalgó más rápido, sus gemidos convirtiéndose en gritos, hasta que se corrió de nuevo, cayendo hacia adelante sobre su pecho, su pelo cayendo alrededor de los dos.
Diego la giró sobre el estómago, le levantó las caderas y la penetró por detrás, agarrando su cintura mientras embestía profundo y fuerte. Carmen hundió la cara en la almohada, sus gemidos amortiguados, sus dedos agarrando las sábanas. Él se inclinó y le frotó el clítoris mientras la follaba, y ella empujó hacia atrás contra él desesperadamente, rogando por más. Su coño estaba empapado, sonando con cada embestida, y el ritmo de Diego se volvió frenético. Le tiró del pelo con suavidad, le besó el hombro y la penetró hasta que ambos se corrieron juntos, temblando y agotados, cayendo sobre la cama en un enredo de extremidades.
En la madrugada, Carmen le despertó con besos en el hombro, e hicieron el amor de nuevo despacio, sin prisa, sus piernas enredadas con las suyas, sus manos recorriendo cada línea de su espalda mientras él se movía dentro de ella. Esta vez no hubo sofá que se balanceara ni ritmo frenético, solo el compás tranquilo de dos personas que por fin se habían encontrado, y cuando ella se corrió fue suave y profundo, un temblor largo que la dejó aferrada a él y susurrando su nombre en la oscuridad. Diego la abrazó hasta que su respiración se calmó, y luego durmió con ella entre sus brazos, su pelo sobre su cara, la habitación oliendo débilmente a lluvia y a piel.
Al amanecer, Carmen preparó café en la cocina mientras Diego la miraba desde la puerta, admirando cómo se movía su bata cuando caminaba, cómo tarareaba sin darse cuenta. Ella le entregó su taza y se sentó junto a él en los escalones del portal, y durante un rato simplemente bebieron y vieron despertar la calle, repartidores y niños con mochilas pasando por delante, ninguno adivinando lo que había pasado detrás de su puerta cerrada. "Mi marido cree que una casa tranquila es una casa feliz," dijo ella, sonriendo en su taza. "Que lo crea. Nosotros sabemos más." Diego rio y le apretó la mano, y la mañana se sintió como el principio de algo que no terminaría pronto.
A media tarde, salieron al balcón con las copas de vino y contemplaron Madrid extendiéndose bajo ellos, el tráfico lejano y el cielo teñido de naranja. Carmen apoyó la cabeza en el hombro de Diego y le confesó que llevaba meses sintiéndose invisible en su propia casa, y que una sola tarde con él le había devuelto algo que creía perdido para siempre. Diego le besó la mano y le prometió que nunca más cenaría sola mientras él viviera en el edificio. El viento movía las cortinas detrás de ellos, y la ciudad seguía su ruido indiferente, ajena a los dos cuerpos que se buscaban en aquel balcón, ajena al deseo que ardía entre ellos.
Esa noche, tendida en la oscuridad con la cabeza sobre su pecho, Carmen cogió un papel y escribió una nota nueva. La dobló y se la puso en la mano. "Para mañana," dijo. Diego la desdobló de camino a casa. Decía solo: "A la misma hora. No traigas nada. Déjalo todo." La dobló con cuidado y se la guardó en el bolsillo, contando ya las horas hasta las cuatro de la tarde, imaginando la sonrisa de Carmen cuando abriera la puerta y el café que les esperaría sobre la mesa. En la calle tranquila de Madrid, las casas dormían, pero detrás de una ventana, una mujer que llevaba tres semanas cenando sola estaba por fin, deliciosamente, despierta.
Al día siguiente por la tarde, Diego llamó a las cuatro en punto, y Carmen abrió la puerta antes de que sus nudillos hubieran terminado de golpear. Le arrastró dentro por la camisa y le besó con fuerza, sus manos deslizándose ya bajo su ropa. Le llevó directamente al dormitorio esta vez, sin café, sin charla, solo el hambre que había crecido desde que él se marchó por la mañana. Le empujó sobre la cama y subió encima de él, desabrochándole la camisa con dedos rápidos y ansiosos mientras él le desabrochaba la blusa y liberaba sus pechos en sus manos.
Se dejó caer sobre su polla despacio, jadeando mientras él la llenaba, y luego empezó a cabalgarle con movimientos largos y ondulantes de sus caderas. Diego le agarró la cintura y embistió hacia arriba, sus ojos fijos en su cara mientras el placer la recorría. Sus pechos se movían con cada movimiento, y él se inclinó para apretarlos, pellizcando sus pezones con suavidad hasta que ella gimió su nombre. Cabalgó más rápido, sus gemidos convirtiéndose en gritos, sus uñas clavándose en su pecho, hasta que se corrió con un temblor que los sacudió a los dos.
Diego la giró sin salir de ella, penetrándola por detrás mientras ella agarraba la almohada y rogaba por más. Se inclinó y le frotó el clítoris en círculos apretados mientras embestía, y ella empujó hacia atrás contra él desesperadamente, su coño apretándose alrededor de su polla. Sus gemidos se volvieron frenéticos, y luego se corrió de nuevo, su cuerpo temblando, su jugo empapando las sábanas bajo ellos. Diego le siguió un momento después, su polla palpitando profundamente dentro de ella mientras se vaciaba en su interior, cayendo a su lado en un enredo de sudor y sábanas.
Más tarde, mientras yacían juntos recuperando el aliento, Carmen rio suavemente y dijo que las llamadas de su marido nunca serían lo bastante largas para explicar en qué se habían convertido las tardes. Diego le besó el hombro y le dijo que las tardes eran ahora su momento favorito del día. Ella le escribió otra nota, la dobló dos veces y se la puso en la palma. Decía: 'Mañana, a la misma hora. No lleves nada bajo la camisa.' Diego sonrió, se guardó la nota en el bolsillo y se marchó con el sabor de ella todavía en sus labios.
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