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Nuevos Relatos Eróticos: La Vecina del Ático

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Aquella noche de agosto escribió el capítulo más caliente de mis nuevos relatos eróticos, y todo empezó con un sujetador rojo.

«¿Eres tú la del tendedero?» La voz me llegó desde la puerta, grave y divertida. Abrí y me encontré a un hombre de unos treinta y cuatro años, moreno, con una sonrisa torcida, sujetando en alto mi sujetador rojo de encaje como si fuera un trofeo. «Soy Pablo, el nuevo del tercero. Esto ha aterrizado en mi terraza con el viento. He pensado que su dueña querría recuperarlo.»

Sentí que me ardían las mejillas, pero no aparté la mirada. «Soy Elena, la del ático. Y sí, es mío. Gracias por el rescate.» Él no me lo entregó enseguida. Lo sostuvo un segundo más, mirándome a los ojos. «Tienes buen gusto», dijo. «En ropa interior y en terrazas. La tuya tiene las mejores vistas del edificio.» Me fijé en sus manos, grandes, de dedos largos, con una mancha de tinta en el pulgar. Manos de alguien que dibuja. Sentí un calor extraño subiéndome por el cuello.

«¿Quieres comprobarlo? Estaba a punto de abrir una botella de vino.» Las palabras salieron solas, antes de que mi cerebro pudiera vetarlas. Pablo sonrió, despacio. «¿Blanco o tinto?» «Blanco, bien frío. Sube en diez minutos, puerta abierta.» Cerré la puerta y me apoyé en ella, con el corazón desbocado. ¿Qué acababa de hacer?

Me cambié a toda prisa. Fuera el pijama viejo, dentro un vestido de lino azul que se me pegaba al cuerpo con el calor. Me solté el pelo, me puse perfume detrás de las orejas. Cuando llamaron a la puerta, ya había dos copas servidas y una vela encendida en la mesa de la terraza.

Pablo subió con una bolsa de aceitunas y una sonrisa que prometía problemas. «Para acompañar», dijo. Nos sentamos en la terraza, con Barcelona extendida abajo, el Tibidabo recortado contra un cielo naranja. El vino estaba helado, la brisa movía mi vestido, y la conversación fluía como si nos conociéramos de años.

Me contó que era arquitecto, que acababa de mudarse tras una ruptura. «Ella se quedó con el piso y yo con las cajas», dijo, y brindamos por los nuevos comienzos. Sacó una servilleta de papel y, mientras hablábamos, empezó a dibujar sin mirar: líneas rápidas, seguras. Cuando me la enseñó, era mi perfil, con el pelo suelto y la copa de vino en la mano. «Perdona, es un vicio», dijo, avergonzado. «No pidas perdón», susurré, doblando la servilleta con cuidado. «Es el mejor retrato que me han hecho nunca.» Yo le hablé de mi trabajo en la editorial, de mis noches escribiendo relatos que nadie leería jamás. «¿Relatos de qué?», preguntó, con un brillo travieso en los ojos. «Secretos», dije, y le sostuve la mirada hasta que apartó la suya, riendo nervioso.

La segunda botella la abrimos sin darnos cuenta. Sus rodillas rozaban las mías bajo la mesa. De algún piso de abajo subía una canción lenta, un bolero antiguo, y Pablo se puso de pie de golpe. «¿Bailamos?» «¿Aquí?» «Aquí.» Me tomó de la mano y me atrajo hacia él. Bailamos en la terraza, entre las macetas, con la ciudad brillando abajo. Sus manos bajaron despacio por mi espalda hasta mi cintura, y las mías se enredaron en su nuca. «Hueles a verano», susurró. «Tú hueles a problemas», contesté, y me mordí el labio para no sonreír. En un momento, alargó la mano y me quitó una miga de la comisura de los labios con el pulgar, despacio, sin prisa. El roce me atravesó como una descarga. «Perdona», murmuró, pero no retiró la mano. La dejó allí, en mi mejilla, y yo giré la cara para besarle la palma.

Lo que vino después fue inevitable. Me puse de pie, le tendí la mano y lo llevé al borde de la terraza, donde la barandilla nos escondía de los edificios vecinos. Lo besé. Su boca sabía a vino blanco y a aceitunas, sus manos me agarraron por la cintura y me pegaron a él. Sentí su erección contra mi vientre a través del vestido, dura y urgente. Le desabroché dos botones de la camisa y metí las manos dentro, recorriendo su pecho, sus pezones duros bajo mis pulgares. Él echó la cabeza hacia atrás, jadeando. «Elena, me vuelves loco.» «Bien», susurré, «vuélvete loco del todo.» Bajé mis manos hasta su cinturón y lo aflojé despacio, mirándolo a los ojos todo el tiempo. Su respiración se aceleró. «¿Estás segura?» «Nunca he estado más segura de nada», dije, y tiré de él hacia las sombras de la barandilla, donde la enredadera nos ocultaba por completo.»

