Historias Eroticas: Una Noche en Madrid
Dicen que las mejores historias eróticas empiezan con una copa de más, pero la mía, la de Jimena, empezó con una frase susurrada al oído en una azotea de Madrid mientras llovía a cántaros sobre el toldo. Yo tenía treinta y cuatro años, divorciada desde hacía dos, y él, Adrián, veintiocho, el amigo de una amiga que no me quitaba los ojos de encima en toda la noche.
"¿Bailas o solo miras?" le dije, acercándome con mi copa de vino en la mano. La música sonaba bajito porque los vecinos ya se habían quejado dos veces. Él sonrió, de esos que enseñan los dientes sin vergüenza, y me tendió la mano. "Miro porque bailar contigo me pone nervioso."
Bailamos pegados entre la poca gente que quedaba en la azotea. Su mano bajó de mi cintura a mi cadera y se quedó ahí, pidiendo permiso sin pedirlo. Yo no la aparté. Al contrario, me apreté más contra él y sentí su erección contra mi vientre a través del vestido. "Vaya," susurré, "parece que alguien viene preparado."
"Jimena," me dijo al oído, con la voz ronca, "si sigues moviéndote así voy a tener que llevarte dentro ahora mismo." La lluvia arreciaba y el resto de invitados empezó a bajar al salón. Nos quedamos solos bajo el toldo, con el ruido del agua como único testigo.
Le cogí de la corbata, que ya llevaba aflojada, y tiré de él hacia la puerta de la escalera. "Mi piso está dos portales más allá," le dije. "¿Vienes o te quedas aquí mojándote?" No hizo falta que respondiera: me siguió escaleras abajo con la respiración acelerada.
En el portal, antes de que pudiera sacar las llaves, me empujó suavemente contra la pared y me besó. No fue un beso tímido. Fue un beso de hambre, con lengua, con dientes, con sus manos subiendo por mis muslos y levantando mi vestido hasta la cintura. "Adrián," jadeé, "las cámaras..." "Me da igual," gruñó, y metió la mano dentro de mis bragas.
Sus dedos encontraron mi coño empapado y gimieron los dos, él de sorpresa y yo de placer. Me masturbó ahí mismo, contra la pared del portal, con dos dedos dentro y el pulgar en mi clítoris, mientras yo me mordía el labio para no gritar. "Joder, Jimena, estás chorreando."
Conseguí abrir la puerta a duras penas y caímos dentro, al recibidor. Cerré de una patada y me arranqué el vestido por la cabeza. Me quedé en sujetador y bragas, y él se quedó mirándome como si fuera la primera mujer que veía desnuda en su vida. "¿Qué miras?" le provoqué. "A ti. Eres preciosa."
Le desabroché la camisa botón a botón, despacio, torturándole. Su pecho era firme, con un poco de vello, y lo lamí de arriba abajo hasta el cinturón. Le bajé los pantalones y los calzoncillos de un tirón, y su polla saltó libre, dura, goteando. La cogí con la mano y la acaricié mirándole a los ojos.
"Al salón," ordené, señalando el sofá. Le empujé hasta que cayó sentado y me arrodillé entre sus piernas. Me la metí en la boca hasta el fondo, notando cómo se estremecía. La chupé con ganas, con la lengua dibujando círculos en el glande, con la mano en sus huevos, y él tiraba de mi pelo gimiendo mi nombre.
"Para, para," me suplicó, "que me corro." Le miré desde abajo, con su polla en mi boca, y sonreí. "Pues córrete. Quiero probarte." Aceleré el ritmo y a los pocos segundos su semen caliente llenó mi boca. Tragué despacio, sin apartar la mirada, y él me miró como si acabara de ver a una diosa.
Pero yo no había terminado. Me quité el sujetador y las bragas y me senté a horcajadas sobre él, todavía en el sofá. Su polla, que empezaba a recuperarse, quedó atrapada entre mi coño y su vientre. Me froté contra él, despacio, sintiendo cómo volvía a endurecerse dentro de mí sin siquiera penetrarme.
"Jimena, eres insaciable," jadeó, agarrándome las tetas con las dos manos y pellizcándome los pezones. "Dos años sin un hombre de verdad," le confesé, "¿qué esperabas?" Me levanté un poco y me empalé en su polla de un solo movimiento, hasta el fondo. Los dos gritamos.
Cabalgé sobre él con fuerza, subiendo y bajando, con sus manos en mis caderas marcando el ritmo. El sofá crujía, la lluvia golpeaba los cristales, y mi coño apretaba su polla con cada embestida. "Más fuerte," le pedí, "cógeme más fuerte."
