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Relatos eróticos de lesbianas: la vecina del balcón de abajo

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«¿Pero qué haces con esas macetas?» La voz sube del balcón de abajo, ronca y divertida, y Elena se queda helada con la regadera en la mano mientras el chorro empapa la albahaca y se desborda por el borde hacia el piso de Marta. Se asoma por encima de la barandilla y ve el desastre: el agua cae en hilos gruesos sobre el balcón inferior, sobre la ropa tendida, sobre una maceta de geranios que se tambalea con cada salpicadura. Con el corazón martilleándole en el pecho, Elena piensa que la vida a veces imita esos relatos eróticos de lesbianas que lee en la tableta en las noches de insomnio: un accidente estúpido, una vecina guapa y dos balcones demasiado cerca el uno del otro.

«¡Lo siento! ¡Ya cierro el grifo!» grita Elena, pero su voz suena ridícula contra el repiqueteo del agua. Deja la regadera de golpe, el agua sigue escurriendo por las bandejas, y abajo la voz de Marta se ríe de una manera que a Elena le pone la piel de gallina. «¡Mis zapatillas, Elena! ¡Las dejé secando en la barandilla!»

Elena baja las escaleras de dos en dos, descalza, con los pantalones de pijama manchados de tierra, y llama al timbre del tercero con el dedo tembloroso, pero la puerta se abre antes de que termine de sonar. Marta está allí, en camiseta gris y mallas cortas, el pelo recogido en un moño deshecho, ojeras de quien acaba de llegar del turno de noche. La mira de arriba abajo, sonríe, y dice: «Entra, gotera. A ver el estropicio.»

El balcón de Marta es un charco. El tendedero gotea, dos camisetas empapadas cuelgan como trapos tristes, y las zapatillas blancas flotan en un charco sobre las baldosas. «Mis pobres geranios», dice Marta señalando la maceta volcada, y su tono es tan teatral que Elena no sabe si reírse o hundirse en el suelo. «Lo siento de verdad, te lo juro: las bandejas de drenaje deben de estar atascadas.»

«¿Atascadas?» Marta se agacha a recoger una zapatilla y al incorporarse queda muy cerca de Elena, tan cerca que Elena huele su champú y el cansancio dulce de su piel. «Pues vaya manera de despertarme, vecina: casi me gusta que me mojes.» Lo dice mirándola a los ojos, sin apartar la mirada, y Elena siente que el calor le sube del cuello a las mejillas.

«Te invito a un café», balbucea Elena. «Y te lavo las zapatillas y te compro otros geranios.» Marta se ríe, un sonido grave que parece vibrarle en el pecho, y le guiña un ojo. «Acepto las tres cosas, gotera.»

«Tres promesas en diez segundos: me gustas cuando te pones nerviosa.» Marta coge la fregona y Elena, sin pensarlo, coge la otra punta del trapo y empiezan a secar el suelo juntas, a cuatro patas, chocando los hombros a cada pasada. Elena nota la mirada de Marta en su escote cada vez que se inclina, y en lugar de taparse se inclina un poco más. Lleva tres meses separada, el piso de arriba se le hace enorme por las noches, y las plantas del balcón son lo único que le responde cuando les habla.

«¿Y tú qué haces despierta a estas horas?» pregunta Elena para romper el silencio. «Turno de noche en el hospital», dice Marta, escurriendo el trapo con fuerza. «Llego a las ocho, duermo hasta las cuatro. O lo intento.»

Sus ojos grises se clavan en los de Elena. «Aunque últimamente me entretengo mirando por el balcón. Hay vistas interesantes hacia arriba.»

El comentario queda flotando entre las dos como el vapor del café que Marta pone a calentar sin preguntar. Elena se sienta en el sofá pequeño del salón, las piernas juntas, las manos en las rodillas, intentando parecer una vecina normal y fracasando estrepitosamente.

«¿Quieres subir a ver las macetas?» dice de pronto. «Para que veas que no fue a propósito, lo del drenaje.» Marta apaga el fuego, coge dos tazas y sonríe de medio lado. «Subamos, que me encantan las inspecciones técnicas.»

El balcón de Elena es estrecho, apenas cabe una silla plegable entre las jardineras, y las dos mujeres se aprietan entre la albahaca y el romero para examinar la bandeja atascada. Marta se agacha, mete los dedos en el barro del drenaje y lo desatasca con un gesto experto, y el agua retenida sale de golpe mojándole las manos.

«Mira», dice Marta, levantando las manos embarradas, «ahora las dos estamos sucias.» Elena le pasa un trapo y sus dedos se rozan, se quedan rozándose un segundo de más, dos segundos de más. «Te he visto regar muchas mañanas», susurra Marta. «Me gusta cómo hablas con las plantas.»

«¿Me espías, enfermera?» La voz le sale más ronca de lo que pretendía. «Te observo: es distinto, observar es profesional.» Marta está tan cerca que Elena cuenta las pecas de su nariz, huele el café en su aliento, ve cómo sus ojos bajan a su boca y vuelven a subir.

Entonces Marta le pone una mano embarrada en la mejilla, le deja una mancha de tierra, y la besa. El beso es suave al principio, una pregunta, y cuando Elena responde abriendo los labios se vuelve una exigencia: lengua, dientes, manos que ya no piden permiso.

