Relatos eróticos de yernos: la nota de mi suegra
La nota estaba doblada dentro de mi maleta, entre la camisa azul y el neceser. La letra era suya, redonda y femenina: "Quédate esta noche. C.". No entendí nada hasta que levanté la vista y vi a Carmen mirándome desde la puerta de la cocina, con esa sonrisa que no era de suegra. Estos son relatos eróticos de yernos que nadie se atreve a contar en voz alta, pero yo voy a contar el mío. Me llamo Javier, tengo treinta y dos años, y esto pasó en Barcelona.
Mi mujer, Lucía, estaba de viaje de trabajo en Madrid. Tres días. Su madre, Carmen, de cuarenta y ocho años, vivía sola en un piso del Eixample desde que enviudó. Lucía me pidió que pasara a verla, que le llevara unas cajas, que cenara con ella para que no estuviera sola. Fui un viernes por la tarde sin pensar en nada raro. Carmen abrió la puerta con un vestido de verano que marcaba su cuerpo de una forma que me dejó sin palabras.
Carmen siempre había sido una mujer guapa. Alta, morena, con el pelo recogido y unos ojos verdes que parecían leerlo todo. Pero ese día la vi diferente. Quizá fue el vestido. Quizá fue que llevaba dos meses sin tocar a mi mujer por el estrés del trabajo. Cenamos en la terraza. Paella que ella había hecho, vino blanco frío. Hablamos de todo y de nada. Y cada vez que se reía, se inclinaba hacia mí y yo sentía el calor de su cuerpo.
"¿Te quedas a dormir? Es tarde y has bebido", dijo mientras recogía los platos. Dudé un segundo. "Vale", dije. Me dio una camiseta de su marido muerto para dormir. Olía a armario y a lavanda. Me acosté en el cuarto de invitados pensando en Lucía, pensando en el trabajo, pensando en no pensar en Carmen. No funcionó.
A las dos de la mañana oí pasos en el pasillo. La puerta se abrió despacio. Carmen estaba allí, con un camisón de seda que dejaba verlo todo a contraluz. "No puedo dormir", susurró. Se sentó en el borde de la cama. Mi corazón latía tan fuerte que pensé que lo oiría. "Javier, hace cuatro años que nadie me toca. Cuatro años. ¿Sabes lo que es eso?"
No supe qué decir. Ella puso su mano sobre mi pecho. Sentí su calor a través de la camiseta. "No tienes que hacer nada que no quieras", dijo. Pero yo sí quería. Dios, cómo quería. La acerqué y la besé. Sus labios sabían a vino y a necesidad. Su lengua entró en mi boca con una urgencia que me sorprendió. Mis manos fueron a su espalda, bajaron hasta su culo firme, lo apretaron.
Le quité el camisón por la cabeza. Su cuerpo apareció ante mí: tetas grandes y pesadas, con pezones oscuros y duros, un vientre suave, caderas anchas. Era el cuerpo de una mujer de verdad, no de una niña. La tumbé en la cama y me puse encima. Besé su cuello, bajé a sus tetas. Cogí un pezón con la boca y lo chupé fuerte. Ella gimió y arqueó la espalda, ofreciéndome más.
Mis manos recorrieron su cuerpo mientras mi boca no soltaba sus tetas. Bajé una mano entre sus piernas. Estaba empapada. El camisón ya lo había delatado, pero sentirlo fue otra cosa. Metí dos dedos en su coño y los moví dentro. Estaba caliente, estrecho, temblando. "Javier, por favor", jadeó. "Llevo tanto tiempo..."
Me quité la camiseta y los calzoncillos. Mi polla estaba dura como una piedra, goteando. Carmen la miró con los ojos muy abiertos. "Madre mía", susurró. La cogió con la mano y la acarició despacio, de arriba abajo. Luego se inclinó y la metió en su boca. La chupó con una experiencia que me dejó temblando. Su lengua giraba alrededor del glande, sus labios apretaban el tronco. Llevaba cuatro años sin hacer esto y se notaba que lo había echado de menos.
No aguanté mucho. La aparté antes de correrme. "No", dije. "Te quiero dentro de mí", dijo ella, tumbándose y abriendo las piernas. Me coloqué entre ellas. Puse la punta de mi polla en la entrada de su coño y empujé despacio. Entró con un sonido húmedo. Su coño me apretaba, me tragaba. Empecé a moverme, primero lento, luego más rápido.
Cada embestida la hacía gemir más alto. Cogí sus tetas con las manos mientras la follaba, pellizcando sus pezones. El cabecero golpeaba la pared con ritmo. "Más fuerte", pedía ella. "Fóllame más fuerte, yerno mío." Oír esa palabra, yerno, en ese momento, me volvió loco. La embestí con todo lo que tenía. Su coño chorreaba, mojande las sábanas.
