Relatos Eróticos Apasionados: Noche Andaluza
El portón de hierro se abrió con un chirrido largo justo cuando el taxi dio marcha atrás, y allí estaba él, Marcos, descalzo sobre la tierra caliente, con una copa de vino blanco tan fría que el cristal goteaba, y Lucía pensó que aquel recibimiento parecía sacado de uno de esos relatos eróticos apasionados que ella leía a escondidas en el metro de Madrid.
Bajó del coche con las piernas temblorosas por el viaje y el polvo del camino se le pegó a los tobillos sudados. Las cigarras chillaban tan fuerte que parecían dentro de su cabeza. Marcos dejó la copa sobre el muro, abrió la puerta del taxi y le tendió la mano.
"Pensé que llegabas mañana", dijo él, y su voz tenía un punto ronco que le erizó la nuca. "El vuelo se retrasó. Salgo mañana a las seis, así que esta noche la finca tiene dos inquilinos." Le pasó la copa fría. "Bienvenida a Andalucía."
Lucía bebió un trago largo y el vino le bajó por la garganta como una bendición. Tenía veintinueve años, un contrato de diseñadora en pausa y una ruptura fresca que aún escocía. Dos semanas cuidando una finca con piscina le habían parecido la huida perfecta.
Marcos cargó su maleta como si no pesara nada y la guió por el sendero de grava. La casa era blanca hasta doler los ojos, con buganvillas fucsias colgando del porche. Al fondo, la piscina brillaba turquesa bajo la última luz. "Las normas son pocas", dijo él. "La piscina es sagrada. Lo demás se negocia."
Ella rió, nerviosa, y se apartó un mechón pegado a la frente. Llevaba un vestido de lino que se le había adherido al cuerpo durante el viaje. Notó que él la miraba un segundo de más antes de apartar los ojos hacia la casa.
Le enseñó la habitación de invitados en dos minutos: cama grande, mosquitera, baño con ducha de piedra. "La principal es la mía, pero esta noche no ronco", bromeó, y le guiñó un ojo. Lucía sintió un calor que no venía del verano.
"Dúchate si quieres. Yo preparo algo en la terraza", dijo él desde la puerta. Se quedó un instante de más en el marco, mirándola, y luego desapareció por el pasillo. Lucía se apoyó contra la puerta cerrada y respiró hondo.
El agua fría le devolvió el cuerpo. Se puso un vestido limpio, se soltó el pelo mojado y se miró al espejo. "Dos semanas", se dijo. "Solo cuida la casa, riega las plantas y no hagas tonterías." Salió a la terraza oliendo a jazmín.
La mesa estaba puesta para dos: velas, pan de pueblo, un plato de jamón y dos copas que ya sudaban. Marcos había encendido unas luces pequeñas entre los olivos. "Ceno solo casi nunca", confesó. "Hoy la huelga de pilotos me ha hecho un favor."
Hablaron de Madrid, del estudio donde ella diseñaba carteles, de su ex que la había dejado por "necesitar espacio". Él contó que la finca era de su abuelo y que viajaba tanto que casi no la disfrutaba. El vino caía copa tras copa.
"¿Y no te da miedo quedarte aquí sola dos semanas?", preguntó él, inclinándose sobre la mesa. "En absoluto", mintió ella, porque de pronto la idea de quedarse sola le pareció un desperdicio. "Qué pena", dijo él, sonriendo despacio. "Con lo bonita que es la casa de noche."
Sus rodillas se rozaron bajo la mesa y ninguno de los dos se apartó. Lucía sintió que el roce le subía por el muslo como una chispa. Marcos sirvió más vino sin dejar de mirarla. "¿Te bañas?", preguntó de pronto. "El agua está a veintiocho grados."
"No traje bañador", dijo ella. Él se encogió de hombros con una naturalidad estudiada. "Yo nunca uso. Pero hay una norma no escrita: en mi piscina se entra como se quiera." Se levantó y empezó a desabotonarse la camisa sin prisa.
