Relatos eróticos de enfermeras: la guardia de Marta
Marta corría por el pasillo del hospital con una bandeja de medicamentos en las manos cuando Alejandro le cortó el paso en la puerta de la sala de guardia, y así empiezan estos relatos eróticos de enfermeras en una noche sevillana que ninguno de los dos iba a olvidar. Marta tenía 29 años, trabajaba el turno de noche en un hospital de Sevilla, y llevaba meses cruzándose con Alejandro, un médico de 34 años, sin atreverse a decirle nada más que lo necesario. Aquella noche, sin embargo, Alejandro la miró de otra manera, y Marta sintió que el corazón se le aceleraba.
Alejandro le dijo, Marta, quédate un momento, necesito hablar contigo. Marta dejó la bandeja en el mostrador y le dijo, dime, que tengo mucho trabajo. Alejandro se acercó y le dijo, en voz baja, llevo semanas queriendo decirte que me gustas mucho. Marta se quedó quieta, con las manos temblorosas, y le dijo, Alejandro, estamos en el hospital. Alejandro sonrió y le dijo, por eso mismo, aquí nadie nos va a interrumpir a estas horas.
Marta lo miró a los ojos y vio algo que no había visto antes, deseo, y también ternura. Ella le dijo, si nos descubren, nos echan a los dos. Alejandro le dijo, entonces tendremos que ser discretos. La tomó de la mano y la llevó a la pequeña sala de descanso, donde solo había un sofá y una máquina de café. Cerró la puerta con llave y se volvió hacia ella.
Marta respiró hondo y le dijo, está bien, pero solo un rato. Alejandro la besó despacio, primero en los labios, luego en el cuello, y Marta cerró los ojos y le devolvió el beso. Sus manos buscaron su cintura, y las manos de él buscaron su espalda. El uniforme de Marta crujió entre los dos, y el olor a desinfectante se mezcló con el perfume suave que ella llevaba aquella noche.
Alejandro le desabrochó la parte de arriba del uniforme y le besó los hombros. Marta le quitó la bata y le pasó las manos por el pecho. Ella le dijo, Alejandro, me pones nerviosa. Él le dijo, a mí también me pones nervioso, y eso me encanta. Marta se rio bajito y lo besó otra vez, esta vez con más fuerza, como si llevara meses guardándose ese beso.
Alejandro le quitó el sujetador y tomó sus pechos en sus manos, acariciándolos con suavidad y lamiendo sus pezones hasta que Marta gimió. Marta le desabrochó el pantalón y tomó su polla en la mano, moviéndola despacio. Alejandro le levantó la falda del uniforme y le acarició el coño por encima de las bragas. Marta ya estaba completamente mojada, y le dijo, no puedo esperar más, Alejandro.
Alejandro le quitó las bragas y la sentó en el borde del sofá. Puso su polla en la entrada de su coño y la penetró despacio. Marta le agarró los hombros y le dijo, sí, así, despacio. Alejandro empezó a moverse, primero lento, luego más rápido, y el sofá crujió debajo de ellos. Marta enredó las piernas en su cintura y gimió cada vez más alto, tapándose la boca con la mano para no hacer ruido.
El café de la máquina seguía goteando en el silencio, y el pasillo estaba vacío. Alejandro le besaba los pechos mientras la follaba, y Marta sentía que se acercaba a algo que llevaba mucho tiempo sin sentir. Ella le dijo, más fuerte, Alejandro, más fuerte. Él obedeció y la penetró con fuerza, y Marta mordió su hombro para no gritar.
El cuerpo de Marta se tensó y ella gritó su nombre en voz baja al correrse, su coño apretando su polla una y otra vez. Alejandro la sostuvo con fuerza y se corrió dentro de ella con un gemido largo. Se quedaron abrazados en el sofá, sudorosos y sin aliento, y Marta se rio de repente. Alejandro le dijo, ¿de qué te ríes? Marta le dijo, de que esto no estaba en mi plan de turno.
Alejandro la abrazó y le dijo, los mejores planes son los que no se planean. Marta apoyó la cabeza en su pecho y escuchó su corazón. Ella le dijo, mañana en el hospital tendremos que fingir que no ha pasado nada. Alejandro le dijo, fingir será lo más difícil, porque ahora no voy a poder mirarte sin sonreír. Marta le dijo, pues sonríe poco, que las enfermeras lo notan todo.
Cuando sonó el busca de Alejandro, los dos se vistieron a toda prisa, riéndose como dos adolescentes. Marta se arregló el uniforme y se miró en el espejo de la sala. Alejandro le dijo, estás perfecta. Marta le dijo, vete ya, que te están buscando. Alejandro le dio un beso rápido y salió al pasillo, y Marta se quedó un momento sola, con el corazón latiendo muy rápido.
El resto del turno pasó entre miradas robadas y sonrisas disimuladas. Cada vez que se cruzaban en el pasillo, Marta sentía un cosquilleo en el estómago. En el cambio de turno, Alejandro le pasó una nota doblada, que decía, mañana, mismo sitio, misma hora. Marta guardó la nota en el bolsillo de su uniforme y sonrió para sí misma mientras salía del hospital.
Al día siguiente Marta llegó al hospital antes de tiempo, y se puso su perfume favorito. Cuando Alejandro la vio, le guiñó un ojo desde lejos, y Marta tuvo que morderse el labio para no reírse. El turno fue largo, pero los dos sabían lo que les esperaba al final de la noche. Cuando el hospital se quedó en silencio, Alejandro la buscó en la sala de descanso, y Marta ya lo estaba esperando.
