Historias de Sexo en Español: Elena Sueña con la Polla de Diego y Despierta Mojada en Madrid
Elena soñó esa noche que Diego la besaba en el ascensor del edificio de Madrid. En el sueño, el ascensor se paraba entre dos pisos, las luces parpadeaban, y Diego la empujaba suavemente contra la pared de espejos mientras le susurraba cosas que la hacían temblar. Elena se despertó de golpe, con el corazón acelerado, las sábanas revueltas y el cuerpo caliente, y durante unos segundos no supo si lo que había sentido era real o solamente un sueño. Miró el techo en la oscuridad y se rió de sí misma, pero el calor entre sus piernas no se iba.
Elena tenía treinta años, vivía sola en un piso de Madrid, trabajaba en una librería del centro y llevaba dos años divorciada. Diego tenía treinta y cuatro años, era su vecino del piso de enfrente, un arquitecto que se había mudado al edificio hacía tres meses. Se saludaban en el pasillo, compartían el ascensor, hablaban del tiempo y de las obras del edificio, nada más. Pero desde aquella noche, cada vez que Elena veía a Diego, recordaba el sueño, y el sueño se mezclaba con la realidad de una forma peligrosa y excitante.
Al día siguiente, Elena se encontró con Diego en el ascensor de verdad. El ascensor bajaba despacio, los dos solos, y Elena notó que Diego la miraba de una forma distinta, como si él también hubiera soñado algo. Diego le preguntó si había dormido bien, y Elena, sin pensar, contestó que había soñado con él. Diego se quedó quieto un momento, luego sonrió y dijo, pues yo también soñé contigo, Elena, y el ascensor llegó a la planta baja demasiado pronto para los dos.
Esa tarde, Diego llamó a la puerta de Elena con una excusa, le faltaba sal para la cena. Elena le dejó pasar, y en la cocina, mientras buscaba la sal, Diego se acercó por detrás y le puso una mano en la cintura. Elena se quedó quieta, con el bote de sal en la mano, y sintió que el sueño volvía a empezar, pero esta vez despierta. Diego le susurró al oído, he pensado en ti toda la noche, y Elena dejó el bote sobre la encimera y se dio la vuelta para mirarlo.
Diego la besó despacio al principio, luego con hambre, como si llevara meses esperando ese momento. Elena le rodeó el cuello con los brazos y le devolvió el beso con la misma intensidad, sintiendo que por fin el sueño se hacía realidad. Diego la levantó y la sentó sobre la encimera de la cocina, y Elena abrió las piernas para dejarlo acercarse más. El olor a café de la tarde todavía flotaba en la cocina, mezclado con el perfume de Elena y el calor de sus cuerpos.
Diego le desabrochó la blusa botón a botón, y los pechos de Elena quedaron a la vista, calientes bajo la luz de la cocina. Los tomó con las manos, los apretó suavemente, y luego se llevó un pezón a la boca y lo chupó con calma. Elena echó la cabeza hacia atrás y gimió bajito, agarrándose al borde de la encimera. Diego chupó el otro pecho de la misma forma, jugando con el pezón con la lengua, y Elena dijo, Diego, eres un travieso, llevabas esto escondido todo el tiempo. Diego sonrió contra su piel y dijo, Elena, esto es solo el principio.
Diego metió la mano bajo su falda y encontró su coño ya mojado, caliente y listo. Sus dedos dibujaron círculos lentos sobre su clítoris, y el cuerpo de Elena tembló contra él. Ella dijo, sí, así, y Diego metió dos dedos dentro de ella, moviéndolos, volviéndola más loca con cada movimiento. Elena le desabrochó los pantalones y sacó su polla, dura y gruesa, y la agarró con una risa suave. Dijo, mi sueño se quedó corto contigo, y Diego gimió cuando ella empezó a mover la mano despacio.