Lucía se quedó mirando cómo la tela caía al suelo de la terraza. Tenía el torso moreno, marcado por el trabajo al aire libre, y una sonrisa de quien ya sabe la respuesta. "¿Te quedas con las ganas?", la retó. Ella se puso de pie, el corazón golpeándole las costillas.
Con dedos que apenas le obedecían se bajó la cremallera lateral del vestido. La tela de lino resbaló hasta sus pies y se quedó en ropa interior delante de un desconocido, con las cigarras como único testigo. Él la recorrió con la mirada sin disimulo.
"Joder", murmuró él, y la palabra le supo a promesa. Se deshizo del pantalón y del bóxer de un tirón. Su polla ya estaba dura, gruesa, apuntando hacia ella con descaro. Lucía notó cómo se le humedecía el coño solo de mirarla.
Caminaron juntos hasta el borde de la piscina, desnudos, y el aire caliente les lamía la piel. Él se zambulló primero y emergió sacudiéndose el pelo como un animal. "Ven", dijo, tendiéndole la mano desde el agua. Ella saltó y el agua tibia la tragó entera.
El agua les llegaba al pecho y el cloro les picaba en los ojos. Él la atrajo hacia sí y la pegó contra la pared de gresite. Su boca encontró la de ella con hambre, lengua contra lengua, y sus manos le agarraron el culo con fuerza, amasándolo bajo el agua.
Lucía gimió contra sus labios y enredó las piernas en su cintura. Sentía su polla dura rozándole el vientre, resbaladiza. "Tócame", le susurró al oído, mordisqueándole el lóbulo. Él deslizó una mano entre sus muslos y encontró su coño ardiendo.
Dos dedos se hundieron en ella sin pedir permiso y Lucía arqueó la espalda con un jadeo. El agua chapoteaba contra el borde con cada embestida de sus dedos. "Estás empapada", gruñó él, "y no es por la piscina." Ella rió, sin aliento, y le agarró la polla con la mano.
La masturbó despacio bajo el agua, sintiendo cada vena, cada latido, mientras él seguía follándola con los dedos cada vez más rápido. El placer le subía en oleadas y se agarró a sus hombros con las uñas. "No pares", jadeó. "Por favor, no pares."
Él la levantó en vilo y la sentó en el borde de la piscina, con las piernas abiertas y el agua chorreándole por los muslos. Se arrodilló entre sus piernas y le separó los labios del coño con los pulgares. Su lengua la recorrió de abajo arriba, lenta, deliberada.
Lucía echó la cabeza atrás y gritó hacia las estrellas. Él la comía con una dedicación obscena, chupando su clítoris, metiendo la lengua dentro de ella, bebiendo su flujo como si llevara días sediento. Sus muslos temblaban alrededor de su cabeza.
"Me voy a correr", advirtió ella, agarrándole el pelo. Él no se apartó; al contrario, aceleró, y el orgasmo la partió en dos con una sacudida violenta. Su coño se contrajo alrededor de nada mientras el placer le bajaba hasta los dedos de los pies.
Antes de que pudiera recuperarse, él salió del agua de un impulso y la tumbó sobre la toalla extendida en el suelo. Se colocó entre sus piernas y la miró a los ojos. "Dime que sí", exigió, con la polla rozando su entrada. "Sí", susurró ella. "Fóllame."
Entró en ella de una sola embestida profunda y los dos gimieron al unísono. La sentía enorme dentro, llenándola por completo, y empezó a moverse con un ritmo lento y brutal que le arrancaba el aire. Lucía le clavó los talones en la espalda.
La folló así durante minutos que parecieron horas, cambiando el ángulo para rozarle el punto exacto que la volvía loca. "Mírame", ordenó, agarrándole la barbilla. Ella abrió los ojos y sostuvo su mirada mientras él la penetraba cada vez más hondo.
De pronto la giró como si no pesara nada y la puso a cuatro patas sobre la toalla. Le agarró las caderas y volvió a entrar en ella desde atrás, más profundo aún, y empezó a embestir con una fuerza que la hacía avanzar a cada golpe.
Sus tetas colgaban y se balanceaban con cada embestida, y él alargó una mano para estrujarle un pezón con rudeza. Lucía gritaba sin control, el coño apretándole la polla con espasmos que anunciaban otro orgasmo. "Córrete conmigo", le rogó él.
