Historias Calientes Gratis: La Librera de Valencia
El olor a papel viejo y a café recién hecho llenaba la librería de Marta cuando Diego empujó la puerta y el tintineo de la campanilla se mezcló con el aroma a azahar que entraba desde la calle. Marta levantó la vista de un libro y vio a un hombre alto con las manos manchadas de harina, y supo al instante que no era un cliente normal. Estas historias calientes gratis empiezan en Valencia, en una librería pequeña donde Marta vendía libros durante el día y soñaba durante la noche, hasta que Diego entró con hambre de algo más que pan.
Marta tenía treinta y dos años y llevaba cinco años regentando la librería que había heredado de su tía, en una calle tranquila de Valencia. Su marido la había dejado dos años antes, y desde entonces su vida era una rutina de libros, café y noches silenciosas. Diego tenía treinta y cuatro años y era cocinero en un restaurante cercano, un hombre que trabajaba con las manos y hablaba poco, pero que miraba a Marta como si fuera un libro que quería leer entero.
Diego preguntó por un libro de cocina valenciana, y Marta le enseñó tres, y mientras hablaban, él le contó que buscaba recetas antiguas, de las que ya nadie cocina. Marta le dijo que las recetas antiguas son como las historias antiguas, hay que saber leerlas con paciencia. Diego sonrió y dijo que paciencia le sobraba, sobre todo cuando algo le gustaba de verdad. Marta sintió que sus mejillas se calentaban, porque hacía mucho tiempo que nadie le hablaba así.
Al día siguiente Diego volvió, esta vez sin excusa, y le llevó a Marta un pastel que había horneado él mismo. Marta lo probó y cerró los ojos, porque sabía a naranja y a canela, y le dijo que era el mejor pastel que había comido en años. Diego le dijo que la cocina es como el amor, si se hace con prisa, sale mal, y si se hace despacio, sale perfecto. Marta se rio y le dijo que entonces él debía ser muy buen cocinero, y Diego le contestó que eso tendría que comprobarlo ella misma.
Una tarde de lluvia, cuando la librería estaba vacía, Diego se quedó hasta el cierre, ayudando a Marta a colocar libros en las estanterías altas. En la escalera, sus manos se rozaron, y ambos se quedaron quietos, mirándose. Diego bajó de la escalera y se acercó a Marta, y le puso una mano en la cintura, y Marta no se apartó. Le dijo que llevaba días queriendo hacer esto, y Marta le contestó que llevaba días esperando que lo hiciera.
Diego la besó entonces, despacio al principio, y luego con más fuerza, y Marta le rodeó el cuello con los brazos. El beso sabía a café y a canela, y Marta sintió que su cuerpo se despertaba después de dos años dormido. Diego la levantó y la sentó sobre el mostrador, entre los libros, y Marta se rio porque un libro se cayó al suelo. Diego le dijo que los libros podían esperar, y Marta le dijo que ella ya había esperado demasiado.
Esa noche Marta invitó a Diego a su casa, con la excusa de cenar, y Diego aceptó sin dudar. En su casa, Marta preparó una ensalada sencilla y Diego abrió una botella de vino, y cenaron hablando de libros y de cocina, y de todo lo que no habían dicho en la librería. Cuando terminaron, Diego lavó los platos con ella, y en la cocina pequeña, sus cuerpos se rozaron una y otra vez, hasta que Marta se dio la vuelta y lo besó con fuerza.
Diego la llevó al dormitorio y le quitó el vestido despacio, como si desenvolviera algo valioso, y Marta le quitó la camisa con las manos temblorosas. Cuando su sujetador cayó al suelo, Diego tomó sus pechos en sus manos y los apretó suavemente, y Marta gimió y le dijo que no fuera tan delicado, que ella quería sentirlo de verdad. Diego le chupó un pezón con fuerza y apretó el otro pecho, y Marta le clavó los dedos en el pelo.
Marta le bajó los pantalones a Diego y tomó su polla en la mano, dura y caliente, y la movió despacio, mirándole a los ojos. Se la metió en la boca y la chupó, primero despacio y luego más rápido, usando la lengua a lo largo de toda su polla, hasta que Diego gimió y la levantó por el pelo. Le dijo que ya basta, que quería estar dentro de ella, y Marta se quitó las bragas de un tirón y se tumbó desnuda en la cama, retándole con la mirada.
