Relatos Eroticos de Cuñadas: Follando a mi Cuñada Toda la Noche
"¡No me digas que no te acuerdas, Diego!" gritó Marta desde la puerta de la cocina, con el plato todavía en la mano y los ojos encendidos por una rabia que no era solo por la cena familiar. Este es uno de esos relatos eroticos de cuñadas que empiezan con una discusión y terminan en una cama, y aquella noche en el piso de Madrid la discusión llevaba ya media hora hirviendo entre los dos. Diego tenía treinta y un años, Marta veintinueve, y eran cuñados desde hacía cuatro años, desde que Diego se casó con la hermana mayor de Marta, pero nunca se habían gritado así, nunca con las voces tan bajas y tan peligrosas a la vez. "¡Claro que me acuerdo!" le contestó él, acercándose un paso. "Me acuerdo de todo, Marta. Y tú también."
La cena familiar había terminado una hora antes, y lo que empezó como un comentario sobre quién debía fregar los platos se convirtió en otra cosa, en reproches viejos, en miradas que duraban demasiado, en la tensión que los dos llevaban meses fingiendo que no existía. Marta dejó el plato sobre la encimera con un golpe seco y se volvió hacia él, con el vestido negro ceñido al cuerpo, el pelo suelto cayendo sobre los hombros, el pecho subiendo y bajando con la respiración agitada. "¿Qué quieres decir con eso?" le preguntó, con la voz temblorosa de algo mucho más caliente. "¿Qué es eso que yo también me acuerdo, según tú?" Diego la miró fijamente, sin apartar los ojos. "Me acuerdo de cómo me miras cuando tu hermana no está mirando," dijo, bajo y directo. "Y de cómo te ríes cuando me rozo contigo en la cocina."
El silencio que siguió fue tan denso que se podía oír el reloj del salón. Marta abrió la boca para negarlo, para seguir discutiendo, pero no salió ninguna palabra, porque era verdad y los dos lo sabían. En lugar de eso dio un paso hacia él, desafiante, con la barbilla alta, y le espetó: "¿Y qué vas a hacer con eso, cuñado? ¿Decírselo a mi hermana?" Diego negó con la cabeza, despacio, y dio otro paso, hasta que quedaron a centímetros, hasta que podía oler su perfume, sentir el calor de su cuerpo, ver el temblor de sus labios. "No," dijo. "Voy a hacer lo que llevo meses queriendo hacer." Y entonces la besó, duro, sin pedir permiso, con la mano en su nuca, y ella, después de un segundo de sorpresa, le devolvió el beso con la misma furia con la que había discutido, mordiéndole el labio inferior, agarrándole la camisa con las dos manos.
El beso fue una pelea en sí mismo, bocas abiertas, lenguas que se buscaban, dientes que se rozaban, respiraciones entrecortadas, y Marta empujó a Diego hacia atrás hasta que su espalda chocó contra la pared del pasillo. "Esto está mal," susurró ella contra su boca, pero no se apartó, al contrario, se pegó más a él, presionando sus pechos contra su pecho, sus caderas contra las suyas. "Lo sé," murmuró Diego, con las manos ya en su cintura, bajando hacia sus caderas, apretándola contra él para que sintiera lo duro que estaba. "Pero deja de fingir que no lo quieres. Llevas meses provocándome." Ella le agarró del pelo y tiró suavemente de su cabeza hacia atrás, mirándole a los ojos con una sonrisa peligrosa. "¿Provocándote yo?" dijo. "Tú eres el que me mira las piernas en cada cena. Tú eres el que se queda mirando mi escote."
Diego la levantó en brazos sin esfuerzo, con las manos bajo sus muslos, y ella rodeó su cintura con las piernas, riendo contra su cuello mientras él la llevaba hacia el dormitorio de invitados, la habitación que usaba Marta cuando se quedaba a dormir. La tumbó sobre la cama y se colocó encima de ella, y el vestido negro se subió por sus muslos, dejando ver su ropa interior de encaje rojo, ya húmeda. "Mírate," dijo Diego, con la voz ronca, pasando un dedo por encima del encaje, sintiendo la humedad a través de la tela. "Estás empapada, Marta. Y eso no es por la discusión." Ella arqueó la espalda y soltó un gemido bajo. "No," admitió, con la voz entrecortada. "Es por ti. Es por cómo me besas. Quítame esto ya, Diego. No me hagas esperar más."