Se corrieron casi a la vez: ella con un aullido que espantó a las cigarras, él con un gruñido sordo mientras se vaciaba dentro de ella en chorros calientes. Se derrumbó sobre su espalda, jadeando, y la abrazó por la cintura sin salir de ella.
Se quedaron así hasta que el agua de la piscina dejó de moverse. "Tu vuelo es a las seis", susurró ella. "Lo sé", dijo él, besándole el hombro. "Por eso no vamos a dormir." La ayudó a levantarse y la llevó de la mano hacia la casa.
En el dormitorio principal la cama era enorme y olía a él. La tumbó sobre las sábanas frescas y se tumbó a su lado, recorriéndole el cuerpo con la yema de los dedos como si la estuviera memorizando. "Tienes la piel de alguien que ha pasado demasiado tiempo en una oficina", bromeó.
Ella rió y le empujó sobre la espalda, colocándose a horcajadas sobre su cintura. Su polla volvía a estar dura contra su culo y Lucía se frotó contra ella con movimientos lentos, provocadores. "¿Quién ha dicho que en Madrid no hay verano?", susurró.
Bajó por su cuerpo besando cada centímetro: el pecho, el ombligo, la línea del vello que descendía. Cuando llegó a su polla la miró a los ojos y se la metió en la boca hasta el fondo, sin manos, y él soltó un juramento entre dientes.
La mamó con ganas, chupando el glande, lamiendo el tronco, jugando con sus huevos con una mano mientras la otra le acariciaba los muslos. Él le agarró el pelo y empezó a mover sus caderas, follándole la boca con embestidas controladas.
"Para", gruñó de pronto, apartándola con delicadeza. "Si sigues me corro en tu boca y esta noche quiero correrme dentro de ti otra vez." La tumbó boca arriba y le abrió las piernas con las manos, colocándose entre ellas.
Esta vez entró despacio, centímetro a centímetro, mirando cómo su coño se abría para recibirle. Lucía se mordió el labio y le rodeó la cintura con las piernas. Él empezó a moverse en círculos, rozándole el clítoris con la base de su polla en cada giro.
El placer era distinto ahora: más hondo, más lento, más peligroso. Se besaron sin dejar de moverse, lenguas enredadas, respiraciones mezcladas. "No quiero que amanezca", confesó ella contra su boca. "Entonces hagamos que la noche dure", respondió él.
Aceleró el ritmo y la cama empezó a golpear contra la pared con un golpe sordo y rítmico. Lucía le arañó la espalda y gritó su nombre una y otra vez. Él le susurró obscenidades al oído que la llevaron al borde en segundos.
Se corrió agarrándose a las sábanas, con el coño palpitando alrededor de su polla, y él la siguió con tres embestidas brutales que la dejaron sin aire. Se quedó dentro de ella, temblando, y le besó la frente sudada.
Durmieron una hora abrazados y la despertó su mano entre sus piernas. Eran las tres de la mañana y la casa estaba en silencio. "No puedo dormir", susurró él. "Cada vez que cierro los ojos te veo en el borde de la piscina."
Ella se giró y le buscó la boca en la oscuridad. Él la puso boca abajo y le separó las nalgas, y sintió su lengua recorrérle desde el coño hasta el culo con una lentitud tortuosa. Lucía se mordió la almohada para no gritar.
Le dio la vuelta y se arrodilló entre sus piernas abiertas, y esta vez la comió mirándola, sin apartar los ojos de su cara mientras su lengua la volvía loca. Ella se retorció, le agarró del pelo y le empujó la cabeza contra su coño. "Más", exigió. "No seas delicado."
Él obedeció y la devoró hasta que se corrió por tercera vez, con un orgasmo largo y tembloroso que la dejó llorando de placer. Antes de que bajara del todo, él se tumbó boca arriba y la atrajo sobre sí. "Ahora tú mandas", dijo.
Lucía se colocó sobre su polla y se dejó caer despacio, sintiendo cómo la llenaba hasta el fondo. Empezó a cabalgarle con movimientos circulares, las tetas botando delante de su cara, y él se incorporó para mamarle los pezones mientras ella se movía.
