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Relatos eróticos de niñeras: Lucía y la noche del sofá

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La llave giró en la cerradura a la una y siete minutos de la madrugada. Empujé la puerta del piso con cuidado, como un ladrón en mi propia casa. El salón estaba a oscuras, salvo por la luz azulada del televisor en pausa. Y allí, en el sofá, dormía Lucía. Esto no era un sueño. Era el principio de unos relatos eróticos de niñeras que jamás pensé que viviría en primera persona.

Me llamo Martín. Tengo treinta y cuatro años, estoy divorciado y vivo en un piso de Chamberí, en Madrid, con mi hijo Leo, de seis años. Lucía tiene veinticuatro. Es la niñera de Leo desde hace ocho meses. Estudiante de enfermería, seria, puntual, con una sonrisa que ilumina la cocina. Aquella noche yo había vuelto tarde de una cena de trabajo que se alargó más de lo previsto.

Me quedé quieto en el umbral, mirándola. Llevaba un camisón fino de color gris, de esos que se pegan al cuerpo. Una manta a medio caer dejaba al descubierto sus piernas, largas y morenas. Su pecho subía y bajaba despacio. El mando del televisor seguía en su mano. Me acerqué sin hacer ruido y recogí la manta del suelo.

La cubrí con cuidado. Al hacerlo, mis dedos rozaron su hombro. Su piel estaba caliente. Ella se movió un poco y murmuró algo ininteligible. Yo retiré la mano como si me hubiera quemado. ¿Qué estaba haciendo? Era la niñera de mi hijo. Fui a la cocina a beber un vaso de agua, intentando calmarme.

Cuando volví al salón, ella estaba despierta. Sentada en el sofá, con la manta sobre las piernas, mirándome con los ojos entrecerrados. "¿Martín? ¿Qué hora es?" Su voz sonaba ronca, adormilada. "La una y pico. Perdona, la cena se alargó." Me senté en el sillón de enfrente, manteniendo las distancias. O intentándolo.

"Leo está bien", dijo ella, estirándose. El camisón se tensó sobre sus pechos. Aparté la mirada, pero ya era tarde. Lo había visto todo. "Cenó bien y se durmió a las diez. Ni se movió." "Gracias, Lucía. En serio." Hubo un silencio. El televisor seguía en pausa, con la imagen congelada de una película a medias.

Ella se levantó para irse. "Me voy ya, que mañana tengo clase temprano." Recogió su bolso del mueble. Yo me levanté también. "Espera, ¿quieres una copa de vino antes? Me sabe mal haberte tenido aquí hasta tan tarde." Ella dudó. Miró el reloj de la pared. "Una copa. Solo una."

Serví dos copas de un Rioja que tenía abierto. Nos sentamos en el sofá, cada uno en un extremo. Hablamos de Leo, de sus clases de enfermería, de lo caro que está Madrid. Cosas normales. Pero cada vez que ella se reía, se inclinaba un poco hacia mí. Y cada vez, el camisón se abría un poco más por el escote.

A la mitad de la segunda copa, que ninguna de los dos había planeado, ella me miró de otra manera. "¿Sabes qué es lo más raro de este trabajo?", dijo. "¿Qué?" "Que paso más tiempo en tu casa que en la mía. A veces sueño con este sofá." Se rio. Yo también. Pero mi risa sonó forzada. Mi cuerpo había empezado a traicionarme hacía rato.

"Martín." Su voz cambió de tono. "¿Puedo preguntarte algo?" "Claro." "¿Desde cuándo me miras así?" Se me heló la sangre. "¿Así cómo?" "Como me estás mirando ahora." No supe qué decir. Ella dejó su copa en la mesa. Se acercó un poco más. "No pasa nada. Yo también te miro."

El aire del salón se volvió espeso. Ella estaba a medio metro de mí. Podía oler su champú, algo dulce, y el vino en su aliento. "Lucía, esto..." "Chist." Puso un dedo sobre mis labios. "Leo duerme. Son las dos de la mañana. Solo existimos tú y yo." Y entonces me besó.

Su boca sabía a vino y a algo más, algo prohibido que me volvió loco. La agarré por la cintura y la atraje hacia mí. El camisón era tan fino que sentía su cuerpo entero contra el mío. Sus pechos aplastados contra mi pecho. Sus manos en mi nuca, urgentes. El beso se hizo más profundo, más húmedo. Nuestras lenguas se buscaron sin timidez.

Mis manos bajaron por su espalda hasta sus caderas. La levanté un poco y la senté a horcajadas sobre mí. Ella gimió contra mi boca. Sentí el calor de su entrepierna a través de mis pantalones. Mi polla ya estaba dura como una piedra, presionando contra ella. "Joder, Martín", susurró.

Le quité el camisón por la cabeza, despacio. Debajo no llevaba nada. Sus tetas eran perfectas, redondas, con los pezones duros y oscuros. Las tomé con las manos, las pesé, las apreté suavemente. Ella echó la cabeza hacia atrás y gimió. Me incliné y tomé un pezón con la boca. Lo chupé, lo mordisqueé con suavidad. Su espalda se arqueó.

