Relatos Eróticos de Suegras: La Visita en Madrid
Estos relatos eróticos de suegras no empiezan con un escándalo, sino con un libro. Javier estaba en el salón de su piso en Madrid, con la casa en silencio porque su mujer Lucía llevaba una semana de viaje por trabajo. Su suegra Elena, viuda desde hacía tres años, se había quedado a ayudar en la casa. Aquella tarde le prestó una novela vieja y le dijo que la cuidara, que era de su marido. Javier abrió el libro y dentro encontró una carta doblada y una flor seca.
La carta era de su marido, escrita muchos años atrás, y hablaba de lo mucho que la quería. Al final, con otra letra, Elena había añadido una línea a lápiz: Ojalá volviera a sentirme viva alguna vez. Javier leyó la línea dos veces. Cerró el libro despacio. Cuando Elena entró con dos tazas de café, él no dijo nada de la carta. Solo la miró de otra manera, como si acabara de descubrir a una mujer distinta dentro de la suegra que conocía.
Elena tenía cincuenta y cuatro años, el pelo recogido, las manos cuidadas y una risa que llenaba la cocina. Había llegado para ayudar, pero en realidad la casa la necesitaba más que ella a la casa. Javier tenía treinta y tres años, trabajaba en una oficina del centro y llevaba ocho años casado con Lucía. Su matrimonio no estaba roto, pero sí dormido, como una casa con las persianas bajadas. La llegada de Elena había subido las persianas.
Aquella noche, durante la cena, Javier le devolvió el libro. Elena lo abrió, vio la carta y se puso roja. Perdona, dijo Javier, no quería leer lo que no era mío. Elena negó con la cabeza. No pasa nada, dijo. Mi marido murió, pero sus palabras siguen aquí. Y luego, en voz baja, añadió: Y yo sigo aquí también. Javier sintió que algo cambiaba entre los dos, como si una puerta se hubiera abierto un poco.
Al día siguiente, Elena cocinó como si fuera domingo. Javier llegó del trabajo y la encontró en la cocina, con un delantal y el pelo suelto. Olía a ajo y a tomate. Ella le puso un plato delante y se sentó enfrente. Hablaron de Lucía, del trabajo, de Madrid. Elena contó que de joven bailaba en fiestas hasta el amanecer. Javier la imaginó bailando y sonrió. Ella lo notó y se rio. Ya no bailo, dijo, pero todavía sé moverme.
El tercer día llovió. Elena tendió la ropa dentro y Javier la ayudó a doblar sábanas. Sus manos se rozaron sobre la tela. Ninguno apartó la mano. Elena lo miró y Javier sostuvo la mirada. No dijeron nada. Aquella noche, Javier no pudo dormir. Se levantó a beber agua y encontró a Elena en la cocina, descalza, con un camisón largo, mirando la lluvia por la ventana. Estaba preciosa y triste a la vez.
¿Tampoco puedes dormir?, preguntó ella. Javier negó con la cabeza. Elena le ofreció una infusión. Se sentaron a la mesa de la cocina, con la luz baja. Elena habló de su marido, de lo que era sentirse deseada, de lo que era dejar de sentirse deseada. Javier la escuchó sin interrumpir. Cuando terminó, ella le cogió la mano. Gracias por escucharme, dijo. Nadie me escucha así desde hace años.
Javier le besó la mano. Elena no la retiró. Él se inclinó y le besó la mejilla, despacio. Ella cerró los ojos. Cuando él se apartó, ella lo buscó y lo besó en los labios. Fue un beso suave al principio, luego profundo, con años de espera dentro. Javier la rodeó con los brazos. Elena se apretó contra él. La infusión se enfrió en la mesa, olvidada.
La llevó al salón, al sofá. Le quitó el camisón con cuidado, como si desvistiera algo valioso. Sus pechos eran grandes y suaves, con los pezones oscuros. Javier los besó uno a uno, los lamió, los apretó con las manos. Elena echó la cabeza atrás y gimió. Sus manos buscaron su cinturón. Lo desabrochó y bajó sus pantalones. Su polla estaba dura y lista.
Elena la tomó con la mano y la acarició despacio. Javier gimió en su cuello. Ella se arrodilló en la alfombra y se la metió en la boca. Su lengua recorrió la punta, luego la tomó más adentro. Javier le sujetó el pelo con suavidad. Ella lo chupó con calma, sin prisa, como quien disfruta cada segundo. Cuando él estuvo a punto de correrse, ella se apartó y sonrió.
Todavía no, dijo. Javier la tumbó en el sofá y le abrió las piernas. Su coño estaba húmedo y brillante. La lamió con la lengua, despacio al principio, luego más rápido. Elena se agarró a los cojines. Su cuerpo se arqueó. Javier no paró. Ella llegó al orgasmo con un grito ahogado, temblando entera, con las piernas alrededor de su cabeza.
Cuando dejó de temblar, Javier se colocó encima de ella y la penetró despacio. Elena lo abrazó con las piernas y lo atrajo hacia dentro. Se movieron juntos, con un ritmo lento y profundo. El sofá crujía suavemente. Elena le mordió el hombro. Javier aumentó el ritmo. Sus pechos se movían con cada embestida. Llegaron juntos al orgasmo, ella gritando su nombre, él corriéndose dentro de ella.
Se quedaron abrazados en el sofá, sudorosos y en silencio. Elena le acarició la espalda. Javier le besó la frente. Ninguno dijo que aquello estaba mal. Ninguno dijo que debía repetirse. Pero los dos sabían que se repetiría. A la mañana siguiente, Elena preparó el desayuno como siempre, pero cuando Javier pasó a su lado, ella le rozó la mano con disimulo. Él sonrió.
