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Relatos Eróticos Explícitos: El Sueño de Valeria

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Las manos de Diego ya estaban dentro de mi falda cuando sonó el aviso del vagón, y hasta el zumbido del metro sonaba mejor que cualquier cosa que yo hubiera leído en esos relatos eróticos explícitos que devoraba cada noche antes de dormir.

En el sueño no había gente. El vagón estaba vacío y el aire olía a metal caliente y a su colonia. Él me miraba desde el asiento de enfrente con esa cicatriz fina cruzándole la ceja izquierda, y yo sabía que en dos paradas iba a pasar algo que me iba a dejar temblando.

Se levantó despacio, como si no tuviera prisa, y se sentó a mi lado. «Llevo una semana buscándote en este mismo vagón», me dijo con una voz grave que me vibró en el estómago.

Su mano subió por mi muslo con una lentitud calculada. Yo llevaba una falda corta y sentí sus dedos calientes rozándome la piel centímetro a centímetro. El corazón me golpeaba tan fuerte que pensé que él lo oía.

Me besó entonces, de verdad, con la lengua entrando en mi boca y una mano agarrándome la nuca para no dejarme escapar. Yo le devolví el beso con rabia, mordiéndole el labio inferior, y él soltó una risa baja que me puso la piel de gallina.

Sus dedos encontraron el borde de mis bragas y lo apartaron sin pedir permiso. Dos dedos se deslizaron dentro de mí de golpe, y yo ahogué un gemido contra su hombro. «Estás empapada», susurró. «Llevo soñando con esto toda la semana».

«Diego», gemí, y en cuanto dije su nombre me desperté de golpe en mi cama, con la mano entre mis propias piernas y el cuerpo ardiendo. La habitación estaba a oscuras. Eran las cuatro de la mañana. Y era la séptima noche seguida.

Me llamo Valeria, tengo treinta años y vivo en Madrid, en un piso pequeño del barrio de Malasaña. Trabajo en una editorial y leo más de lo que duermo. Y desde hacía una semana, un desconocido con una cicatriz en la ceja se había instalado en mis sueños y no pensaba irse.

El sábado por la mañana decidí salir a despejarme. Fui a mi librería de segunda mano de la calle del Pez, esa que huele a papel viejo y a café. Iba distraída, mirando un estante de novelas, cuando choqué de frente con alguien al girar un pasillo.

Los libros se me cayeron al suelo. «Perdona, perdona», dije agachándome. Y entonces levanté la vista. Y el corazón se me paró.

Era él. La cicatriz fina cruzándole la ceja izquierda. Los mismos ojos. La misma boca que me había besado en sueños una docena de veces.

«¿Estás bien?», me preguntó. Y la voz. Dios mío, la voz era exactamente la misma, grave, con ese punto ronco que me había vibrado en el estómago durante una semana entera.

Me quedé mirándolo como una idiota, con los libros abrazados contra el pecho. «Sí, yo... sí», balbuceé. Él sonrió, y la sonrisa también era la suya. «Me llamo Diego», dijo. «Tengo treinta y cuatro años y una habilidad especial para chocar con mujeres interesantes en librerías».

«¿Te apetece un café?», me preguntó. «Me debes uno por el susto». Dije que sí antes de pensarlo. ¿Cómo iba a decir que no? Llevaba una semana soñando con ese hombre cada noche.

No sé por qué se lo conté. Quizá porque llevaba una semana guardándomelo y me quemaba por dentro. Le conté lo del metro, lo del vagón vacío, lo de sus manos. Le conté que la noche anterior me había despertado con su nombre en la boca. Mientras hablaba, su sonrisa se fue borrando poco a poco.

«Valeria», dijo muy despacio cuando terminé. «¿Y si te digo que yo también he soñado contigo esta semana?». El café se me atragantó. «¿Qué?». «El mismo metro. La misma chica de la falda corta. Siete noches». Me miró a los ojos. «¿Quieres venir a mi casa y comprobar si el sueño era verdad?».