Elena tira de la camiseta de Marta hacia el salón sin romper el beso, tropezando con la alfombra, riendo contra su boca. La luz de la tarde entra a raudales por el ventanal y cae sobre el sofá, sobre la mesa llena de revistas, sobre las fotos boca abajo que Elena aún no se ha atrevido a tirar. «Espera», jadea, «cierra la puerta del balcón, que nos ve todo Madrid.» Marta la cierra de una patada sin dejar de besarle el cuello, y el clic del pestillo suena como una promesa.

Se desnudan de pie en medio del salón, despacio al principio y luego con una urgencia que las hace reírse. La camiseta gris de Marta cae al suelo revelando unos pechos pequeños y firmes, con los pezones duros por el aire fresco del balcón. Elena se quita el pijama de un tirón y se queda desnuda, consciente de cada curva, de la cicatriz que su ex marido dejó de mirar mucho antes de irse. Marta la mira como si fuera lo más hermoso que ha visto en meses, le recorre la cicatriz con la yema del dedo y susurra «Eres preciosa», y lo dice tan en serio que Elena le cree.

Caen sobre el sofá enredadas, piel contra piel, y Elena descubre que el cuerpo de una mujer cabe contra el suyo como una pieza que siempre le había faltado. Marta le besa los pechos con una lentitud tortuosa, dibuja círculos con la lengua alrededor de los pezones, los muerde apenas y sopla sobre la piel húmeda. Elena arquea la espalda y se agarra a su pelo, y un gemido le sale de tan adentro que le sorprende a ella misma. «Así», susurra, «no pares, por favor, no pares.»

La mano de Marta baja por su vientre, se detiene un instante en el borde de su sexo, y luego sus dedos se hunden en la humedad caliente con una seguridad que deja a Elena sin aliento. La acaricia en círculos lentos, encuentra el punto exacto y se queda allí, insistiendo, mientras con la otra mano le aprieta un pecho. Elena siente que la tensión le sube por las piernas, que el mundo se estrecha hasta caber en esos dedos, y cuando el orgasmo la alcanza grita el nombre de Marta contra el cojín del sofá, temblando entera, agarrándose a sus hombros como si se fuera a caer.

Se quedan quietas un momento, respirando la una contra la otra, la mejilla de Elena pegada al pecho de Marta, escuchando su corazón desbocado. «¿Cuánto hace?» pregunta Marta, acariciándole el pelo. «¿De qué?» «De esto, de que alguien te toque así.»

Elena traga saliva. «Años: mi matrimonio murió mucho antes de firmarse el divorcio.» Marta le levanta la barbilla y la besa en la frente, en los párpados, en la boca, con una ternura que contrasta con lo que viene después. «Pues vamos a recuperar el tiempo perdido», dice, y le guía la mano entre sus propias piernas.

Elena la toca con reverencia al principio, aprendiendo su cuerpo como se aprende un idioma nuevo: la suavidad de los labios, el calor que crece bajo sus dedos, la manera en que Marta separa más las piernas cuando acierta. «Más fuerte», le ordena Marta, y Elena obedece, y el gemido que arranca de su garganta la envalentona. Se arrodilla en el suelo entre las piernas abiertas de Marta, le besa la cara interna de los muslos, inhala su olor a mujer y a jabón, y hunde la lengua en ella con un hambre que no sabía que tenía.

La lengua de Elena trabaja sin prisa y sin piedad, lamiendo, chupando, rodeando el clítoris con una insistencia que hace que Marta se agarre al borde del sofá y levante las caderas buscando más. «Dios, Elena, sí, ahí, no te muevas», jadea Marta, y Elena no se mueve, se queda exactamente allí, sintiendo cómo el cuerpo de la enfermera se tensa como un arco. Cuando Marta se corre, lo hace con un grito ahogado y las piernas temblando alrededor de la cabeza de Elena, y Elena sigue lamiendo hasta que Marta la aparta riendo y sin aliento. «Para, para, que me muero.»

Pero no paran. Se trasladan al dormitorio a trompicones, besándose contra el marco de la puerta, y caen sobre la cama deshecha de Elena, esa cama enorme que por fin sirve para algo. Marta se coloca encima, a horcajadas sobre su cadera, y se frota contra su muslo con un ritmo lento y devastador mientras le besa los pechos. Elena mete la mano entre las dos y las dos se tocan a la vez, dedos resbaladizos, respiraciones mezcladas, hasta que el segundo orgasmo las sacude casi al mismo tiempo y se quedan abrazadas, sudorosas, riendo como niñas.

Mucho después, con la tarde cayendo sobre Madrid y la puerta del balcón entreabierta, oyen el goteo rítmico de las jardineras recién desatascadas. «Tus plantas siguen llorando», murmura Marta, dibujando círculos perezosos en el pecho de Elena. «Que lloren, que me han traído suerte.» Elena la mira, despeinada y feliz entre sus sábanas, y piensa en las noches vacías, en la tableta llena de relatos eróticos de lesbianas, en lo lejos que queda todo eso ahora que tiene a la protagonista real respirando contra su cuello.

El móvil de Marta vibra sobre la mesilla: la alarma del turno de noche, dentro de seis horas. Marta la apaga sin mirarla, se incorpora sobre un codo y le sonríe con esa sonrisa torcida que empezó todo. «Mañana riego yo las macetas», dice, «y esta vez me quedo a secar tu balcón, tu cama y a ti.» Elena se ríe y la atrae hacia sí para otro beso mientras, afuera en el balcón, una última gota cae sobre la barandilla con un plinc perfecto, como un punto final que nadie quiere poner.

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