historias eróticas nuevas: El vecino del quinto
«¿Es tuyo o es mío?», preguntó Lucía con el paquete entre las manos, apoyada en el marco de su puerta, y el desconocido del rellano sonrió de una forma que le puso la piel de gallina, porque si algo había aprendido leyendo historias eróticas nuevas cada noche antes de dormir era que todo empezaba siempre con una frase tonta y un paquete mal entregado.
«Mío», dijo él, señalando la etiqueta con un dedo largo. «Diego. Me acabo de mudar al quinto. El de la esquina, el que llevaba dos meses vacío».
«Lucía. El tercero. La que recibe los paquetes de todo el edificio, al parecer». Se lo tendió y sus dedos se rozaron un segundo de más. Ninguno de los dos apartó la mano.
«Gracias, vecina. Oye, ¿no tendrás por casualidad una llave inglesa? Me he traído media casa en cajas y la otra media en piezas sueltas».
«Tengo una caja de herramientas entera y un sofá que pesa como un muerto. Si me ayudas con el mueble del salón, te presto lo que quieras». Lo dijo medio en broma, medio en serio, y la media sonrisa de él le respondió en el mismo idioma.
«Trato hecho. ¿Esta noche? Sobre las ocho. Traigo las cervezas».
«Sobre las ocho», repitió ella, y cerró la puerta despacio, apoyando la frente contra la madera fría, con el corazón latiéndole en los oídos como si tuviera dieciséis años.
A las ocho y cinco llamaron al timbre. Diego apareció con una bolsa de cervezas y una camiseta gris pegada al torso por el calor de septiembre en Madrid. Tenía treinta y un años, según le confesó subiendo las escaleras, y unas manos grandes que se agarraron al mueble del salón sin dudar.
El mueble era una bestia de madera maciza que Lucía había comprado de segunda mano. Entre los dos lo arrastraron, lo giraron y lo empujaron contra la pared, entre risas y resoplidos. Él se agachó para calzarlo y la camiseta se le subió, dejando al aire una franja de espalda baja y el borde de unos bóxer oscuros.
Lucía apartó la mirada un segundo tarde. «Ni lo sueñes, que te he visto», dijo él sin volverse, y ella soltó una carcajada que le salió más nerviosa de lo que pretendía.
«¿Cerveza?», ofreció, abriendo la nevera. «Te la has ganado».
Se sentaron en el sofá, todavía con la respiración acelerada, las rodillas casi tocándose. Hablaron del edificio, de la casera, de lo imposible que era aparcar en aquella calle. Cada vez que él se reía, Lucía notaba un tirón caliente entre las piernas, y se cruzó de piernas para disimularlo, lo cual solo empeoró las cosas.
«¿Sabes qué?», dijo de pronto, dejando el botellín sobre la mesa. «Llevo todo el día pensando en si besas tan bien como sonríes». No lo había planeado. Simplemente salió, directo y sin red.
Diego se quedó quieto, con la cerveza a medio camino de la boca. Luego la dejó también, despacio, y se volvió hacia ella por completo. «Hay una forma muy fácil de comprobarlo».
Fue ella quien acortó la distancia. Le agarró de la camiseta y lo atrajo hasta que sus bocas chocaron, y el beso empezó torpe y se volvió hambriento en cuestión de segundos. Sabía a cerveza fría y a algo más, a ganas contenidas, y cuando él le mordió el labio inferior con suavidad, Lucía gimió contra su boca sin poder evitarlo.
Las manos de Diego le recorrieron la espalda por debajo de la camiseta, grandes y calientes, y le desabrocharon el sujetador con una destreza que la hizo reír entre beso y beso. «Vaya», murmuró. «Profesional».
«Años de práctica», contestó él, y le bajó la camiseta por los hombros hasta dejarle los pechos al aire. Se quedó mirándolos un momento, como si no diera crédito, y luego bajó la cabeza y le tomó un pezón entre los labios.
El calor le atravesó el cuerpo de arriba abajo. Lucía echó la cabeza hacia atrás contra el respaldo del sofá y le hundió los dedos en el pelo, tirando suavemente cada vez que su lengua trazaba círculos lentos alrededor del pezón endurecido. Con la otra mano, él le acariciaba el otro pecho, amasándolo, pellizcando el pezón entre el pulgar y el índice hasta que ella jadeó su nombre.
