Relatos de Sexo: Javier Folla a Sofía Toda la Noche en Barcelona
Sofía subía las escaleras de su edificio en Barcelona con dos bolsas de la compra cuando Javier apareció cargando una caja enorme, y ese esfuerzo compartido es el principio de estos relatos de sexo. Javier acababa de mudarse al piso de enfrente, tenía la camisa pegada al cuerpo por el sudor, y le pidió ayuda con la última caja. Sofía dejó las bolsas en el suelo y agarró la caja por el otro lado, y sus manos se rozaron. Él sonrió y le dijo que era su primer día en el edificio, y ella le dijo que entonces tenía que invitarle a cenar, porque así se hacía en aquella escalera.
Aquella noche, Javier llamó a la puerta de Sofía con una botella de vino, y ella le abrió con un vestido sencillo y el pelo todavía húmedo de la ducha. Cenaron en la cocina, hablando de sus trabajos, de sus ciudades, de todo y de nada. Javier le contó que era bombero, y Sofía le contó que era enfermera, y los dos se rieron cuando descubrieron que sus turnos eran casi iguales. Cuando se acabó el vino, Javier no se levantó para irse, y Sofía tampoco le pidió que se fuera.
Fue Sofía quien se acercó primero. Le quitó la copa de la mano y le besó, despacio al principio, y luego con más fuerza. Javier la agarró por la cintura y la sentó sobre la encimera de la cocina, y ella le rodeó la cintura con las piernas. Él le subió el vestido y le acarició los muslos, y ella le desabrochó la camisa, pasando las manos por su pecho. La cocina olía a cena y a vino, y los dos respiraban deprisa.
Javier la llevó al dormitorio y la tumbó en la cama, y le quitó el vestido y el sujetador. Le besó los pechos, uno y otro, y Sofía le agarró la cabeza y le apretó contra ella. Después bajó y le quitó las bragas, y le lamió el coño despacio, con la lengua dibujando círculos. Sofía arqueó la espalda y agarró las sábanas, y cuando llegó al orgasmo, gritó el nombre de Javier en voz alta.
Ella se incorporó y le abrió los pantalones, sacando su polla dura y caliente. La agarró con la mano y la movió despacio, mirándole a los ojos, y luego se la metió en la boca, con la lengua rodeando la punta. Javier le agarró el pelo y empujó suavemente dentro de su boca, y Sofía se la tragó más, hasta que él tuvo que apartarla para no acabar demasiado pronto.
Él se colocó entre sus piernas y empujó su polla dentro de su coño lentamente, y Sofía jadeó y le clavó las uñas en la espalda. Empezó a moverse, primero despacio y profundo, y luego más rápido, y su coño apretaba su polla con cada embestida. La cama se movía con su ritmo, y los gemidos de Sofía llenaban la habitación. Ella le rodeó la cintura con las piernas y le atrajo más adentro.
Luego la puso a cuatro patas y la folló desde atrás, con las manos en sus caderas, embistiendo con fuerza dentro de su coño. Sofía agarró la almohada y empujó hacia atrás contra él, y sus pechos se balanceaban con cada embestida. Él alargó la mano y le frotó el clítoris mientras la follaba, y ella llegó de nuevo, gritando su nombre contra la almohada. Él no paró, siguió hasta que sus piernas temblaron.
Ella se sentó encima de él y se hundió sobre su polla, montándole despacio, con las manos en su pecho. Sus pechos botaban mientras se movía, y él los agarró, apretando y pellizcando sus pezones. Ella cabalgó más rápido, con las caderas girando, y llegó por tercera vez, cayendo sobre su pecho. Él la abrazó y le besó la frente, y luego la giró de nuevo.
Finalmente, embistió profundamente dentro de su coño y se corrió con fuerza dentro de ella, con el cuerpo temblando sobre el suyo. Sofía le abrazó fuerte y le besó los labios, y se quedaron juntos, sudorosos y sin aliento, escuchando el silencio del edificio. Después de un rato, ella se rió y dijo que la cena había sido una excusa, y él dijo que la caja también.
Se vistieron deprisa y Javier volvió a su piso, pero aquella noche no durmió bien, porque no dejaba de pensar en Sofía. Al día siguiente, ella le dejó una nota en la puerta, que decía que la cena se repetía el viernes, y él sonrió todo el día en el parque de bomberos. El viernes, cenaron de nuevo, y esta vez ni siquiera llegaron al postre antes de acabar en la cama.
Las semanas siguientes, Sofía y Javier se veían casi cada noche. A veces en su piso, a veces en el suyo, a veces en la cocina, a veces en el sofá, a veces en la ducha, su historia se repetía con variaciones nuevas. Los vecinos empezaron a sospechar algo, porque se oían risas y música a deshoras, pero nadie dijo nada, porque en aquel edificio todo el mundo tenía sus secretos.
Una tarde, Javier llegó del trabajo con el uniforme todavía puesto, y Sofía no pudo resistirse. Le quitó el casco y le besó, y él la levantó y la llevó al dormitorio sin quitarse las botas. La folló con el uniforme a medias, y Sofía se rió todo el rato, porque decía que era la primera vez que un bombero apagaba su fuego. Él le dijo que su fuego no se apagaba nunca, y ella le demostró que tenía razón.
