Relatos eróticos de cuñadas: la cena que se alargó
Los relatos eróticos de cuñadas siempre me habían parecido una fantasía lejana, de esas que se leen y se olvidan, hasta la noche en que mi coche no arrancó, mi hermano se quedó dormido en el sofá con la tercera copa de vino a medias y Elena me miró desde la cocina como si llevara meses esperando quedarse a solas conmigo. Aquella cena familiar iba a alargarse mucho más de lo previsto.
Elena tenía treinta y un años, estaba casada con mi hermano Carlos desde hacía seis y era la clase de mujer que convertía una simple cena de domingo en un acontecimiento. Yo tenía treinta y tres, vivía solo en la ciudad y cada visita a su casa de las afueras terminaba conmigo buscando excusas para quedarme un poco más. Entre nosotros flotaba algo desde la boda, un juego de miradas que los dos fingíamos no notar.
La cena había sido larga y ruidosa: paella, vino tinto, historias viejas de cuando Carlos y yo éramos niños. A los postres, mi hermano empezó a cabecear, vencido por el vino y por la semana imposible que llevaba en el trabajo. «Déjalo», dijo Elena con una sonrisa cómplice, «cuando se queda así no lo despierta ni un terremoto.» Lo tapamos con una manta en el sofá y nos quedamos los dos en la cocina, con la pila llena de platos y un silencio nuevo entre nosotros.
«Te ayudo», dije, remangándome la camisa. «Ni se te ocurra, eres el invitado», protestó ella, pero me pasó un paño de todas formas. Fregamos codo con codo, con la radio sonando bajito y el ronquido lejano de Carlos como banda sonora. Cada vez que nuestros brazos se rozaban, una corriente eléctrica me recorría entero. Elena lo notaba, lo sé, porque cada roce duraba un segundo de más.
«¿Te acuerdas de la boda?», preguntó de pronto, sin mirarme, con las manos en el agua jabonosa. «¿De qué parte?» «De cuando me pediste un baile y Carlos nos miró raro.» Yo me reí, nervioso. «Nos miró raro porque bailamos tres canciones seguidas.» Ella se giró hacia mí, secándose las manos en el paño, y me miró directamente a los ojos. «¿Sabes por qué bailé tres canciones seguidas contigo, Javier?»
No me dio tiempo a responder. Se acercó, me agarró por el cuello de la camisa y me besó con una urgencia que me dejó sin aire. Fue un beso hambriento, desesperado, con años de contención explotando de golpe. Yo respondí al instante, rodeándole la cintura y atrayéndola contra mí, sintiendo su cuerpo temblar entre mis brazos. «Elena», jadeé contra sus labios, «tu marido está en el sofá.» «Mi marido está inconsciente», susurró, «y yo estoy muy despierta.»
La besé en el cuello, bajo la oreja, y ella gimió bajito, echando la cabeza hacia atrás. Mis manos bajaron por su espalda hasta sus nalgas, apretándolas sobre la tela del vestido floreado que llevaba. Ella se frotó contra mí con descaro, sintiendo mi erección a través de la ropa, y sonrió contra mi boca. «Vaya», susurró, «parece que alguien también llevaba tiempo esperando.»
La senté sobre la encimera de la cocina, entre los platos por fregar, y le abrí las piernas para colocarme entre ellas. Le subí el vestido hasta la cintura y descubrí unas bragas blancas de algodón, sencillas y tremendamente excitantes en su normalidad. Las aparté a un lado con los dedos y la acaricié directamente, sintiendo su calor y su humedad. Ella se mordió el labio para no gemir y se agarró al borde de la encimera.
La acaricié con ritmo creciente, alternando círculos suaves con presiones más intensas, mientras la besaba para ahogar sus gemidos. Su respiración se aceleró y sus caderas empezaron a moverse contra mi mano, buscando más. «No pares», susurró, «por favor, no pares.» Yo obedecí, y la sentí tensarse y temblar cuando llegó al orgasmo, con un gemido ahogado que se perdió en mi boca.
Cuando se calmó, me miró con los ojos brillantes y se deslizó de la encimera hasta quedar de rodillas delante de mí. Me desabrochó el pantalón con dedos decididos y liberó mi miembro, ya duro y palpitante. «Mi turno», dijo, y lo tomó en su boca con una devoción que me hizo gemir en voz alta. Su lengua y sus labios trabajaron con un ritmo perfecto, y una de sus manos me acariciaba con suavidad.
Yo me apoyé en la encimera para no caerme, mirando hacia el salón por si Carlos se movía, pero mi hermano seguía dormido como un tronco, ajeno a que su mujer me estaba volviendo loco a tres metros de distancia. La sensación era tan prohibida y tan intensa que tuve que contenerme para no terminar en su boca. «Elena, para», jadeé, «que si sigues...» Ella se apartó con una sonrisa traviesa, limpiándose los labios.
