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En Sevilla, Marta gritó de placer: relatos eróticos de esposas calientes

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Estos relatos eróticos de esposas calientes empiezan con una discusión que Marta no esperaba tener aquella tarde en Sevilla. El teléfono vibraba sobre la mesa de la cocina mientras la voz de Carlos, su marido, llegaba fría desde el hotel de Madrid. Marta apretaba el móvil con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. No era la primera vez que discutían por una tontería, pero aquella vez dolía de verdad.

¿De verdad me llamas para decirme eso, Carlos? Marta soltó la frase con la voz temblorosa y los ojos llenos de rabia. Carlos respondió que ella siempre exageraba todo y que no tenía tiempo para dramas. Marta sintió que el pecho se le cerraba y que la sangre le subía a la cara. Colgó sin despedirse y dejó el teléfono boca abajo sobre la encimera.

La discusión quedó flotando en el aire del apartamento como un olor que no se iba. Marta caminó descalza hasta el salón y abrió la ventana para que entrara el aire tibio de la tarde sevillana. El ruido de la calle subía desde abajo, risas, motos, una guitarra lejana. Ella se cruzó de brazos y se miró en el espejo del pasillo sin reconocerse del todo.

Tenía treinta y tres años, un matrimonio que se enfriaba por meses y un cuerpo que pedía algo que Carlos ya no le daba. Aquella discusión había encendido algo dentro de ella que no era solo rabia. Era deseo, era frustración, era la necesidad de sentirse deseada de nuevo. Marta se pasó las manos por el pelo y respiró hondo varias veces.

Entonces sonó el timbre y su corazón dio un salto extraño. En la puerta estaba Diego, el vecino del tercero, con una sonrisa tranquila y una botella de vino en la mano. Diego tenía treinta años, hombros anchos y una forma de mirarla que siempre la ponía nerviosa. Marta dudó un segundo antes de abrir del todo, pero la rabia de la discusión todavía le quemaba por dentro.

Perdona que venga sin avisar, dijo Diego mientras le ofrecía la botella. Te oí discutir por teléfono y pensé que un poco de compañía no te vendría mal. Marta sonrió a medias y lo dejó pasar, aunque sabía que aquella visita podía cambiarlo todo. El apartamento olía a café frío y a perfume, y la luz del atardecer entraba dorada por las cortinas.

Diego dejó la botella en la cocina y se acercó despacio, sin prisa, como si supiera que Marta necesitaba tiempo. ¿Estás bien? preguntó con voz baja, casi un susurro. Marta negó con la cabeza y sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas de rabia. Diego no la tocó todavía, solo se quedó cerca, esperando que ella decidiera.

No estoy bien, confesó Marta, y su voz sonó más ronca de lo que esperaba. Carlos me trata como si yo no importara nada, como si mi vida fuera un trámite. Diego asintió y le apartó un mechón de pelo de la cara con mucho cuidado. Aquel gesto tan simple le hizo temblar las piernas a Marta.

Eres preciosa, Marta, dijo Diego, y no lo dijo como un cumplido vacío. Lo dijo mirándola a los ojos, como si de verdad lo creyera. Marta sintió un calor que le subía desde el vientre hasta el cuello. Dio un paso hacia él y dejó que sus manos buscaran su cintura. El primer beso fue lento, casi tímido, pero enseguida se volvió urgente.

La boca de Diego sabía a menta y a café, y sus manos se movían con seguridad por la espalda de Marta. Ella le devolvió el beso con una fuerza que la sorprendió a sí misma. La discusión con Carlos quedó lejos, como si perteneciera a otra mujer. Marta tiró de la camisa de Diego y sintió su pecho caliente bajo la tela.

Diego la empujó suavemente contra la pared del pasillo y le besó el cuello con besos lentos y profundos. Marta echó la cabeza hacia atrás y dejó escapar un gemido que llevaba meses guardado. Sus dedos se enredaron en el pelo de Diego mientras él le mordía suavemente el lóbulo de la oreja. El deseo crecía con cada segundo que pasaba.

Quiero esto, susurró Marta, y su voz ya no temblaba de rabia sino de deseo. Quiero que me toques de verdad, sin prisa y sin miedo. Diego sonrió contra su piel y le desabrochó el primer botón de la blusa. Marta sintió el aire fresco sobre su piel y se estremeció de placer anticipado.

En el dormitorio, la luz era suave y la cama estaba sin hacer desde la mañana. Diego acostó a Marta con cuidado y se quitó la camisa despacio, mirándola todo el tiempo. Marta se quitó la blusa y dejó que sus pechos quedaran libres bajo su mirada. Diego los tomó con las manos y los besó con una devoción que la hizo arquear la espalda.

Sus labios recorrieron sus pezones despacio, primero con la lengua y luego con suaves mordiscos que la hacían gemir. Marta se retorcía bajo él, pidiendo más con cada movimiento de sus caderas. Diego bajó por su vientre besando cada centímetro de piel hasta llegar al borde de su falda. Marta levantó las caderas para ayudarlo a quitársela.

Cuando Diego le quitó las bragas, Marta estaba ya completamente mojada y ansiosa. Él separó sus piernas con suavidad y la miró un instante antes de bajar la cabeza. Su lengua encontró su coño con movimientos lentos y precisos que la hicieron gritar bajito. Marta agarró las sábanas con fuerza y movió las caderas buscando más presión.

Diego la lamió sin prisa, alternando movimientos suaves con otros más intensos, hasta que Marta sintió que el placer le subía como una ola. Sus piernas temblaban y su respiración se volvía entrecortada. Por favor, no pares, suplicó Marta, y Diego obedeció, concentrándose en el punto exacto que la volvía loca. El primer orgasmo la sacudió entera y la dejó jadeando.

