Relatos eróticos de esposas: Lucía y el secreto de la llave
Lucía encontró la llave dentro del bolsillo del abrigo de su marido. Era una llave pequeña, con una etiqueta de cartón donde alguien había escrito a mano el nombre de un hotel de Valencia. Junto a la llave había una tarjeta de visita doblada, con un número de teléfono que ella no conocía. Lucía se quedó mirando aquellos dos objetos durante un buen rato, con el abrigo todavía en las manos y el corazón golpeando con fuerza.
Su marido estaba en Madrid por trabajo y no volvería hasta el domingo. Lucía dejó la llave sobre la mesa de la cocina y se preparó un café, pero no conseguía dejar de pensar en ello. No era celosa, o eso creía, pero la llave parecía una puerta que alguien había dejado entreabierta a propósito. Aquella noche, casi sin pensarlo, marcó el número de la tarjeta. Una voz de mujer contestó y dijo que aquel teléfono era de la recepción del hotel. Lucía colgó sin decir nada.
Al día siguiente, mientras ordenaba fotos viejas, encontró otra cosa: una fotografía de Diego, su primer novio, en una fiesta de la universidad. Diego reía con una copa en la mano y la miraba a ella con aquella intensidad que Lucía no había olvidado del todo. Sin saber muy bien por qué, buscó su nombre en internet y descubrió que ahora vivía en Valencia, a solo tres calles de su casa, y que trabajaba como arquitecto.
Lucía le escribió un mensaje corto. Le dijo que había encontrado su foto y que le gustaría tomar un café, por los viejos tiempos. Diego contestó en pocos minutos. Le dijo que se acordaba perfectamente de ella y que un café le parecía una idea excelente. Quedaron el jueves por la tarde en una cafetería pequeña del Carmen, lejos de los lugares donde solían ir ella y su marido.
Cuando Diego entró en la cafetería, Lucía sintió que el tiempo se doblaba. Tenía el pelo más corto y algunas canas, pero la sonrisa era la misma. Se sentaron junto a la ventana y hablaron de todo: de la universidad, de los trabajos, de los matrimonios. Diego le preguntó si era feliz y Lucía tardó demasiado en contestar. Él la miró en silencio y luego le tomó la mano por encima de la mesa. Lucía no la retiró.
Diego le confesó que siempre se había preguntado qué habría pasado si no se hubieran separado. Lucía bajó la mirada y sonrió. Le dijo que ella también, algunas noches. El café se enfrió entre los dos y la conversación se hizo más lenta, más íntima. Cuando salieron a la calle, Diego la acompañó hasta su portal. Antes de despedirse, la besó en la mejilla, pero el beso duró un segundo más de lo normal y Lucía sintió un calor que no sentía desde hacía años.
El viernes por la mañana, Diego le envió un mensaje. Le decía que tenía las llaves de un apartamento vacío en el centro, de un cliente, y que si quería verlo podía pasar por la tarde. Lucía sabía perfectamente lo que significaba aquella invitación. Dudó durante horas, miró la llave del hotel de su marido que seguía sobre la mesa y al final contestó que sí, que pasaría a las seis.
El apartamento era luminoso y olía a pintura nueva. Diego le enseñó las habitaciones hablando de luz y de espacios, pero ninguno de los dos prestaba atención a las palabras. En el dormitorio principal, con la cama todavía sin sábanas, Diego se detuvo y la miró. Lucía dio un paso hacia él y lo besó. Fue un beso largo, hambriento, como si los años entre los dos se hubieran roto de golpe.
Diego la desnudó despacio, como si quisiera recordar cada parte de su cuerpo. Le quitó la blusa y le besó los hombros, luego el cuello, luego el pecho. Lucía cerró los ojos y dejó que sus manos recorrieran su espalda. Cuando Diego le quitó el sujetador, sus pechos quedaron al aire y él los tomó con las manos, apretándolos con suavidad mientras los besaba. Lucía gimió y le agarró el pelo.
Diego la tumbó sobre la cama y le quitó la falda y las bragas. Su sexo ya estaba húmedo. Diego la miró un momento y luego bajó la cabeza. Empezó a lamerla despacio, con la lengua recorriendo cada pliegue, y Lucía arqueó la espalda. Sus piernas temblaban y sus manos buscaban algo a lo que agarrarse. Ella le pedía que no parara, que siguiera, que la volviera loca.
Cuando Lucía ya no podía más, Diego se colocó entre sus piernas. Se quitó los pantalones y mostró su polla dura y caliente. Lucía la tomó con la mano y la guió hacia dentro. Sintió cómo la llenaba poco a poco, cómo su cuerpo se abría para él. Diego empezó a moverse despacio, entrando y saliendo, mientras la besaba en el cuello y le susurraba cosas al oído que la hacían temblar.
El ritmo fue creciendo. Lucía rodeó la cintura de Diego con las piernas y empujaba con las caderas en cada embestida. La cama crujía y sus gemidos llenaban el apartamento vacío. Diego la agarró por las caderas y embistió con más fuerza, más profundo, hasta que Lucía gritó su nombre y su cuerpo se contrajo con un orgasmo intenso. Su coño se cerró alrededor de su polla y un chorro de placer la recorrió entera.