Cambió el ritmo a su antojo: lento para torturarle, rápido para torturarse. Él le agarró las caderas y la ayudó a subir y bajar, clavándose más hondo con cada movimiento. El sonido de sus cuerpos chocando llenaba la habitación.
"Me encanta verte así", gruñó él, "toda sudada, toda mía." Ella se inclinó y le mordió el hombro para acallar un grito. El orgasmo la alcanzó de pie sobre él, con las piernas temblando, y se derrumbó sobre su pecho jadeando.
Él la abrazó y, sin salir de ella, la giró hasta quedar encima. Con las últimas fuerzas que le quedaban empezó a embestirla de nuevo, rápido y hondo, hasta correrse dentro de ella con un gemido ronco que pareció salirle del pecho.
Se quedaron enredados, pegajosos y felices, escuchando cómo las cigarras retomaban su concierto. "¿A qué hora sale tu vuelo?", preguntó ella, aunque ya lo sabía. "En dos horas", dijo él. "Tiempo de sobra para una ducha. O no."
Se ducharon juntos bajo el agua fría, enjabonándose el uno al otro con una ternura que contrastaba con la brutalidad de la noche. Él le lavó el pelo con cuidado y ella le secó la espalda con la toalla grande. Ninguno de los dos hablaba; no hacía falta.
A las cinco y media un taxi pitó en el portón. Marcos se vistió deprisa: camisa, pantalón, maleta. En la puerta se giró y la miró de arriba abajo. Ella solo llevaba su camisa, abotonada a medias, y el pelo aún húmedo.
"Las plantas se riegan al atardecer. La piscina es sagrada. Y mi cama...", dudó un instante, "mi cama te espera dentro de dos semanas." Le dejó las llaves en la mano y le rozó los labios con un beso que sabía a despedida y a promesa.
Lucía lo acompañó hasta el portón, descalza sobre la tierra que aún guardaba el calor de la noche. El taxi arrancó y él bajó la ventanilla. "¡Cuida la finca!", gritó. Ella se cruzó de brazos, sonrió y respondió: "Vuelve pronto, que el vino se calienta."
El sol de mediodía se colaba por las persianas del dormitorio principal cuando Lucía se despertó sola entre las sábanas revueltas.
La almohada aún olía a él, a vino y a piel caliente, y al hundir la cara en ella sintió que el coño le latía de puro recuerdo.
Se había propuesto regar las plantas y revisar la piscina, pero su cuerpo tenía otros planes más urgentes.
Se quitó la camisa prestada y se quedó desnuda sobre la cama deshecha, con las piernas abiertas y la luz dibujándole rayas en los muslos.
Cerró los ojos y volvió a la terraza: su lengua en su coño, sus manos en sus caderas, su voz ronca ordenándole que lo mirara.
Deslizó una mano entre sus piernas y encontró el clítoris hinchado y sensible, todavía dolorido de la noche anterior de la mejor manera posible.
Empezó a frotarse despacio, en círculos, mientras con la otra mano se pellizcaba los pezones hasta ponerlos duros como piedras.
Recordó su polla entrando en ella de una sola embestida junto a la piscina y gimió, metiéndose dos dedos bien adentro.
Se folló a sí misma con los dedos al ritmo que él le había enseñado, imaginando que eran los suyos, gruesos y exigentes.
"Fóllame", susurró al aire vacío de la habitación, "fóllame como anoche", y aceleró, con el flujo del coño empapándole la mano.
Pensó en su boca en sus tetas mientras lo cabalgaba, en sus embestidas finales, en cómo se había corrido dentro de ella temblando.
El orgasmo la sacudió con violencia y se arqueó sobre la cama, gritando su nombre entre las sábanas que aún guardaban su olor.
Se quedó jadeando, con los dedos aún dentro de ella, y sonrió al techo. Dos semanas daban para muchos mediodías como aquel.
Después se levantó, se puso la camisa de él sin nada debajo y salió a la terraza a regar las plantas, con el cuerpo ligero y la sonrisa de quien ya está contando las horas para que vuelva.
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