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Relatos Eróticos Largos: La Librería de Barcelona

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Dicen que los relatos eróticos largos se leen despacio, saboreando cada página. Aquella noche, Marta descubrió que también se viven despacio. "¿Este lo tienes en tapa dura?" La voz de Javier llegó desde el fondo de la librería, entre las estanterías de novela negra. Marta levantó la vista de la caja registradora. Eran las nueve menos diez, la hora de cerrar, y la lluvia golpeaba los cristales del escaparate.

"El de tapa dura se agotó ayer," respondió ella, saliendo del mostrador. "Pero tengo la edición de bolsillo, con el prólogo nuevo. Es mejor, créeme."

Javier sonrió. Llevaba la chaqueta mojada, el pelo pegado a la frente. Era cliente desde hacía meses, siempre aparecía a última hora, siempre con preguntas sobre libros que luego no compraba. O que compraba después de media hora de conversación.

"Me fío de ti," dijo, siguiendo sus pasos entre los pasillos estrechos. "Tú nunca me has fallado con un libro."

Marta se detuvo frente al estante, estiró el brazo para alcanzar el ejemplar más alto. La blusa se le levantó un poco, dejando ver una franja de piel sobre la cintura de la falda. Notó la mirada de Javier, y no apartó el brazo tan rápido como debía.

"Toma," dijo, dándole el libro. Sus dedos se rozaron un segundo de más.

"Gracias." Javier abrió el libro, hojeó el prólogo. "¿Lo has leído?"

"Dos veces. El final me dejó sin dormir."

"¿Me lo cuentas con un vino?" Javier la miró directo a los ojos. "Invito yo. Cierras la tienda y nos sentamos aquí mismo, entre libros."

Marta dudó. La persiana metálica, la lluvia, la hora. Su ex novio le había dicho una vez que vivía más entre libros que entre personas. Quizá tenía razón. Pero aquel hombre mojado, con un libro en la mano, le parecía más real que nadie en meses.

"Tengo una botella en el almacén," dijo al fin. "De la inauguración. Nunca la abrí."

Javier sonrió de oreja a oreja. Marta fue a la puerta, giró la llave, bajó la persiana hasta la mitad y colgó el cartel de cerrado. Cuando volvió, Javier ya había apartado dos sillas junto a la mesa de novedades.

El vino era tinto, denso. Brindaron sin decir por qué. Hablaron del libro, del final, de otros finales. La lluvia arreciaba fuera. Marta se quitó los zapatos bajo la mesa, estiró los pies. Uno de ellos rozó la pierna de Javier.

Ninguno de los dos se movió.

"Perdona," susurró ella, pero no retiró el pie.

"No pidas perdón," dijo él, y posó su mano sobre su tobillo. Sus dedos subieron despacio por su pantorrilla, bajo el borde de la falda.

Marta sintió un escalofrío que le subió por la espalda. Dejó la copa en la mesa. La mano de Javier seguía subiendo, apartando la tela, encontrando la piel caliente de su muslo.

"Javier..."

"Dime que pare y paro," dijo él, con la voz más grave.

Marta no dijo nada. En lugar de eso, se inclinó hacia él y le besó en la boca. El vino, la lluvia, el olor a papel viejo. El beso fue lento al principio, explorando, y luego urgente. La lengua de Javier entró en su boca y ella la recibió con un gemido suave.

Él se levantó, la tomó de la mano y la llevó entre las estanterías, al rincón más oscuro de la librería, donde guardaba las ediciones especiales. La apoyó contra la estantería. Los libros temblaron.

"Aquí nadie nos ve," susurró él, bajando la persiana del todo con el mando. La tienda quedó a oscuras, solo la luz tenue del almacén.

Sus manos encontraron los botones de su blusa. Uno a uno, despacio, como si cada botón fuera una página. La blusa cayó al suelo. Debajo, un sujetador de encaje negro que dejaba adivinarlo todo.

"Eres preciosa," dijo Javier, y bajó la boca a su cuello, mordisqueando suave, bajando hasta el borde del encaje.

Marta echó la cabeza hacia atrás, apoyada en los lomos de los libros. Sus manos se enredaron en el pelo mojado de él. Javier le bajó un tirante, liberó un pecho, y lo tomó en la boca. El pezón se endureció al instante bajo su lengua.

"Ah..." El gemido de Marta resonó entre los pasillos vacíos.

Él alternó, un pecho y luego el otro, mientras sus manos le subían la falda hasta la cintura. Encontró sus bragas, ya húmedas, y las apartó a un lado sin quitárselas. Sus dedos encontraron su sexo, resbaladizo, caliente.

"Estás empapada," susurró.

"Desde que me diste el libro," confesó ella, y se rio bajito, nerviosa y excitada a la vez.

Javier se arrodilló. Le separó las piernas y acercó la boca. Su lengua encontró su clítoris y empezó a dibujar círculos lentos. Marta se agarró a la estantería, los nudillos blancos. Un libro cayó al suelo con un golpe sordo.