Diego no se detuvo. La dio la vuelta y la puso a cuatro patas sobre la cama. Entró de nuevo por detrás y empezó a follarla con fuerza, agarrándola del pelo con una mano y de la cintura con la otra. Lucía se mordía el labio y empujaba hacia atrás en cada golpe. El sonido de sus cuerpos chocando era lo único que se oía en el apartamento. Diego llegó al límite y se corrió dentro de ella con un gemido largo, mientras Lucía temblaba otra vez entre sus brazos.
Se quedaron abrazados sobre la cama, sudorosos y en silencio. Lucía miró el techo y pensó en la llave que seguía sobre su mesa. Ya no le importaba tanto lo que su marido escondía. Ella acababa de abrir su propia puerta. Diego le preguntó si estaba bien y ella contestó que sí, que estaba mejor que en años. Se vistieron despacio, como si no quisieran romper el momento.
Antes de irse aquella tarde, Diego le enseñó el baño del apartamento. Había un espejo grande y una ducha de cristal, y Lucía se miró en el espejo con el pelo revuelto y los labios hinchados. Diego se colocó detrás de ella y la abrazó por la cintura. La besó en el cuello mientras sus manos subían hasta sus pechos. Lucía se dejó llevar y apoyó las manos en el lavabo. Diego le bajó los pantalones despacio y la penetró de pie, frente al espejo, para que pudiera verse la cara mientras la follaba. Lucía miraba sus propios ojos en el espejo y no reconocía a la mujer que veía, pero le gustaba. Cada embestida la hacía gemir más fuerte y el cristal se empañaba con su respiración. Cuando terminó, se rieron juntos y limpiaron el espejo con una toalla, como dos cómplices que acababan de cometer un delito perfecto.
De camino a casa, Lucía compró pan y fruta en una tienda del barrio, como si volviera de cualquier recado. Nadie sospechaba nada. En casa se dio una ducha larga y se puso el pijama, y cuando su vecina le preguntó por teléfono si quería bajar a tomar algo, le dijo que estaba cansada. En realidad no estaba cansada. Estaba despierta por primera vez en mucho tiempo, y su cuerpo todavía recordaba cada caricia de Diego. Aquella noche durmió profundamente, abrazada a su propia almohada, soñando con el apartamento vacío y con la cama sin sábanas.
El sábado, Lucía volvió al apartamento. Esta vez llevó vino y Diego preparó algo de cena. Comieron en el suelo del salón, riendo como dos estudiantes, y después volvieron a la cama. Esta vez Lucía tomó la iniciativa. Lo tumbó boca arriba y se sentó sobre él, moviéndose despacio al principio y luego cada vez más rápido. Diego le agarraba los pechos y la miraba con una adoración que la hacía sentirse deseada de verdad.
Lucía cabalgó sobre él hasta que ambos llegaron juntos, gritando y agarrándose con fuerza. Después se duchó con él bajo el agua caliente, enjabonándole la espalda y dejándose besar en cada centímetro. Cuando salió del baño, Diego le dijo que el apartamento estaría libre todo el fin de semana. Lucía sonrió y le dijo que el domingo su marido volvía, pero que el sábado todavía era suyo.
El domingo por la mañana, Lucía llegó a casa antes que su marido. Guardó la llave del hotel en un cajón y tiró la tarjeta a la basura. Ya no necesitaba respuestas. Cuando su marido entró por la puerta y le preguntó qué tal el fin de semana, ella le sonrió y le dijo que tranquilo, que había ordenado fotos viejas. Él la besó en la frente y no notó nada. Lucía pensó en Diego, en el apartamento vacío y en la llave que ahora era solo suya, y supo que aquella historia no había terminado, solo acababa de empezar.
Una semana después, Diego llamó a Lucía con una excusa perfecta. Le dijo que necesitaba enseñarle otro apartamento, esta vez en un edificio antiguo cerca del mercado. Lucía sabía que era mentira y fue igualmente. El apartamento estaba vacío, con las ventanas abiertas y la luz de la tarde entrando a raudales. Diego la recibió con una copa de vino y la besó nada más cerrar la puerta.
Lucía dejó la copa sobre una caja de cartón y se quitó los zapatos. Diego la llevó hasta la cocina, donde solo había una encimera limpia y una silla. La sentó en la encimera y le abrió las piernas despacio. Le quitó las bragas y empezó a lamerla allí mismo, con las piernas colgando y las manos agarradas a su pelo. Lucía gemía bajito, mirando el techo, mientras el placer la recorría entera.
Antes de salir de la cocina, Lucía quiso devolverle el placer. Se arrodilló delante de Diego y le bajó los pantalones con calma. Tomó su polla con las dos manos y empezó a lamerla despacio, desde la base hasta la punta, mientras Diego se apoyaba en la encimera y cerraba los ojos. Ella jugaba con la lengua y con los labios, alternando besos suaves y succiones profundas, hasta que Diego le agarró el pelo y le pidió que siguiera. Lucía sonrió con la boca llena y obedeció, disfrutando del poder que sentía en aquel momento. Cuando Diego estuvo a punto de correrse, ella se apartó con una sonrisa traviesa y le dijo que eso quedaba para después.
Después, Diego la levantó en brazos y la llevó al dormitorio, donde había un colchón en el suelo. La tumbó y se colocó encima, penetrándola con calma, saboreando cada movimiento. Lucía le rodeó con las piernas y le pedía más, más fuerte, más profundo. Cuando llegaron juntos al orgasmo, se quedaron quietos, abrazados sobre el colchón, escuchando el ruido de la calle. Lucía pensó que aquel apartamento vacío era, en realidad, el lugar más lleno de su vida.
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