Vivía a diez minutos andando, en un piso antiguo con techos altos y una terraza llena de plantas. Nada más cerrar la puerta detrás de nosotros, se giró y me miró con una intensidad que me dejó sin aire. «En el sueño yo empezaba así», dijo.

Me agarró por la cintura y me pegó contra la puerta. Su boca encontró la mía con la misma hambre del sueño, la lengua entrando sin pedir permiso, una mano en mi nuca sujetándome. Yo le agarré la camisa y tiré de él hacia mí, mordiéndole el labio como había hecho tantas noches en mi imaginación.

Me tumbó en el sofá y se colocó encima de mí, con su peso hundiéndome en los cojines. Sus manos me subieron la falda hasta la cintura de un tirón. «La falda corta», dijo con una sonrisa salvaje. «Como en el sueño». Metió la mano entre mis piernas y gimió al encontrarme mojada. «Empapada. Igual que en el sueño».

Apartó mis bragas a un lado con los dedos y me tocó directamente, despacio al principio, trazando círculos sobre mi clítoris con una precisión que me volvió loca. Yo arqueé la espalda y le agarré el pelo. «Más», le pedí sin vergüenza. «No pares».

«Todavía no», dijo, y se bajó entre mis piernas. Me abrió los muslos con las manos y me miró un segundo, con los ojos ardiendo. Luego bajó la boca y me lamió de arriba abajo, despacio, saboreándome. Yo grité y me agarré a los cojines.

Su lengua era implacable. Lamía, chupaba, se metía dentro de mí y volvía a subir a mi clítoris para succionarlo con fuerza. Yo no podía parar de mover las caderas, de pedirle más con la voz rota. «Diego, por favor, no pares, joder, no pares».

Metió dos dedos dentro de mí mientras me comía, doblándolos hacia arriba para rozarme ese punto que me volvía loca. El placer me explotó por dentro como una ola y me corrí gritando su nombre, con el cuerpo convulsionando y sus dedos aún dentro de mí, prolongándolo.

Cuando por fin me calmé, él subió y me besó, y yo me saboreé a mí misma en su boca. «En el sueño nunca llegábamos a esto», susurré. Él sonrió. «En el sueño yo siempre me despertaba antes. Hoy no pienso despertarme».

Me ayudó a incorporarme y me quitó la blusa por la cabeza. Mis pechos quedaron al aire y él los miró como si llevara una semana esperando verlos. Se inclinó y me tomó un pezón en la boca, chupándolo con fuerza mientras me pellizcaba el otro con los dedos. Yo gemí y le agarré la cabeza, pegándolo más a mí.

Le desabroché el pantalón y metí la mano dentro. Su polla estaba dura como una piedra y caliente, y cuando la agarré él soltó un gemido grave que me vibró en los dedos. «Cuidado», advirtió con la voz ronca. «Llevo una semana soñando contigo. No voy a durar mucho».

Me arrodillé en el sofá delante de él y me la metí en la boca sin avisar. Él echó la cabeza hacia atrás con un gruñido. La lamí de arriba abajo, la chupé con fuerza, jugué con la punta con la lengua mientras le acariciaba los huevos con la mano. Sabía salado y a él, y yo quería más.

«Joder», jadeó, agarrándome el pelo. «Para, para, que me corro». Me aparté con una sonrisa traviesa y me tumbé de espaldas, abriendo las piernas para él. «Pues ven aquí», le dije. «Llevo una semana esperando esto».

Se colocó entre mis muslos y me miró a los ojos mientras se guiaba hacia mi entrada. Entró despacio, centímetro a centímetro, y yo sentí cómo me llenaba entera. Los dos gemimos a la vez. Era exactamente como en el sueño, pero mejor, porque era real, porque su peso era real y su aliento en mi cuello era real.