Durante la semana siguiente, cada noche era suya. Una noche en la cocina, contra la encimera, con Elena de espaldas y Javier detrás, sujetándola por la cintura. Otra noche en el cuarto de invitados, con Elena encima de él, moviéndose despacio, con el pelo suelto sobre la cara. Otra noche en la ducha, con el agua caliente cayendo sobre los dos, Javier dentro de ella contra los azulejos, Elena agarrada a su cuello.
Lucía llamaba cada dos días. Hablaba de su trabajo, del hotel, de cuándo volvería. Elena hablaba con ella con normalidad, y Javier escuchaba desde la puerta, con el corazón tranquilo y culpable a la vez. No era un plan. Era algo que había crecido entre dos adultos solos en una casa silenciosa. Elena volvía a reír. Javier volvía a mirar. La casa volvía a estar viva.
La última noche antes del regreso de Lucía, Elena y Javier cenaron juntos, con velas, como si fuera una despedida. Después, en el cuarto de invitados, hicieron el amor despacio, sin prisa, mirándose a los ojos. Elena encima, Javier dentro, moviéndose como si el tiempo no existiera. Llegaron juntos, en silencio, abrazados. Elena lloró un poco después, no de tristeza, sino de alivio. Javier la abrazó hasta que se durmió.
A la mañana siguiente, Elena hizo las maletas. Lucía llegaba por la tarde. Elena dejó el libro de su marido en la estantería, con la carta dentro y la flor seca. Javier lo vio y sonrió. Antes de irse, Elena le dejó una nota en la mesa de la cocina. Decía: Gracias por devolverme la vida. Cuando quieras, vuelve a abrir el libro. Javier guardó la nota en el bolsillo. Por la tarde, cuando Lucía abrió la puerta, la casa olía a café y a limpio. Javier la abrazó. Y en el bolsillo, la nota de su suegra quemaba como un secreto.
Un mes después, Elena volvió a Madrid con la excusa de ayudar con unas obras en el piso. Lucía trabajaba hasta tarde. La primera noche, en cuanto Lucía salió por la puerta, Elena buscó a Javier en la cocina y lo besó como si no hubiera pasado un mes. Él la levantó y la sentó en la encimera. Le quitó la falda y la penetró allí mismo, entre los platos y las tazas, con Elena agarrada a su cuello y gimiendo bajito.
Al día siguiente, mientras Lucía estaba en la oficina, Javier y Elena se encerraron en el cuarto de invitados. Ella se puso encima de él y se movió despacio, mirándolo a los ojos. Javier le sujetó las caderas y la ayudó a subir y bajar. Sus pechos se balanceaban delante de su cara. Él los besó y los mordió con suavidad. Elena llegó al orgasmo temblando y se dejó caer sobre su pecho. Él la abrazó y la penetró de nuevo, despacio, hasta correrse dentro de ella.
Por la tarde, los tres cenaron juntos, como una familia normal. Lucía contó cosas de su trabajo. Elena sirvió el postre. Javier sirvió el vino. Nadie sospechó nada. Cuando Lucía se fue a dormir, Elena y Javier se quedaron en el salón, con la luz baja. Ella le cogió la mano por debajo de la mesa. Él se la apretó. El secreto vivía entre los dos, cómodo y peligroso a la vez.
La última noche de esa visita, Elena dejó otra nota en el libro. Javier la encontró al día siguiente, después de que ella se marchara. Decía: La próxima vez, trae tú el libro. Javier sonrió y guardó la nota con la primera, en el cajón de su mesilla. Lucía nunca abrió ese cajón. El libro volvió a la estantería, con la carta y la flor seca dentro, esperando la próxima vez que alguien lo abriera.
Cuando Lucía volvió a viajar por trabajo, Elena llegó a Madrid un viernes por la tarde con una maleta pequeña y una sonrisa que Javier conocía bien. Cenaron juntos, hablaron poco y se miraron mucho. Después de recoger la mesa, Elena lo esperó en el cuarto de invitados, con el camisón que él recordaba. Javier entró, cerró la puerta y la besó contra la pared.
Le quitó el camisón despacio. Sus pechos quedaron libres. Javier los besó y los lamió mientras Elena le quitaba la camisa. Ella le bajó los pantalones y tomó su polla con la mano. La acarició hasta dejarla dura. Luego se arrodilló y se la metió en la boca, despacio, con la lengua recorriendo cada centímetro. Javier gimió y le sujetó el pelo.
La tumbó en la cama y le abrió las piernas. Su coño estaba húmedo. La lamió hasta que ella tembló y llegó al orgasmo agarrándose a las sábanas. Después la penetró despacio, mirándola a los ojos. Elena lo rodeó con las piernas. Se movieron juntos, sin prisa, hasta que los dos llegaron a la vez, abrazados y sudorosos.
Más tarde, en la cocina, mientras preparaban el desayuno del sábado, Javier la tomó por detrás contra la encimera. Elena se agarró al borde y empujó hacia atrás. Él la sujetó por la cintura y la penetró con fuerza. Ella gimió bajito, para que no la oyeran los vecinos. Llegaron juntos otra vez, riendo entre jadeos.
El domingo, antes de irse, Elena dejó una tercera nota en el libro. Decía: Gracias por la semana más viva de mis últimos años. Javier la leyó cuando la casa quedó en silencio. Guardó la nota con las otras dos y cerró el libro. La casa olía a café. Y en la estantería, el libro esperaba, con su carta, su flor seca y sus tres notas, la próxima visita.
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