Relatos Eróticos Reales: El Sueño de Camila
Dicen que los relatos eróticos reales siempre empiezan con una mujer aburrida y un verano largo, y Camila se reía de esa frase cada vez que la leía en la contraportada de los libros que vendía en su pequeña librería de Malasaña. Tenía treinta y cuatro años, un negocio que adoraba y una vida tan ordenada que hasta sus sueños parecían archivados por temas. Hasta que una noche de junio despertó con la respiración acelerada, las sábanas revueltas y la certeza absoluta de que unas manos que no eran las suyas le habían recorrido la espalda entera.
En el sueño no había rostro, solo oscuridad tibia y un olor a canela que se le metía por la nariz como si alguien hubiera encendido una vela junto a su almohada. Las manos empezaban en sus hombros, bajaban despacio por su columna y se detenían justo donde empezaba la curva de su cintura. Una voz grave le susurraba al oído: "Quédate quieta, que esto solo pasa una vez." Y ella obedecía, con el corazón golpeándole las costillas.
Despertó de golpe a las cuatro de la mañana, con la camiseta de dormir pegada al cuerpo por el sudor y una rabia sorda contra sí misma. "Ha sido el calor", se dijo en voz alta, como si decirlo lo hiciera verdad. Se levantó, bebió un vaso de agua fría de un trago y volvió a la cama decidida a no pensar más en ello. Tardó una hora en dormirse, y cuando lo hizo, las manos ya la estaban esperando.
La segunda noche el sueño fue más lejos. Los labios del desconocido le encontraron el cuello y le dejaron un rastro de besos húmedos que le erizaba la piel. Una mano se coló bajo su camisón y le acarició el vientre con una lentitud deliberada, torturadora, mientras la otra le sujetaba la cadera con firmeza. En el sueño, Camila se oyó a sí misma suplicar: "No pares." La voz rio bajito y contestó: "Todavía no he empezado."
Cuando abrió los ojos, su mano ya estaba entre sus piernas, moviéndose sola, sin pedirle permiso. Hacía años que no se tocaba así, con esa urgencia animal, y se corrió en menos de un minuto pensando en unos dedos que no existían. Se quedó mirando el techo, jadeando, y por primera vez en mucho tiempo sintió vergüenza mezclada con una excitación que no quería nombrar. "Mañana no sueño", se prometió. Mintió.
La tercera noche él habló más. Le describió su librería, estantería por estantería, como si la hubiera recorrido de rodillas. "Mañana te busco entre los libros", le susurró antes de desaparecer del sueño. Camila despertó riéndose, nerviosa, con el pulso desbocado. Contó la historia en su cabeza como si fuera una anécdota graciosa, pero durante todo el desayuno no pudo quitarse de encima la sensación de sus labios en la nuca.
En la tienda, Marta, su dependienta de veintidós años, la miró por encima de las gafas. "Jefa, tienes una cara que parece que no has dormido en una semana." Camila ordenó una pila de novelas con más fuerza de la necesaria. "He dormido de maravilla", mintió. Marta sonrió con malicia. "Claro. Y por eso llevas el sujetador del revés." Camila bajó la vista, horrorizada, y se encerró en el almacén a arreglarse, muerta de risa y de vergüenza.
A las seis de la tarde entró él. Treinta y ocho años, pelo oscuro revuelto, camisa remangada y una sonrisa torcida que parecía saber demasiado. Se paseó entre las estanterías sin prisa, como quien ya conoce el lugar, y se detuvo frente a la sección de erótica. "Busco un libro que me quite el sueño", dijo sin mirarla. A Camila se le escapó una risa nerviosa. "Pues ha venido al sitio equivocado. Aquí los libros dan sueños, no los quitan."
Él se giró entonces y la miró de una forma que le heló la sangre. "¿Tú también sueñas con canela?", preguntó en voz baja. El mundo se detuvo un segundo. Camila sintió que el suelo de la librería se inclinaba bajo sus pies. "¿Qué has dicho?", susurró. Javier, porque así se llamaba según la tarjeta que dejó sobre el mostrador, repitió la frase palabra por palabra, con la misma voz grave de sus noches: "Quédate quieta, que esto solo pasa una vez."
"¿Cómo sabes eso?", preguntó ella, y su voz sonó más aguda de lo que pretendía. "¿Quién te lo ha contado? ¿Marta? ¿Te ha contado Marta algo?" Javier negó con la cabeza, sin dejar de sonreír. "Nadie me ha contado nada, Camila. Anoche te lo dije yo, con mi boca, en tu oído." Ella retrocedió hasta chocar con el mostrador. "Eso es imposible. Estás loco." "Puede", admitió él. "Pero cierra la tienda y te lo demuestro."
Camila no cerró la tienda. Atendió a tres clientes más con las manos temblorosas, cobró dos novelas sin mirar el precio y despidió a Marta una hora antes con una excusa torpe. A las ocho en punto bajó la persiana metálica con un estrépito que resonó en toda la calle. Javier seguía allí, al otro lado, con las manos en los bolsillos, esperándola como si supiera exactamente lo que iba a pasar. Porque lo sabía. Lo había soñado.
