Relatos eróticos de la ex: el mensaje que nunca borré
A las dos de la mañana el teléfono se me escurrió entre los dedos y mi pulgar, torpe y traidor, aterrizó justo sobre el icono de audio de un chat que no abría desde hacía años. La voz de Valeria llenó mi cocina de golpe, riéndose de algo que ya no recuerdo, y yo nunca había entendido a la gente que devora relatos eróticos de la ex hasta ese segundo exacto. Olía, lo juro, a su pelo mojado después de la ducha, a aquel champú de coco que se quedaba en mi almohada durante semanas.
No era un mensaje largo. Veinte segundos, puede que treinta. Ella contaba que había llegado tarde al trabajo porque el metro se había parado entre dos estaciones, y se reía, y al fondo se oía el pitido de una cafetera. Me quedé de pie en mitad de la cocina, descalzo sobre el suelo frío, escuchándolo tres veces seguidas como un idiota.
Seis años. Seis años sin oírla y mi cuerpo la reconoció antes que mi cabeza. Valeria, veintinueve años ahora, casada, viviendo en Valencia con un marido que vende seguros. Yo lo sabía todo por Instagram, como se saben las cosas ahora, a retazos y sin querer.
El audio terminaba con un "te llamo luego, ¿vale?" que nunca llegó a ninguna parte. Lo guardé en su día sin pensar, y el mensaje se quedó ahí, enterrado bajo miles de chats, esperando a que mi pulgar borracho de sueño lo desenterrara. Le di a guardar en favoritos antes de apagar la pantalla. No sé por qué lo hice, aunque sí lo sé.
Dormí mal, a trompicones, con su risa metida en la cabeza. Soñé con el piso que compartimos aquel último verano, el de la calle estrecha cerca del mercado, donde hacíamos el amor con la ventana abierta. Me desperté con la boca seca y una erección incómoda que no tenía nada de romántico y todo de animal.
Eran las nueve y cuarto cuando el teléfono vibró sobre la mesilla. Era un número que no tenía guardado, pero la foto y la manera de escribir la delataban: hola, Marco, soy Valeria, estoy en Madrid este fin de semana por un curso de la empresa, Javi se ha quedado en casa, ¿te apetece un café? Solo un café, lo juro.
Leí el mensaje cuatro veces: solo un café, lo juro, y nadie jura eso si es solo un café. Me duché con agua casi fría para despejarme y le contesté que sí antes de que el miedo me diera tiempo a pensar. Esta tarde, me dijo, a las seis en el bar del hotel.
Pasé el día como un adolescente. Cambié de camisa tres veces. A las cinco y media salí de casa con una hora de margen para un trayecto de veinte minutos, porque necesitaba caminar y dejar de ensayar frases en voz alta como un loco.
El bar del hotel era de esos sitios caros y silenciosos, con lámparas bajas y sillones de cuero que huelen a dinero. La vi antes de que me viera, sentada junto al ventanal, con el pelo más corto que antes y un vestido verde oscuro que no le conocía. Se levantó al verme y el abrazo duró un segundo más de lo correcto. Olía distinto, mejor, y eso era peor para mí.
Pedimos dos vermuts. Hablamos del curso, de Valencia, de mi trabajo. Todo normal, todo educado, todo mentira, porque debajo de la mesa su rodilla rozaba la mía y ninguna de las dos se apartaba, y porque cuando se rio me miró a la boca y yo la miré a ella.
"¿Sabes qué es lo raro?", dijo de pronto jugando con el borde de la copa, "que anoche soñé contigo, y esta mañana, cuando te he escrito, me temblaban las manos". Yo le confesé lo del audio, lo de las dos de la mañana, lo del champú de coco. Se rio con esa risa del mensaje, la misma, idéntica, y me puso la mano en el muslo mientras decía: "Eres un desastre, Marco, siempre lo fuiste".
Su mano no se movió. Subió apenas un centímetro y mis dedos se cerraron alrededor del brazo del sillón. "Valeria", dije, y sonó a advertencia y a súplica a la vez. Ella se inclinó hacia mí, tanto que noté su aliento con olor a vermut, y me susurró al oído: "Mi marido cree que estoy en una cena de empresa hasta las once, así que dime que tienes el estudio cerca".
Lo tenía a diez minutos andando. Pagamos a medias entre risas nerviosas y salimos a la calle. No nos tocamos durante el paseo, pero en el portal, cuando saqué las llaves, ella me agarró de la chaqueta y me besó contra la puerta como si llevara seis años esperando ese beso. Quizá los llevaba.
Subimos las escaleras besándonos a trompicones, con las llaves tintineando en mi mano temblorosa. Al abrir la puerta ella ya estaba dentro, quitándose los zapatos, mirando alrededor. "Sigues viviendo entre fotos", dijo. Y entonces me empujó contra la pared del pasillo y me besó de verdad, con las manos metiéndoseme por debajo de la camisa.
Le quité el vestido por la cabeza en el pasillo, sin ceremonias, y me quedé mirándola en ropa interior negra que no era de estar por casa un viernes cualquiera. Esa lencería la había elegido ella esta mañana, pensando en mí. La idea me puso tan cachondo que tuve que sentarme en el sofá. Ella se rio, se arrodilló delante de mí y me desabrochó el pantalón mirándome a los ojos.