Me dio la vuelta sin sacarla, quedando él encima, y empezó a follarme con embestidas profundas y lentas que me llegaban hasta el fondo. Cada golpe me arrancaba un gemido. Me mordió el cuello, me lamió las tetas, y su mano bajó a mi clítoris para frotarlo al ritmo de sus caderas.
Me corrí gritando su nombre, con espasmos que me sacudieron entera, y él siguió dentro de mí, duro como una piedra, hasta que se corrió también, hondo, llenándome por dentro. Nos quedamos abrazados en el sofá, sudados, con la lluvia de fondo, sin decir nada durante un buen rato.
"¿Agua?" le ofrecí al final, levantándome desnuda para ir a la cocina. Me siguió con la mirada, y cuando volví con dos vasos me estaba esperando de pie, desnudo, con una sonrisa pícara. "¿Sabes qué?" me dijo. "Toda la noche en la azotea pensando en cómo serías en la cama, y has superado todo lo que imaginé."
Brindamos, desnudos en mi cocina, y el agua fría nos supo a gloria. Luego me llevó en brazos hasta el dormitorio, como en las películas, y me tumbó en la cama. "Ahora," dijo, arrodillándose entre mis piernas, "te toca a ti disfrutar sin prisa."
Me comió el coño con una dedicación que me dejó sin palabras. Su lengua entraba y salía, lamía mi clítoris con suavidad y luego con fuerza, y sus dedos me penetraban al mismo tiempo. Me agarré a las sábanas y me corrí dos veces seguidas, temblando, llorando de placer.
Cuando por fin subió a besarme, con mi sabor en sus labios, le abracé con las piernas y le susurré: "Fóllame por detrás. Quiero sentirte así." Me puse a cuatro patas y él me penetró despacio, muy despacio, hasta estar completamente dentro. Empezó a moverse con un ritmo perfecto, ni muy rápido ni muy lento.
Sus manos recorrían mi espalda, agarraban mis tetas por debajo, tiraban de mi pelo con suavidad. "Eres increíble," repetía, "increíble." Yo solo podía gemir, con la cara hundida en la almohada, sintiendo cada centímetro de su polla entrar y salir de mí.
Nos corrimos juntos, él agarrándome las caderas con fuerza y yo gritando contra la almohada. Cayó sobre mi espalda, pesado y caliente, y nos quedamos así, jadeando, hasta que se dejó caer a mi lado y me abrazó por detrás, todavía dentro de mí.
"Ducha," propuse, tirando de él hacia el baño. "Juntos, que el agua caliente nos sentará bien." Bajo el chorro nos enjabonamos mutuamente, despacio, descubriendo cada centímetro del otro con las manos resbaladizas. Me arrodilló contra los azulejos y me penetró de pie, con el agua cayendo sobre nosotros, y fue rápido y salvaje, los dos riéndonos entre gemido y gemido.
Salimos envueltos en toallas, agotados y felices, y nos desplomamos en la cama sin secarnos del todo. Le acaricié el pecho hasta que su respiración se hizo lenta y profunda. Yo me quedé un rato mirando el techo, escuchando la lluvia, pensando que a veces la vida te regala noches así sin pedir nada a cambio.
Dormimos un par de horas, abrazados, y me desperté con su mano entre mis piernas y su polla dura contra mi culo. "Buenos días," susurró, y me penetró medio dormida, despacio, con una ternura que contrastaba con la fiereza de la noche. Fue el polvo más dulce de todos, lento y profundo, mirándonos a los ojos.
Después desayunamos en la cama, tostadas y café, desnudos y riéndonos como dos adolescentes. "¿Cuándo nos vemos?" me preguntó, serio de repente. Le pasé mi teléfono por encima de la mesa. "Apunta tu número. Pero te advierto: no busco novio, busco esto. Noches como esta."
"Me parece perfecto," dijo, guardando el número. Antes de irse me miró una última vez, de arriba abajo, y añadió: "Por cierto, en la azotea llevabas ese vestido verde. No te lo pongas el sábado. Quiero verte con otra cosa. O sin nada, mejor."
Se vistió despacio, sin prisa, y en la puerta me dio un beso largo, de esos que prometen más. "El sábado," dijo. "Te recojo a las nueve. Y esta vez cenamos antes, que anoche casi me desmayo."
Cerré la puerta y me apoyé en ella, sonriendo como una tonta. Afuera seguía lloviendo, Madrid olía a tierra mojada, y yo, Jimena, treinta y cuatro años y divorciada, me sentía más viva que en los últimos dos años juntos. El sábado no podía llegar más despacio. Y mientras me vestía para salir a comprar el pan, con el cuerpo todavía dolorido de la mejor manera posible, me prometí una cosa: nunca más dos años de sequía. La vida es demasiado corta para eso.
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