Historias eróticas: el paquete equivocado de Sevilla
Sofía siempre había pensado que las historias eróticas eran cosa de otras mujeres, de las que se reían a carcajadas en las despedidas de soltera y compraban lencería un martes cualquiera, hasta que un martes de agosto, a las tres de la tarde y en plena siesta sevillana, alguien llamó a su puerta con tres golpes secos y le puso en las manos una caja entreabierta que nadie debería haber visto.
El hombre del rellano tenía serrín en los antebrazos y una disculpa a medio hacer en la boca. Dijo que el mensajero había dejado el paquete en su puerta por error, que la caja venía rota de la furgoneta, que él no había mirado nada. Mentía fatal, porque sus ojos no paraban de subir al techo como si el techo tuviera las respuestas escritas.
Sofía miró dentro de la caja y sintió que la cara le ardía hasta las orejas. Un antifaz de seda negra. Un bote de aceite de masaje con olor a canela. Y algo rosa, de forma inequívoca, que vibraba en su imaginación aunque dentro de la caja estuviera quieto. La tarjeta decía: Para que dejes de regar plantas y riegues otra cosa. Irene. Su amiga Irene, la misma que por su divorcio le había regalado un delantal con un chiste verde.
Yo soy Hugo, dijo él, alargando una mano llena de polvo de madera. Estoy reformando el piso de enfrente. Dos meses llevaba oyendo sus martillos a través de la pared, dos meses imaginando al dueño de aquel ruido sin ponerle cara. Ahora la cara estaba allí, con una sonrisa torcida y una gota de sudor bajándole por la sien, y Sofía pensó que ojalá la tierra se la tragara con caja y todo.
Gracias, consiguió decir. Y perdona el espectáculo. Él se rio, un sonido grave que le vibró en el pecho a ella más que el timbre. El espectáculo lo montó el mensajero, dijo. Yo solo soy el repartidor arrepentido. Se dio la vuelta hacia su puerta y añadió sin mirarla: Si necesitas colgar la persiana o algo, silba. Y desapareció entre el olor a barniz.
Sofía cerró la puerta y se quedó con la espalda pegada a la madera, la caja abrazada como un secreto. Tenía treinta y un años, una floristería en Triana que se llamaba Flores Triana, un divorcio de hacía dos y una vida sexual que últimamente consistía en regar los geranios del balcón. Guardó la caja en el armario, encima de las sábanas de invitados, y decidió no pensar más en el antifaz de seda ni en los ojos de Hugo subiendo al techo.
No pensar duró exactamente un día. El miércoles al mediodía la persiana del salón se atascó a medio bajar y el sol de agosto entró como un cuchillo. Sofía lo intentó todo: tiró de la cinta, golpeó el cajón, insultó en voz baja a la persiana, a agosto y a los fabricantes de persianas. Al final salió al rellano en un vestido fino de tirantes, descalza, y llamó a la puerta de enfrente.
Hugo abrió con un lápiz detrás de la oreja y una camiseta pegada al torso por el sudor. ¿La persiana?, preguntó antes de que ella hablara. Se ve que las paredes de Triana lo cuentan todo. Entró en su salón como si fuera el suyo, se subió a una silla y metió las manos en el cajón. Sofía lo miraba desde abajo, el vestido pegado a la piel por el calor, y notó que él tardaba un poco más de lo necesario en cada movimiento.
Ya está, dijo él al final, bajando de la silla de un salto. Era una lámina doblada. Te he dejado la cinta nueva. Estaban tan cerca que ella olía el barniz y el café de su aliento. Gracias, dijo Sofía, y su voz salió más ronca de lo previsto. ¿Te debo una cerveza? Te debo una cena, corrigió él con aquella sonrisa torcida. El viernes cocino yo. No, dijo ella rápido. Cocino yo. El viernes a las nueve. Y cerró la puerta antes de hacer el ridículo del todo.
