Historias Eróticas Cortas: El Electricista de Lavapiés
"Te lo digo por última vez, Pablo: el horno no es una metáfora de nuestro matrimonio. Es un horno. Y está roto." Marta colgó el teléfono con un bufido y abrió la puerta. En el descansillo había un hombre de unos treinta y nueve años con una caja de herramientas roja y una sonrisa de esas que piden perdón por adelantado. Si buscas historias eróticas cortas que empiecen con un timbre un martes por la tarde, esta es la suya, y no tiene desperdicio.
"Hugo, el electricista", se presentó él, tendiéndole una mano grande con un pequeño corte en el nudillo. "Vengo por el horno." Marta lo miró de arriba abajo sin disimulo: vaqueros gastados, camiseta negra pegada a un torso que no pedía gimnasio, y unos ojos verdes que parecían reírse de todo. "Pasa. Está en la cocina. Lleva dos semanas muerto y yo llevo dos semanas cenando ensaladas por su culpa."
Él dejó la caja en el suelo de la cocina y se agachó delante del horno con la naturalidad de quien ha visto mil hornos muertos. Marta se apoyó en la encimera con los brazos cruzados y lo observó trabajar. Hacía un año que se había divorciado y once meses que ningún hombre entraba en su piso para algo que no fuera traer un paquete.
"¿Cuándo dejó de funcionar?", preguntó Hugo sin levantar la vista, con un destornillador entre los dientes. "El día que mi ex se llevó sus cosas", dijo Marta, y se rio de su propia frase. "No es broma. Literalmente ese día." Hugo la miró por encima del hombro y sonrió. "Los hornos tienen sentimientos. Se deprimen."
Él siguió desmontando la parte trasera, y Marta se fijó en cómo se le marcaban los antebrazos al girar el destornillador, en la gota de sudor que le bajaba por la sien en aquel octubre todavía caluroso. "¿Quieres un café?", ofreció, más por romper su propio embobamiento que por cortesía. "Mientras miras eso."
"Solo si es de verdad", dijo él. "Nada de cápsulas tristes." Marta puso la cafetera italiana al fuego con una sonrisa. Le gustaba aquel hombre. Le gustaba su forma de hablar, su forma de moverse por su cocina como si llevara años haciéndolo, su forma de no mirarla como a una clienta.
Mientras el café subía, Hugo encontró el problema: una resistencia quemada y un cable pelado que había hecho cortocircuito. "Esto tiene arreglo", anunció, sacando la pieza de repuesto de la caja. "En veinte minutos tienes horno nuevo." "Eres mi héroe", dijo Marta, y lo dijo en un tono que a ella misma la sorprendió.
Él la miró entonces de verdad, de arriba abajo, despacio, sin esconderse. Marta llevaba un vestido de estar por casa, corto, y se dio cuenta de golpe de que no llevaba sujetador. El aire de la cocina pareció espesarse de repente. "¿Tu héroe?", repitió Hugo, dejando el destornillador sobre la encimera. "¿Y cómo se le paga a un héroe?"
"Con café", dijo Marta, pero su voz le salió más baja de lo previsto. Él se acercó un paso, y luego otro, hasta que la tuvo acorralada contra la encimera. "El café está bien", murmuró, "pero se me ocurre algo mejor." Y la besó sin pedir permiso, con una mano en su nuca y la otra en su cintura.
El beso sabía a metal y a tarde de octubre. Marta respondió abriendo la boca, dejando que su lengua entrara, agarrándose a su camiseta con las dos manos. Hacía tanto tiempo que nadie la besaba así, con hambre de verdad, que sintió un calor subiéndole desde el vientre hasta la cara.
Hugo le subió el vestido hasta la cintura de un tirón y le metió la mano entre los muslos por encima de las bragas. "Joder", susurró contra su boca al notar lo mojada que estaba ya. "¿Esto es por el horno o por mí?" "Por ti", admitió Marta sin vergüenza. "El horno me da igual desde hace diez minutos."
Él se rio, un sonido grave que le vibró en el pecho, y le bajó las bragas hasta los tobillos. Marta se las quitó de una patada y las bragas volaron hasta debajo de la mesa. Hugo se arrodilló delante de ella allí mismo, en su cocina, le abrió los muslos con las manos grandes y la miró desde abajo con esos ojos verdes.
"Agárrate a la encimera", ordenó, y Marta obedeció, y su lengua la encontró. La lamió despacio al principio, saboreándola, y luego más rápido, en círculos sobre el clítoris, mientras le metía dos dedos dentro y los movía con un ritmo que la dejó sin aire. Marta echó la cabeza hacia atrás y gimió alto, sin importarle quién pudiera oír.
Se corrió en menos de tres minutos, con un espasmo que le dobló las rodillas, agarrándose a su pelo. Hugo se puso de pie limpiándose la boca con el dorso de la mano, y la miró con una sonrisa torcida. "Rápida", comentó. "Me gustan las rápidas." "No he terminado", advirtió Marta, y lo besó con rabia, saboreándose a sí misma en su boca.