Lo siguió sin decir palabra. Cruzaron dos calles en silencio, él delante, ella tres pasos por detrás, hasta que en una esquina oscura Camila no aguantó más y lo agarró del brazo. "Se acabó. Habla ahora o grito." Javier se volvió despacio y la miró con una ternura que la desarmó. "Te vi en un recital de poesía en abril. Estabas en primera fila y te reías con la boca abierta. Desde esa noche sueño contigo. Todas las noches. Los mismos sueños."
"¿Me estás diciendo que llevas dos meses colándote en mis sueños?" "Te estoy diciendo que llevo dos meses sin dormir bien porque en cuanto cierro los ojos estás tú, y anoche decidí que ya estaba bien de soñar." Se acercó un paso más, hasta que Camila pudo oler la canela en su camisa, canela de verdad, de la que se compra en el mercado. "Y esta noche por fin no necesito soñar para tocarte."
Fue Camila quien dio el primer paso. Siempre había sido ella la que tomaba las decisiones en su vida, y no iba a dejar que un sueño, ni siquiera el mejor sueño, decidiera por ella. Lo agarró por la camisa, lo atrajo hacia sí y lo besó con una furia que la sorprendió a sí misma. Javier respondió al instante, sus manos grandes enmarcándole la cara, su lengua buscando la suya sin pedir permiso. "Mi tienda", jadeó ella contra su boca. "El almacén. Ahora."
Corrieron las dos calles de vuelta como dos adolescentes, riéndose, tropezando. Camila abrió la persiana a medias, se colaron por debajo y la volvió a bajar de golpe. El almacén olía a papel, a cartón y a polvo, y en la penumbra las estanterías altas parecían las paredes de un laberinto privado. Javier pasó el pestillo de la puerta interior y se volvió hacia ella. "¿Segura?" "Cállate y tócame", ordenó ella. Y él obedeció.
La desnudó despacio, como si desenvolviera un libro caro. Le quitó la blusa botón a botón, besando cada centímetro de piel que quedaba al descubierto. Su falda cayó al suelo del almacén y Camila se quedó en ropa interior entre cajas de libros, temblando. Javier se arrodilló frente a ella y le besó el vientre, justo donde en sueños la acariciaba, y luego más abajo, por encima de la tela de sus bragas, que ya estaba empapada.
"Estás mojada", susurró él, y no era una pregunta. Le apartó las bragas con los dedos y la probó con la lengua, lenta al principio, dibujando círculos perezosos alrededor de su clítoris. Camila se agarró a una estantería para no caerse y gimió tan alto que él tuvo que taparle la boca con la mano. "Chist", rio él contra su piel. "Que nos oyen los libros." Ella le mordió la palma y él la penetró con dos dedos, curvándolos dentro de ella hasta encontrar el punto exacto que la hacía arquearse.
Cuando Camila ya no pudo más, lo apartó y lo desnudó ella, con manos impacientes. Le abrió la camisa de un tirón, saltó un botón que rodó entre las cajas, y le bajó los pantalones. Su polla estaba dura, gruesa, palpitante, y al verla Camila sintió que el sueño y la realidad se fundían por fin. Se arrodilló, se la metió en la boca y la saboreó, salada y caliente, mientras Javier le enredaba los dedos en el pelo y gemía su nombre como una oración.
"Para", jadeó él, apartándola con dulzura antes de correrse. "Quiero estar dentro de ti. Ahora." La levantó en brazos, la apoyó contra la estantería más cercana y le separó las piernas con la rodilla. Entró en ella de una sola embestida, profundo, llenándola por completo, y Camila gritó contra su hombro. Era mejor que el sueño. Era real, era áspero, era suyo. La folló contra los libros, con ritmo creciente, mientras los lomos de las novelas temblaban a su alrededor.
La llevó después hasta la mesa del fondo, la tumbó sobre una pila de cajas y le abrió las piernas sin ceremonias. La penetró de nuevo, esta vez mirándola a los ojos, y Camila vio en ellos el mismo deseo desnudo que había sentido en sus sueños durante semanas. Cambiaron de postura, ella encima, cabalgándolo con las manos apoyadas en su pecho, sintiendo cada centímetro de su polla dentro de su coño empapado. "Córrete conmigo", le ordenó él. "Córrete ahora."
Se corrieron juntos, ella primero, con un grito ahogado que le nació del fondo del vientre, y él después, derramándose dentro de ella en oleadas calientes mientras la sujetaba por las caderas con fuerza. Se quedaron inmóviles, jadeando, pegados por el sudor, entre el olor a papel y a sexo. Camila rio, una risa incrédula y feliz. "Los sueños no huelen así", susurró. "No", admitió Javier, besándole la frente. "Los sueños no saben ni la mitad."
