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Relatos eróticos para mujeres casadas: El perfume del vecino en Valencia

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Este es uno de esos relatos eróticos para mujeres casadas que empiezan con un olor, y el olor llegó a Carmen una tarde en la escalera de su edificio en Valencia, un perfume mezclado con ajo asado y romero que no pertenecía a ningún vecino que ella conociera. Carmen tenía treinta y seis años, era profesora en un colegio del barrio, estaba casada desde hacía nueve años, y su vida se había vuelto una lista de horarios que se repetían sin sobresaltos. Aquella tarde subía con las bolsas de la compra cuando el olor la detuvo en el segundo piso, y al levantar la vista vio una puerta abierta y a un hombre que sacaba cajas de una mudanza. El hombre se presentó como Diego, treinta y cuatro años, cocinero, nuevo en el edificio, y su sonrisa hizo que a Carmen se le olvidara por un momento el peso de las bolsas.

Diego se había mudado al piso de enfrente, un piso pequeño con una cocina grande, y en los días siguientes el edificio entero empezó a oler a sus platos. Carmen lo encontraba en el ascensor, en el portal, en la panadería de la esquina, y cada encuentro dejaba una frase amable y una mirada que duraba un segundo más de lo normal. Su marido, Jorge, trabajaba hasta tarde en una oficina del centro, cenaba frente al televisor, y hacía semanas que no le preguntaba a Carmen cómo le había ido el día. Carmen no buscaba nada, se decía a sí misma, solo era curiosidad por un vecino nuevo, solo era el olor de una cocina que no era la suya.

Una noche de jueves Diego llamó a su puerta con un plato tapado entre las manos, una pasta con salsa de setas que había preparado de más, dijo, y que se estropearía si nadie la probaba. Carmen lo invitó a pasar, pusieron el plato en la mesa de la cocina, y cenaron juntos mientras Jorge seguía en la oficina. Diego hablaba de cocina con las manos, describía sabores como si fueran personas, y Carmen se reía de una manera que hacía tiempo que no se reía en su propia casa. Cuando terminó la cena, Diego recogió los platos, y al pasar junto a ella su mano rozó la suya, apenas un roce, pero suficiente para que Carmen sintiera un calor que subía desde el estómago.

Diego se despidió en la puerta, y Carmen cerró con el corazón golpeándole las costillas. Se quedó un rato apoyada en la puerta, con el olor de la pasta todavía en la cocina y el roce de su mano todavía en la piel. Esa noche, en la cama junto a Jorge dormido, Carmen no pudo dormir, y cada vez que cerraba los ojos volvía el olor de la escalera, la sonrisa de Diego, la forma en que sus manos se movían al hablar de sabores. Al día siguiente, en el colegio, se sorprendió a sí misma pensando en qué vestido ponerse para bajar a comprar el pan, por si se encontraba con él.

El sábado por la tarde Diego volvió a llamar, esta vez para invitarla a su cocina, dijo que quería enseñarle un plato que solo sabía hacer él, y que necesitaba una opinión sincera. Carmen dudó, miró el reloj, pensó en Jorge, que estaba en un partido con unos amigos, y aceptó. La cocina de Diego era pequeña y cálida, con cuchillos ordenados y ollas colgando, y él le puso un delantal como si fuera un ritual. Le hizo probar una salsa con el dedo, y cuando Carmen cerró los ojos para saborearla, Diego la besó, despacio, como quien prueba algo por primera vez.

El beso sabía a la salsa y a algo más, y Carmen respondió con una urgencia que la sorprendió a sí misma. Sus manos fueron a la camisa de Diego, sus dedos buscaron los botones, y él la levantó y la sentó sobre la encimera de la cocina, entre los cuencos y las especias. Diego le quitó el vestido con cuidado, como si desenvolviera algo valioso, y sus manos recorrieron su cuerpo con la misma atención con la que trataba sus platos. Le besó el cuello, le mordió suavemente el hombro, y Carmen echó la cabeza hacia atrás, con el pelo cayendo sobre la encimera.

Diego le desabrochó el sujetador y tomó sus tetas entre las manos, besando primero un pezón y luego el otro, mientras Carmen se arqueaba hacia él. Ella le quitó la camisa, le recorrió el pecho con las manos, y le bajó los pantalones con una impaciencia que la hizo reír. Cuando su polla quedó libre, ya dura, Carmen la tomó en su mano y la acarició despacio, mirándolo a los ojos. Diego gimió, apoyó las manos en la encimera, y Carmen se arrodilló y se la metió en la boca, saboreándola con la misma atención con la que había saboreado la salsa.

Su lengua rodeaba la punta, luego bajaba despacio, y Diego le acariciaba el pelo con una mano temblorosa. Después de un rato Diego la levantó, la tumbó sobre la encimera, le abrió las piernas, y hundió la cara entre sus muslos. Su lengua encontró su clítoris y lo trabajó en círculos lentos, y Carmen agarró el borde de la encimera con fuerza. Estaba mojada, sus dedos se sumaron a su lengua, entrando en ella mientras su boca seguía trabajando, y sus caderas se elevaron buscándolo. En pocos minutos Carmen se corrió con fuerza, su cuerpo temblando, sus dedos enredados en el pelo de Diego.