«Diego», susurró, y sonó más como una súplica que como un nombre.
Él subió de nuevo a besarla, y mientras sus lenguas se enredaban, la mano de Lucía bajó por su abdomen, notando los músculos tensos bajo la camiseta, hasta llegar al bulto evidente de sus vaqueros. Lo apretó por encima de la tela y él gruñó contra su boca, un sonido grave que le puso la carne de gallina.
«Quítate esto», ordenó ella, tirando del bajo de su camiseta, y él obedeció, revelando un torso trabajado y una fina línea de vello que bajaba hacia el cinturón. Lucía le desabrochó los vaqueros con dedos impacientes y metió la mano dentro del bóxer.
La polla de Diego era gruesa y caliente, y palpitó en su puño cuando la rodeó con los dedos. Él cerró los ojos y dejó escapar el aire entre los dientes. «Joder, Lucía».
Ella se arrodilló en el sofá, entre sus piernas abiertas, y se la metió en la boca sin preámbulos, lamiendo primero la punta, saboreando la gota salada que ya asomaba, y luego hundiéndola hasta donde pudo, con la mano rodeando la base. Movió la cabeza con ritmo, succionando, y notó cómo los muslos de él se tensaban bajo sus manos.
Diego le acariciaba el pelo, al principio con ternura y luego con más fuerza, guiándola, y cada embestida suave de sus caderas le arrancaba a ella un gemido ahogado alrededor de su polla. Estaba empapada, notaba las bragas pegadas, y se frotó disimuladamente contra el borde del sofá buscando algo de alivio.
«Para», dijo él de pronto, apartándola con suavidad pero con firmeza. «Si sigues así me corro en tu boca en diez segundos, y no pienso correrme sin haberte probado antes».
La tumbó sobre el sofá, le quitó los vaqueros y las bragas de un tirón, y se quedó mirándola abierta ante él, con una intensidad que la hizo estremecerse. Luego se arrodilló en el suelo, le separó las piernas con las manos y bajó la boca hasta su coño sin más ceremonia.
La primera pasada de su lengua la hizo arquearse. Era lenta, deliberada, de abajo arriba, deteniéndose en el clítoris para rodearlo con la punta antes de succionar con suavidad. Lucía se agarró a los cojines y jadeó, y cuando él metió dos dedos dentro de ella mientras seguía lamiéndola, el placer le subió por la columna como una ola.
«No pares, no pares, por favor no pares», repetía ella, medio riendo, medio llorando, y él obedeció, moviendo los dedos en un ritmo implacable, curvándolos para rozar aquel punto que la volvía loca, hasta que el orgasmo la atravesó con tanta fuerza que tuvo que morderse el puño para no gritar.
Se quedó temblando, con la respiración entrecortada, mientras él subía a besarla y le dejaba probar su propio sabor en sus labios. «Mi cama», dijo Lucía, tirando de él. «Ahora. La cama».
El dormitorio estaba a oscuras salvo por la luz del pasillo. Diego la empujó suavemente hasta el borde del colchón y se colocó entre sus piernas, y ella le rodeó la cintura con las suyas, atrayéndolo. Notó la punta de su polla rozando su entrada, resbaladiza y caliente, y se miraron a los ojos un segundo eterno.
«Dime que quieres», susurró él, conteniéndose con un esfuerzo visible.
«Te quiero dentro. Ya. Fóllame».
Entró de una embestida lenta y profunda, llenándola por completo, y los dos gimieron al unísono. Lucía notó cómo se estiraba por dentro, cómo cada centímetro la rozaba en los puntos exactos, y clavó las uñas en su espalda cuando él empezó a moverse, primero despacio, saboreando, y luego con un ritmo creciente que hizo crujir el somier.
La besaba mientras la follaba, besos desordenados en la boca, el cuello, la clavícula, y le susurraba cosas al oído que la encendían aún más. «Estás empapada», «me vuelves loco», «no quiero parar nunca». Ella le respondió subiendo las piernas hasta sus hombros, cambiando el ángulo, y el gemido que se le escapó a él fue tan crudo que Lucía sintió un nuevo orgasmo gestándose.
«Date la vuelta», ordenó Diego de pronto, saliendo de ella y haciéndola girar con manos firmes hasta dejarla a cuatro patas sobre la cama. Le separó las nalgas con las manos y volvió a entrar en ella desde atrás, más hondo todavía, y Lucía gritó contra la almohada, agarrando las sábanas con fuerza.