Sin darle tiempo a recuperarse, Marta tiró de Diego hacia arriba y lo besó con pasión. Podía saborearse a sí misma en sus labios y eso la excitó aún más. Le desabrochó el pantalón con manos impacientes y liberó su polla dura y caliente. Marta la tomó con la mano y la acarició despacio, sintiendo cómo palpitaba bajo sus dedos.

Diego gimió cuando Marta bajó la cabeza y tomó su polla en la boca. Ella la chupó despacio al principio, con la lengua recorriendo toda su longitud, y luego más rápido, con más ganas. Diego le acariciaba el pelo y le susurraba lo bien que lo hacía. Marta disfrutaba del control, del sonido de sus gemidos, de sentirlo completamente entregado a ella.

Cuando Diego ya no pudo más, la levantó con cuidado y la colocó sobre la cama. Marta abrió las piernas y lo miró con deseo abierto, sin vergüenza. Diego se colocó entre sus muslos y empujó su polla dentro de su coño mojado con un movimiento lento y profundo. Marta gritó de placer al sentirlo llenarla por completo.

Follar así, despacio y profundo, era exactamente lo que Marta necesitaba aquella noche. Diego se movía con ritmo constante, entrando y saliendo, mientras Marta le clavaba las uñas en la espalda. Sus cuerpos se movían juntos, sudorosos y sincronizados, como si llevaran años conociéndose. Cada embestida la llevaba más cerca del borde.

Cámbiame de postura, pidió Marta con voz ronca, y Diego obedeció al instante. La puso de rodillas sobre la cama, con el culo levantado hacia él, y entró en ella desde atrás con fuerza. Marta gritó y agarró la almohada con ambas manos. La sensación de su polla entrando profunda desde esa posición era abrumadora y deliciosa.

Diego le agarró las caderas con firmeza y la folló con embestidas cada vez más fuertes y rápidas. Marta empujaba hacia atrás contra él, buscando que entrara aún más hondo. Sus gemidos llenaban el dormitorio y se mezclaban con el sonido de sus cuerpos chocando. El placer crecía sin control hasta que Marta se corrió gritando su nombre.

Diego no se detuvo y siguió moviéndose dentro de ella mientras su cuerpo todavía temblaba del orgasmo. Marta sentía cada centímetro de su polla y cada movimiento la volvía a excitar. Diego le susurró cosas sucias al oído que la hicieron gemir aún más fuerte. Ella nunca se había sentido tan deseada ni tan libre en su propia cama.

Después la puso boca arriba otra vez y levantó sus piernas sobre sus hombros. Desde esa posición, Diego entraba tan profundo que Marta sentía que iba a perder la cabeza. Sus pechos se movían con cada embestida y Diego los apretaba con una mano mientras la follaba. Marta gritaba sin importarle quién pudiera oírla en el edificio.

Diego, me voy a correr otra vez, advirtió Marta entre jadeos, y él aumentó el ritmo sin piedad. Sus cuerpos se movían cada vez más rápido, más fuerte, más desesperados. Marta se corrió con un grito largo que le salió desde lo más profundo, y su coño se contrajo alrededor de su polla con fuerza. Diego gimió y se corrió dentro de ella segundos después, temblando sobre su cuerpo.

Se quedaron abrazados, sudorosos y jadeando, sin decir nada durante un rato largo. Marta sentía el corazón de Diego latiendo contra su pecho y el peso cálido de su cuerpo sobre el suyo. La discusión con Carlos parecía ahora un recuerdo lejano y sin importancia. Aquella noche, en aquel apartamento de Sevilla, Marta había vuelto a sentirse mujer.

Pero la noche no había terminado todavía, porque Diego la besó de nuevo con la misma hambre del principio. Marta rió bajito y lo empujó juguetona sobre la cama para ponerse encima de él. Se colocó sobre su polla, que ya volvía a endurecerse, y empezó a moverse despacio, arriba y abajo. Diego le agarró las caderas y la ayudó a encontrar el ritmo perfecto.

Marta cabalgó sobre Diego con movimientos lentos y profundos, sintiendo cada centímetro dentro de ella. Sus pechos se balanceaban frente a su cara y Diego los besaba cada vez que podía alcanzarlos. Marta echó la cabeza hacia atrás y dejó que el placer la guiara por completo. Se corrió otra vez, esta vez despacio, con un gemido largo y tembloroso.

Agotados y felices, se ducharon juntos bajo el agua caliente, besándose entre el vapor. Diego le enjabonó la espalda con cuidado y Marta le devolvió el gesto con caricias lentas. En la cocina, compartieron el vino que Diego había traído y brindaron en silencio. Marta sonrió por primera vez en todo el día, una sonrisa de verdad.

Cuando Diego se fue ya pasada la medianoche, Marta se quedó en la puerta mirando el pasillo vacío. Se tocó los labios, todavía hinchados de tantos besos, y sonrió para sí misma. El teléfono seguía boca abajo sobre la encimera, en silencio, sin ningún mensaje nuevo. Marta lo miró, lo dejó donde estaba y cerró la puerta con suavidad.

Se acostó en la cama todavía tibia y respiró el olor de Diego en las sábanas. Mañana tendría que decidir muchas cosas, pero aquella noche ya estaba decidida en su corazón. Cerró los ojos y susurró su nombre en la oscuridad del apartamento. Diego, murmuró Marta, y se quedó dormida con una sonrisa en los labios.

🔒 Bonus Scene locked

Una discusión, una puerta que se abre y una noche en Sevilla que Marta jamás olvidará.

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