Otra noche, fueron a la playa, y en el paseo vacío, con el mar de fondo, Javier la apoyó contra una barandilla y la folló despacio, mientras las olas sonaban debajo. Sofía se agarró a la barandilla y miró las luces de Barcelona, y cuando llegó al orgasmo, el mar pareció aplaudirles. Volvieron a casa andando, con la arena en los zapatos y las manos entrelazadas.
Con el tiempo, Javier le pidió a Sofía que se mudara con él, y ella dijo que sí, pero con una condición, que tiraran la pared entre los dos pisos. Él se rió y dijo que eso era trabajo de albañiles, no de bomberos, pero al final lo hicieron, y los dos pisos se convirtieron en uno. La primera noche en el piso unido, lo celebraron en todas las habitaciones, una por una, hasta quedarse dormidos en el suelo del salón.
Un sábado, Sofía llegó a casa con una compra enorme y Javier la ayudó a subirla, y en el descansillo, entre bolsas y risas, la besó contra la puerta. Ella dejó caer las bolsas y le rodeó el cuello con los brazos, y él la llevó en volandas hasta el dormitorio, tirando las bolsas por el camino. Aquella tarde lo hicieron tres veces, una en la cama, otra en el sofá y otra en la cocina, y cuando se acabó la tarde, los dos estaban agotados y felices, con la compra todavía en el suelo.
Otra semana, Javier tuvo un turno de noche y Sofía le esperó despierta, con una cena fría y una botella de vino. Cuando él llegó, con el uniforme sucio y el pelo mojado, ella le quitó la ropa en el pasillo y le llevó a la ducha. Bajo el agua caliente, le lavó la espalda y le besó el cuello, y él la apoyó contra los azulejos y la folló despacio, con el agua corriendo sobre los dos. Salieron de la ducha envueltos en toallas, y acabaron en la cama, con las toallas por el suelo.
En primavera, hicieron un viaje a la costa, y el hotel tenía un balcón con vistas al mar. Apenas vieron el mar, porque pasaron el fin de semana en la cama, pidiendo comida y olvidándose del mundo. La última mañana, Sofía le hizo una foto a Javier en el balcón, con una toalla, y le dijo que era su foto favorita del año, mejor incluso que las de la mudanza. Él le dijo que la próxima vez, la foto sería de los dos, y ella se rió y le besó.
De vuelta en Barcelona, encontraron un ritmo que les sentaba bien a los dos. Ella trabajaba en el hospital, él en el parque de bomberos, y cada noche se encontraban en medio, en su cama, en sus brazos, en el lugar donde la caja lo había empezado todo. Ninguno de los dos olvidó jamás la escalera, ni la puerta, ni la primera cena.
Y así, la caja que Javier no podía subir solo se convirtió en la historia que Sofía contaba a sus amigas, siempre con una sonrisa. Ella decía que ayudar a un vecino podía cambiarte la vida, y Javier decía que lo mejor de mudarse a Barcelona no fue el piso, sino la vecina que le abrió la puerta. Cada vez que subían las escaleras juntos, se acordaban del primer día, y de la caja, y de la cena que lo cambió todo.
El fin de semana siguiente, Sofía fue al piso de Javier con una botella de vino y sin ningún plan. Él abrió la puerta y la metió dentro, y antes de que el vino estuviera servido, ella ya estaba sobre la encimera de su cocina, con el vestido subido y las manos de él en sus muslos. Él la besó despacio, saboreando el vino en sus labios, y luego se deslizó dentro de ella, allí mismo, en la cocina, mientras la botella quedaba olvidada sobre la mesa.
Ella le rodeó la cintura con las piernas y se agarró al borde de la encimera, y él embistió dentro de ella profundamente, con las manos agarrando sus caderas. La cocina estaba caliente por el horno, y su piel estaba sonrojada, y ella llegó rápido, jadeando contra su cuello. Él la llevó al dormitorio sin salir de ella, y acabaron en la cama, con las uñas de ella en su espalda y la cara de él enterrada en su pelo.
Después, bebieron el vino en la cama, hablando de la caja con la que todo había empezado. Sofía dijo que había sabido, desde la primera cena, que aquella noche no acabaría tranquila. Javier dijo que lo había sabido desde el momento en que ella le abrió la puerta con el pelo mojado. Ella se rió y le hizo una foto, con el pelo revuelto y las sábanas enredadas, y le dijo que esa foto también iría al álbum privado.
Aquella noche, lo hicieron otra vez, más despacio, en el balcón de su propio piso, con la noche de Barcelona fría a su alrededor. Ella se apoyó en la barandilla y él la tomó desde atrás, con su aliento formando vaho en el aire y las manos de él calientes en su cintura. Cuando entraron, tiritando y riendo, ella dijo que las escaleras siempre serían su lugar, y él dijo que algún día le construiría una escalera más grande, solo para ellos.
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