Se vistieron entre risas, recogiéndose la ropa del suelo del almacén. Javier encontró el botón perdido de su camisa y se lo guardó en el bolsillo como un trofeo. Camila se alisó la falda, se recompuso el pelo con los dedos y abrió la persiana lo justo para dejarlo salir a la calle oscura. Antes de irse, él se volvió en el umbral. La miró de arriba abajo, despacio, como si quisiera memorizarla.
"¿Mañana también vas a soñar conmigo?", preguntó ella, apoyada en el marco de la puerta. Javier sonrió, esa sonrisa torcida que lo había delatado desde el principio. "Mañana no. Mañana cierras a las siete y vienes a mi casa. Sin sueños, sin libros, sin excusas." Camila fingió pensarlo un segundo. "¿Y si no quiero?" Él ya se alejaba calle abajo, pero su voz llegó clara entre la noche: "Querrás."
A la mañana siguiente, Camila abrió la librería con una sonrisa que Marta detectó en cuanto cruzó la puerta. "¿Has dormido bien por fin?", preguntó la chica. "Mejor que bien", contestó Camila. "He dejado de soñar." Era verdad a medias: había dejado de soñar porque ya no le hacía falta.
A las siete en punto bajó la persiana, ignoró los mensajes de Marta y tomó un taxi hacia la dirección que Javier le había escrito en un papel. Vivía en un piso pequeño y luminoso cerca del Retiro, y al abrir la puerta llevaba un delantal manchado de harina. "Estaba haciendo galletas", dijo, avergonzado. Camila rio. "¿De canela?" "De canela", admitió él.
La cocina olía a dulce y a calor de horno. Javier la apoyó contra la encimera y la besó despacio, sin la urgencia de la noche anterior, saboreándola. "He soñado contigo otra vez", susurró. "¿Y qué hacía yo en tu sueño?" "Esto", dijo él, y le subió la falda con una mano mientras con la otra le bajaba el tirante del vestido.
La sentó sobre la encimera fría, le separó las piernas y se arrodilló entre ellas. Su boca la encontró al instante, experta, paciente, y Camila se agarró al borde de la encimera mientras las galletas se quemaban en el horno y a ninguno de los dos le importaba. Cuando estuvo a punto de correrse, él se detuvo, se puso de pie y la penetró allí mismo, con la espalda contra los armarios.
La folló despacio, mirándola a los ojos, susurrándole al oído las mismas frases de sus sueños, y cada palabra la encendía más. Camila se corrió agarrada a sus hombros, mordiéndose el labio para no gritar, y él la siguió segundos después, derramándose dentro de ella con un gemido grave. Se quedaron abrazados entre el olor a canela quemada, riéndose.
"Las galletas se han quemado", dijo Camila. Javier la miró, serio de pronto. "Mañana hago otras. Y pasado mañana también, si quieres. Tengo toda la vida para aprender a hacerlas bien." Camila lo besó, despacio. "Entonces más te vale comprar mucha canela."
Readers who enjoyed “Relatos Eróticos Reales: El Sueño de Camila” also read
8 curated storiesRelatos Porno Caseros: Follando a mi Esposa Toda la Noche en Casa
Relatos porno caseros: una noche en Madrid, un vecino que llama a la puerta y una idea traviesa que cambia la noche de Carlos y Elena para siempre.
Relatos Eróticos de la Nuera: Parte 2
El móvil vibra sobre la mesa de la cocina delante de Teresa: es Bruno. «¿A la misma hora de siempre?». Parte 2 y final de los relatos eróticos de la nuera: la última tarde de riesgo, el regreso de Álvaro y una María transformada.
Historias Eróticas Cortas: El Electricista de Lavapiés
Una de esas historias eróticas cortas que se leen de un tirón: Marta, divorciada, llama a un electricista por el horno y la tarde se calienta más que la resistencia.
Cuentos Porno: Marta Abre las Piernas para la Polla Dura de Diego en Barcelona
Cuentos Porno: En una librería de Barcelona, el olor a papel viejo y café esconde la tarde más inolvidable de Marta.
Relatos eróticos de lesbianas: la vecina del balcón de abajo
Uno de estos relatos eróticos de lesbianas ocurre en Madrid: las macetas de Elena inundan el balcón de Marta y la visita para disculparse enciende un deseo imparable.
Nuevos Relatos Eróticos: La Vecina del Ático
Un sujetador rojo vuela hasta la terraza de Pablo, el nuevo vecino del tercero. Elena, la vecina del ático, lo invita a una copa de vino, y la noche de agosto se convierte en uno de sus nuevos relatos eróticos más calientes.
Relatos Eróticos Apasionados: Noche Andaluza
Una madrileña llega a una finca andaluza para cuidarla dos semanas y encuentra al dueño aún en casa: así empieza uno de esos relatos eróticos apasionados que no se olvidan.
Historias Calientes Gratis: La Librera de Valencia
En una librería pequeña de Valencia, Marta vende libros de día y sueña de noche, hasta que Diego, un cocinero con las manos manchadas de harina, entra buscando recetas antiguas, en estas historias calientes gratis de dos personas que se encuentran tarde pero a tiempo.