Diego se colocó entre sus piernas y puso su polla contra su coño mojado, y la empujó dentro de ella con una embestida profunda. Marta gritó y le agarró la espalda con las uñas, porque la primera embestida fue profunda y repentina y era exactamente lo que llevaba años deseando. Diego empezó a moverse despacio, y Marta le rodeó la cintura con las piernas, tirando de él más adentro con cada movimiento. La cama temblaba con cada embestida, y los gemidos de Marta llenaban el dormitorio, y Diego le besó la boca para tragarse el sonido.
Marta dijo, más rápido, más fuerte, no pares, y Diego aumentó el ritmo hasta que sus caderas golpeaban contra las de ella y sus pechos se movían con cada embestida. Su coño estaba empapado, y su polla entraba y salía con facilidad, y ambos sudaban y jadeaban. Diego bajó una mano y le frotó el clítoris con el pulgar mientras la follaba, y Marta gritó su nombre cuando su cuerpo se tensó a su alrededor.
Después de un rato, Diego la dio la vuelta y la tomó por detrás, a cuatro patas, metiendo su polla profundamente en su coño desde atrás. En esa posición llegaba más hondo que antes, y Marta agarró la almohada con fuerza y empujó sus caderas hacia atrás, contra él. Diego le sujetó la cintura con las dos manos y embistió con fuerza, y Marta gritó, sí, ahí, no cambies nada. Sus pechos se balanceaban con cada embestida, y Diego le apretó uno mientras seguía follándola.
El cuerpo de Marta empezó a temblar, y dijo, voy a correrme, no pares, no pares, y Diego embistió aún más fuerte. Su coño se cerró con fuerza alrededor de su polla, y un gemido largo salió de su boca cuando se corrió, y su líquido mojó la cama. Diego se corrió en el mismo momento, soltando su semen profundamente dentro de su coño, y ambos cayeron juntos, temblando y sin aliento.
Después de recuperar el aliento, Marta se tumbó sobre su pecho y dijo, así que esto era lo que llevaba dos años esperando, podríamos habernos ahorrado mucho tiempo. Diego se rio y dijo que la espera había sido el aperitivo, y que ella lo sabía, porque había disfrutado cada visita a la librería tanto como él. Marta escribió su nombre con el dedo sobre su pecho y dijo, pero no se lo digas a mis clientes, creen que solo vendo libros. Diego dijo, que lo crean, eso hace que las visitas sean mucho más divertidas.
Más tarde esa noche, Diego la tomó otra vez, esta vez con Marta encima, cabalgando su polla despacio mientras él le chupaba los pechos. Ella se movía arriba y abajo sobre él, controlando el ritmo, y su pelo largo le caía sobre la cara mientras lo cabalgaba. Diego le sujetó las caderas y embistió hacia arriba, dentro de ella, y Marta se echó hacia atrás y gimió, sintiendo su polla llegar hondo dentro de ella con cada subida y bajada. Cabalgó más y más rápido hasta que ambos se corrieron otra vez, con más fuerza que la primera vez.
La segunda vez los dejó a ambos agotados, y se ducharon juntos, con Marta enjabonando su cuerpo y Diego lavándole la espalda. En el agua caliente se besaron otra vez, despacio esta vez, y Diego la apretó contra la pared de la ducha y le besó el cuello. Marta dijo, si seguimos así no dormiremos nunca, y Diego dijo, dormir es para gente que no tiene una librería que ordenar mañana.
Por la mañana, Marta se despertó con el brazo de Diego alrededor de su cintura, y por un momento se olvidó de los libros y de los clientes y de las facturas. Preparó café y lo tomaron en su balcón, mirando Valencia despertar bajo la lluvia. Diego dijo, por cierto, la receta del pastel sigue pendiente, y Marta dijo, bien, me preocupaba que te hubieras ablandado conmigo. Ambos se rieron, y la risa fue lo más honesto que ninguno de los dos había dicho en semanas.
Al día siguiente, en la librería, volvieron a hablar de libros delante de los clientes, y nadie sospechó que cada conversación terminaba cada noche en la casa de Marta. Cuando Diego señalaba un libro, su dedo rozaba la mano de Marta, y ella sonreía con una sonrisa secreta que solo él podía leer. En la librería, después del cierre, Diego la doblaba sobre el mostrador y la follaba allí, entre los libros, y Marta se mordía el labio para no gritar.
Una tarde, Diego la dobló sobre el mostrador y le levantó la falda, apartándole las bragas, y le lamió el coño hasta que le temblaron las piernas. Marta agarró el borde del mostrador y dijo, métela ya, no puedo esperar más, y Diego se levantó y le metió su polla por detrás, allí mismo en la librería. El mostrador tembló y los libros se cayeron al suelo, pero ninguno de los dos paró, y Diego la folló con fuerza hasta que ella se corrió, mordiéndose la mano para ahogar el sonido.