«Arriba», ordenó, poniéndose en pie y tirando de mi mano hacia las escaleras. «La habitación de invitados. Rápido.» Subimos de puntillas, conteniendo la risa y la respiración, mientras Carlos roncaba abajo sin sospechar nada. La habitación de invitados olía a limpio y a lavanda, y Elena cerró la puerta con el pestillo con un clic que sonó a sentencia. «Ahora sí», dijo, «sin prisa.»
Nos desnudamos el uno al otro con una lentitud deliciosa, saboreando cada prenda que caía. Su cuerpo era exactamente como lo había imaginado en tantas noches de insomnio: generoso, suave, real. La tumbé en la cama y recorrí su cuerpo con la boca, desde el cuello hasta los pechos, el vientre, los muslos, hasta llegar a su sexo, que lamí con calma mientras ella se retorcía y gemía mi nombre en voz baja.
Cuando estaba al borde del orgasmo me detuve y me coloqué sobre ella, y la penetré despacio, mirándola a los ojos. La sensación de estar dentro de ella, después de años de deseo contenido, fue tan intensa que los dos gemimos al unísono. «Javier», susurró, clavándome las uñas en la espalda, «muévete, por favor.» Empecé a embestirla con un ritmo profundo y constante, y la cama crujió bajo nosotros.
Sus piernas se enredaron en mi cintura y sus caderas se alzaron para encontrarme en cada embestida. Nos movimos juntos con una sincronía perfecta, como si lleváramos años practicando, y sus gemidos se hicieron más urgentes. «Más fuerte», pidió, y yo aceleré, embistiéndola con fuerza mientras ella se mordía la almohada para no gritar. El peligro de que Carlos despertara lo hacía todo más excitante.
Su orgasmo la atravesó con un temblor largo y profundo, su cuerpo tensándose bajo el mío mientras ahogaba un grito en la almohada. La oleada de contracciones a mi alrededor me llevó al límite, y me corrí dentro de ella con un gemido sordo, abrazándola con fuerza. Nos quedamos quietos, jadeando, con el corazón desbocado, escuchando el silencio de la casa y el ronquido lejano del salón.
«¿Te arrepientes?», pregunté en voz baja, acariciándole el pelo. Ella me miró con una serenidad absoluta y negó con la cabeza. «Llevo seis años preguntándome qué se sentiría», dijo. «Ahora lo sé.» La besé con ternura y nos quedamos abrazados un rato, piel contra piel, hasta que el deseo volvió a despertar, inevitable, entre nosotros.
Esta vez fue ella la que tomó la iniciativa, colocándose a horcajadas sobre mí con una seguridad felina. Descendió sobre mi miembro ya recuperado y empezó a moverse con un ritmo sensual y poderoso, con las manos apoyadas en mi pecho. Yo la miraba embobado, incapaz de creer que aquello estuviera pasando de verdad. «Mírame», ordenó, y yo la miré, perdido en sus ojos.
La agarré por las caderas y la ayudé a subir y bajar, y ella aceleró el ritmo, gimiendo cada vez más alto, olvidada de toda precaución. «Córrete conmigo», le pedí, y ella asintió, jadeando. Llegamos juntos al orgasmo con un gemido compartido, temblando el uno contra el otro, y caímos abrazados sobre las sábanas revueltas, exhaustos y felices.
Después nos quedamos en silencio, escuchando la respiración acompasada de la casa. Elena se levantó un momento y entreabrió la puerta para comprobar que Carlos seguía dormido, y volvió a la cama riendo bajito. «Ronca como siempre», susurró, acurrucándose contra mí. «Eres terrible», dije, besándola en la frente. «Terriblemente feliz», corrigió ella, y nos quedamos así hasta que el reloj del pasillo dio las dos.
Nos vestimos en silencio, con la complicidad de dos conspiradores, y bajamos de puntillas. Carlos seguía dormido en el sofá, con la manta hasta la barbilla y una sonrisa boba en la cara. Elena me acompañó hasta la puerta y me entregó las llaves de su coche. «Toma, para que arranques el tuyo mañana», dijo. «El mío duerme en el garaje.»
Antes de salir me miró una última vez, con aquella sonrisa que me había vuelto loco durante años, y dijo: «Javier.» «Dime.» «La próxima cena es en Navidad. Que no se te estropee el coche.» Cerró la puerta despacio y yo me quedé en el porche, con las llaves en la mano y el corazón acelerado, contando los días que faltaban para diciembre.
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