Empezó a moverse con un ritmo lento y profundo, saliendo casi del todo para volver a entrar hasta el fondo. Yo le clavé las uñas en la espalda y le rodeé la cintura con las piernas, tirando de él hacia mí. «Más fuerte», le pedí. «Fóllame más fuerte».

«Me voy a correr», avisé con la voz rota. «Córrete conmigo», me ordenó, y me agarró de las caderas para embestir más hondo. Me corrí gritando, con las paredes de mi coño apretándose alrededor de él, y él se corrió dentro de mí un segundo después, con un gemido grave y largo, temblando encima de mí.

Nos quedamos así un rato, jadeando, sudados, con su peso sobre mí y su polla aún dentro. Fuera, el sol empezaba a bajar y la luz de la terraza se volvía dorada. «Esto es mejor que el sueño», susurré. Él se rio contra mi cuello. «Espera a la segunda parte».

La noche cayó sobre Madrid y el piso quedó a oscuras salvo por una lámpara del salón.

«Segunda parte», susurró en mi oído, y me mordisqueó el lóbulo. Me giré entre sus brazos y lo besé, sintiendo cómo me levantaba y me llevaba al dormitorio. Me tumbó en la cama y se arrodilló entre mis piernas, mirándome con esos ojos que ya conocía tan bien.

Esta vez fue más lento, más tierno al principio. Me besó los muslos, el vientre, los pechos, tomándose su tiempo, como si quisiera aprenderse cada centímetro de mi cuerpo. Yo me retorcía bajo su boca, pidiéndole con gemidos que bajara más.

«Cómete mi coño, joder, no puedo más», gemí, y él obedeció, metiéndome la lengua dentro mientras me frotaba el clítoris con los dedos. Me corrí en su boca con un grito que debió oírse en todo el edificio, y él siguió lamiéndome hasta que dejé de temblar.

Luego me dio la vuelta con firmeza y me puso a cuatro patas. «Así», dijo, acariciándome el culo con la palma abierta. «En el sueño de anoche estábamos así». Sentí su polla rozándome la entrada y me empujé hacia atrás, impaciente. Él entró de un empujón fuerte y yo grité de placer.

Me folló así, agarrándome las caderas con fuerza, embistiendo hondo y rápido. Yo me agarraba a las sábanas y gemía sin control, sintiendo cada embestida en lo más profundo. Él me azotó el culo una vez, suave pero firme, y yo me corrí de golpe, apretándolo dentro de mí.

Él siguió moviéndose, más rápido ahora, jadeando mi nombre, hasta que se corrió dentro de mí con un gruñido, agarrándome tan fuerte que al día siguiente tendría las marcas de sus dedos en las caderas. Nos derrumbamos en la cama, empapados en sudor, riéndonos como dos locos.

«Vale», dije cuando recuperé el aliento. «Ahora dime la verdad. ¿Esto nos ha pasado de verdad o sigo soñando?». Él me pellizcó el muslo con suavidad y yo solté un gritito. «¿Duele? Pues es verdad», dijo, y me besó en la frente.

Dormimos abrazados, con su brazo pesado sobre mi cintura y mi cabeza en su pecho, escuchando su corazón. Por primera vez en una semana, dormí del tirón, sin metro, sin vagón vacío, sin despertarme a las cuatro de la mañana con el cuerpo ardiendo.

A la mañana siguiente me desperté con su boca entre mis piernas. «Buenos días», murmuró contra mi piel antes de seguir lamiéndome. Yo me reí y gemí a la vez, agarrándome a la almohada mientras el sol de Madrid entraba por la persiana y él me llevaba, despacio, a correrme por tercera vez desde que lo conocía.

Después, en la cocina, con café y tostadas, me miró por encima de su taza y dijo: «Esta noche voy a soñar contigo otra vez. Pero esta vez ya sé dónde encontrarte». Yo sonreí y le robé un beso con sabor a café. «En el metro no. Aquí».

🔒 Bonus Scene locked

Aquella noche Diego me confesó algo sobre sus sueños que me dejó sin palabras.

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