Me la sacó con la mano, firme, y la acarició un par de veces antes de metérsela en la boca. Seis años y su boca seguía sabiendo exactamente qué hacer, la lengua trazando círculos en la punta, chupando despacio. Yo le agarré el pelo y la guié un poco más hondo, y ella gimió con mi polla en la boca.
La levanté antes de correrme, porque no quería que terminara así. La llevé al dormitorio casi a rastras y la tumbé en mi cama. Le quité el sujetador con una mano, torpe de las prisas, y me quedé mirándole las tetas, con los pezones duros solo de mirarme.
Me tumbé sobre ella y la besé mientras mi mano bajaba hasta el tanga, que ya estaba empapado. Aparté la tela y le metí dos dedos sin avisar, y ella arqueó la espalda con un gemido alto, desvergonzado. La masturbé con los dedos dentro y el pulgar en el clítoris, mientras le mordisqueaba el cuello, hasta que empezó a temblar.
"Fóllame, fóllame ya, Marco", me dijo sin rodeos, con la voz ronca. Me puse el condón a toda prisa y me coloqué entre sus piernas. Entré despacio, saboreando cómo se abría para mí, caliente y estrecha. Ella me rodeó la cintura con las piernas y me atrajo hasta el fondo.
La follé despacio primero, hondo, saliendo casi del todo para volver a entrar hasta el fondo. Luego más rápido, más fuerte, con la cama golpeando la pared. Le agarré las muñecas y se las sujeté por encima de la cabeza. "Más fuerte, no me rompo", me dijo.
La puse a cuatro patas sin salir de ella, agarrándola por las caderas, y la embestí de rodillas detrás de ella. Le di una palmada en el culo y ella me pidió otra, más fuerte, y noté cómo se contraía por dentro. Estaba tan mojada que se oía, aquel sonido obsceno que hacen dos cuerpos cuando ya no fingen nada.
Se corrió así, a cuatro patas, gritando mi nombre con la cara hundida en la almohada. Yo aguanté unos segundos más, embistiéndola mientras se corría, hasta que no pude más y me corrí yo también, agarrándola tan fuerte que al día siguiente tendría marcas de mis dedos en las caderas.
Después nos duchamos juntos, entre risas y jabón, y la volví a besar bajo el agua caliente. Me puso dura otra vez con solo pasarme la mano enjabonada por el pecho. La apoyé contra los azulejos, le levanté una pierna y me la metí de pie, follándola despacio mientras el vapor lo empañaba todo. Nos corrimos casi a la vez, abrazados, resbalando en el plato de ducha.
Cenamos en la cama, desnudos, con una pizza que llegó fría porque el repartidor tardó una hora. Hablamos de todo y de nada, de por qué lo nuestro se acabó. "Nos quisimos mal", dijo ella, "nos quisimos como se quiere a los veintipico, todo o nada". Yo no supe qué decir, así que la besé con sabor a tomate y la tumbé sobre las sábanas.
A las doce menos cuarto su teléfono vibró en la mesilla: Javi, buenas noches, cariño, ¿qué tal la cena? Ella miró la pantalla, me miró a mí, y le contestó con un "muy bien, cansada, mañana te llamo" antes de apagar el móvil y dejarlo bocabajo. "No me mires así", me dijo, "mañana me arrepentiré, esta noche no". Nos dormimos abrazados con la pizza a medio comer en el suelo.
El sábado amaneció gris y perezoso. Desperté con su culo pegado a mi polla y su pelo haciéndome cosquillas en la cara. Le aparté el pelo del cuello y la besé ahí hasta que se despertó sonriendo. Hicimos el amor despacio, de lado, yo detrás de ella, entrando despacio mientras le acariciaba las tetas, sin prisas, como si tuviéramos todo el fin de semana, que lo teníamos.
Desayunamos churros en Malasaña y paseamos por el Rastro, y le hice fotos con mi cámara vieja mientras posaba riéndose. Por la tarde volvimos al estudio y la follé en el sofá, con la luz de octubre entrando por la ventana. Ella encima de mí, cabalgándome despacio, mirándome a los ojos todo el rato. Fue la vez más lenta y la más intensa.
El domingo hicimos las maletas en silencio, cada uno la suya. Ella tenía el AVE a las cuatro. Tomamos café en la cocina, de pie, porque sentarse parecía demasiado definitivo. "¿Sabes lo que más me duele?", dijo mirando su taza, "que esto ha sido más de verdad en dos días que mi matrimonio en dos años".
La acompañé a Atocha, y en el andén, con el tren ya pitando, me agarró de la cara con las dos manos y me besó largo, sin importarle quién miraba. "Mándame un audio cuando llegues a casa", me dijo, "uno largo". Subió al tren y me saludó con la mano hasta que se movió. Me quedé en el andén hasta que desapareció.
Esa noche, a las dos de la mañana, grabé el audio: le conté el día, el andén vacío, la cocina oliendo todavía a su champú de coco, y le dije que había sido el mejor fin de semana en seis años y el más triste también. Duró cuatro minutos. Lo envié y miré los dos ticks hasta que se volvieron azules, y apareció el "escribiendo...", y luego nada. Nunca contestó.
No volví a saber de ella. El audio se quedó ahí, enviado, leído, sin respuesta, y yo lo escucho a veces, de madrugada. Suena mi voz, cansada, diciendo tonterías a las dos de la mañana, y al fondo, muy bajito, se oye su risa de aquel primer audio. El mensaje que nunca borré.
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