La puse a cuatro patas. Le agarré las caderas y la penetré por detrás. Desde esa posición entraba aún más hondo. Cada golpe llegaba hasta el fondo. Sus tetas colgaban y se balanceaban. Ella gritaba contra la almohada. Sentí que se corría: su coño se contrajo alrededor de mi polla, una oleada tras otra. "¡Javier! ¡Me corro!" gritó.
Yo también estaba al límite. La saqué un momento, le di la vuelta y se la metí en la boca. Se corrió en su boca, trago tras trago, y ella lo tragó todo mirándome a los ojos. Nos quedamos abrazados, sudados, jadeando. "Esto no ha pasado", dijo ella riendo. "Esto ha pasado tres veces esta noche", dije yo. Y nos reímos.
Al día siguiente desayunamos como si nada. Pero bajo la mesa, su pie descalzo subía por mi pierna. Por la tarde, mientras veíamos una película, su mano encontró mi bragueta. La follé en el sofá del salón, con las persianas bajadas y la tele encendida. Después en la ducha, de pie, con el agua cayendo sobre nosotros. Cada vez mejor, cada vez con menos culpa.
El domingo, antes de irme, encontré otra nota en mi maleta. "Vuelve cuando Lucía viaje. C." La guardé como un tesoro. En el tren de vuelta a casa, con el móvil en la mano, le escribí a Lucía: "Tu madre está bien. La cuidé." Era verdad. La había cuidado muy bien. Y pensaba seguir cuidándola cada vez que mi mujer saliera de viaje.
El segundo fin de semana fue aún mejor. Llegué el viernes con una botella de vino y una excusa para Lucía: "Voy a ayudar a tu madre con la estantería." Carmen me abrió la puerta y, en cuanto la cerré, me empujó contra la pared y me besó como si llevara un mes esperándome. Lo llevaba. Cenamos de pie en la cocina, interrumpiéndonos para besarnos, para tocarnos. El postre fue ella, tumbada en la mesa del comedor, con las piernas abiertas y mi cabeza entre ellas.
Le comí el coño durante media hora. Lamí cada pliegue, chupé su clítoris hasta que gritó, metí la lengua dentro de ella mientras mis dedos no paraban. Se corrió dos veces seguidas, temblando, agarrándome del pelo. Después me llevó al dormitorio y me cabalgó. Sus tetas botaban delante de mi cara, yo las chupaba mientras ella se movía encima de mí, cada vez más rápido, hasta que los dos nos corrimos a la vez, gritando.
El momento más peligroso fue un sábado por la noche. Estábamos en la cama, ella encima de mí, cuando sonó mi móvil. Era Lucía, por videollamada. Carmen se quedó helada. Le hice un gesto: silencio. Contesté con la cámara apuntando al techo. "Hola, cariño, ¿qué tal Madrid?" Carmen no se movió. Siguió moviéndose encima de mí, despacio, mordiéndose el labio para no gemir. Hablé con mi mujer durante cinco minutos mientras su madre me follaba en silencio. Cuando colgué, nos miramos y nos echamos a reír como dos adolescentes. Después la follé con una rabia que no sabía que tenía.
Una noche salimos a la terraza. Era verano, hacía calor, los vecinos no podían vernos por las plantas. La puse contra la barandilla, le levanté el vestido y la penetré por detrás mirando las luces de Barcelona. El riesgo de que alguien nos viera nos ponía a cien. Sus gemidos se perdían entre el ruido de la ciudad. Nos corrimos mirando el Tibidabo iluminado.
Carmen me enseñó cosas que Lucía nunca me había enseñado. Me enseñó que una mujer de cuarenta y ocho años puede tener más hambre que una de treinta. Me enseñó a ir despacio, a escuchar el cuerpo, a no tener prisa. Y yo le enseñé que cuatro años de soledad se pueden borrar en un fin de semana. Nos hicimos expertos en el silencio, en las miradas, en los mensajes que parecían inocentes y no lo eran.
Y si algún día Lucía encuentra una de esas notas, que sea. Algunos secretos están hechos para durar, y otros para ser descubiertos. El nuestro, de momento, sigue doblado entre la ropa, esperando el próximo viaje.
Han pasado tres meses. Lucía ha viajado cuatro veces más. Cuatro fines de semana en Barcelona. Carmen y yo tenemos nuestras reglas: nunca en la cama de Lucía, nunca hablamos de ello por teléfono, nunca dejamos pruebas. Pero cada vez que veo una maleta abierta, recuerdo aquella primera nota doblada entre la camisa azul y el neceser. "Quédate esta noche." Me quedé. Y volveré a quedarme.
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