Relatos eróticos gratis: las notas secretas de Elena
Elena encontró la tercera nota un martes, entre las páginas de una novela devuelta con dos semanas de retraso. El papel era grueso, de color crema, y la letra, inclinada y segura, decía: "Anoche soñé que te leía en voz alta mientras te desnudaba con la mirada. Página 214." Elena se quedó inmóvil detrás del mostrador de su librería en el barrio de Gràcia. El corazón le golpeaba las costillas. Estos relatos eróticos gratis que alguien dejaba escondidos en sus libros se estaban convirtiendo en la parte más excitante de su vida.
Tenía treinta y cuatro años, una librería que apenas sobrevivía y un divorcio que todavía le dolía en los silencios de la noche. Hacía meses que ningún hombre la tocaba. Y ahora, un desconocido escribía fantasías sobre ella y las sembraba entre sus propios libros, como migas de pan.
La primera nota había aparecido en un libro de poemas. "Tus manos al pasar las páginas me vuelven loco. Quiero besar cada dedo." La segunda, en una guía de viajes: "Te llevaría a Roma y te follaría contra la pared del hotel hasta que gritaras mi nombre." Elena las había guardado todas en el cajón del mostrador, bajo la caja de marcapáginas. Las leía cuando cerraba la tienda, con la persiana a medio bajar y una copa de vino en la mano.
Esa noche, después de cerrar, se sentó en el sillón de lectura del fondo y releyó las tres notas. Su mano bajó sola hasta su falda. Se acarició por encima de las bragas, despacio, imaginando unos ojos mirándola desde la penumbra de las estanterías. Se mordió el labio. Sus dedos encontraron el borde de la braga y se deslizaron dentro. Estaba empapada. Se frotó el clítoris con movimientos circulares, cada vez más rápidos, pensando en la letra inclinada, en unas manos desconocidas que la desnudaban. Se corrió en silencio, con la cabeza echada hacia atrás y la nota arrugada en el puño.
Al día siguiente decidió tender una trampa. Colocó en el estante de devoluciones un libro con una nota propia dentro: "¿Quién eres? Déjame una respuesta aquí mismo. E." Lo dejó abierto por la página marcada y esperó.
Pasaron dos días sin respuesta. Elena atendía a los clientes con la mente en otra parte, revisando el libro cada hora. El jueves por la tarde, un hombre alto de unos treinta y siete años se acercó al mostrador con una pila de libros para devolver. Tenía el pelo oscuro con canas en las sienes y una sonrisa torcida que le aceleró el pulso sin permiso.
"¿Elena, verdad? Soy Marco. Vengo casi cada semana, pero siempre estás tan concentrada que no me atrevo a molestarte." Su voz era grave, con un leve acento italiano.
"Marco," repitió ella. El nombre le sonó a promesa. "¿Qué tal los libros?"
"El de Roma me gustó especialmente. La página 214 es... memorable." Le guiñó un ojo y se fue, dejándola con la boca seca y las manos temblorosas sobre el mostrador.
Elena corrió al estante de devoluciones. El libro trampa tenía una nota nueva, la cuarta: "Soy el de la página 214. Esta noche, después de cerrar, deja la puerta entreabierta. M." Elena leyó la nota cinco veces. Miró el reloj. Faltaban tres horas para cerrar. Tres horas que se le hicieron eternas.
A las ocho y media echó la persiana hasta la mitad, como siempre, pero no giró la llave. Se cambió en el pequeño almacén: se quitó el sujetador bajo la blusa y se puso una falda más corta de la que llevaba por la mañana. Se miró en el espejo empañado del baño y se retocó el pintalabios. El pulso le latía en el cuello.
A las nueve menos cuarto sonó la campanilla de la puerta. Marco entró, con una botella de vino en la mano y la misma sonrisa torcida. "¿Puedo pasar, o llamo a la policía yo mismo por allanamiento?"
"Pasa," dijo Elena, y su voz sonó más ronca de lo que pretendía. "Y cierra con llave."
Marco dejó la botella sobre el mostrador y se acercó despacio, como quien no quiere asustar a un animal. "¿Te han gustado mis notas?"
"Me han vuelto loca," admitió ella. "¿Por qué lo hacías?"
"Porque cada vez que entras en esta tienda, el aire cambia. Y porque llevo meses imaginando lo que hay debajo de esa blusa de librera seria." Sus dedos rozaron el primer botón de la blusa. Elena no se apartó. El botón se soltó. Luego el segundo.
La blusa cayó al suelo del almacén. Los pechos de Elena quedaron al aire, redondos, con los pezones duros por el frío y por la excitación. Marco los miró como se mira un libro raro. "Joder, Elena." Los tomó en sus manos, los pesó, los amasó con suavidad. Se inclinó y tomó un pezón en la boca. Lo chupó despacio, tirando con los dientes muy suave. Elena gimió y le hundió los dedos en el pelo.
