Historias Eróticas Gratis: Llegada a San Sebastián
Elena llegó a la puerta del apartamento de San Sebastián con la maleta pesando en el brazo y el móvil lleno de historias eróticas gratis que había descargado para el tren desde Madrid, pero el hombre que abrió la puerta no era ningún portero, era Iker, en camiseta y delantal, y llevaba en la cara la misma sorpresa que ella.
«Perdona», dijo él, mirando su maleta y luego el papel que ella llevaba en la mano. «¿Elena? ¿La reserva del fin de semana?» Ella asintió despacio. Él se pasó la mano por el pelo. «Pues tenemos un problema, porque yo soy Iker, el anfitrión, y la plataforma me ha hecho un doble booking de manual.»
Se quedaron un segundo en el umbral, los dos riéndose de lo absurdo, y Elena notó el olor a ajo y mantequilla que salía del piso y el calor de la cocina detrás de él. «¿Y ahora qué?», preguntó. «¿Me busco un hotel?» Iker negó con la cabeza antes de que terminara la frase.
«Ni de coña. Tú te quedas la habitación, yo me quedo el sofá, y esto lo arreglamos el lunes con la plataforma.» Le cogió la maleta sin pedir permiso y la metió dentro. «Además, ya estaba cocinando. Un chef no deja a una invitada sin cenar.»
Elena protestó por educación, dijo que no quería molestar, que el sofá era incómodo, pero él ya estaba sacando copas y moviéndose por la cocina como si la casa entera fuera una extensión de sus manos. Se rindió. Se duchó rápido, se puso un vestido sencillo de tirantes, y cuando volvió al salón la mesa baja estaba puesta con tres platos pequeños que parecían de restaurante.
«Menú degustación», anunció Iker, sirviendo un txakoli frío que chisporroteaba al caer. «Versión casera. Si no te gusta, mientes.» Ella se rio y probó el primer bocado, un pintxo de txangurro con una espuma que se deshacía en la lengua, y gimió sin darse cuenta. Él la miró fijamente por encima de su copa.
«Ese sonido», dijo, «es lo mejor que me han dicho en semanas.» El segundo plato lo comió de sus dedos, literalmente, porque él insistió en que el huevo a baja temperatura con migas había que probarlo así, y sus dedos se quedaron un segundo de más en sus labios. Elena sintió que se le aceleraba la respiración.
Hablaron de Madrid, de su trabajo en una editorial, de su restaurante pequeño en Gros que acababa de abrir. Él cocinaba y hablaba al mismo tiempo, y cada vez que pasaba a su lado le rozaba la cintura con la mano como sin querer. Para el postre ya no había distancia entre ellos en la cocina estrecha.
Fue ella la que se quedó quieta cuando él le limpió una mancha de chocolate de la comisura de los labios con el pulgar, pero fue él quien no apartó la mano. «Elena», dijo en voz baja, y no terminó la frase porque ella le agarró de la camiseta y lo atrajo hacia su boca.
El beso supo a chocolate y a txakoli y a algo más urgente. Iker la levantó sin esfuerzo y la sentó en la encimera de la cocina, entre la tabla de cortar y los platos sucios, y ella abrió las piernas por instinto para que él se colocara entre ellas. Sus manos ya estaban bajo su vestido.
«Joder», murmuró él contra su cuello, «llevas toda la cena provocándome y ni te has dado cuenta.» Le bajó los tirantes del vestido y le liberó los pechos, y se los comió con la boca mientras le subía la falda hasta la cintura. Elena echó la cabeza hacia atrás y se agarró al borde de la encimera.
Él le apartó las bragas a un lado sin quitárselas, y cuando sus dedos encontraron su coño ya empapado, los dos gimieron a la vez. La tocó despacio al principio, dibujando círculos en su clítoris con una paciencia de cocinero, y luego metió dos dedos dentro de ella mientras le mordisqueaba un pezón.
«Más», pidió ella, sin vergüenza, moviendo las caderas contra su mano. «No pares.» Iker sonrió contra su piel y la obedeció, follándola con los dedos cada vez más rápido hasta que Elena sintió que se le nublaba la vista. El orgasmo le llegó en una oleada que le hizo gritar su nombre en la cocina vacía.
Antes de que pudiera recuperarse, él ya se había bajado los pantalones y ella vio su polla, dura y gruesa, y se la agarró con la mano para guiarla. «¿Tienes...?», empezó a preguntar, y él ya estaba abriendo el cajón de los cubiertos con una risa, sacando un condón de una cajita escondida detrás de los trapos.
Se lo puso despacio, mirándola a los ojos, y luego la penetró de una sola embestida profunda que le arrancó un gemido ronco. Elena le rodeó la cintura con las piernas y le clavó las uñas en la espalda mientras él la follaba contra la encimera, con un ritmo cada vez más animal, los platos temblando a su lado.
«Mírame», le ordenó él, agarrándole la barbilla. «Quiero verte cuando te corras otra vez.» Ella lo miró, y el contacto visual, sumado a cada embestida que le golpeaba justo donde más lo necesitaba, la llevó al segundo orgasmo en minutos, contrayéndose alrededor de su polla con un grito ahogado.