"Más", pidió. Cambié al otro pecho, mientras mis dedos pellizcaban con cuidado el primero. Sus manos tiraban de mi camisa. Me ayudó a quitármela. Sus uñas recorrieron mi pecho, mi abdomen. Cuando llegaron a mi cinturón, se detuvieron un segundo. Me miró a los ojos, preguntando sin palabras. Asentí.

Me desabrochó el pantalón con dedos que temblaban un poco. Mi polla saltó libre. Ella la miró, se mordió el labio y la tomó con su mano. La acarició despacio, de arriba abajo, con el pulgar rozando la punta húmeda. "Es grande", susurró, casi para sí misma. Luego se inclinó y la lamió.

El calor de su lengua me atravesó entero. La rodeó con los labios y empezó a chupar, primero despacio, luego más rápido. Su cabeza subía y bajaba sobre mi regazo. Yo agarraba el respaldo del sofá con tanta fuerza que me dolían los nudillos. "Lucía... joder... para o me corro."

Ella se detuvo y me miró con una sonrisa pícara. "¿Y quién ha dicho que no quiero que te corras?" Volvió a metérsela en la boca, más profundo esta vez. Sentí que llegaba a su garganta. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no paró. Aceleró. Yo ya no podía aguantar más. Me corrí en su boca con un gemido ronco que intenté ahogar contra un cojín.

Ella tragó todo y me miró, con los labios brillantes. "Ahora me toca a mí." Se tumbó en el sofá y abrió las piernas. Su coño estaba empapado, los labios hinchados y brillantes. Me arrodillé entre sus muslos y la miré un segundo, grabando la imagen. Luego hundí la cara en ella.

La lamí despacio al principio, saboreándola. Sabía a sal y a deseo. Su clítoris estaba duro bajo mi lengua. Lo rodeé, lo chupé con suavidad. Sus caderas empezaron a moverse solas, buscando más. Metí dos dedos dentro de ella mientras mi lengua seguía trabajando. Estaba tan mojada que mis dedos entraron sin resistencia.

"¡Ah! ¡Martín! ¡Ahí! ¡No pares!" Sus gritos eran cada vez más fuertes. Puse una mano sobre su boca, riéndome. "Chist, que vas a despertar a Leo." Ella me miró con los ojos vidriosos y asintió, mordiéndose el labio para no gritar. Aumenté el ritmo de mis dedos, curvándolos dentro de ella. Su cuerpo se tensó de golpe y se corrió con un temblor largo, agarrándome del pelo.

Se quedó jadeando, con el pecho agitado. Yo me quité los pantalones del todo y me coloqué sobre ella. Puse la punta de mi polla en su entrada. Ella me miró y asintió. Entré despacio, sintiendo cómo se abría para mí, caliente y estrecha. Los dos gemimos al mismo tiempo.

Empecé a moverme, primero lento, disfrutando cada centímetro. Sus piernas se enroscaron en mi cintura. Sus manos arañaban mi espalda. "Más fuerte", me pidió al oído. "Fóllame más fuerte." Obedecí. El sofá crujía bajo nosotros. Nuestros cuerpos chocaban con un sonido húmedo y rítmico que me volvía loco.

Cambié el ángulo y la embestí más profundo. Ella gritó contra mi hombro, mordiéndome para no despertar a Leo. Sentí que su coño se contraía alrededor de mi polla. "Me corro... me corro otra vez..." Su segundo orgasmo la sacudió entera. Yo estaba al límite.

La levanté en brazos, con mi polla aún dentro de ella, y la llevé a mi dormitorio. La tumbé en la cama. "A cuatro patas", le ordené. Ella obedeció, con una sonrisa. Me coloqué detrás y entré de golpe. Ella gritó. La agarré del pelo con suavidad y tiré un poco hacia atrás mientras la follaba con fuerza.

"¿Te gusta?", le pregunté, embistiéndola sin piedad. "¡Sí! ¡Joder, sí! ¡Dame más!" Sus tetas se balanceaban con cada embestida. Le di un azote suave en el culo. Ella gimió más fuerte. Volví a hacerlo, un poco más fuerte. Su piel se enrojeció bajo mi mano. Estaba empapadísima; oía cómo sonaba cada vez que entraba.

Sentí que llegaba mi momento. "¿Dónde?", pregunté, sin dejar de moverme. "Dentro", susurró. "Tomo la píldora. Córrete dentro." Esas palabras me desataron. La embestí con todo lo que tenía y me corrí dentro de ella, largo y profundo, mientras ella se corría una tercera vez alrededor de mi polla.

Nos desplomamos en la cama, sudados y jadeantes. Ella se acurrucó contra mi pecho. Estuvimos un rato en silencio, escuchando nuestras respiraciones. "Esto no debería haber pasado", dije al fin. Ella levantó la cabeza y me miró. "¿Te arrepientes?" Pensé en mentir. "No."

Se rio y me besó en la mejilla. "Bien. Porque yo tampoco." Se levantó y recogió su camisón del suelo del salón. Se vistió despacio, sin prisa. Yo la miraba desde la puerta del dormitorio. Antes de irse, se acercó y me dio un beso largo en los labios.

"Mañana recojo a Leo a las cinco", susurró contra mi boca. "Y me quedo a cenar." Guiñó un ojo, cogió su bolso y salió por la puerta. Me quedé solo en el pasillo, con el corazón golpeando contra las costillas. La casa olía a ella. Y yo ya estaba contando las horas.

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