Elena se arrodilló delante de él allí mismo, en la cocina, y se metió su polla en la boca. La chupó profundamente, con la lengua dando vueltas alrededor de la punta, mirándolo a los ojos, y Diego tuvo que agarrarse a la encimera para no caerse. Le enredó los dedos en el pelo y empujó suavemente dentro de su boca, y Elena lo tomó más adentro, gimiendo bajito alrededor de su polla. Después de unos minutos, Diego la levantó, la sentó de nuevo sobre la encimera y le abrió bien las piernas.
Puso su polla en la entrada de su coño y empujó despacio, mirando su cara mientras la llenaba. Elena gritó, ay, Diego, hacía tanto tiempo, y Diego se quedó quieto, dándole tiempo para acostumbrarse. Luego empujó con fuerza, metiéndose completamente dentro de ella, y Elena le rodeó la cintura con las piernas, atrayéndolo más adentro. Se movieron juntos con un ritmo constante, la encimera crujiendo bajo ellos, la lluvia golpeando las ventanas de Madrid, su respiración agitada y rápida.
Los empujes de Diego se hicieron más rápidos y más fuertes, y los gemidos de Elena llenaron la cocina, mezclándose con el olor a café y a lluvia. Ella dijo, más fuerte, Diego, lo quiero más fuerte, y Diego obedeció, follándola hasta que sus pechos botaban con cada empuje y él tuvo que sujetarlos para mantenerla estable. Un vaso se cayó de la encimera y se rompió en el suelo, pero ninguno de los dos se dio cuenta, estaban perdidos el uno en el otro, en el calor y en la humedad y en lo delicioso de lo prohibido.
Elena se corrió primero, su cuerpo temblando con fuerza, su coño apretando su polla como un puño. Gritó, me corro, Diego, no pares, y Diego siguió empujando hasta que su respiración se calmó y ella se desplomó contra su pecho. Ella le besó el cuello y dijo, esto ha sido mejor que mi sueño, y Diego, sin aliento, se rió y dijo, Elena, la historia no ha terminado todavía.
Y no había terminado. Diego la llevó al sofá del salón, la tumbó boca abajo, le levantó las caderas y la penetró desde atrás, a cuatro patas, con su polla deslizándose profundamente dentro de su coño mojado. Elena agarró el brazo del sofá y empujó hacia atrás contra él con cada empuje, sus gemidos cada vez más altos. Diego le agarró las caderas y la folló con fuerza, y su humedad resbaló por sus muslos hasta el cojín de abajo.
En esa postura, su polla llegaba más adentro que antes, tocando puntos que hacían que Elena jadeara y dijera palabrotas en voz baja. Clavó los dedos en la tela del sofá y su voz subió con cada empuje. Diego le besó la espalda y dijo, no voy a aguantar mucho más, y Elena dijo, córrete dentro de mí, esta noche no hay miedo, y al oír eso, sus empujes se volvieron frenéticos y salvajes.
Diego se corrió con una serie final de empujes fuertes, vaciándose dentro de su coño, y los dos se desplomaron juntos sobre el sofá, sudando y riendo bajito. Elena apoyó la cabeza en su pecho y dijo, esto tiene que ser nuestro secreto, Diego. Diego dijo, será nuestro secreto, Elena, y Elena sonrió mirándolo, con el pelo suelto ya, y los ojos brillantes.
Un poco después prepararon café de verdad esta vez, de pie en la cocina con la ropa puesta, robándose besos entre sorbos. Diego dijo, mañana otra vez, y Elena se rió y dijo, deja que termine esta noche primero, pero sus ojos decían claramente que ella quería lo mismo. Bebieron su café, y luego Diego volvió a su piso, pero los dos sabían que un fuego nuevo había empezado entre ellos.
A la mañana siguiente, Elena bajó al portal con una bolsa de libros para la librería, y Diego estaba esperando el ascensor. Entraron juntos, el ascensor subió despacio, y Diego le agarró la mano un segundo, solo un segundo, antes de que las puertas se abrieran. Elena sonrió durante todo el día en la librería, recomendando novelas a los clientes mientras pensaba en la noche anterior. Por la tarde, cuando cerró la tienda, subió corriendo las escaleras, y la puerta de Diego ya estaba entreabierta.