Diego se incorporó, la besó con sabor a ella en los labios, y la colocó en el borde de la encimera, con las piernas alrededor de su cintura. Presionó la punta de su polla contra su entrada y entró en ella despacio, y Carmen jadeó ante la plenitud, sus uñas arañando suavemente su espalda. Empezó a moverse, profundo y constante, y cada embestida la acercaba de nuevo al borde. Ella envolvió sus piernas alrededor de él, tirando de él más adentro, y su ritmo se aceleró hasta que su respiración se volvió entrecortada contra su cuello.

Diego la giró sin salir de ella, y Carmen quedó a cuatro patas sobre la encimera, mirándolo por encima del hombro. Él la embistió desde atrás, más fuerte ahora, con una mano agarrando su cadera y la otra enredada en su pelo. Cada golpe llegaba profundo, y los gemidos de Carmen llenaron la cocina pequeña. Ella empujó hacia atrás contra él, encontrando cada golpe, y su segundo orgasmo la recorrió, más fuerte que el primero, dejándola temblando y gritando su nombre.

Cuando Carmen se corrió, Diego salió de ella, la giró, y ella lo tomó de nuevo en su boca, saboreándose a sí misma en él, hasta que él gimió y se corrió en su boca. Ella tragó, lo besó despacio, y se quedaron enredados sobre la encimera, sudando, riendo bajito ante lo absurdo de todo. Diego dijo que el plato había sido una excusa, y Carmen dijo que era la mejor excusa que nadie le había dado nunca. La cocina olía a salsa y a ellos, y por un rato ninguno de los dos se movió.

Más tarde se vistieron entre risas, Carmen se alisó el vestido, Diego guardó los cuchillos, y él la acompañó hasta su puerta. Ella entró en su piso, se duchó, y encontró en el bolsillo de su vestido una tarjeta pequeña con la receta de la salsa escrita a mano. La alisó sobre su mesilla y la leyó una vez más, sonriendo ante la letra de Diego. Esa noche Jorge volvió tarde, cenó frente al televisor, y no notó nada distinto en ella, salvo que Carmen sonreía sin motivo aparente.

A medianoche su teléfono vibró, y era un mensaje de Diego con una sola foto adjunta. Era una foto de la encimera vacía, con dos copas y el plato de pasta a medias, y Carmen la miró durante largo rato. Respondió que la cocina era peligrosa, y él respondió que el peligro solo empezaba. Dejó el teléfono, apagó la lámpara, y se quedó en la oscuridad con la foto grabada detrás de los párpados.

Al día siguiente todo siguió igual en apariencia, clases, horarios, la compra, el portal, pero cada vez que se cruzaba con Diego en la escalera sentía el olor de nuevo y el estómago se le cerraba de anticipación. Durante la semana él le dejó otra nota en el buzón, doblada con cuidado, y ella la abrió en la cocina. Decía lo mismo que la primera invitación, solo que esta vez terminaba con una hora y un lugar, su restaurante, esa noche, después del cierre.

Esa noche Carmen se presentó en la puerta del restaurante con el corazón golpeando, y cuando Diego abrió no habló, simplemente la atrajo hacia dentro y la besó contra la pared. No llegaron al despacho, llegaron a la cocina, y luego al almacén, y finalmente a la mesa grande donde se preparan los platos, donde hicieron el amor dos veces más antes del amanecer. Él la sostuvo después, con la cabeza sobre su pecho, y ella escuchó cómo su corazón se calmaba. Pensó en la escalera, en el olor, en la salsa, y en cómo un perfume había reescrito su semana entera.

Cuando amaneció por las ventanas del restaurante, Diego preparó café y se lo llevó a la mesa, y Carmen lo bebió sentada, envuelta en su delantal. Él le preguntó si quería aprender el plato de verdad, y ella se rió y dijo que solo si él prometía seguir cocinando solo para ella. Él lo prometió, y lo selló con un beso que sabía a café. Ella salió del restaurante con la receta en el bolsillo y una sonrisa secreta, caminando hacia la mañana de Valencia.

De vuelta en su edificio, Carmen subió la escalera despacio, y al pasar por el segundo piso el olor de la cocina de Diego volvió a alcanzarla. Diego bajaba en ese momento con una bolsa, la miró, y le guiñó un ojo una sola vez, rápido, donde nadie más podía verlo. Ella le devolvió el guiño, abrió su puerta, y entró en su piso con las manos firmes ahora, y la mente contando ya las horas hasta su restaurante, esa noche, y cualquier plato que estuviera esperándola allí.

🔒 Bonus Scene locked

A la noche siguiente Diego invita a Carmen a probar un plato que solo cocina para ella, y el primer bocado le acelera el corazón.

WhatsApp par share karo, turant unlock1 dost ko bhejo, bonus scene yahin khul jayega
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