«Elena», susurró contra mi cuello, «los vecinos...» «Que miren», dije, y le mordí el labio inferior. Sus manos subieron por mis muslos, levantando el vestido de lino hasta la cintura. No llevaba bragas. Lo había decidido al cambiarme, una provocación silenciosa que ahora explotaba entre nosotros. Pablo gimió. «Joder, Elena.»

Me giró contra la barandilla. La piedra estaba fría contra mi pecho, un contraste brutal con el calor de su cuerpo detrás de mí. Bajó la cremallera de su pantalón, y sentí su polla caliente rozando mi entrada, una vez, dos veces, untándose de mi humedad. Luego entró, despacio, llenándome por completo. Ahogué un grito mordiéndome el puño.

Sus embestidas eran profundas y lentas al principio, cada una arrancándome un gemido que intentaba ahogar. Su mano se coló por delante, entre mis piernas, y sus dedos encontraron mi clítoris con una precisión insultante. «¿Así?», preguntó. «Así, no pares, por favor», rogué. El orgasmo me golpeó como una ola, las piernas temblando, la barandilla clavándoseme en las caderas.

Pero Pablo no había terminado. Me llevó dentro, al dormitorio, dejando un rastro de ropa por el pasillo: su camisa, mi vestido, sus zapatos. Caímos sobre la cama, y esta vez fue él quien tomó el mando. Me abrió las piernas con las manos y bajó la cabeza. Su lengua me recorrió entera, lenta, deliberada, deteniéndose donde más me hacía temblar.

«Pablo, voy a...», gemí, agarrándole del pelo. «Córrete en mi boca», ordenó, y obedecí, gritando su nombre contra la almohada. Me lamió hasta la última gota, luego subió por mi cuerpo besando cada centímetro: vientre, pechos, cuello, boca. Sabía a mí, y me excitó aún más. Le di la vuelta y lo puse boca arriba. «Ahora yo», dije, bajando por su cuerpo con la misma lentitud deliberada con la que él me había torturado. Tomé su polla en mi boca, profunda, sin prisa, mirándolo a los ojos mientras él se retorcía y murmuraba mi nombre como una plegaria.

Me puse encima de él. Su polla seguía dura, brillante de mi humedad. Me la metí despacio, sintiendo cada centímetro, y empecé a moverme. Mis pechos bailaban frente a su cara, y él los atrapaba con la boca, mordisqueando mis pezones. Cabalgué cada vez más rápido, clavándole las uñas en el pecho, hasta que los dos gritamos al mismo tiempo. Después, con la respiración aún agitada, me preguntó: «¿Vas a escribir sobre esto en tus relatos secretos?» «Ya lo estoy escribiendo», dije, besándolo, «en mi cabeza, palabra por palabra.»

Después nos metimos en la ducha, los dos riendo como adolescentes. El agua caliente caía sobre nosotros, y Pablo me enjabonó despacio, las manos llenas de espuma recorriendo mis pechos, mi vientre, mis muslos. Se arrodilló en la bañera, el agua corriéndole por la espalda, y me besó justo encima del pubis, luego más abajo, con la lengua jugando entre el agua y la espuma. Me agarré a la barra de la ducha para no caerme, gimiendo su nombre mientras el agua caliente nos empapaba a los dos. Cuando por fin se puso de pie, me giró contra los azulejos, fríos contra mi espalda, y me levantó una pierna, apoyándola en el borde de la bañera. Entró en mí de un empujón, hondo, y el agua corría entre nuestros cuerpos.

Sus embestidas eran rápidas esta vez, urgentes, el sonido del agua mezclado con nuestros gemidos. «No aguanto más», jadeó, y yo le clavé las uñas en los hombros. «Córrete, córrete dentro», le ordené. Se vació en mí con un rugido ahogado, y yo le seguí segundos después, temblando contra los azulejos. Nos quedamos bajo el agua hasta que se enfrió, abrazados, sin decir nada.

Nos quedamos abrazados, sudados, con la brisa entrando por la ventana abierta. «Tu sujetador rojo sigue en mi terraza», dijo Pablo, riendo. «¿Ah, sí? Pues tendrás que subir a devolverlo. Todas las noches, si hace falta.» Me besó en la frente. «Trato hecho, vecina del ático.»

Entonces vibró su móvil en el pantalón tirado en el suelo. «Mi hermana», dijo, mirando la pantalla. «Seguro que quiere saber si he deshecho las cajas.» Le quité el móvil de la mano, lo puse boca abajo en la mesilla y me acurruqué contra su pecho. «Las cajas pueden esperar», susurré, deslizando mi mano hacia abajo, donde él ya volvía a endurecerse. Pablo apagó la luz de un manotazo, y la noche de agosto siguió escribiéndose sola.

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