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Relatos Eróticos de la Nuera: Parte 2

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El móvil vibra sobre la mesa de la cocina y la pantalla se enciende sola: ¿A la misma hora de siempre? Tengo que revisar una cosa de la presión. Bruno. Delante de mí, Teresa deja de remover el café. Sus ojos van del teléfono a mi cara y de mi cara al teléfono, despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Dicen que en los relatos eróticos de la nuera todo empieza con una suegra que escucha detrás de una puerta, pero nadie cuenta lo que pasa cuando la suegra deja de esconderse y te mira de frente.

«¿Quién era ese hombre que salió ayer del cuarto de la caldera?» La pregunta lleva colgando entre nosotras desde anoche, densa como el vapor de la olla. Mi garganta se seca. Pienso en mentir, pienso en llorar, pienso en salir corriendo, y al final hago lo único que me queda: sonrío.

«El fontanero, Teresa. Vino a por el albarán de la caldera. ¿No te acuerdas de que la arregló el miércoles?» Mi voz sale demasiado alegre, de esas alegrías que se notan ensayadas. Teresa no parpadea. Tiene sesenta y un años y ha visto a tres nueras en esta familia, contando a la de su hermano, y sé que me está midiendo como se mide a alguien a quien ya has condenado pero todavía no has sentenciado.

«Un albarán», repite ella, saboreando la palabra como si fuera un hueso de aceituna. «A las cinco de la tarde. Con esa sonrisa.» Deja la cucharilla sobre el plato con un tintineo exacto. «Álvaro vuelve mañana cansado del viaje. Una esposa debería estar pendiente de su marido, no de los fontaneros.» No grita. Eso es lo peor. Las suegras que gritan se pueden ignorar; las que hablan bajito te dejan la frase viviendo en la cocina durante días.

Me encierro en el dormitorio con el móvil pegado a la mano como si fuera un animal vivo. Repaso el jueves entero en mi cabeza: Bruno a las once, la sábana, el suelo del cuarto de la caldera, su boca, mis manos en su espalda. Y la llamada de Álvaro después, anunciando que adelanta la vuelta al viernes por la noche, AVE de las siete. El miedo me sube por el estómago, pero debajo del miedo hay otra cosa, caliente y terca: la rabia de haberla oído decirle a Conchi por teléfono que soy fría en la cama. Fría. Yo.

Escribo con los pulgares temblorosos: Mañana. Seis de la tarde. Ella va al bingo con Conchi. La última vez. Los tres puntitos aparecen al instante. La última vez, dice la que me escribió ayer a las once de la noche, contesta Bruno. Y luego: Allí estaré. Apago la pantalla y la dejo boca abajo, como si así nadie pudiera leer lo que ya está escrito en mi cara.

El viernes amanece con Teresa en modo abuela de anuncio: me prepara el desayuno, me pregunta si he dormido bien, me deja una magdalena en un platito con una servilleta doblada en triángulo. La dulzura me pone más nerviosa que sus indirectas. Mientras friega, tararea una copla y yo pienso que está ensayando cómo contárselo todo a Álvaro el domingo, con esa voz de mártir que pone cuando habla de su hijo.

A las doce me meto en el cuarto de la caldera con lejía y un trapo. Lo froto todo como si fuera a recibir una inspección de sanidad: la lavadora, el tendedero, el suelo. El olor a detergente me devuelve el jueves de golpe, su espalda contra el tambor, mi falda subida, y tengo que sentarme en el taburete porque las piernas me fallan. Esto es una locura, me digo. Y me respondo: pues que sea la última locura.

A las seis menos cinco Teresa sale por la puerta con el bolso del bingo, los labios pintados de un rojo que no se ponía desde Nochevieja. «No me esperes para cenar, que Conchi hace tortilla», dice, y me da un beso en la mejilla que me deja el carmín marcado como una prueba. La oigo bajar las escaleras canturreando y cuento hasta diez antes de abrir la puerta del dormitorio para mirarme en el espejo: el conjunto negro que compré el martes, el que Álvaro no ha visto nunca.