Después de eso, Marta dijo que la librería tenía que seguir siendo profesional, o alguien acabaría pillándolos, y Diego estuvo de acuerdo, riendo, que su historia se estaba haciendo demasiado larga para esconderla. Por las noches volvían a su casa, y los fines de semana salían de la ciudad, a un hotel pequeño cerca de la costa, donde pasaban dos días enteros en la cama, pidiendo comida a la habitación y follando entre comidas. Marta le dijo que nunca se había sentido tan libre con nadie, y Diego le dijo que nunca había mirado a nadie como la miraba a ella.
Un fin de semana en el hotel, Marta le preguntó qué pasaría cuando se acabaran los libros que recomendar y no quedara ninguna excusa para visitar la librería. Diego la abrazó y le dijo que los libros se acaban, pero esto no tenía por qué acabarse, y que encontraría otra excusa solo para seguir viéndola. Marta dijo que las promesas son fáciles y cumplirlas es difícil, y Diego le besó la frente y le dijo que esto no era una promesa, era una decisión. Esa noche hicieron el amor despacio, sin prisa y sin miedo, y cuando ambos se corrieron, Marta lo abrazó y susurró que se alegraba de que aquel pastel hubiera salido bien.
La última noche antes de que Diego empezara un turno nuevo en el restaurante, la abrazó por detrás y le susurró al oído que su coño sería lo que más echaría de menos en la cocina nueva. Marta se rio y lo dio la vuelta y le dijo que su polla echaría de menos Valencia tanto como él. Se rieron juntos y luego cayeron en un polvo largo y profundo, sin prisa y sin miedo, y cuando ambos se corrieron, Marta se tumbó sobre su pecho y le dijo que era hora de dormir, porque mañana su turno empezaba temprano.
Por la mañana, Diego recogió su bolsa y Marta lo acompañó hasta la puerta de su casa. En la puerta, Diego le apretó la mano y le dijo, escribe la primera línea del próximo libro tú misma, yo la completaré. Marta sonrió y le dijo, la primera línea ya está escrita, dice que Diego entró en Valencia y no quiso marcharse. Diego se marchó y Marta se quedó en la puerta mirándolo irse, con una sonrisa en los labios que solo lleva una mujer a la que han querido por completo.
Tres semanas después de que Diego empezara su turno nuevo, Marta recibió una nota en la librería, escrita a mano, que decía que esa noche él cocinaría para ella en su casa, y que ella solo tenía que llevar hambre. Marta sonrió y cerró la librería un poco antes, y se puso un vestido que no se ponía desde hacía años. Cuando llegó a casa de Diego, la mesa estaba puesta con velas, y el olor a ajo y a romero llenaba toda la casa.
Diego le sirvió una cena que había preparado durante horas, y Marta comió despacio, saboreando cada bocado, mientras él la miraba como si ella fuera el plato principal. Cuando terminaron, Diego la tomó de la mano y la llevó a la cocina, y le dijo que el postre se servía en la encimera. Marta se rio, pero se subió a la encimera como él le pidió, y Diego se colocó entre sus piernas y la besó, despacio y con calma.
Le levantó el vestido y le apartó las bragas, y le lamió el coño hasta que a Marta le temblaron las piernas y tuvo que agarrarse al borde de la encimera. Ella le dijo que ya no podía esperar más, y Diego se bajó los pantalones y le metió su polla dentro, allí mismo en la cocina, con los platos sucios todavía en el fregadero. Marta le rodeó la cintura con las piernas y Diego embistió con fuerza, y la encimera tembló con cada movimiento.
Marta se corrió rápido, porque el olor a comida y el calor de la cocina lo hacían todo más intenso, y Diego se corrió poco después, abrazándola fuerte contra su pecho. Después se quedaron en la cocina, riendo, con la ropa revuelta y los platos sin fregar, y Marta dijo que esa era la mejor cena que había comido nunca. Diego dijo que la próxima vez el postre sería aún mejor, y Marta dijo que entonces tendría que venir con más hambre.
Se ducharon juntos después, y Marta se fue a casa con el pelo todavía húmedo y una sonrisa que no se le quitaba. En la librería, al día siguiente, cada vez que olía a romero o a ajo, se acordaba de la encimera de Diego, y tenía que morderse el labio para no sonreír delante de los clientes. Esa noche, cuando cerró la librería, le escribió una nota a Diego que decía solo una cosa, que mañana cenarían otra vez en su casa, y que esta vez el postre lo llevaría ella.
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