"No pares... por favor, no pares..."

La lengua de Javier se movía más rápido, entraba y salía, y dos dedos se unieron al juego, llenándola por dentro. Marta sentía que las piernas le fallaban. El placer subía en oleadas, cada vez más altas.

"Voy a... voy a correrme..."

Y se corrió, con un grito ahogado, el cuerpo temblando contra los libros. Javier no se apartó, siguió lamiendo suave hasta que los temblores pasaron. Luego se levantó despacio, con la boca brillante, y la miró con una sonrisa torcida.

"¿Siempre cierras así la tienda?" preguntó, quitándose la chaqueta mojada y dejándola caer al suelo.

"Solo cuando llueve," bromeó Marta, aunque la voz le temblaba todavía. Le desabrochó la camisa botón a botón, descubriendo un pecho firme, con vello oscuro. Apoyó las manos en él, sintiendo su corazón latir desbocado bajo la palma.

"Estás empapado," susurró, y no hablaba solo de la lluvia.

Javier la tomó por la cintura y la besó de nuevo, más despacio esta vez, saboreando. Sus manos recorrieron su espalda desnuda, bajaron hasta sus nalgas y las apretaron con fuerza. Marta gimió contra su boca.

"La mesa," dijo ella entre besos. "Llévame a la mesa."

Marta lo levantó por la camisa, lo besó con sabor a sí misma. Le desabrochó el cinturón, le bajó los pantalones. Su miembro estaba duro, grande, palpitante. Ella lo tomó en la mano y lo acarició despacio, de arriba abajo.

"Ven," dijo, y lo llevó a la mesa de novedades. Apartó una pila de libros de un manotazo. Se sentó en el borde de la mesa, abrió las piernas y lo atrajo hacia sí.

Javier la penetró de una embestida lenta y profunda. Marta gimió, clavándole las uñas en la espalda. Él empezó a moverse, dentro y fuera, cada vez más hondo. La mesa crujía bajo ellos.

"Más fuerte," pidió ella. "No me rompas, pero casi."

Él obedeció, embistiendo con fuerza. Sus pechos botaban con cada golpe, y Javier los tomó en sus manos, amasándolos, pellizcando los pezones. Marta echó la cabeza atrás, el pelo suelto cayendo sobre los libros.

Cambiaron de postura. Ella se dio la vuelta sobre la mesa, apoyó las manos en la madera, y él la tomó por detrás, agarrándola de las caderas. Entraba hasta el fondo, y ella sentía cada centímetro.

El sonido de sus cuerpos llenaba la librería. Fuera, la lluvia seguía cayendo, indiferente. Marta alargó una mano y agarró el borde de la mesa, los dedos blancos de la fuerza. Cada embestida la empujaba hacia adelante, y los libros apilados al fondo temblaban, amenazando con caer.

"No pares," jadeó, "estoy tan cerca..."

Javier bajó una mano entre sus piernas y encontró su clítoris, frotándolo al ritmo de sus caderas. El doble placer fue demasiado. Marta gritó su nombre, y su cuerpo se convulsionó en oleadas que parecían no terminar nunca.

"Marta..." Javier jadeaba. "No voy a aguantar..."

"Córrete dentro," susurró ella. "Quiero sentirlo."

Él aceleró, sus embestidas se volvieron frenéticas, y con un gruñido profundo se derramó dentro de ella. Marta sintió el calor extendiéndose, y su propio cuerpo respondió, contrayéndose alrededor de él en un segundo orgasmo que la dejó sin aliento.

Se quedaron así, unidos, jadeando. Javier apoyó la frente en su espalda. Sus cuerpos brillaban de sudor bajo la luz tenue.

"Este," dijo Marta al fin, con una sonrisa cansada, "es el mejor final que he leído en años."

Javier se rio, todavía dentro de ella. "¿Y el prólogo?"

"El prólogo fue el vino." Se dio la vuelta entre sus brazos, lo besó despacio. "Pero la historia... la historia la escribimos nosotros."

Recogieron los libros del suelo, se vistieron entre risas y miradas. Javier pagó el libro de bolsillo, y Marta le regaló el marcapáginas de la tienda, con la dirección escrita a mano.

"Para que no te pierdas," dijo.

"Ya me he perdido," contestó él, guardándoselo en el bolsillo interior, sobre el corazón. "Y no quiero que me encuentren."

Subió la persiana. La lluvia había parado. Barcelona olía a asfalto mojado y a tinta. Javier salió a la noche con su libro bajo el brazo, y Marta cerró la puerta tras él, apoyando la espalda en el cristal.

En la mesa de novedades, entre los libros recién colocados, había una mancha que nadie sabría explicar. Marta la miró, sonrió, y decidió no limpiarla nunca. Algunos relatos eróticos largos no se escriben con palabras. Se escriben con el cuerpo, entre estanterías, una noche de lluvia.

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