A las seis y tres minutos llaman al timbre dos veces, corto y largo, nuestra señal. Bruno entra con la caja de herramientas como si fuera la cosa más natural del mundo, la deja en el recibidor y me agarra por la cintura antes de que pueda decir nada. Su boca sabe a menta y a tabaco y a viernes. «¿La última vez?», murmura contra mi cuello. «La última vez», miento, y tiro de él hacia el fondo del pasillo.

En el cuarto de la caldera no hay preliminares de película: hay prisa, hay ropa que estorba, hay dos personas que saben que el tiempo es un perro que ladra en la puerta. Le desabrocho la camisa con dedos que ya no tiemblan, él me baja los tirantes, y cuando su boca encuentra mi pecho suelto un gemido que tengo que morderme contra su hombro. La lavadora zumba llena de sábanas y el tambor gira y gira, y yo pienso que así estoy yo por dentro desde el miércoles.

Me da la vuelta sin delicadezas y me apoya las manos en el borde de la lavadora. El metal vibra bajo mis palmas. Entra en mí de una embestida y el grito me sale redondo y animal, y él me tapa la boca con la mano mientras con la otra me agarra el pelo. «Calladita», jadea, «que la vecina del tercero lo oye todo». Y yo me río, me río con su mano en mi boca, porque la vecina del tercero no es mi problema: mi problema está en el bingo comiendo tortilla de Conchi.

El ritmo se vuelve salvaje, el tambor de la lavadora y su cadera marcando el mismo compás acelerado. Mis rodillas tiemblan, el espejito del tendedero me devuelve una María que no reconozco: despeinada, colorada, viva. Llego con un espasmo que me dobla por la mitad y él llega segundos después, hundiéndose en mí con un gruñido sordo, y nos quedamos así, pegados y sudados, respirando el aire caliente del cuarto.

«La última vez», repito contra su pecho, y esta vez suena a verdad. Me está subiendo la cremallera del sujetador cuando lo oímos: la llave en la cerradura de la entrada. Un giro. Dos. El mundo se para. Teresa no vuelve del bingo hasta las nueve. Teresa no debería estar aquí. Pero la puerta se abre.

«¿María?» Su voz en el recibidor, tan tranquila que da miedo. Bruno ya está en pie, con los pantalones a medio subir, los ojos desorbitados. Le señalo la puerta del patio interior con un gesto frenético y él recoge la camisa del suelo de un manotazo y desaparece descalzo por el lavadero. Oigo el golpe sordo de la puerta del patio y luego nada, solo mi corazón golpeando contra las costillas.

Salgo al pasillo intentando parecer una persona normal y fracaso en todo: el pelo, la blusa abrochada mal, un tirante asomando. Teresa está en la cocina, de espaldas, cogiendo su móvil de la encimera. Se vuelve despacio. Me mira de arriba abajo una sola vez, un barrido completo, y lo ve todo. Lo sabe todo. El silencio dura tres segundos que pesan como tres años.

«Me había dejado el teléfono», dice por fin, guardándoselo en el bolso. Se ajusta la chaqueta. En la puerta se detiene y me mira por encima del hombro. «Tu blusa», dice. Y se va. No hay grito, no hay escena, no hay lágrimas de telenovela. Solo esas dos palabras cerrando la puerta tras ella, y yo me quedo en el pasillo con la blusa mal abrochada y la certeza fría de que acabo de perder algo que no sé nombrar.

Me ducho con agua tan caliente que me deja la piel roja, como si pudiera quemar la tarde. Friego el cuarto de la caldera otra vez, tiro las sábanas a la lavadora, abro todas las ventanas aunque fuera haga frío. El piso huele a lejía y a nada más. A las siete menos cuarto me pongo unos vaqueros y una camiseta ancha, me recojo el pelo mojado y me siento en el sofá a esperar el sonido que va a partir la noche en dos: la llave de Álvaro.

A las ocho menos veinte la cerradura gira y ahí está, con la bolsa de viaje al hombro y la corbata aflojada, más delgado y más cansado que el lunes. «¿Mi María?», dice, y el diminutivo me rompe algo por dentro. Lo abrazo tan fuerte que se ríe. Huele a tren, a café de máquina, a casa. «He adelantado el AVE», explica. «No aguantaba una noche más fuera.»