Él le quitó la ropa interior despacio, bajándola por sus piernas, y ella abrió las piernas sin vergüenza, mirándole, desafiándole con los ojos mientras él se arrodillaba entre sus muslos. Su coño estaba brillante, hinchado, abierto, y Diego pasó la lengua por él lentamente, desde abajo hasta arriba, saboreándola, y Marta gritó su nombre, agarrando las sábanas con las manos. "¡Diego, sí!" gimió, levantando las caderas hacia su boca. "¡No pares, por favor, no pares!" Él lamió su clítoris con movimientos circulares, metiendo un dedo dentro de ella, luego dos, moviéndolos dentro y fuera mientras su lengua no dejaba de trabajar, y ella se retorcía en la cama, con la cabeza de un lado a otro, los pechos subiendo y bajando bajo el vestido. "¡Estoy a punto!" gritó ella, con la voz rota. "¡Diego, me corro, me corro!" Y se corrió con un grito largo, con el cuerpo temblando, con las piernas apretando la cabeza de Diego, con las manos en su pelo, tirando de él hacia ella.
Diego se limpió la boca con el dorso de la mano y subió por su cuerpo, besando su vientre, sus costillas, hasta llegar a sus pechos. Le bajó el vestido por los hombros, dejando sus pechos al aire, grandes, firmes, con los pezones duros y oscuros, y los chupó uno tras otro, con fuerza, mordiendo suavemente, mientras Marta gemía y se agarraba a su espalda. "Quítate la ropa," le ordenó ella, con la voz todavía temblorosa por el orgasmo. "Quiero verte. Quiero tu polla. Quiero sentirla dentro de mí." Diego se quitó la camisa y los pantalones de prisa, y su polla quedó libre, dura, gruesa, con la punta brillante de deseo. Marta la agarró con una mano, sin dudar, y la miró con los ojos brillantes. "Madre mía, Diego," susurró. "Eres más grande de lo que imaginaba. Y he imaginado mucho, cuñado."
Se la metió en la boca despacio, lamiendo la punta primero, saboreando el líquido que salía de ella, y luego bajando poco a poco, con los labios apretados alrededor de su polla, con la lengua presionando por debajo, con la mano acariciando lo que su boca no alcanzaba. Diego gimió alto, con las manos en su pelo, viendo cómo su cuñada le comía la polla en la cama de invitados, con el vestido negro enrollado en la cintura, con los pechos al aire, y la imagen era tan prohibida y tan excitante que tuvo que apretar los dientes para no correrse en su boca. "Marta," jadeó. "Si sigues así me corro en tu boca." Ella sacó su polla de la boca con un sonido húmedo, con los labios hinchados, con una sonrisa traviesa. "Todavía no," dijo. "Primero quiero que me folles. Me he pasado meses soñando con esto."
Diego la tumbó de espaldas y se colocó entre sus piernas, con la punta de su polla rozando su entrada, mirándola a los ojos mientras empujaba despacio dentro de ella. Ella abrió mucho los ojos y soltó un gemido largo cuando él entró por completo, sintiendo cómo su coño se estiraba a su alrededor, caliente, apretado, mojado. "¡Dios, Diego!" gritó. "¡Qué bien me llenas! ¡Muévete, por favor, muévete!" Él empezó a follarla despacio, con embestidas profundas, saliendo casi por completo y volviendo a entrar hasta el fondo, y ella rodeó su cintura con las piernas, tirando de él hacia ella, pidiendo más, siempre más. "¡Más fuerte!" le exigió, clavándole las uñas en la espalda. "¡Fóllame fuerte, cuñado! ¡No me trates con cuidado, que no soy de cristal!"
Diego obedeció, follándola con fuerza, con la cama golpeando contra la pared, con el sonido húmedo de sus cuerpos chocando, con los gemidos de Marta cada vez más altos, menos controlados, hasta convertirse en gritos. "¡Sí, sí, sí!" gritaba ella, con la cabeza echada hacia atrás, con el pelo revuelto sobre la almohada. "¡Así, Diego, así! ¡No pares, no pares!" Él sentía su propio orgasmo acercándose, caliente y urgente, pero se contuvo, apretando los dientes, porque quería que ella se corriera primero, porque quería sentirla correrse alrededor de su polla. "¡Me corro!" gritó Marta de pronto, con el cuerpo tenso, con las piernas temblando. "¡Me corro, Diego, me corro!" Su coño se apretó con fuerza alrededor de él, palpitando, y Diego, al sentirla correrse, se dejó ir también, corriéndose dentro de ella con un gemido largo y profundo, con la polla latiendo, llenándola, mientras ella le abrazaba con fuerza, temblando todavía.