Él la giró de golpe, poniéndola de espaldas contra la encimera, y le bajó la cremallera de los vaqueros con una mano mientras con la otra le acariciaba la espalda por debajo del vestido. Marta oyó el ruido de su cinturón y luego lo sintió contra ella, duro y caliente, rozándole la entrada.
"Dime que sí", susurró él en su oído. "Sí", dijo Marta. "Sí, joder, sí." Y Hugo la penetró de una embestida larga y profunda que la dejó clavada contra el mármol frío de la encimera. Ella gritó, y él le tapó la boca con una mano mientras seguía embistiendo, rápido y duro.
La cocina se llenó de sonidos: la encimera golpeando contra los muebles, sus jadeos, el roce de su piel contra la suya. Hugo le agarró una teta por encima del vestido, pellizcándole el pezón con fuerza, y Marta sintió que otro orgasmo le subía por las piernas. "No pares", suplicó. "No pares, por favor."
Él no paró. La folló contra la encimera hasta que ella se corrió por segunda vez, temblando entera, con la frente apoyada en el mármol frío. Entonces Hugo salió de ella, la giró y la besó en la boca, y Marta le desabrochó la camisa con dedos torpes mientras él se quitaba los vaqueros del todo.
Lo vio entonces entero por primera vez: alto, fuerte, la polla dura y goteando. Marta se arrodilló sin que nadie se lo pidiera y se la metió en la boca. La chupó despacio al principio, con la lengua alrededor de la punta, y luego más hondo, hasta que él le agarró el pelo y gimió su nombre.
"Marta", jadeó Hugo. "Para, que me corro." Ella no paró. Siguió chupando, más rápido, con una mano en sus huevos, hasta que él se derramó en su boca con un gruñido largo. Marta tragó y se limpió los labios con el dorso de la mano, y lo miró desde abajo con una sonrisa de satisfacción total.
Él la ayudó a levantarse y la besó, largo y despacio, y luego la miró con algo parecido al asombro. "¿Siempre eres así con los electricistas?" "Es la primera vez que viene uno que merezca la pena", dijo Marta, y los dos se rieron, y la risa se convirtió en otro beso, y el beso en otra cosa.
Porque Hugo no había terminado. La cogió en brazos, ella chilló de risa, y la llevó hasta el dormitorio, donde la tumbó sobre la cama deshecha de la mañana. Se tumbó encima de ella y la penetró de nuevo, más despacio esta vez, mirándola a los ojos, y Marta le rodeó la cintura con las piernas.
Se movieron juntos con un ritmo lento y profundo, y Marta sintió cada centímetro de él dentro de ella. Le clavó las uñas en la espalda y le mordió el hombro, y él aceleró, y la cama empezó a golpear contra la pared. "Córrete conmigo", susurró Hugo en su oído. "Ahora."
Y se corrieron juntos, ella gritando su nombre y él el suyo, enredados en las sábanas de la mañana, sudados y jadeantes. Se quedaron quietos un rato largo, con él todavía dentro de ella, mirando el techo. Marta pensó que hacía un año que no se sentía tan viva.
Pero no se quedaron quietos mucho tiempo. Marta se dio la vuelta encima de él, a horcajadas, y lo miró con una sonrisa pícara. "Todavía no me has enseñado el baño", dijo, y empezó a moverse despacio, sintiendo cómo él crecía dentro de ella otra vez. Hugo le agarró las caderas y la ayudó a marcar el ritmo, y sus tetas botaban delante de su cara hasta que él se incorporó y le chupó un pezón.
Cabalgó hasta correrse por tercera vez, con un grito que rebotó en las paredes del dormitorio, y él la siguió enseguida, agarrándola con fuerza y derramándose dentro de ella con un gemido grave. Marta se dejó caer sobre su pecho, riéndose sin poder parar. "Definitivamente, cinco estrellas", jadeó.
Después se ducharon juntos, y fue divertido y torpe y sexy a la vez, con el agua cayéndoles encima y las manos que no se estaban quietas. Hugo terminó de arreglar el horno en diez minutos, con el pelo mojado y solo los vaqueros puestos, mientras Marta lo miraba desde la puerta de la cocina con una taza de café entre las manos.
"Funciona", anunció él, encendiéndolo. El horno rugió con vida nueva y la luz naranja se encendió dentro. "Como nuevo." Marta se acercó y le dio un beso corto en los labios. "El mejor servicio técnico de Madrid", declaró. "Te voy a poner cinco estrellas."
En la puerta, con la caja de herramientas en la mano, Hugo se volvió una última vez. "¿El jueves te viene bien? Tengo que revisar la instalación del baño." Marta sonrió y le quitó una pelusa imaginaria del hombro. "El jueves me viene perfecto. Y trae la caja grande." Él le guiñó un ojo, y la puerta se cerró tras él con un clic.
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