La cena es un teatro en tres actos: Teresa sirviendo la sopa con una sonrisa fina como un cuchillo, Álvaro contando batallitas de comerciales que nadie escucha, yo moviendo la cuchara en círculos. «¿Qué tal el bingo?», pregunta Álvaro. «Bien», dice Teresa sin mirarme. «Conchi ha hecho tortilla.» Yo noto su rodilla rozando la mía bajo la mesa, sin querer, y doy un respingo como si me hubiera quemado.

Teresa se retira a las diez con la excusa del cansancio, cosa que no hace nunca. En la puerta de su dormitorio se vuelve y me clava los ojos. «Hazle compañía a tu marido», dice, despacio, cada palabra una piedra. «Que viene cansado del viaje.» Y cierra su puerta. Álvaro y yo nos quedamos solos en el salón con la tele puesta y un silencio que zumba como la lavadora.

En el dormitorio, mientras Álvaro se ducha, tomo una decisión con las manos todavía temblorosas: no me pongo el pijama de franela. Me pongo el conjunto negro. El que compré el martes para otro hombre. Me miro en el espejo y la María del espejito del tendedero me devuelve la mirada: despeinada por dentro, colorada, viva. Que sea lo que tenga que ser, pero que sea yo.

Álvaro sale del baño con la toalla en la cintura y se queda parado en la puerta. «¿Y esto?», dice, señalándome con la barbilla, y su voz tiene una nota que no le había oído nunca, mitad sorpresa mitad algo más oscuro. Me acerco caminando despacio, le quito la toalla de un tirón y la dejo caer al suelo. «He aprendido cosas esta semana», le digo, y veo cómo se le dilatan las pupilas.

Lo empujo hasta sentarlo en el borde de la cama y me arrodillo delante de él sin pedir permiso, sin timidez, sin la María de antes. Mi boca lo recorre despacio, aprendiendo de memoria lo que Bruno me enseñó sin querer: el ritmo, la presión, la pausa justa. Álvaro gime mi nombre con la cabeza echada hacia atrás y sus manos se enredan en mi pelo, y cuando está a punto le aparto la boca y le sonrío. «Todavía no», le digo.

Me subo a horcajadas sobre él y lo guío dentro de mí mirándole a los ojos, sin apartar la vista, y cabalgo despacio al principio, saboreando el control, sintiendo cómo se tensa debajo de mí. Sus manos me agarran las caderas con fuerza nueva, como si no me reconociera y le gustara no reconocerme. «María», jadea, «¿qué te ha pasado?» «Nada», le susurro al oído, mordisqueándoselo. «Todo.»

Me da la vuelta de un movimiento y me pone de rodillas sobre el colchón, entrando por detrás con una embestida profunda que me arranca un grito que esta vez no muerdo. Ya no hay vecinas, ya no hay bingo, ya no hay miedo: solo su cuerpo y el mío y la cama crujiendo como si fuera a romperse. Me agarra del pelo con una mano y con la otra me recorre el vientre hasta encontrarme, y el orgasmo me atraviesa en oleadas que me dejan temblando y riendo y llorando a la vez.

Él llega con un rugido sordo, desplomándose sobre mi espalda, y nos quedamos enredados entre las sábanas revueltas, respirando como si hubiéramos corrido una maratón. Se ríe, un sonido incrédulo y feliz, y me aparta el pelo sudado de la frente. «¿Quién eres?», pregunta. Lo miro a los ojos, a este hombre bueno y cansado que es mi marido, y le digo la verdad más simple del mundo: «Tu mujer.»

Por el pasillo, amortiguado, se oye el pestillo de la puerta de Teresa corriendo con un clic seco. Las dos lo oímos. Álvaro frunce el ceño, pero yo sonrío en la oscuridad del dormitorio, porque ese pestillo lo dice todo: ella lo sabe, yo lo sé, y mañana desayunaremos juntas como si nada. Álvaro se duerme con la mano en mi cadera y el móvil en silencio sobre la mesilla, sin mensajes esperando, y yo lo pongo boca abajo, me acurruco contra el calor de mi marido y cierro los ojos.

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