Se quedaron abrazados mucho rato, sudorosos, sin aliento, con el corazón latiendo deprisa, y Marta fue la primera en reír, una risa nerviosa, tapándose la cara. "Madre mía," dijo. "Acabo de follar con mi cuñado. Y ha sido lo mejor que me ha pasado en años." Diego le apartó las manos de la cara y la besó despacio, con ternura, muy distinto de los besos furiosos de antes. "Y no ha terminado," le dijo, con una sonrisa. "Porque yo tampoco he terminado contigo." Ella abrió los ojos, sorprendida y excitada a la vez. "¿Qué quieres decir?" Diego la giró en la cama, poniéndola de rodillas, con la espalda arqueada, con el culo en alto, mirándole por encima del hombro. "Quiero decir que te voy a follar por detrás," dijo. "Y que esta vez vas a gritar más fuerte todavía."
Marta se colocó obediente, agarrando la cabecera de la cama, y Diego se colocó detrás de ella, con las manos en sus caderas, metiendo su polla, ya dura otra vez, dentro de su coño mojado y caliente. Ella gimió fuerte al sentirle entrar, empujando hacia atrás contra él, pidiendo más profundidad, más fuerza. Diego la folló con embestidas largas y profundas, agarrándole el pelo con una mano, tirando suavemente de él hacia atrás, mientras con la otra mano le acariciaba el clítoris al ritmo de sus movimientos. "¡Diego, por favor!" gritaba ella, con la voz rota por el placer. "¡Así, así, no pares, que me corro otra vez!" Y se corrió otra vez, con un grito agudo, con el cuerpo sacudiéndose, con las piernas flojas, y Diego, sin dejar de follarla, se corrió también por segunda vez, con un rugido bajo, agarrándola fuerte por las caderas, hundiéndose hasta el fondo dentro de ella.
Cayeron juntos sobre la cama, enredados en las sábanas, riendo bajito, cansados y felices, y Marta apoyó la cabeza en el pecho de Diego, escuchando su corazón, dibujando círculos perezosos sobre su piel con un dedo. "¿Y ahora qué?" preguntó en voz baja, después de un rato. "¿Qué pasa mañana, en la próxima cena familiar? ¿Nos miramos como si nada?" Diego le levantó la barbilla con un dedo y la miró a los ojos, serio y sonriente a la vez. "Mañana nos miramos como si nada," dijo. "Y por la noche, cuando tu hermana se duerma, vienes a mi habitación. Sin discusiones. Sin excusas." Marta le besó despacio, largamente, con la lengua buscando la suya, con las manos en su cara. "Sin discusiones," repitió, sonriendo contra su boca. "Pero, cuñado, que sepas que la próxima discusión la empiezo yo. Porque me gusta cómo terminan contigo."
La cena familiar siguiente fue peor, o mejor, según se mire. Marta llegó con un vestido verde que se pegaba a su cuerpo, y cada vez que se inclinaba para servir la comida, Diego tenía que apartar los ojos para no delatarse. Su esposa hablaba sin parar de un viaje, de unos amigos, de todo menos de lo que importaba, y bajo la mesa, el pie de Marta buscó el suyo, rozándolo despacio, con una sonrisa inocente en la cara. Cuando su esposa se fue a dormir temprano, quejándose de dolor de cabeza, Marta no perdió ni un segundo. Se levantó, cerró la puerta del salón con cuidado, y se acercó a Diego con los ojos brillantes.
Esta vez fue ella quien mandó. Le empujó contra el sofá, se sentó encima de él, y le besó con hambre, con las manos en su cara, sin dejarle hablar. Le quitó la camisa a tirones, le mordió el cuello despacio, y él gimió, agarrándole la cintura, sintiendo su cuerpo moverse encima del suyo. Marta se levantó un momento, se quitó el vestido por la cabeza, y quedó en ropa interior negra, con los pechos casi fuera del sujetador, mirándole desafiante. ¿Vas a quedarte mirando toda la noche, cuñado?, le preguntó, riendo. ¿O vas a hacer algo?
Diego la agarró por la cintura y la tumbó sobre el sofá, quitándole la ropa interior con impaciencia, y se hundió dentro de ella con un gemido largo, mientras ella gritaba su nombre, agarrando los cojines. La folló con fuerza, con el sofá moviéndose, con sus cuerpos chocando, con los gemidos de Marta ahogados contra su hombro para no despertar a su hermana en la habitación de al lado. Ella le mordió el hombro para no gritar, y él sintió sus dientes, su calor, su cuerpo apretándose a su alrededor, y supo que estaba a punto de correrse.
Se corrieron casi a la vez, en silencio, con los cuerpos temblando, con las bocas juntas, con las manos agarradas con fuerza. Después, Marta se quedó tumbada encima de él, escuchando su corazón, riendo bajito. La próxima vez, susurró, discutimos en la cocina, que hay menos ruido. Diego la besó en la frente y contestó que la próxima vez discutirían donde ella quisiera, siempre que terminara así.
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