El viernes se puso el vestido rojo, el que no se ponía desde antes del divorcio, y cocinó como si fuera una boda: salmorejo, espinacas con garbanzos, una tortilla que le quedó redonda por milagro. Hugo llegó con una botella de vino y las manos limpias, sin serrín por primera vez, y dijo que olía tan bien que casi le daba pena comérselo. Casi, repitió Sofía, sirviendo el vino hasta arriba.
Hablaron de todo menos de la caja. Él también estaba divorciado, de hacía tres años, con una hija de ocho que vivía con su madre en Dos Hermanas. Ella le contó lo de la floristería, lo de su ex, lo de los geranios. A las once el vino se había acabado y la distancia entre los dos cojines del sofá también. Hugo le apartó un mechón de la cara y le preguntó si podía besarla, y a Sofía le pareció la pregunta más sexy del mundo porque nadie se lo había preguntado nunca.
El beso empezó despacio y se volvió urgente en cuestión de segundos. Sus manos grandes le recorrieron la espalda por encima del vestido rojo y las de ella se enredaron en su pelo. Cuando él le bajó un tirante con los dientes, Sofía se acordó de la caja del armario y se separó de golpe. Espera, dijo, con la respiración entrecortada. Tengo una idea. Y fue al dormitorio a buscar el antifaz de seda negra.
¿Confías en mí?, le preguntó, atándole el antifaz con un nudo suave detrás de la cabeza. Hugo se rio nervioso. Después de la persiana, confío hasta en tu fontanero. Entonces quédate quieto, ordenó ella, y le empujó suavemente hasta tumbarlo en el sofá. Le desabrochó la camisa botón a botón, besando cada centímetro de piel que aparecía, y notó cómo su respiración se aceleraba bajo sus labios.
Le bajó los pantalones sin prisa, disfrutando de su impaciencia, y cuando liberó su polla dura y caliente se la metió en la boca despacio, muy despacio, mientras él gemía su nombre con el antifaz puesto. La chupó con ganas, con la lengua dibujando círculos en la punta, notando el sabor salado de su excitación, hasta que él le agarró el pelo y tiró suavemente. Sofía, por favor, necesito estar dentro de ti.
Ella se quitó el vestido rojo de un tirón y se sentó a horcajadas sobre él, guiando su polla hasta su coño empapado. Entró de una vez, llenándola por completo, y los dos gimieron al mismo tiempo. Cabalgó sobre él despacio al principio, sintiendo cada centímetro, y luego más rápido, clavándole las uñas en los hombros mientras él le agarraba las caderas con fuerza. El sofá crujía bajo ellos y el antifaz se le había torcido, dejándole ver un ojo brillante y desorbitado.
Cuando notó que él estaba a punto, Sofía se inclinó y le mordió el labio inferior. Córrete conmigo, le susurró al oído. Él explotó dentro de ella al mismo tiempo que su propio orgasmo la recorría en oleadas, el coño contrayéndose alrededor de su polla, y se quedaron abrazados, sudados y temblando, sin quitarse el antifaz hasta mucho después.
Los días siguientes fueron una tortura deliciosa. Se cruzaban en el rellano y se rozaban las manos al darse las llaves, se escribían mensajes sobre persianas que funcionaban perfectamente, y Sofía descubrió que llevaba dos años sin sentirse así: con mariposas de verdad, de las que duelen un poco. El jueves a las cinco de la mañana sonó su teléfono. Era su repartidor de flores: la furgoneta se había averiado y el género de Mercasevilla no iba a llegar solo.
A las cinco y cuarto Hugo bajaba en chándal, con las llaves de su furgoneta en la mano y cara de no haber dormido. Sube, dijo, que Triana no se queda sin flores por mi culpa ni por la de tu repartidor. El polígono a aquella hora era un mundo de cámaras frigoríficas y hombres gritando números. Cargaron entre los dos cubos de rosas, de liliums, de girasoles que olían a verano, y de vuelta, en un descampado junto al río, Hugo paró la furgoneta y apagó el motor.
¿Qué haces?, preguntó Sofía, aunque su cuerpo ya sabía la respuesta. Lo que llevo queriendo hacer desde el sofá, dijo él, y la besó como si se acabara el mundo. En la parte de atrás, entre mantas de mudanza y olor a flores frescas, se desnudaron a tirones, riéndose, con el amanecer colándose por las ventanillas. Él la tumbó sobre las mantas y le abrió las piernas con delicadeza de carpintero, midiendo cada gesto.