Él se corrió justo después, con un gruñido grave, agarrado a sus caderas como si se fuera a caer, y se quedaron así, jadeando, pegados por el sudor, con la cocina hecha un desastre glorioso a su alrededor. «La cena», dijo Elena entre risas, «se ha quedado fría.» «La cena», contestó Iker, «ha sido el aperitivo.»
Comieron el postre sentados en el suelo de la cocina, compartiendo la cuchara, con la ropa a medio poner y las mejillas encendidas. Él le contó que el restaurante de Gros era su sueño de años y ella le habló de los manuscritos que leía en la editorial. Cada vez que se miraban, se reían como dos adolescentes.
«Ven», dijo él de pronto, levantándose y tendiéndole la mano. «El sofá es incómodo, lo has dicho tú.» Ella arqueó una ceja. «¿Estás usando mis propias palabras en mi contra?» «Soy chef», dijo él, tirando de ella hacia el pasillo. «Aprovecho todo.»
La habitación olía a sábanas limpias y a mar. Iker la desnudó despacio esta vez, sin prisa, como si quisiera aprenderla de memoria, besando cada centímetro de piel que descubría. Cuando la tumbó en la cama, Elena sintió que el corazón le iba a explotar.
Él le abrió las piernas con las manos y se colocó entre ellas, y le comió el coño con una dedicación obscena, lamiendo y chupando su clítoris hasta que ella tuvo que agarrarse al cabecero. Metió la lengua dentro de ella y luego volvió al clítoris, y Elena se retorció gritando.
«Date la vuelta», le pidió él con la voz ronca, y ella obedeció, poniéndose a cuatro patas en mitad de la cama. Iker se colocó detrás, le agarró las caderas con fuerza y la penetró despacio, muy despacio, hasta estar completamente dentro, y los dos soltaron un suspiro largo.
La folló así durante minutos que parecieron horas, entrando y saliendo con un ritmo profundo que le hacía temblar las piernas, una mano en su cadera y la otra bajando a frotarle el clítoris. Elena gemía contra la almohada, incapaz de formar palabras, solo su nombre una y otra vez.
«Quiero verte», dijo ella de pronto, y él la giró sin salir de ella hasta dejarla sentada encima, a horcajadas. Elena tomó el control, moviéndose sobre su polla con los ojos cerrados, las tetas botando con cada movimiento, mientras él le agarraba el culo y la ayudaba a subir y bajar.
El orgasmo les llegó casi a la vez, el de ella primero, temblando encima de él, y el de él después, agarrándola con fuerza y corriéndose dentro del condón con un gemido que sonó a alivio y a victoria. Se quedaron abrazados, pegajosos y felices, hasta que el sueño los venció a los dos.
Despertó con la luz gris de la mañana donostiarra entrando por la ventana y con la boca de Iker en su cuello. «Buenos días», murmuró él, y su mano ya bajaba por su vientre. Elena se rio, adormilada, y se giró para besarlo.
Hicieron el amor despacio esa mañana, sin la urgencia de la noche, mirándose a los ojos, él encima de ella moviéndose con una lentitud deliciosa que la volvía loca. Cuando se corrió, fue en silencio, mordiéndole el hombro, y él la siguió con un suspiro largo, quedándose dentro de ella un rato.
Desayunaron tostadas con tomate en la cama, entre risas y migas, y luego bajaron a La Concha a pasear. La playa estaba medio vacía, el mar gris y bravo, y caminaron descalzos por la orilla cogidos de la mano como si se conocieran de años. Él le contó de su madre, ella le contó de su hermana.
En el agua, con las olas rompiendo en sus tobillos, Iker la atrajo hacia sí y la besó con sal en los labios, y su mano bajó disimuladamente bajo el agua fría a apretarle el culo por encima del pantalón. «Compórtate», se rio ella, mirando alrededor. «Estamos en público.» «Tú empezaste», dijo él, «abriendo mi puerta.»
Pasaron el sábado entre el puerto, un vermut en una tasca vieja y una siesta larga en la que volvieron a enredarse entre las sábanas, esta vez riéndose a carcajadas cuando el somier crujió en protesta. Cenaron fuera, en un asador, y brindaron por el doble booking, por la plataforma y por su incompetencia gloriosa.
El domingo por la tarde, con la maleta ya cerrada junto a la puerta, el apartamento olía otra vez a cocina y a despedida. Elena se sentía rara, como si el fin de semana hubiera sido un paréntesis que no quería cerrar. Iker la miraba de una forma que decía que él tampoco quería.
«No digas nada cursi», le advirtió ella, intentando sonreír. Él negó con la cabeza, serio por primera vez en dos días. «No voy a decir nada cursi. Voy a hacer algo práctico.» Se metió la mano en el bolsillo del delantal y sacó un papelito doblado.
Se lo colocó en la palma de la mano y le cerró los dedos sobre él, despacio. Elena lo abrió: era la dirección de un restaurante en Madrid, escrita a mano, con su nombre debajo y un número de teléfono. Lo miró sin entender del todo.