Esta vez fue Marta quien lo besó primero, con fuerza, empujándolo contra la puerta. Le quitó la bata y le besó el pecho, bajando despacio. Alejandro le dijo, Marta, me vas a matar. Ella le dijo, todavía no, primero déjame hacerte esto. Se arrodilló delante de él y tomó su polla en la boca, lamiéndola despacio y luego con más fuerza, hasta que Alejandro tuvo que agarrarse a la puerta para no caerse.
Alejandro la levantó y la sentó en la mesa de la sala, abriéndole las piernas. La penetró de un solo movimiento profundo, y Marta gritó bajito, agarrándose a sus hombros. Él la folló con fuerza, mirándola a los ojos, y Marta le devolvía cada embestida levantando las caderas. La mesa temblaba, y los papeles se cayeron al suelo, pero a ninguno de los dos le importó.
Marta se corrió dos veces seguidas, gritando su nombre entre gemidos, y Alejandro se corrió dentro de ella por segunda vez aquella semana. Se quedaron abrazados sobre la mesa, riéndose y respirando con dificultad. Marta le dijo, esto se está convirtiendo en costumbre. Alejandro le dijo, las buenas costumbres no se dejan. Marta le dio un beso largo y se bajó de la mesa.
Al amanecer, cuando salían juntos del hospital, el sol de Sevilla empezaba a calentar las calles. Marta le dijo, ¿qué somos, Alejandro? Él le dijo, de momento, dos personas que se hacen felices. Marta sonrió y le dijo, de momento me basta. Se despidieron en la puerta con un beso rápido, y cada uno se fue a su casa, con una sonrisa que no se les quitó en todo el día.
Los días siguientes fueron un juego delicioso de miradas y mensajes. Alejandro le dejaba notas en su taquilla, y Marta le respondía con dibujos pequeños. Los compañeros empezaron a sospechar algo, pero nadie podía probarlo, y a los dos les divertía el secreto. Una noche, en la sala de descanso, Alejandro le dijo, Marta, quiero invitarte a cenar, fuera del hospital. Marta le dijo, por fin, una cita de verdad.
La cena fue en un pequeño restaurante del centro de Sevilla, con velas y música suave. Hablaron durante horas, de sus vidas, de sus sueños, de todo lo que no sabían el uno del otro. Al final de la noche, Alejandro la acompañó a su casa y la besó en la puerta, despacio, como si fuera la primera vez. Marta le dijo, entra, que tengo café. Alejandro sonrió y entró, y aquella noche no hubo batas ni uniformes, solo ellos dos.
En su casa, Marta lo llevó a su habitación y lo desnudó despacio, besando cada parte de su cuerpo. Alejandro la desnudó a ella de la misma manera, con calma, como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Hicieron el amor dos veces, despacio y con ternura, y después se quedaron abrazados hablando hasta que salió el sol. Marta pensó que aquella era la mejor guardia de su vida, aunque no hubiera sido en el hospital.
A la mañana siguiente, Alejandro le preparó el desayuno y se lo llevó a la cama. Marta se rio y le dijo, ¿desde cuándo sabes cocinar? Él le dijo, desde que tengo a alguien por quien cocinar. Marta lo besó y le dijo, quédate otro rato. Alejandro se quedó, y pasaron el día entero juntos, sin prisas, sin turnos, sin secretos que esconder.
Cuando llegó la hora de volver al hospital, los dos se miraron y sonrieron. Sabían que el trabajo seguiría siendo trabajo, pero que ahora tenían algo que era solo suyo. Marta entró en el hospital con paso firme, y Alejandro la siguió a pocos metros, como si no se conocieran. Pero en el bolsillo de Marta iba la nota de la primera noche, doblada y guardada, y eso bastaba para que todo el turno tuviera otro color.
Una tarde, antes de que empezara el turno de noche, Marta se encontró con Alejandro en la cafetería del hospital. Él estaba tomando un café solo, mirando por la ventana, y Marta se sentó enfrente sin pedir permiso. Le dijo, ¿siempre comes solo? Alejandro sonrió y le dijo, solo cuando no tengo mejor compañía. Marta pidió otro café y se quedaron hablando un rato.
Hablaron de los pacientes, del cansancio, de las noches largas, y Marta se dio cuenta de que Alejandro era mucho más divertido de lo que parecía en el trabajo. Él le contó una historia graciosa de sus años de estudiante, y Marta se rio tanto que varias personas se volvieron a mirarles. Ella le dijo, baja la voz, que nos van a oír. Él le dijo, que nos oigan, reír no está prohibido.
Cuando se acabó el café, Alejandro acompañó a Marta hasta la puerta de la cafetería. Ella le dijo, gracias por el rato, lo necesitaba. Él le dijo, yo también, las tardes son mejores contigo. Marta se fue a su taquilla con una sonrisa, y durante todo el turno pensó en aquella conversación sencilla, que sin embargo le había alegrado el día entero.
Al día siguiente, Marta le dejó una nota en su taquilla, que decía, el café de ayer, lo repito cuando quieras. Alejandro la encontró al llegar y se la guardó en el bolsillo de la bata. Cuando se cruzaron en el pasillo, él le guiñó un ojo, y Marta tuvo que disimular una sonrisa delante de un paciente. Aquella nota pequeña se convirtió en su primer secreto compartido.
Semanas después, cuando ya eran algo más que compañeros, Marta encontró aquella nota vieja en el bolsillo de una bata y se la enseñó a Alejandro. Él se rio y le dijo, esa nota empezó todo. Marta le dijo, pues habrá que guardarla para siempre. La pusieron en un marco pequeño en casa de Marta, junto a una foto del hospital, para recordar que todo había empezado con un simple café.
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