Le comió el coño despacio, con la lengua paciente y experta, dibujando ochos alrededor de su clítoris mientras ella se agarraba a las mantas y gemía su nombre al cielo naranja del amanecer. Cuando estuvo a punto de correrse, él se apartó con una sonrisa mala y la penetró de una embestida, llenándola hasta el fondo. La folló despacio primero, mirándola a los ojos, y luego con embestidas largas y profundas que hacían temblar la furgoneta entera.
Sofía le rodeó la cintura con las piernas y le clavó los talones en la espalda, pidiéndole más sin palabras. Él la giró entonces, poniéndola a cuatro patas entre los cubos de flores, y la tomó por detrás agarrándole el pelo con una mano y una cadera con la otra. Los girasoles se mecían con cada embestida y ella gritó su orgasmo contra una manta que olía a barniz, sintiendo cómo él se corría dentro de ella con un gemido ronco.
Volvieron a Triana con el sol ya alto y las flores intactas, y Sofía abrió la tienda a su hora como si nada, con las mejillas ardiendo y un secreto entre las piernas. Aquella noche no pudo dormir pensando en sus manos, en su boca, en la forma en que la miraba como si fuera la única mujer del polígono, de Triana, del mundo.
El sábado por la noche Hugo la invitó a ver el piso reformado. Por fin tengo cama, anunció orgulloso en el rellano, como si fuera lo más importante de la reforma. Lo era. El piso olía a pintura fresca y a madera nueva, y la cama era grande, con sábanas blancas que crujían. Sofía llevó una botella de vino y el bote de aceite de canela de la caja. Por si acaso, dijo, y los dos se rieron como colegiales.
Esta vez fue ella quien se quedó quieta. Hugo le quitó la ropa prenda a prenda, con calma de artesano, besando cada hombro, cada costilla, cada lunar como si los estuviera catalogando. Le echó aceite caliente en el vientre y lo extendió con las palmas, bajando despacio hacia su coño, masajeando sus muslos, sus pechos, hasta que ella suplicó en voz alta. Por favor, Hugo, déjate de preliminares de catálogo.
Él se rio y la penetró con ella boca arriba, despacio, saboreando cada centímetro, y luego la puso de lado, con una pierna sobre su hombro, una postura que la llenaba de una forma nueva y profunda. Cambiaron de ritmo mil veces: él encima, ella encima, de pie contra la pared del dormitorio a medio pintar, con las sábanas blancas ya revueltas y manchadas de aceite de canela. En cada postura él le susurraba cosas al oído, guarradas dulces que la hacían correrse más fuerte.
El tercer orgasmo de la noche la pilló a horcajadas sobre él, con el antifaz de seda puesto ella esta vez, ciega y confiada, sintiendo sus manos guiándole las caderas y su polla dura entrando y saliendo con un ritmo perfecto. Se corrió gritando, temblando entera, y él la siguió al instante, abrazándola tan fuerte que el antifaz se le escurrió y se quedaron mirándose, desnudos y sudados, sin necesidad de decir nada.
El domingo amaneció con olor a café y a madera. Desayunaron en el balcón de Sofía, entre los geranios, con dos tazas humeantes y las piernas enredadas bajo la mesa. En el alféizar, junto a una maceta, Hugo había dejado su formón: te arreglé la mesa que cojeaba, dijo, señalando con la barbilla. Ya no cojea nada en esta casa que yo no haya probado.
Sofía se rio y le tiró un geranio marchito a la cabeza. Oye, dijo él de pronto, poniéndose serio de mentira. El lunes viene otro paquete para ti. Lo sé porque el mensajero ya me ha avisado. ¿Otro?, preguntó ella, con el corazón desbocado. Otro, confirmó Hugo, guiñándole un ojo. Y esta vez pienso abrirlo contigo. Ella brindó con su taza de café contra la de él, y el sol de la mañana les dio de lleno en la cara.
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