«Abro en Madrid en dos meses», dijo Iker, muy cerca de su cara. «Socio nuevo, local en Malasaña. Cuando vengas a la inauguración, la sobremesa continúa allí.» Y la besó en la puerta, largo y despacio, hasta que el taxi pitó abajo.
El domingo por la mañana Iker la despertó antes de que sonara la alarma, con la boca en su oreja y una propuesta indecente. «Acompáñame al mercado», susurró. «Necesito que me ayudes a elegir los tomates. Y luego te enseño la despensa.» Elena se rio adormilada, pero se vistió rápido.
El mercado de la Bretxa olía a pescado fresco y a fruta madura, y caminaron entre los puestos cogidos de la mano, probando trozos de queso que les ofrecían los tenderos. Iker elegía cada tomate como si fuera una joya, y cada vez que se inclinaba sobre un cajón le rozaba el culo con la mano disimuladamente.
«Para», se rio ella en voz baja, mirando a una señora mayor que los observaba con una sonrisa pícara. «Nos están mirando.» «Que miren», dijo él, metiendo una bolsa de pimientos en la cesta. «En Donosti el amor se celebra.» Volvieron al apartamento cargados como dos hormigas felices.
En la cocina, mientras guardaban la compra, Iker la agarró por la cintura y la metió en la despensa, un cuartito estrecho lleno de estanterías con botes, sacos de harina y cajas de tomate. Cerró la puerta con el pie y la miró con una hambre que ya conocía bien.
«Aquí», dijo, «nadie nos oye.» La giró contra las estanterías y le subió la falda del vestido de verano, y sus manos encontraron sus bragas y se las bajaron hasta los tobillos con un solo movimiento experto. Elena se agarró a un estante para no caerse.
Él se arrodilló entre las cajas y le comió el coño allí mismo, de pie, con la lengua trabajando su clítoris mientras ella se mordía el labio para no gritar. El contraste entre el frescor de la despensa y el calor de su boca la volvió loca en segundos.
«Iker, por favor», jadeó, tirándole del pelo. Él se levantó, se bajó los pantalones a toda prisa y la penetró por detrás, de pie, con una embestida profunda que hizo temblar las latas de conserva. Elena gritó contra su propio brazo.
La folló con fuerza contra las estanterías, una mano en su cadera y la otra tapándole la boca con suavidad para amortiguar sus gemidos, entrando y saliendo de ella con un ritmo brutal. Un bote de garbanzos cayó al suelo y rodó, y los dos se rieron sin parar de moverse.
Elena se corrió agarrada al estante, temblando entera, y él la siguió al momento, corriéndose dentro de ella con un gruñido ahogado contra su cuello. Se quedaron quietos, jadeando entre los sacos de harina, con la compra a medio guardar.
«Los tomates», dijo Elena entre risas, señalando la cesta abandonada en la cocina. «Se van a poner malos.» Iker le dio un beso en la frente, sudoroso y feliz. «Los tomates pueden esperar. Esto no.»
Readers who enjoyed “Historias Eróticas Gratis: Llegada a San Sebastián” also read
8 curated storiesRelatos Porno Caseros: Follando a mi Esposa Toda la Noche en Casa
Relatos porno caseros: una noche en Madrid, un vecino que llama a la puerta y una idea traviesa que cambia la noche de Carlos y Elena para siempre.
Relatos Eróticos de la Nuera: Parte 2
El móvil vibra sobre la mesa de la cocina delante de Teresa: es Bruno. «¿A la misma hora de siempre?». Parte 2 y final de los relatos eróticos de la nuera: la última tarde de riesgo, el regreso de Álvaro y una María transformada.
Historias Eróticas Cortas: El Electricista de Lavapiés
Una de esas historias eróticas cortas que se leen de un tirón: Marta, divorciada, llama a un electricista por el horno y la tarde se calienta más que la resistencia.
Cuentos Porno: Marta Abre las Piernas para la Polla Dura de Diego en Barcelona
Cuentos Porno: En una librería de Barcelona, el olor a papel viejo y café esconde la tarde más inolvidable de Marta.
Relatos eróticos de lesbianas: la vecina del balcón de abajo
Uno de estos relatos eróticos de lesbianas ocurre en Madrid: las macetas de Elena inundan el balcón de Marta y la visita para disculparse enciende un deseo imparable.
Nuevos Relatos Eróticos: La Vecina del Ático
Un sujetador rojo vuela hasta la terraza de Pablo, el nuevo vecino del tercero. Elena, la vecina del ático, lo invita a una copa de vino, y la noche de agosto se convierte en uno de sus nuevos relatos eróticos más calientes.
Relatos Eróticos Apasionados: Noche Andaluza
Una madrileña llega a una finca andaluza para cuidarla dos semanas y encuentra al dueño aún en casa: así empieza uno de esos relatos eróticos apasionados que no se olvidan.
Historias Calientes Gratis: La Librera de Valencia
En una librería pequeña de Valencia, Marta vende libros de día y sueña de noche, hasta que Diego, un cocinero con las manos manchadas de harina, entra buscando recetas antiguas, en estas historias calientes gratis de dos personas que se encuentran tarde pero a tiempo.