"Desde cuándo me miras así?" susurró ella.
"Desde el primer día. Te vi colocar poesía en el escaparate, con esa falda, y tuve que salir a la calle a respirar." Sus manos bajaron a su cintura, le subieron la falda hasta las caderas. Sus dedos encontraron las bragas, ya empapadas. "Joder, estás chorreando."
Marco la sentó sobre la mesa del almacén, entre cajas de libros. Le abrió las piernas y se arrodilló. Le bajó las bragas despacio, mirándola a los ojos mientras lo hacía. Su lengua encontró su coño sin prisa, como quien empieza un capítulo largo. La lamió de arriba abajo, se detuvo en el clítoris y lo rodeó con la punta de la lengua. Elena se agarró al borde de la mesa. "Ah... Marco... ahí... sí..."
Él introdujo dos dedos en ella mientras su lengua seguía trabajando el clítoris. Elena notó cómo su cuerpo se tensaba, cómo el placer subía en oleadas. "Me voy a correr... no pares..." El orgasmo la atravesó como una descarga. Gritó, sin importarle quién pudiera oírla desde la calle. Su coño palpitó alrededor de sus dedos.
Marco se puso de pie y se desabrochó los pantalones. Su polla salió erecta, gruesa, con la punta brillante. Elena la tomó en su mano. Estaba caliente y dura, y latía contra su palma. La llevó a su boca sin dudarlo. La chupó despacio al principio, saboreándola, y luego más rápido, metiéndosela hasta el fondo de la garganta. Marco gimió y le agarró el pelo. "Joder... qué boca tienes..."
Ella lo miró desde abajo mientras se la metía y sacaba, y esa mirada lo volvió loco. Marco la levantó de la mesa y la giró. "Apóyate aquí," le ordenó, señalando la mesa. Elena se inclinó, con el culo en alto. Sintió la punta de su polla en la entrada de su coño. Marco entró en ella de una embestida lenta y profunda. Elena gritó. Llevaba meses sin sentir eso: llena, tomada, poseída.
Marco empezó a follarla con un ritmo firme, agarrándola por las caderas. Cada embestida la empujaba contra la mesa. Los libros de una caja cercana temblaban. "Tu coño me aprieta de maravilla," gruñó él. "Estaba escrito que ibas a ser mía entre estos libros."
"Más fuerte," pidió Elena. "Fóllame más fuerte." Marco obedeció. Sus huevos golpeaban contra su clítoris con cada embestida. Elena se tocó el clítoris con los dedos, frotándose al ritmo de sus penetraciones. El segundo orgasmo llegó rápido, más violento que el primero. Su cuerpo se convulsionó. Marco sintió cómo se contraía a su alrededor y se corrió dentro de ella con un rugido, enterrándose hasta el fondo.
Se quedaron así un momento, jadeando, unidos. Luego Marco la giró entre sus brazos y la besó. Un beso largo, de verdad, no como los robados de las notas. "¿Sabes qué es lo mejor de las notas?" susurró. "Que ahora puedo escribir el final contigo."
La llevó al sillón de lectura del fondo, el mismo donde ella se había tocado pensando en él. La sentó en su regazo, a horcajadas. Su polla, todavía dura, encontró su coño de nuevo y se deslizó dentro con facilidad, resbaladiza por sus jugos mezclados. Elena empezó a moverse encima de él, despacio, sintiendo cada centímetro. Sus tetas bailaban frente a su cara y él las chupaba por turnos, mordisqueando los pezones.
"Escribe esto en tu próxima nota," jadeó Elena, cabalgándolo con fuerza. "Que me follaste en mi propia librería y que grité tu nombre." Marco la agarró del culo y la ayudó a subir y bajar más rápido. El sillón crujía. Elena echó la cabeza atrás y se corrió por tercera vez, con un gemido largo que se perdió entre las estanterías.
Marco se corrió justo después, abrazándola con fuerza, con la cara enterrada en su cuello. Se quedaron abrazados en el sillón, entre libros, con la botella de vino sin abrir sobre el mostrador.
"¿Y ahora qué?" preguntó Elena, acariciándole la nuca.
Marco sonrió contra su piel. "Ahora abrimos el vino. Y mañana dejo una nota nueva en el libro de poesía. Pero esta vez firmada por los dos."
Elena rio, un sonido que no se oía en esa tienda desde hacía años. Se vistieron despacio, robándose besos entre prenda y prenda. Antes de irse, Marco sacó un papel crema del bolsillo y lo dejó sobre el mostrador. La nota decía: "Capítulo uno: la librera que se dejó leer. Continuará cada noche. M y E."
Elena guardó la nota en el cajón, junto a las otras, bajo la caja de marcapáginas. Apagó las luces y cerró la puerta con llave. En la calle, Barcelona olía a noche y a promesa. Y por primera vez en mucho tiempo, tenía ganas de que llegara el mañana.
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