Así era salvaje. Él la agarraba de las caderas y embestía con fuerza, cada golpe arrancándole un gemido, y con una mano le rodeó la cintura hasta llegar a su clítoris, frotándolo en círculos al ritmo de sus caderas. La doble estimulación la llevó al límite en minutos, y cuando se corrió, fue con un grito ahogado y una oleada de contracciones que le exprimieron la polla.
Diego aguantó unos segundos más, embistiendo con más fuerza, y luego se corrió dentro de ella con un rugido sordo, hundiéndose hasta el fondo, temblando sobre su espalda. Se quedaron así, jadeando, unidos, hasta que él se dejó caer a su lado, atrayéndola contra su pecho sudado.
El silencio del dormitorio solo lo rompía el rumor lejano del tráfico de Madrid y sus dos respiraciones, poco a poco acompasadas. Lucía trazó círculos perezosos con un dedo sobre su pecho y sonrió contra su piel.
«Oye, vecino del quinto», murmuró. «¿Mañana me ayudas también con la estantería del pasillo?».
Diego soltó una risa grave y le besó la coronilla. «Mañana, pasado y todos los días que quieras. Pero que conste que yo solo he venido por la llave inglesa».
«Claro», dijo ella, incorporándose sobre un codo para mirarlo, con una chispa traviesa en los ojos. «Y yo solo quería que me llevaras el paquete. ¿Nos creemos las mentiras o pedimos otra cerveza?».
«Las dos cosas», contestó él, y la atrajo de nuevo hacia su boca.
El domingo por la mañana Lucía bajó al cuarto de la lavandería del sótano con el cesto de la ropa sucia. La puerta estaba entreabierta y dentro, de espaldas a ella, Diego metía unas sábanas en la lavadora industrial con el mismo cuidado con el que la noche anterior le había quitado las bragas.
«Vaya», dijo ella, dejando el cesto en el suelo. «¿También lavas los domingos por la mañana? Empiezo a sospechar que lo haces para verme».
Él se volvió con una sonrisa lenta. «Las sábanas no se cambian solas, vecina».
Diego le apartó un mechón de la cara y le rozó el labio con el pulgar. «¿Sabes lo que me pone de este cuarto?», murmuró. «Que las paredes son gruesas y nadie oye nada».
Antes de que pudiera responder, la besó, empujándola contra la lavadora más grande. El metal vibró contra su espalda a través de la camiseta fina, y el zumbido se le metió en el cuerpo como un segundo pulso. Lucía le rodeó el cuello con los brazos y le mordió el labio, y él gruñó y le subió la falda del pijama de un tirón.
«Sin bragas», observó Diego, deslizando dos dedos entre sus piernas con una sonrisa de lobo. «¿Casualidad o provocación?».
«Bajé con prisa», mintió ella, jadeando cuando los dedos empezaron a moverse dentro de ella, mojados y precisos, mientras con la otra mano él le apretaba un pecho por encima de la camiseta.
Lucía le bajó el chándal lo justo para liberar su polla, ya dura, y se la acarició con fuerza. Luego se dio la vuelta, apoyó las manos en la tapa vibrante de la lavadora y separó las piernas, ofreciéndose.
Diego no se hizo rogar. La penetró desde atrás de una sola embestida, hondo y duro, y Lucía ahogó un grito mordiéndose el antebrazo. El ritmo de sus caderas se mezcló con el traqueteo de la máquina, y cada golpe la empujaba contra el metal caliente, con el clítoris rozando el borde vibrante de una forma que la volvió loca en cuestión de minutos.
«Más fuerte», exigió ella, y él obedeció, agarrándola de las caderas con fuerza, embistiendo sin piedad mientras le susurraba lo mojada que estaba y lo bien que le apretaba. Lucía se corrió con un temblor violento, las piernas a punto de fallarle, y él la sostuvo, y se corrió segundos después, hundiéndose en ella hasta el fondo con un jadeo ronco.
Se quedaron quietos, pegados, con la lavadora aún zumbando bajo las manos de ella. Diego le besó la nuca, despacio. «Creo que a partir de ahora voy a lavar todos los domingos».
«Y yo», dijo Lucía sin volverse, con una sonrisa que él no podía ver pero sí oír, «voy a bajar siempre sin bragas».
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