Esa tarde hicieron el amor otra vez, esta vez en su dormitorio, en la cama, con total libertad. Elena se quitó la blusa ella misma y se quedó delante de él sin ninguna vergüenza. Diego la tumbó en la cama y le besó todo el cuerpo, desde el cuello hasta los pies. Elena dijo, Diego, me haces sentir como una reina, y Diego dijo, eres una reina, Elena, la protagonista de mis sueños.
Esta vez Elena se puso encima y se sentó sobre su polla, montándolo despacio, con los pechos moviéndose en el aire. Diego los agarró y los apretó mientras su ritmo se aceleraba. Elena cerró los ojos y se mordió el labio cuando su cuerpo empezó a temblar de nuevo. Dijo, me corro otra vez, y Diego la agarró por la cintura y la hizo ir más rápido, hasta que los dos se corrieron juntos, envueltos en los brazos del otro.
Al atardecer, cuando Elena se iba, Diego le regaló un libro, una novela con una dedicatoria escrita a mano en la primera página. Elena lo abrazó contra el pecho y dijo, este libro me recordará siempre a ti, y Diego dijo, entonces cada vez que lo abras, pensarás en mí. Elena sonrió y se fue, y Diego se quedó en la puerta mirándola marchar, esperando ya el día siguiente.
Después de eso, cada mañana el ascensor del edificio se convirtió en un mensaje nuevo para los dos. A veces Elena miraba a Diego y sonreía, a veces sus miradas se cruzaban y los dos recordaban la tarde en la cocina. Una semana después, cuando el hermano de Elena llamó desde Barcelona para decir que vendría el mes siguiente, Elena miró a Diego y dijo bajito, hasta entonces, aprovechemos cada día, cada tarde. Diego le tomó la mano y dijo, sí, cada día, cada tarde, cada sueño.
La semana siguiente, en una tarde de lluvia, Elena llamó a la puerta de Diego y le dijo que había soñado otra vez con él. Diego sonrió y la hizo pasar, y en el salón, con la lluvia golpeando las ventanas, los dos se besaron como si el sueño continuara. Elena se quitó la blusa despacio, mirándolo a los ojos, y Diego la tumbó en el sofá y la folló despacio, profundamente, mientras ella le agarraba la cara y gemía bajito.
Cada empuje era lento y deliberado, y Elena gemía suavemente con cada uno, sus dedos dibujando patrones en su espalda. Se corrieron juntos en silencio, abrazándose fuerte, y después Elena susurró, este sueño tampoco lo voy a olvidar, y Diego le besó la frente y estuvo de acuerdo.
Ya de noche, cuando Diego bajó al portal, el portero le preguntó con una sonrisa si la vecina seguía despierta. Diego dijo que sí, que Elena leía hasta tarde, y los dos sonrieron, porque el verdadero secreto pertenecía solamente a Diego y a Elena.
A la mañana siguiente, Elena le dejó a Diego una nota bajo la puerta, una sola frase, esta noche vuelve a soñar conmigo. Diego leyó la nota y sonrió durante todo el día, esperando la noche, esperando el ascensor, esperando a Elena.
Esa noche, Diego también soñó con Elena, un sueño en el que los dos estaban en la azotea del edificio, bajo las estrellas de Madrid, sin nadie alrededor. Al despertar, Diego se rió solo en la oscuridad y pensó que los sueños de los dos se estaban poniendo de acuerdo. Por la mañana, cuando se cruzaron en el ascensor, Diego le susurró, esta noche he soñado contigo en la azotea, y Elena se sonrojó y dijo, pues esta noche subimos a la azotea de verdad.
Y subieron. En la azotea, con Madrid brillando abajo, Diego abrazó a Elena contra la barandilla y la besó despacio, mientras el viento de la noche les revolvía el pelo. Elena se rió bajito y dijo, cuidado, que nos ve todo Madrid, y Diego dijo, que nos vea, que aprenda. Se abrazaron un buen rato mirando la ciudad, y los dos supieron que sus sueños ya no eran sueños, eran planes.
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